martes, 30 de diciembre de 2025

LA DEMANDA IMPOSIBLE.


Relataré aquí lo que le sucedió hace muchos años a una abogada recién recibida.

Por pedido de un familiar -y porque aún no había no había conseguido muchos clientes- esta profesional accedió a atender a un sujeto de muy baja condición social y con una educación formal casi nula.
 
Al entrevistar a este potencial cliente, la abogada se encontró con un problema que no pudo resolver: no entendía lo que le pedía este buen hombre. No pudiendo superar esta situación, citó al sujeto para una próxima fecha. Le contó la situación a un abogado amigo con más experiencia, y este aceptó ayudarla estando presente en la próxima entrevista. 

En esa ocasión sucedió lo mismo: era prácticamente imposible entender qué era lo que pretendía lograr el cliente. Finalmente el abogado le hizo una pregunta bastante simple: 

"¿Usted que le quiere pedir al juez?"

La respuesta sorprendió a los abogados:

"Quiero que el juez le ordene a mi mujer que vuelva conmigo".

El abogado le explicó en palabras simples y con toda paciencia que, de todas las medidas que se le podían solicitar al juez, esa era la única que éste no podía conceder. 

Entonces el pobre hombre expresó sus argumentos en contra: 

"Mi mujer me abandonó porque tuvimos una discusión, pero el juez tiene que ordenarle que vuelva conmigo porque es lo que dice la ley. Cuando nos casamos el oficial del registro nos leyó un papel que decía que la esposa tiene la obligación seguir al marido a dónde él vaya. Entonces el juez tiene que ordenarle que vuelva conmigo."

De todas las explicaciones qué le dieron los abogados ninguna lo convenció, y el potencial cliente se retiró decepcionado. 

Si bien la petición de este pobre hombre parece absurda, hoy en día existe un caso similar que se ventila habitualmente en los tribunales: es el de la mujer golpeada que le inicia un juicio a su marido pero sigue conviviendo con él.

Por más resoluciones que emita el juez interviniente, si la convivencia continúa no existe ninguna medida legal capaz de lograr que el sujeto deje de golpearla; la pretensión de la demandante resulta tan absurda cómo la del pobre hombre ignorante del caso anterior, y a pesar de cualquier explicación que se le dé, la víctima sigue actuando como si no entendiera que la única solución posible es la separación.

miércoles, 24 de diciembre de 2025

IOMA y el curro de Máximo Kirchner.


IOMA hace tiempo que niega prestaciones a los afiliados de manera injustificada, hasta el extremo que en muchos casos tienen que recurrir a la vía judicial. El gobernador Axel Kicillof tiene intenciones de presentarse en las próximas elecciones como candidato a presidente de la nación. ¿Por qué no toma medidas con respecto a esta mutual teniendo la autoridad para hacerlo? La actual situación le va a hacer perder votos.

La situación del IOMA (Instituto de Obra Médico Asistencial) es uno de los temas más sensibles en la agenda política y social de la provincia de Buenos Aires. La crisis de la obra social, que cuenta con más de dos millones de afiliados, ha generado un fuerte desgaste en la relación entre el gobierno provincial, los profesionales de la salud y los beneficiarios.

Para entender por qué el gobernador Axel Kicillof no ha tomado una medida "drástica" (como una intervención total o un cambio de rumbo estructural) y cómo esto afecta su proyección presidencial, hay que analizar ciertos factores:

El Gobernador ha decidido ratificar el rumbo y a sus funcionarios actuales bajo la premisa de que están "dando una batalla contra las corporaciones médicas". El riesgo es que el deterioro cotidiano de la atención termine pesando más que el discurso político en una eventual elección nacional.

El IOMA es una de las cajas y estructuras más grandes de la provincia. Su dirección está en manos de La Cámpora (Homero Giles es un referente técnico de salud de esa agrupación).

En un contexto donde Kicillof busca proyectarse como candidato presidencial, necesita mantener la cohesión de su coalición interna. Intervenir el IOMA o remover a su cúpula implicaría una ruptura directa con el sector de Máximo Kirchner, algo que el gobernador ha intentado evitar para mantener la gobernabilidad y el apoyo territorial.

