jueves, 22 de agosto de 2024

MEDIOCRIDAD, DECADENCIA, CONSENSO E HIPOCRESÍA


 

Vale la intentar –aunque sea sin buscar  mayor profundidad- un análisis del mecanismo  que posibilitó la involución y decadencia de la sociedad argentina.

En principio, analizando las épocas en las que se ha desarrollado dicha involución, se deduce que no cabe echarle la culpa a las distintas formas de gobierno que han coexistido en el país: ni la democracia, ni la dictadura, ni un partido u otro han hecho nada para evitar la decadencia del país, y todos han aportado su granito -o camión- de arena para producirla y agravarla.

Tampoco parece ser una cuestión de clases sociales: basta observar la arquitectura de cualquier barrio –de ricos, de clase media o de obreros-  para notar que, cuanto más recientes son las construcciones, menos virtudes exhiben. Compárese edificios como el Ubaldo Venancio con el más lujoso de los construidos actualmente: ambos están destinados a la clase alta, pero la calidad del primero supera por años luz a la del segundo. La regla también se verifica en la clase media: las casas que construyeron los abuelos sirven hoy como conventillos plagados de departamentos internos construidos con posterioridad para que vivan los los hijos; los nietos y los bisnietos.

Alegar que la causa de este fenómeno es la situación económica tampoco justifica el fenómeno: Argentina tiene hoy mayor superficie cultivable que hace ochenta años, mayor cantidad de habitantes, más universidades, más profesionales, etc. Tampoco se puede justificar sosteniendo que los cambios en la economía internacional hayan influido en forma significativa en la génesis de la involución del país.

La causa eficiente se debe buscar en la disminución de las cualidades  fundamentales que deben poseer los miembros de cualquier sociedad civilizada para que esta evolucione: ambición de progreso, espíritu de trabajo, diligencia, orgullo por los logros personales y colectivos, etc. Sin entrar a analizar las causas de este proceso –se sabe sobradamente que el progreso del país se debe a la inmigración extranjera, y se puede constatar que el inicio de la decadencia se produjo cuando los europeos dejaron de llegar al país- cabe tratar de determinar quiénes son los responsables.

La respuesta de las clases medias y altas (por ejemplo: “la decadencia de Mar del Plata comenzó cuando se instalaron hoteles gremiales y llegó el aluvión zoológico”) es insuficiente: ningún obrero, ni gremialista, ni peronista llegó a regir nunca los destinos de la ciudad. La clase media porteña osciló entre construir el chalet soñado –hay muchos que aún se conservan en muy buen estado- o comprarse el departamentito minúsculo para pasar quince días en la “Capital Turística del Mundo”, “La Ciudad Feliz”, etc. y después contarlo para dar envidia a sus vecinos.  Pero los turistas no votan en la ciudad: los distintos gobiernos municipales que han llenado de excepciones el Código Urbano fueron elegidos por marplatenses.

Habiendo llegado a esta conclusión, resta determinar cuál de los sectores de la población marplatense ha estado de acuerdo con permitir este lamentable proceso de decadencia de la ciudad turística más importante del país. Si –como se dijo-  la responsabilidad no se puede atribuir ni a la clase media ni a la clase alta ni a la clase baja, cabe concluir que ha existido un consenso entre todas ellas.

Y ahora es cuando cada uno sostiene que nunca estuvo de acuerdo, que no hizo nada para apoyar ni provocar tan detestable proceso y otra serie de excusas absolutorias por el estilo: eso se llama hipocresía.

Los argentinos –sin distinción de clases- con el transcurso del tiempo han optado por la mediocridad, provocando la decadencia de la ciudad y del país, y ahora ninguno está dispuesto a hacerse cargo: deberían empezar a pensar en qué puede terminar tal combinación de mediocridad, decadencia e hipocresía, si no es por ellos mismos, por el futuro de sus hijos.

 

 

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