miércoles, 5 de mayo de 2021

LA PARÁBOLA DEL HIJO PRÓDIGO


 Para quienes no la conocen, la parábola del hijo pródigo cuenta más o menos esto:

“Había un tipo que tenía dos hijos. Uno de ellos le reclamó su parte de la herencia, se fue de la casa y se gastó todo lo que tenía en putas. El otro se quedó trabajando con el padre. Cuando el hijo calavera se quedó sin un peso, volvió a la casa paterna a ver que más podía sacar. Para su sorpresa -y la de su hermano- el padre lo recibió de primera, lo restituyó en su lugar en la familia, y además organizó una joda para recibirlo. Cuando el hermano tiró la bronca ante la injusticia cometida por su padre, este le contestó: 

-Lo hago porque se fue y volvió. Vos te quedaste, no te voy a hacer una fiesta todos los días…-"

La explicación que te da la Iglesia es que Dios se alegra por el regreso del pecador. Pero esto implica que si sos justo hacés mal negocio, porque el Todopoderoso ni te registra.

En el mismo orden, la historia de Cain y Abel ha sido la fuente de inspiración del libro (y la película) “Al este del paraíso”, en el que uno de los hijos trata de congraciarse con su padre ganando dinero, pero cuando se lo ofrece éste lo saca carpiendo con una excusa poco atendible. Actuando con una lógica impecable, el muchacho se manda la gran macana al deschavar que su supuesta madre muerta está viva y dirige un prostíbulo. El hermano –afectadísimo- se va a la guerra. El padre sufre una oportuna apoplejía que lo salva de hacerse cargo de los catastróficos resultados de sus contradicciones.

Una explicación lacaniana nos dirá que el sujeto pone el deseo allí donde está la falta, pero de poco consuelo les sirve esta teorización a quienes se han desvivido por hacer las cosas bien en la errónea suposición de que esta conducta les conseguiría el amor de los padres, el reconocimiento de sus jefes o el éxito de la sociedad.

Por el contrario, la experiencia diaria les dice que el hijo más rebelde, jodido, inútil o fracasado es el más amado. Los padres alegarán para justificarse que éste es el que más los necesita o alguna pelotudez parecida, y evitarán así hacerse cargo de las consecuencias futuras de su conducta injusta.

El caso típico más apto para observar esto es el de la madre que solo se digna prestarle atención a su vástago cuando este se manda una determinada cagada. Esto crea un reflejo condicionado en el infante, cuyo inconsciente invierte los términos: cada vez que cree necesitar atención, el mocoso se manda la misma cagada. Los más observadores convendrán conmigo que los niños no tienen demasiadas variantes: casi siempre desarrollan la misma conducta disvaliosa, la que paradogicamente les da un resultado inmejorable a la hora de atraer la atención de sus progenitores.

Aceptar esto nos llevará a desilusionarnos de la abnegada madre que se pasa todo el día machacándole a su cría sobre un mismo tema que en realidad la obsesiona solo a ella: esta supuesta demostración de amor tiene en realidad menos mérito que la saliva de los perros de Pavlov, pues en defensa de ellos se puede alegar que eran animales carentes de entendimiento humano.

Reflexión, análisis, raciocinio y equilibrio para reemplazar los patrones neuróticos que ha heredado cada uno: esa la receta para criar niños mentalmente sanos, afectivamente satisfechos y socialmente exitosos. Es mucho más difícil que ser el padre del hijo pródigo, pero vale la pena.

 

viernes, 30 de abril de 2021

CAPERUCITA ROJA VISTA DESDE LA PERSPECTIVA DE UN MARCIANO

 


Transcribo este interesante texto tomado de Eric Berne en el que se imagina la reacción de un marciano ante el cuento de Caperucita Roja:

 “Un día, la madre de Caperucita la envió a llevar comida a su abuela pasando por el bosque, y por el camino la niña se encontró con un lobo. ¿Qué clase de madre envía a una niña a un bosque donde hay lobos? ¿Por qué no lo hizo la propia madre, o por qué no fue con Caperucita?


Si la abuela estaba tan imposibilitada, ¿por qué la madre la dejaba vivir sola en una cabaña tan lejos?


Pero, si tenía que ir Caperucita, ¿cómo es que su madre nunca le había advertido que no se detuviera a hablar con los lobos?