La respuesta a por qué el sector de Máximo Kirchner (principalmente a través de La Cámpora) mantiene el rumbo actual del IOMA, a pesar de las críticas, tiene motivos políticos y de caja que se han vuelto centrales en la interna del peronismo.

IOMA no es solo una obra social; es una de las estructuras financieras más grandes de la provincia. Maneja un presupuesto que proviene de los aportes directos de más de 2 millones de afiliados (empleados públicos, policías, docentes).

La creación de un "Sistema Propio": la gestión de Homero Giles (hombre de confianza de Máximo Kirchner) ha impulsado la apertura de cientos de policonsultorios. Buscan reemplazar a las clínicas privadas y a las federaciones médicas (como FEMEBA). Se denuncia que muchos de estos policonsultorios son gestionados por entidades o cooperativas vinculadas a la militancia. Para La Cámpora, esto no es un problema de gestión, sino una "batalla cultural" para estatizar el sistema de salud y eliminar a los intermediarios privados, aunque en el proceso el afiliado pierda a su médico de toda la vida.

En la interna actual entre Axel Kicillof y Máximo Kirchner, el IOMA es un territorio que pertenece al segundo. Tener el control de la obra social le da al sector de Máximo Kirchner un poder de presión sobre los intendentes y sobre el propio Gobernador. Si Kicillof intentara "solucionar" el problema interviniendo el organismo o echando a su cúpula, rompería definitivamente su alianza con La Cámpora, algo que hasta ahora no se ha atrevido a hacer para no fracturar el gobierno provincial.

La Cámpora no soluciona el problema de la manera que el afiliado espera (pagando a las clínicas y restableciendo convenios) porque su solución es otra: forzar el colapso del sistema tradicional para obligar a los afiliados a usar su propia red de policonsultorios y así consolidar un modelo de salud bajo control político directo.

Para entender quién "gana" con la actual gestión del IOMA por parte de La Cámpora, hay que mirar más allá de la atención médica y enfocarse en la estructura de poder y el manejo de fondos que la agrupación está construyendo.

Uno de los puntos más polémicos es la aparición de la ACEAPP (Asociación Civil de Establecimientos Asistenciales y Prestadores Privados). Funciona como una intermediaria que administra los nuevos policonsultorios que IOMA inaugura. En lugar de que el IOMA pague directamente a los médicos o clínicas tradicionales (donde no tiene control político), el dinero fluye hacia esta asociación. Se han denunciado conflictos de intereses, ya que personas vinculadas a esta asociación también dirigen empresas privadas que prestan servicios a la misma red. Muchos de estos centros son vistos como "unidades básicas de salud" donde la agrupación tiene control total sobre quién trabaja, qué se compra y cómo se atiende.

La medida más cuestionada es la creación de la ACEAPP (Asociación Civil de Establecimientos Asistenciales y Prestadores Privados), una entidad que funciona como intermediaria entre el IOMA y los nuevos policonsultorios. La presidenta de esta asociación, Silvana Fontana, es una médica pediatra vinculada a La Cámpora y exfuncionaria de salud. Se la acusa de manejar una empresa privada (RM Salud) que a su vez gestiona policonsultorios que cobran del IOMA a través de la misma ACEAPP que ella dirige. Mientras el IOMA corta convenios con instituciones históricas alegando falta de fondos, deriva millones de pesos a esta asociación para que administre la nueva red. Al romper con federaciones médicas (como FEMEBA) o clínicas locales, el IOMA "asfixia" financieramente a los prestadores tradicionales. Al quedar el afiliado sin opciones, se lo empuja a atenderse en los policonsultorios de la red ACEAPP.

IOMA es una fuente masiva de empleo y presencia territorial. El control de las delegaciones regionales permite a la agrupación colocar cuadros políticos en puestos clave en toda la provincia. Esto les da una capilaridad territorial que pocas instituciones ofrecen, algo vital para una organización política. El manejo de una caja de miles de millones de pesos (que se alimenta del descuento obligatorio a estatales) le da al sector de Máximo Kirchner una autonomía financiera enorme frente a otros sectores del peronismo y frente al propio Kicillof.

Para La Cámpora, el éxito no se mide en la satisfacción del afiliado: buscan que esos prestadores quiebren o se vean obligados a aceptar las condiciones del Estado, logrando así un sistema donde el único prestador sea el controlado por ellos.

