Para quienes no la conocen, la parábola del hijo pródigo cuenta más o menos esto:
“Había un tipo que tenía dos hijos. Uno de ellos le reclamó su parte de la herencia, se fue de la casa y se gastó todo lo que tenía en putas. El otro se quedó trabajando con el padre. Cuando el hijo calavera se quedó sin un peso, volvió a la casa paterna a ver que más podía sacar. Para su sorpresa -y la de su hermano- el padre lo recibió de primera, lo restituyó en su lugar en la familia, y además organizó una joda para recibirlo. Cuando el hermano tiró la bronca ante la injusticia cometida por su padre, este le contestó:
-Lo hago porque se fue y volvió. Vos te quedaste, no te voy a hacer una fiesta todos los días…-"
La explicación que te
da la Iglesia es que Dios se alegra por el regreso del pecador. Pero esto
implica que si sos justo hacés mal negocio, porque el Todopoderoso ni te
registra.
En el mismo orden,
la historia de Cain y Abel ha sido la fuente de inspiración del libro (y la
película) “Al este del paraíso”, en el que uno de los hijos trata de
congraciarse con su padre ganando dinero, pero cuando se lo ofrece éste lo saca
carpiendo con una excusa poco atendible. Actuando con una lógica impecable, el
muchacho se manda la gran macana al deschavar que su supuesta madre muerta está
viva y dirige un prostíbulo. El hermano –afectadísimo- se va a la guerra. El
padre sufre una oportuna apoplejía que lo salva de hacerse cargo de los
catastróficos resultados de sus contradicciones.
Una explicación
lacaniana nos dirá que el sujeto pone el deseo allí donde está la falta, pero
de poco consuelo les sirve esta teorización a quienes se han desvivido por
hacer las cosas bien en la errónea suposición de que esta conducta les
conseguiría el amor de los padres, el reconocimiento de sus jefes o el éxito de
la sociedad.
Por el contrario, la
experiencia diaria les dice que el hijo más rebelde, jodido, inútil o fracasado
es el más amado. Los padres alegarán para justificarse que éste es el que más los
necesita o alguna pelotudez parecida, y evitarán así hacerse cargo de las
consecuencias futuras de su conducta injusta.
El caso típico más
apto para observar esto es el de la madre que solo se digna prestarle atención
a su vástago cuando este se manda una determinada cagada. Esto crea un reflejo
condicionado en el infante, cuyo inconsciente invierte los términos: cada vez
que cree necesitar atención, el mocoso se manda la misma cagada. Los más
observadores convendrán conmigo que los niños no tienen demasiadas variantes:
casi siempre desarrollan la misma conducta disvaliosa, la que paradogicamente les
da un resultado inmejorable a la hora de atraer la atención de sus
progenitores.
Aceptar esto nos
llevará a desilusionarnos de la abnegada madre que se pasa todo el día
machacándole a su cría sobre un mismo tema que en realidad la obsesiona solo a
ella: esta supuesta demostración de amor tiene en realidad menos mérito que la
saliva de los perros de Pavlov, pues en defensa de ellos se puede alegar que
eran animales carentes de entendimiento humano.
Reflexión, análisis,
raciocinio y equilibrio para reemplazar los patrones neuróticos que ha heredado cada uno:
esa la receta para criar niños mentalmente sanos, afectivamente satisfechos y
socialmente exitosos. Es mucho más difícil que ser el padre del hijo pródigo,
pero vale la pena.

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