En el cuento queda claro que a Caperucita nunca le habían dicho que aquello fuera peligroso. En realidad, ninguna madre podía ser tan estúpida, o sea que parece como si a la madre no le importara mucho lo que pudiera pasarle a Caperucita, o quizás incluso quisiera deshacerse de ella.


Y tampoco hay ninguna niña tan estúpida. ¿Cómo podía Caperucita mirar los ojos, las orejas, las manos y los dientes del lobo y seguir creyendo que era su abuela? ¿Por qué no salió de allí lo más rápidamente que pudo?


Y además ¡vaya una niña mezquina!, ¡recogiendo piedras para meterlas en la barriga del lobo! De todos modos, cualquier niña sincera, después de hablar con el lobo, indudablemente no se habría parado a coger flores, sino que se habría dicho: “Ese hijo de perra va a comerse a mi abuela si no consigo ayuda deprisa”.


Ni siquiera la abuela y el cazador están libres de sospecha.


Si ahora tratamos a los personajes de esta historia como a personas reales, cada una con su propio guión, veremos cómo se enredan sus personalidades de una forma que resulta evidente desde el punto de vista marciano.


1. Es indudable que la madre está tratando de perder a su hija “accidentalmente”, o por lo menos quiere acabar diciendo: “¡Es terrible! Hoy en día no puedes siquiera pasear por el parque sin que algún lobo...” etc.


2. El lobo, en vez de comer conejos y cosas así, obviamente está excediéndose, y debe saber que por ese camino acabará mal, o sea que debe de querer crearse problemas. Evidentemente leyó a Nietzsche o a alguien parecido cuando era joven (si podía hablar y ponerse un gorro, ¿por qué no habría de ser capaz de leer?), y su lema era algo así como “Vivir peligrosamente y morir gloriosamente”. 


3. La abuela vive sola y no cierra su puerta con pestillo, o sea que tal vez esté esperando que pase algo interesante, algo que no podría pasar si ella viviera con su familia. Quizás por eso no se trasladó a vivir con ellos, o por lo menos en una casa próxima. Probablemente era lo bastante joven como para desear aventuras, ya que Caperucita todavía era una niña pequeña. 


4. El cazador es obviamente un libertador que disfruta manipulando a sus enemigos vencidos y ayudando a dulces niñas: claramente se trata de un guión adolescente.


5. Caperucita dice al lobo muy explícitamente dónde puede volver a verla, e incluso se mete en la cama con él. Evidentemente está jugando al “rapto”, y acaba muy contenta de todo lo que ha pasado.


La verdad es que todos los personajes del cuento buscan acción a casi cualquier precio. Si se toma en sentido literal el saldo final, todo este asunto era una maquinación contra el pobre lobo, por la que se le hacía creer que era más listo que nadie, utilizando a Caperucita de cebo. En ese caso, la moraleja de la historia no es que las niñas inocentes deberían apartarse de los bosques donde hay lobos, sino que los lobos deberían apartarse de las niñas de aire inocente y de sus abuelas; en resumen, un lobo no debería pasear solo por el bosque.


Esto, además, suscita la interesante pregunta de qué hizo la madre aquel día después de librarse de Caperucita…”

miércoles, 28 de abril de 2021

RESPONSABILIDAD Y SANCIÓN EN PANDEMIA


Responsabilidad y sanción son dos palabras que en Argentina han perdido peso en los últimos cuarenta años. Los que peinamos canas (o los que ya no tenemos nada que peinar) recordamos que cuando se calificaba de "responsable" a una persona, ésta era objeto de una mayor consideración entre sus semejantes que le proporcionaba múltiples beneficios. Por el contrario, el irresponsable era objeto de sanciones sociales, laborales, civiles y hasta penales en los casos más graves. 

La sanción penal tenía efectos aún después de cumplida: quienes se consideraban honestos y querían seguir siéndolo evitaban relacionarse con ex delincuentes como medida preventiva. La sanción social tenía la misma fuerza: ante una conducta disvaliosa o perjudicial, la comunidad marginaba al infractor, a quien en los casos más graves condenaba al ostracismo. Conviene aclarar la diferencia entre sanción moral y sanción social. La primera se fundaba en los principios morales mayormente aceptados en la época. Como la moral es autónoma, dependía de cada individuo aplicar o no una sanción ante cada caso determinado. La segunda se fundaba en su utilidad práctica para el correcto funcionamiento de la sociedad y se regía por las reglas del sentido común.