Al entregarle esta caja y este poder a Máximo Kirchner, el gobernador evita (o pospone) una ruptura total con el kirchnerismo duro que podría paralizarle la Legislatura o el territorio. Es un "pago" político para poder seguir gobernando y soñar con su candidatura presidencial.

En resumen: Ganan los intermediarios amigos que gestionan la nueva red, los cuadros políticos que ocupan la estructura y el proyecto ideológico que busca eliminar la medicina privada, aunque en el medio el afiliado pierda servicios básicos.

Esto permite que un pequeño grupo de prestadores alineados políticamente se quede con la "exclusividad" de una masa de 2 millones de afiliados. Es un traspaso de recursos desde el sistema de salud diverso hacia una estructura controlada por la militancia. Existe una denuncia recurrente de que los fondos de los afiliados (que deberían usarse para prótesis o tratamientos oncológicos) se utilizan para sostener la estructura política. Se acusa al gobierno de usar el dinero del IOMA para cubrir baches del presupuesto general de la provincia o incluso para financiar actividades proselitistas de La Cámpora, especialmente en años electorales. Se han denunciado compras millonarias de insumos o servicios (como juguetes para eventos o cartelería) en plena crisis prestacional, lo que refuerza la idea de que la prioridad no es la salud del afiliado, sino la salud financiera de la agrupación.

Desde su perspectiva, lo que los afiliados llaman "problema", ellos lo llaman "reforma del sistema". Prefieren que el sistema tradicional colapse para que solo quede en pie su red propia. En ese esquema, el "beneficio" es doble: económico (control de la caja) y político (dependencia total del afiliado hacia el Estado/Agrupación). La sospecha de beneficios para "amigos" no es solo una teoría, sino que está documentada en denuncias sobre la falta de licitaciones transparentes y el crecimiento de empresas prestadoras manejadas por exfuncionarios y militantes.

Cuando se profundiza en la investigación de este tema, se advierte que una propuesta que puede ser efectiva y razonable -pues mejoraría la situación económica de IOMA y el servicio a sus afiliados obligando a competir a FEMEBA y otros prestadores con una red independiente- tiene por verdadero fin llenar los bolsillos de una agrupación política. Estos conflictos de naturaleza económica son los obstáculos para que el peronismo conforme un frente unificado que posibilite ganar las próximas elecciones presidenciales a Axel Kicillof, el único candidato con posibilidad de conseguir el caudal de votos necesarios para el peronismo.

Este es un ejemplo más qué deja en evidencia los motivos del desastroso desempeño del peronismo desde el año 2015. Determinados grupos impusieron la candidatura de Daniel Scioli -un candidato con pésima imagen- llevando al Frente para la Victoria a la derrota. En 2919 impusieron a Cristina Fernández un candidato de dudosa orientación política como Alberto Fernández -que en realidad actuó como testaferro de Sergio Massa y solo aportó un apoyo relativo de Clarín- cuya gestión, marcada por su obediencia al establishment que impidió los aumentos de sueldo necesarios, llevó a la última derrota electoral al peronismo.

Resulta entonces que estos sectores -que son supuestos peronistas o supuestos aliados- reciben influencias, cargos y cajas extorsionando con la amenaza de no apoyar el partido,  sea con la presentación de un candidato presidencial independiente o directamente con pasarse al bando contrario: Sergio Massa es el mejor ejemplo, pero otros referentes no se quedan atrás.

Es así como los argentinos debimos soportar desde el 2015 los perjuicios que nos han causado dos gobiernos de derecha y un gobierno pseudo peronista infiltrado por representantes del establishment.

Ante el fracaso de la democracia representativa liberal, alguien debería pensar en algún sistema de gobierno que la reemplace y que evite repetir los vicios de los gobiernos conformados por políticos tradicionales.

 

jueves, 11 de diciembre de 2025

El éxito del boludo.



Si hablamos de sujetos que actúan de forma que podrían perjudicar a otros y a sí mismos sin beneficio aparente —pero que aún así tienen éxito en medios como periodistas—, hay varios factores psicológicos, sociales y mediáticos que pueden explicar esto.

1. Carisma percibido y autenticidad
Los medios valoran personalidades llamativas y auténticas, incluso si su lógica es cuestionable.

Un “boludo” así puede transmitir imprevisibilidad, espontaneidad o sinceridad brutal, lo que genera atención y compromiso.

