Vale la intentar
–aunque sea sin buscar mayor
profundidad- un análisis del mecanismo
que posibilitó la involución y decadencia de la sociedad argentina.
En principio,
analizando las épocas en las que se ha desarrollado dicha involución, se deduce
que no cabe echarle la culpa a las distintas formas de gobierno que han
coexistido en el país: ni la democracia, ni la dictadura, ni un partido u otro
han hecho nada para evitar la decadencia del país, y todos han aportado su
granito -o camión- de arena para producirla y agravarla.
Tampoco parece
ser una cuestión de clases sociales: basta observar la arquitectura de
cualquier barrio –de ricos, de clase media o de obreros- para notar que, cuanto más recientes son las
construcciones, menos virtudes exhiben. Compárese edificios como el Ubaldo
Venancio con el más lujoso de los construidos actualmente: ambos están
destinados a la clase alta, pero la calidad del primero supera por años luz a
la del segundo. La regla también se verifica en la clase media: las casas que
construyeron los abuelos sirven hoy como conventillos plagados de departamentos
internos construidos con posterioridad para que vivan los los hijos; los nietos
y los bisnietos.
Alegar que la
causa de este fenómeno es la situación económica tampoco justifica el fenómeno:
Argentina tiene hoy mayor superficie cultivable que hace ochenta años, mayor
cantidad de habitantes, más universidades, más profesionales, etc. Tampoco se
puede justificar sosteniendo que los cambios en la economía internacional hayan
influido en forma significativa en la génesis de la involución del país.
La causa
eficiente se debe buscar en la disminución de las cualidades fundamentales que deben poseer los miembros
de cualquier sociedad civilizada para que esta evolucione: ambición de progreso,
espíritu de trabajo, diligencia, orgullo por los logros personales y
colectivos, etc. Sin entrar a analizar las causas de este proceso –se sabe
sobradamente que el progreso del país se debe a la inmigración extranjera, y se
puede constatar que el inicio de la decadencia se produjo cuando los europeos
dejaron de llegar al país- cabe tratar de determinar quiénes son los responsables.
La respuesta de
las clases medias y altas (por ejemplo: “la decadencia de Mar del Plata comenzó
cuando se instalaron hoteles gremiales y llegó el aluvión zoológico”) es
insuficiente: ningún obrero, ni gremialista, ni peronista llegó a regir nunca
los destinos de la ciudad. La clase media porteña osciló entre construir el
chalet soñado –hay muchos que aún se conservan en muy buen estado- o comprarse
el departamentito minúsculo para pasar quince días en la “Capital Turística del
Mundo”, “La Ciudad Feliz”, etc. y después contarlo para dar envidia a sus
vecinos. Pero los turistas no votan en
la ciudad: los distintos gobiernos municipales que han llenado de excepciones
el Código Urbano fueron elegidos por marplatenses.
Habiendo llegado
a esta conclusión, resta determinar cuál de los sectores de la población
marplatense ha estado de acuerdo con permitir este lamentable proceso de
decadencia de la ciudad turística más importante del país. Si –como se
dijo- la responsabilidad no se puede
atribuir ni a la clase media ni a la clase alta ni a la clase baja, cabe
concluir que ha existido un consenso entre todas ellas.
Y ahora es cuando
cada uno sostiene que nunca estuvo de acuerdo, que no hizo nada para apoyar ni
provocar tan detestable proceso y otra serie de excusas absolutorias por el
estilo: eso se llama hipocresía.
Los argentinos
–sin distinción de clases- con el transcurso del tiempo han optado por la
mediocridad, provocando la decadencia de la ciudad y del país, y ahora ninguno
está dispuesto a hacerse cargo: deberían empezar a pensar en qué puede terminar
tal combinación de mediocridad, decadencia e hipocresía, si no es por ellos mismos,
por el futuro de sus hijos.

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