La sanción social se aplicaba -además de los casos de falta de educación o violación de costumbres sociales- a las personas que debiendo hacer ciertas cosas bien, las hacían mal. Por ejemplo, se etiquetaba como "chambón" a quien ejerciendo un oficio hacía su trabajo en forma negligente o insatisfactoria. Los nombres de los profesionales con mala fama se difundían con rapidez, y estos sujetos veían disminuir su clientela en forma notable. Si un empleado infiel de una agencia de recaudación de impuestos era descubierto, la lujosa casa que se había construido con el fruto de su delito era señalada con desaprobación por cuanto transeúnte pasaba frente a ella. Estas sanciones sociales cumplían un propósito útil: proteger a los miembros honestos de la comunidad de aquellos que no lo eran y podían llegar a perjudicarlos. También tenían un enorme efecto disuasorio, debido a que todos sabían a lo que se exponían si se desviaban del camino recto.


La responsabilidad era uno de los principales valores que la sanción social defendía. Los órganos que administraban justicia (tanto en el ámbito civil como en el penal) sancionaban con aceptable eficiencia a quienes eludían las consecuencias de su irresponsabilidad, pero la sociedad sancionaba con una severidad aun mayor a los "irresponsables" que quedaban excluidos de responder ante la ley. 

La progresiva disminución del valor que la sociedad daba a los conceptos de "responsabilidad" y "sanción" se puede demostrar mediante los hechos. La creación de nuevas normas jurídicas que aligeran la responsabilidad, el establecimiento de múltiples excepciones a las ya existentes que persiguen el mismo fin y la relajación de la jurisprudencia mediante nuevas interpretaciones de normas vigentes han reducido en forma alarmante la posibilidad de aplicar sanciones a quienes ejercen conductas disvaliosas para la sociedad o perjudiciales para los individuos.

Con el surgimiento de la pandemia de Covid 19 quedaron expuestas las graves consecuencias que provoca el proceso al que hacemos referencia. Si bien el gobierno dictó resoluciones adecuadas para evitar la difusión del virus, estas resultaron ineficientes por no haberse aplicado en la práctica. Quienes violaron el decreto presidencial y las disposiciones del Código Penal no sufrieron ninguna sanción. Los pocos infractores que fueron detenidos quedaron en libertad en breve tiempo gracias a las normas que permiten su excarcelación o directamente impiden su detención. En cuanto a las multas aplicadas, ninguna fue cobrada en forma coactiva mediante los juicios de apremio previstos en la ley. El control de las fronteras para evitar el ingreso de personas de países limítrofes fue mínimo cuando no inexistente, y quienes fueron descubiertos violando dichos controles tampoco fueron sancionados. A pesar de estar prohibidas las reuniones, quienes asistieron a multitudinarias protestas en contra de las medidas sanitarias no fueron sancionados y estos grupos ni siquiera fueron disueltos por las fuerzas del orden. 

En cuanto a las sanciones sociales, éstas brillaron por su ausencia. Los pocos que se atrevieron a protestar sufrieron indiferencia, burlas, desprecios y hasta agresiones físicas. En cambio, abundaron los detractores de las medidas sanitarias, y muchos de ellos incitaron en forma directa a desobedecer la ley sin que las autoridades responsables tomaran alguna medida al respecto.

Estos hechos deberían llevarnos a una sola conclusión: el lento pero persistente relajamiento de los valores fundamentales que deben regir el comportamiento de una sociedad a fin de organizar su funcionamiento adecuado y eficiente puede pasar desapercibido en épocas de normalidad, pero sus consecuencias resultan catastróficas ante una crisis como la que nos toca vivir en la actualidad. Podemos prever sin temor a equivocarnos que la desidia que ha llegado a formar parte del ser nacional impedirá cualquier solución que permita detener el avance de esta pandemia o evitar sus terribles consecuencias.    




miércoles, 27 de mayo de 2015

DESCUBREN POR QUÉ NO SE PUEDE VER A DIOS


Leopold Bloom y Stephen Daedalus -dos investigadores neozelandeses expertos en Teología pertenecientes al plantel de la Invercargill Methodist Church University- han planteado una teoría revolucionaria que cambiaría los conceptos fundamentales de la fe cristiana al descubrir el motivo por el que Dios es invisible y rara vez se manifiesta en una forma que resulte perceptible mediante los sentidos.