La audiencia muchas veces confunde imprevisibilidad con originalidad, y eso genera notoriedad.

2. Despreocupación por las normas
Su tendencia a actuar sin pensar en consecuencias puede ser vista como valentía o irreverencia, algo muy apreciado en periodismo controversial o satírico.

Esto les permite romper tabúes, decir lo que otros no se animan y generar controversia, que es sinónimo de visibilidad.

3. Estrategia paradójica
Aunque no haya intención de beneficiar, su estilo puede generar efecto de halo mediático: su comportamiento caótico o “irracional” hace que la gente hable de ellos, comparta sus contenidos o los recuerde.

En los medios, la visibilidad a veces importa más que la coherencia o el éxito racional.

4. Tolerancia a la crítica
Un “boludo” según tu definición probablemente no se ve afectado por el juicio ajeno.

Esto les permite exponerse públicamente sin miedo a críticas o consecuencias, algo que muchas personas más calculadoras no soportarán.

5. Explotación de la empatía o el humor
La audiencia puede percibir su conducta como humorística, excéntrica o entrañable, lo que crea seguidores leales.

Los medios de comunicación buscan personajes que generen emociones, no necesariamente “buenos pensadores” o estrategas.

6. El fenómeno de “anti-experto”
En ocasiones, los medios prefieren voces menos técnicas y más humanas, aunque sus intervenciones sean contradictorias o ilógicas.

Este tipo de “boludo” funciona bien en espacios de opinión, talk shows o redes, donde la simpatía y el drama atraen más que la racionalidad.

En resumen: estos individuos tienen éxito no a pesar de su irracionalidad, sino gracias a ella. Su espontaneidad, irreverencia y despreocupación por las normas los convierte en personajes mediáticos ideales: provocan, entretienen y generan conversación, que es lo que los medios buscan.
 

lunes, 24 de noviembre de 2025

Lacan, Milei, el sínthome y el goce del idiota.

 


El concepto de sínthome en el último Lacan (principalmente Seminario XXIII, El sinthome, 1975-1976) es una reelaboración radical de la forma en que un sujeto se sostiene cuando el Nombre-del-Padre ha fallado o está forcluido. Ya no se trata tanto de la metáfora paterna que tapona el agujero del significante, sino del sínthome que anuda por sí solo lo Real, lo Simbólico y lo Imaginario, permitiendo que el sujeto “se las arregle” con su goce sin pasar necesariamente por la castración simbólica clásica.

El sínthome es, por tanto, una invención singular, un modo idiota (en el sentido griego de ἴδιος: propio, privado, no común) de tratar el goce. No es un síntoma interpretable que remite al Otro del significante, sino un goce opaco, autoerótico, que no pide nada al Otro.

Ahora bien, cuando intentamos pasar del sínthome individual al terreno colectivo, las cosas se complican enormemente, porque el sínthome es por definición anti-social, anti-colectivo. Es lo que permite al sujeto desabrocharse del lazo social sin desintegrarse psicóticamente.

Sin embargo, hay una línea de lectura que ha intentado pensar lo colectivo a partir del sínthome: el “goce del idiota” como rasgo de la época (Zizek)

En la hipermodernidad, el imperativo cínico “¡Goza!” (del superyó) se combina con el repliegue narcisista. El sujeto contemporáneo tiende a cultivar un goce autista, desconectado del Otro, sostenido por gadgets, pornografía, redes sociales como prótesis sinthomáticas. El “idiota” aquí no es el tonto, sino el que goza en su rincón sin pedir permiso ni reconocimiento. El colectivo que emerge no es una comunidad simbólica sino una suma de idiotas que consumen el mismo objeto-gadget (iPhone, serie, criptomoneda, ideología woke o alt-right) como suplencia compartida.

En resumen: el sínthome es la solución más singular y más “idiota” que un sujeto puede inventar para no volverse loco cuando el Otro no existe. Pero precisamente por eso es casi imposible colectivizarlo sin que derive en comunidades de goce cerrado, bandas, sectas o mercados de objetos-suplencia. El goce del idiota es estructuralmente anti-fraterno. La única “colectividad” posible sería una reunión de idiotas que aceptan no entenderse del todo, que toleran la opacidad radical del goce del otro, algo que la época vuelve cada vez más difícil.

