En sus orígenes,
el feminismo apareció como respuesta a la necesidad de corregir la situación de
inferioridad en la que se encontraba la mujer con respecto al hombre, tanto
desde el punto de vista jurídico como en el ámbito social, político y
religioso. El objeto de este movimiento, en consecuencia, era promover la
igualdad de la mujer con respecto al hombre en dichos ámbitos.
Las feministas de
antaño encontraban innumerables dificultades, no solo a causa de la oposición
de los hombres, sino también de la mayoría de las mujeres, quienes promovían,
justificaban, defendían e inculcaban a sus hijos los principios y la mentalidad
machista. A través de los años se fueron modificando distintas normas jurídicas
y sociales cuyo fin era mejorar la situación desventajosa de las mujeres con
respecto a los hombres. El derecho al voto y la modificación de las leyes
civiles en los países más evolucionados finalmente lograron equiparar la
situación del hombre y la mujer en el ámbito de lo jurídico, pero no sucedió lo
mismo con ciertas prácticas sociales que las leyes son incapaces de revertir.
Entonces
surgieron dos tipos de feminismo. El primero buscó modificar las prácticas
sociales machistas a través de la educación, la concientización de la sociedad
y otros recursos similares y, si bien no logró un éxito completo, con el
transcurso del tiempo provocó una modificación significativa en la mentalidad
de la sociedad. El segundo feminismo tomó un camino equivocado al pretender
modificar las conductas colectivas a través de la aplicación de determinadas
leyes.
Cualquiera que haya estudiado en profundidad los mecanismos de la política y del derecho habrá llegado a la conclusión de que toda norma legal encuentra la razón de su eficacia en un consenso mayoritario sobre su bondad o conveniencia en la sociedad en la que se aplica. Las leyes que no cumplen con esta condición solo pueden tener dos destinos: que su existencia se extinga con el tiempo por la desuetudo, o que subsistan cuando son impuestas mediante la fuerza por un régimen dictatorial o fascista.
El feminismo
actualmente en boga busca todo el tiempo la promulgación de leyes que supuestamente
tienen el fin de fomentar la imposición coactiva de conductas que corrigen
ciertas situaciones en las que la mujer se encontraría en inferioridad de
condiciones. Empeñadas en ese afán, terminan dando por tierra con los
principios fundamentales del feminismo originario.
La tendencia
conocida como "ideología de género" se presenta como una alternativa
válida para proteger a las mujeres de situaciones que padecen a causa de lo que
denominan "el patriarcado". Este es un concepto que atribuye el uso y
abuso del poder por parte de los integrantes masculinos de la sociedad en
detrimento de sus integrantes femeninos. Dicho enunciado no resiste el menor
análisis: nadie discute que un ejemplo del abuso de poder es la "madre
castradora", rol que muchas mujeres desempeñan no solo en el ámbito de la
maternidad: se pueden citar ejemplos del mismo arquetipo, como la suegra, la
profesora resentida, etc. El sentido común nos indica que tanto la mujer como
el hombre pueden ser sujetos activos en casos de abuso de poder.
La ideología de
género ha tenido bastante éxito en imponer lo que se denomina "perspectiva
de género" en los ámbitos de la legislación y la justicia. Esta posición
ideológica afecta directamente a varios principios fundamentales que hacen al
correcto funcionamiento de nuestra sociedad: la igualdad de todos los
ciudadanos en situaciones similares, la
aplicación de las garantías procesales básicas sin distinción de género, el debilitamiento de principios del derecho
penal reconocidos desde hace siglos, como el "in rubio pro reo", etc.
Pero la consecuencia más grave de la aplicación de este nuevo feminismo afecta los principios del feminismo tradicional por las implicancias que genera. La lucha de las primeras feministas buscaba rebatir un concepto considerado como válido durante siglos: la mujer debía ocupar un rol subalterno en la sociedad porque era un ser inferior. Tuvieron que dedicar largos años de lucha para demostrar la falacia de dicha afirmación y en algunos casos debieron pagar muy altos costos. Lograron el éxito en los países más evolucionados, hasta el punto en el que la discusión sobre la inferioridad de la mujer se consideró un tema superado.
Con el nuevo feminismo se produce un retroceso notable. De la naturaleza de las normas que han impuesto o desean imponer se puede concluir que la mujer es una especie de incapaz de hecho, en cuanto necesita protección si se encuentra en una situación de la que no tiene cabal conciencia, siendo el más importante ejemplo el maltrato de pareja. La justicia debe creer en la verdad de cualquiera de sus denuncias, porque carece de la capacidad de mentir. También se la releva de responsabilidades básicas, como la toma de decisiones correctas con respecto a sus hijos. Se la debe eximir de ciertas explicaciones: por ejemplo, los motivos por los que toleró durante años el maltrato de su pareja o una situación de abuso sexual, o de la irresponsabilidad de elegir al sujeto que la maltrata constantemente para ser el padre de sus hijos.
En cambio el hombre no parece necesitar que se le concedan ese tipo de ventajas: se presume que tiene la responsabilidad necesaria para dar las explicaciones que se le requieran sobre cualquier situación y la capacidad necesaria para hacerse cargo de las necesidades materiales y psicológicas de su pareja y de sus hijos. Así las nuevas feministas terminan consagrando en forma tácita la inferioridad de la mujer con respecto al hombre.
Las feministas actualmente no contestan a ningún tipo de cuestionamiento. Lo habitual es que no estén dispuestas a escuchar ningún argumento no esté acorde con su posición y es frecuente que recurran a la cancelación de todo aquel que no esté de acuerdo con ellas. Esto les ha generado calificativos como "feminazis"; dejando de lado la connotación ofensiva de la palabra, la realidad es que querer imponer las ideas propias a toda una colectividad -si es necesario por la fuerza- y descalificar a quién piensa distinto son conductas propias de todos los fascismos.

No hay comentarios:
Publicar un comentario