Partieron de elegir entre uno de dos postulados que sostiene la religión cristiana, a saber:

1- Que Dios es perfecto.

2- Que Dios creó al hombre a su imagen y semejanza.

Advirtiendo que la perfección, por ser un concepto absoluto, debe quedar excluída de cualquier sistema formal según el Teorema de Gödel, y que de ser cierto el primer postulado sería falso el segundo -pues el hombre es imperfecto-, el nuevo paradigma descarta la perfección divina mediante la aplicación de la lógica formal y permite así estudiar a Dios desde la perspectiva más accesible de sus semejanzas con el hombre.

En una segunda instancia, aplicando el principio metodológico y filosófico denominado "La navaja de Ockham" según el cual en igualdad de condiciones la explicación más sencilla suele ser la correcta, los investigadores llegaron a la conclusión de que Dios no se deja ver ni se manifiesta porque es tímido.

Como toda nueva teoría, ésta ha generado fuertes resistencias, sobre todo en el Vaticano, donde se considera inadmisible que se presente a la divinidad como un ser asustadizo y pusilánime.

Los investigadores le escribirán al Papa con la intención de convencerlo de que rechazar esta teoría a la larga resultará un mal negocio: "No se entiende que esta gente que predica el perdón sea incapaz de dejarle pasar a Dios un mísero defecto y se pierda así la posibilidad de refutar el principal argumento de la mayoría de los ateos, quienes se niegan a creer en lo que no ven" advierten los científicos.



martes, 12 de mayo de 2015

CAPERUCITA ROJA (versión para hijos varones)






 



Había una vez una niña que era querida por todo aquél que la conociera, pero sobre todo por su abuelita, que una vez le regaló una pequeña caperuza de color rojo. Le quedaba muy bien y ella siempre la usaba, así que la empezaron a llamar Caperucita Roja.
Un día su madre le dijo:
-Ven, Caperucita Roja. Aquí tengo un pastel y una botella de vino; llévaselas en esta canasta a tu abuelita que esta enfermita y débil y esto le ayudará. Vete ahora temprano, antes de que caliente el día, y en el camino no te apartes de la ruta, y no hables con desconocidos…-
-No te preocupes, te haré caso- dijo Caperucita Roja. Tomó las cosas y se despidió cariñosamente.
La abuelita vivía en el bosque, como a un kilómetro de su casa. Y ni bien había entrado Caperucita Roja en el bosque, siempre dentro del sendero,  se encontró con un lobo.
-¡Buenos días! ¿Cómo te llamas?- saludó el lobo
-Caperucita Roja ¿Quién eres?- preguntó Caperucita, deteniéndose.
-Soy un lobo- contestó el aludido.
-¡Que interesante! ¿Eres un lobo de verdad?-
-Si, lo soy- contestó el lobo.
-¡Ay! ¡Me da un poco de miedo! ¿Estás pensando comerme?- dijo afligida la niña.
-No.- contestó el lobo -Hoy ya comí.-
-Esa no es una excusa. Podrías comerme igual- razonó Caperucita.
-No. Soy un mamífero carnicero, y eso me impide volver a comer hasta haber terminado la digestión, que me dura todo un día- explicó el animal.
-No sé si creerte- le contestó Caperucita –Los lobos son famosos por comerse a la gente…-
-No es mi caso. Generalmente suelo comer conejos, liebres y cosas así. A menos que salga con mis amigos, que es cuando cazamos algún venado; pero eso solo pasa de vez en cuando.-
-Alguna vez harás una excepción -insistió la niña- No me vas a decir que nunca te ha tentado la idea de comerte, por ejemplo, una niña tierna…-
-Estoy conforme con mi dieta actual, y además soy un animal de costumbres.- dijo el lobo.
-Siempre hay una primera vez para todo…- dijo Caperucita, sonriendo.
-Puede ser…- dijo el lobo, y empezó a caminar.
-¡Espera!- exclamó Caperucita -Si no tienes nada mejor que hacer, podrías acompañarme…-
-¿Para donde vas?- preguntó el lobo.
-A la casa de mi abuelita- contestó la niña -Vive medio kilómetro más adentro en el bosque. Su casa está bajo tres grandes robles, al lado de unos avellanos. Seguramente ya los habrás visto -
-Si, me queda de paso.Te acompaño- dijo el lobo.
Comenzaron a caminar por el bosque, y Caperucita se desvió a un costado.
-¡Que lindas flores se ven por allá! ¿Por qué no recoger algunas?- dijo -Y yo creo, lobo, que no te has dado cuenta de lo dulce que cantan los pajaritos. La verdad es que no tengo que ir tan apurada en el camino como si fuera para la escuela, mientras que todo el bosque está lleno de maravillas…-
-Creí que tu abuelita te estaba esperando. –dijo el lobo.
-Aún es muy temprano y no habrá problema si me atraso un poquito. Además no quedamos en nada; y está enferma, así que no va a salir. Tengo prácticamente todo el día- contestó Caperucita.
Siguieron caminando, y el lobo, para hablar de algo, preguntó:
-¿Y como te va en la escuela?-
-¿No podemos hablar de algo más interesante?- exclamó Caperucita -Mejor hablemos de vos-
-Ok. ¿Qué querés saber?- preguntó el lobo.
-¿Sos un lobo normal?- lo interrogó la niña.
-Si, o eso supongo… ¿Por qué preguntás?-
-Es que ya hace más de media hora que caminamos juntos y no intentaste nada-
-¿Como qué?- dijo el lobo, extrañado.
-Mirá, ya nos conocemos, así que dejemos de lado el verso. Es todo muy lindo eso que dijiste, pero no te creo ni media palabra. ¿Me vas a comer o no?- le espetó Caperucita.
-No.- contesto el lobo- Ya te expliqué, podés creeme.-
-¿Y se puede saber entonces para qué me hablaste?-
-Soy un lobo educado. Te vi y te saludé por eso.-
-¡No jodas! ¡Los lobos son todos iguales!-
-No hay que generalizar…- dijo el lobo.
-¡No, vos sos un desconsiderado! ¡Me hiciste perder mi tiempo!- le gritó Caperucita -¿No tenías nada mejor que hacer? ¿O es que siempre andás al pedo todo el día vos?-
-Pero…- intentó decir el lobo, mas no pudo terminar la frase.
-¡Tomatelás, tarado, desaparecé!- lo interrumpió Caperucita, enfurecida -Y no vuelvas a asomar el hocico por este bosque, porque si te vuelvo a cruzar busco un leñador, le cuento que me quisiste abusar y le digo que te parta su hacha en la cabeza. ¡Rajá de acá!-
El lobo dio media vuelta y se fue por donde había venido.
-¡Que desastre!- se dijo a sí misma Caperucita –Estas cosas me pasan por desobedecer a mi madre…-