La irrupción de Javier Milei en la política argentina no solo ha sido un terremoto económico y cultural, sino también un fenómeno que invita a una lectura lacaniana profunda, especialmente en el cruce entre el sínthome individual, el goce del idiota y sus derivas colectivas. Milei, con su estilo histriónico, su invocación constante a un "Dios libertario" y su desprecio por el "Otro" estatal o social, encarna una figura que parece tejida con hilos del último Lacan: un sujeto que inventa su propia prótesis para anudar lo Real de la crisis argentina con un discurso imaginario de salvación anarcocapitalista. Pero, como advertía Lacan, este nudo es frágil y segregativo; cuando se colectiviza, genera no fraternidad, sino hordas de goce opaco, donde el "idiota" (en su acepción lacaniana de goce solitario, autoerótico y anti-social) se multiplica en una masa que celebra la crueldad como libertad.

Lacan describe el sínthome como esa "invención idiota" que sostiene al sujeto cuando el Nombre-del-Padre (la ley simbólica que ordena el lazo social) falla. En Joyce, era la escritura; en Milei, parece ser su discurso económico-esotérico: una mezcla de Mises, Hayek y rabinos cabalistas que anuda su psicosis latente (forclusión del padre, como sugieren sus anécdotas familiares de violencia paterna) con la promesa de un Real puro, sin mediaciones estatales.

El fallo del Padre y la prótesis Milei: Milei no apela a un Otro garantizado (el Estado peronista o la "casta" que él demoniza); en cambio, su sínthome es el "Viva la libertad, carajo!", un grito que no pide reconocimiento al Otro sino que afirma un goce solitario. En su libro El camino del libertario (2023), cita a Jesús Huerta de Soto reinterpretando la Biblia como anarcocapitalismo: Dios es libertario, el Diablo es el Estado. Esto no es teología, sino sínthome: tapa el vacío del Otro fallido (la crisis argentina post-2001, hiperinflación, etc.) con un nudo imaginario donde él es el mesías elegido. Psicoanalistas como Nora Merlin lo leen como "goce sádico exhibido", un narcisismo patológico que inunda Olivos con cuadros de sí mismo, evocando el mito de Narciso ahogándose en su reflejo.

Lo psicótico en el poder: Lacan advertía que el sínthome evita la desintegración, pero en Milei roza la psicosis abierta. Su desprecio por el humor (como en Sade, según Lacan) y su convicción delirante de ser "el azote del wokismo"  muestran un sujeto que no dialoga, sino que vocifera verdades absolutas.

En clínica, esto sería tratable (el analista desataría el nudo para un saber menos idiota); en política, es peligroso: un sínthome presidencial que promete libertad pero entrega ajuste salvaje.

El "goce del idiota" en Lacan (Seminario XVII y XXIII) es fálico, masturbatorio, desconectado del Otro: un blablá solitario que no comunica, sino que afirma un plus-de-gozar opaco. En la pornografía o el consumo gadget (Žižek), es el imperativo "¡Goza!" del superyó cínico. Milei lo encarna en su exhibición de crueldad: insultos como "zurdos de mierda", celebración de despidos y el "mayor ajuste de la historia" (incluso en oncología), y el decreto de 2025 que clasifica discapacias como "idiota", "imbécil" o "débil mental".

Merlin y otros en El goce de la crueldad (2025) lo llaman "goce sádico": no hay mecanismos freudianos de defensa (inhibición, culpa); hay exhibición del daño ajeno como placer pulsional. Lacan lo vincula al goce "malo" (Seminario VII), opuesto al placer regulado: Milei goza de la "motosierra" al Estado porque es transgresión pura, indiferencia al sufrimiento (pobreza al 57% en 2024). En X, lo comparan con líderes fascistas por su arrogancia delirante y desprecio al "resto".

El idiota en el espejo: Milei acusa a los otros de idiotas ("¿Creen que la gente es tan idiota?"), pero Lacan diría que proyecta su propio goce solitario. Su voto (el "voto idiota") es anti-fraterno: no une, divide en "argentinos de bien" vs. "casta".

Pasar del sínthome individual al colectivo, como intentaba Miller, genera "aglomerados de goce" frágiles: sectas o fandoms que homologan idioteces sin mediación simbólica. En Milei, esto es su base: una masa que goza en el recital histérico (como su show en 2025), el odio compartido al "kirchnerismo" y el consumismo de cripto/MAGA como prótesis.

Comunidad de idiotas: Siguiendo a Žižek, es una suma de solitarios que consumen el mismo objeto (el "león" Milei, Trump como espejo). Lacan sería pesimista: todo lazo masivo captura el goce en un plus mortífero, como el estatismo que Milei critica pero replica en su culto al líder.

Stavrakakis o post-lacanianos argentinos lo leen como populismo invertido: Milei como significante vacío que anuda goces singulares en un anti-Estado, pero deriva en neofascismo. El peligro: una "colectividad" de idiotas que tolera la opacidad ajena solo si es homóloga (todos odiando lo mismo), pero feroz contra el disidente.

En suma, Milei ilustra el impasse lacaniano: su sínthome sostiene un sujeto en crisis, pero colectivizado, multiplica el goce idiota en crueldad social. No es mera patología (aunque lo sea), sino síntoma de la época: declive paterno, empuje al goce sin Otro. 

viernes, 14 de noviembre de 2025

AMOS Y ESCLAVOS



En la Fenomenología del Espíritu (1807), Hegel plantea que la conciencia de sí (el reconocimiento de uno mismo como sujeto) se forma en la relación con otro. Esta relación toma la forma de una lucha por el reconocimiento, en la que uno de los sujetos se convierte en amo (señor) y el otro en esclavo (siervo).

Hegel sostuvo que la sociedad nace a partir del momento en el que un sujeto asume la posición de amo y otro la de esclavo. El amo busca someter al esclavo para ser reconocido como tal. El esclavo se resiste porque su sometimiento implica dejar de ser reconocido por el otro como sujeto. Para que la sociedad exista es necesario que esta lucha por el reconocimiento no termine en la muerte del adversario, sino en su supresión como sujeto. En Hegel, los conceptos de Amo y Esclavo no necesariamente se refieren a que un individuo sea señor y el otro sea esclavo, sino que define dos actitudes distintas: ganará la batalla quien tenga menos miedo a la muerte.

En consecuencia, existen dos tipos de sujeto: el amo, que es reconocido como sujeto a condición de no reconocer al otro como tal, y el esclavo, que acepta no ser reconocido como sujeto para preservar su vida. El amo es reconocido como sujeto por otro que no reviste esa condición, lo que en un punto le resulta insatisfactorio, pero no tiene opción; si le reconociera al otro una condición subjetiva, perdería la suya propia. Este deseo insatisfecho lo lleva a ejercer su poder sobre el esclavo en forma cada vez más intensa, a veces hasta el punto en el que puede desentenderse de la vida de éste sin el conflicto que le causaría matar a un semejante; en el fondo considera al esclavo como una cosa de la que puede deshacerse si le parece conveniente.

La teorización de Hegel resulta interesante, pues a partir del análisis realizado por Alexandre Kojève, Jaques Lacan elaboró su enunciación del concepto de “deseo”.

Lacan habla de una demanda de amor absoluto e incondicional que es previa al establecimiento del lenguaje, y por ello es imposible de satisfacer y denomina a este resto insatisfactible deseo; éste se asienta en lo que no obtiene, en lo que no es satisfecho.

Cuando Lacan dice que el sujeto desea el deseo del otro quiere decir que el sujeto desea que el otro lo desee. El reconocimiento al que hace referencia Hegel consiste para el sujeto en obtener la atención del otro. Pero al requerirla en una forma absoluta la desea, y tal pretensión no es compatible con la realidad; el sujeto pretende conseguir un imposible sin ser consciente de ello. En consecuencia, el objeto del deseo como atención total y absoluta no existe. Ante la frustración que le produce esa imposibilidad, el sujeto busca la manera de hacer que el otro le dé aquello que supuestamente le está negando, y el último recurso es obligarlo; para ello aspira a ser el amo. Al no ser consciente de qué es lo que en realidad quiere obtener (un imposible), formula en su lugar una demanda con otro objeto que debe obtener y que el otro debe darle bajo una determinada modalidad que está determinada por aquello que hizo que la atención absoluta que supone haber recibido en su infancia cesara al negársele en algún momento  mediante dicha modalidad y que va a definir la forma que tomará su reclamo en la demanda.