martes, 5 de mayo de 2015

LA QUISPODEFOBIA












La quispodefobia es el odio, repugnancia u hostilidad ante el boludo.  Su nombre deriva del latín quis podex, expresión  que -si bien  no se equipara en forma directa con el término boludo-  ha sido traducida al español como gilipollas, al italiano como stronzo y al inglés como asshole.
En Argentina se define como boludo a quien actúa contra lo indicado por el sentido común diciendo o haciendo algo que perjudica a uno o varios terceros sin obtener para sí beneficio alguno, o -en casos extremos- perjudicándose a sí mismo.
Los boludos no constituyen una clase social ni un grupo racial o cultural: se encuentran en todos los estratos de la sociedad argentina. No existen censos ni estadísticas respecto a la población de boludos residente en el país debido a que estos sujetos suelen actuar como tales solo en forma ocasional, lo que dificulta cualquier registro que pudiera intentarse. 
Si bien estos individuos son en general tolerados por la mayoría de la población, el aumento constante de su número y la reiterada comisión de boludeces ha dado origen a una intolerancia que lleva en ciertos casos a marginar, despreciar y discriminar a estas personas colgándoles el mote de boludo.
En algunos casos se llega hasta la fobia, entendida ésta como el sentimiento de odio o rechazo que sufre un individuo ante el temor -generalmente fundado- de tener que soportar las consecuencias de relacionarse con boludos: la persona afectada tiende a aislarse, evita entablar nuevas relaciones, se vuelve hipersensible y se irrita ante la más mínima boludez. 
Aunque los boludos son un fenómeno endémico de Argentina, existen en todo el mundo bajo diversas denominaciones: si bien la quispodefobia se limita por el momento a afectar al citado país, no se debe descartar su expansión global en el futuro.