El otro, a su vez, se encuentra en la misma situación con respecto al sujeto: en un momento se frustra al advertir que su demanda no es satisfecha en la modalidad esperada, y en algún momento también llega a suponer qué puede obligarlo. A partir de ese momento se da una situación en la que cada sujeto intentará obligar al otro a que satisfaga su demanda. La lucha que se traba entre estos dos sujetos en algún momento debe tener una resolución. El sujeto que tiene más temor a perder la atención del otro en forma definitiva quiere evitarlo y a tal fin asume la posición del vencido. De esta manera consagra vencedor al otro reconociéndole esta posición.

Hegel se refiere a este proceso en la "Dialéctica del amo y el esclavo" y supone que dicha lucha termina con un vencedor debido al temor del vencido a resultar muerto. Sí bien esta afirmación le resultó útil para ilustrar el punto al que hacía referencia en ese momento, la realidad es que cuando supuso que el sujeto renunciaría a su deseo de ser reconocido en realidad estaba haciendo referencia sin saberlo a que el sujeto que asume el lugar de esclavo renuncia a su demanda absoluta de atención para conservar el grado de la misma de la que dispone en ese momento con la esperanza de lograr que su demanda sea satisfecha en su totalidad en un futuro. Es por esto que siempre existe la posibilidad de que el esclavo se rebele.

Para ser justos con Hegel, hay que reconocer que en determinados casos el amo está dispuesto a matar al esclavo, y lo hace cuando comprende que nunca obtendrá de él lo que reclama. En este caso el amo debe asumir que eliminó la posibilidad de obtener la satisfacción de su deseo y ha fracasado. Es por esto que los casos que terminan en asesinato constituyen un porcentaje mínimo de las relaciones de este tipo que se presentan en la generalidad de la población.

También hay que tener en cuenta que el esclavo, aun habiendo asumido la posición de tal, es incapaz de satisfacer la demanda del amo por su carácter de absoluta, por lo que éste siempre quedará insatisfecho. Para que la relación continúe, el amo debe conformarse con el plus de goce que le proporciona el hecho de disfrutar de la porción extra de atención que cree que obtiene del esclavo por ejercer su dominio sobre este.

Hegel escribe "La dialéctica del amo y el esclavo" para darle un fundamento a su visión de la historia como un proceso dialéctico que se repite mediante los cambios que determinan el acceso al poder de cada clase social a través del tiempo: es por eso que sus conclusiones no son aplicables a nivel individual. La calificación de Amo y de Esclavo resulta útil para para describir estas dos posiciones subjetivas, pero en la práctica es imposible conseguir modelos puros; todo individuo tiene algún dominio sobre alguien, y ninguno está libre de que alguien pueda ejercer algún dominio sobre él. No obstante, en la sociedad se advierten grupos de sujetos con mayor predominio del carácter de Amo y otros con el de Esclavo, y en tal sentido Hegel resulta útil para explicar ciertos conflictos sociales.

miércoles, 29 de octubre de 2025

NOCIONES GENERALES DE PSICOLOGÍA ETOLÓGICA

                                                         



                                                    PREFACIO

 

         Este libro es el producto de mi innata curiosidad por entender la conducta de mis semejantes. Su origen se remonta a un momento de mi vida en el que me propuse encontrar respuestas a las siguientes preguntas:

 

        ¿Por qué las personas hacen lo que hacen?

        ¿Por qué no hacen lo que no hacen?

        ¿Por qué no obtienen lo que quieren?

        ¿Por qué obtienen lo que no quieren?      

 

          Desde la infancia intenté conducirme como una persona racional y traté de seguir las reglas de la lógica y del sentido común para tomar decisiones porque fui educado para eso.  A medida que pasaba el tiempo noté que esta estrategia –que supuestamente debía garantizarme el éxito en toda empresa que acometiera- no siempre era efectiva, y mediante el análisis de las situaciones en las que fracasaba llegué a la conclusión de que la causa se encontraba en el hecho de que la mayoría de las personas con las que debía relacionarme no utilizaban dicha estrategia, es decir, sus actos prescindían a menudo de la lógica o del sentido común. Entonces comenzó mi búsqueda de los móviles que podían tener tales actos, la que tuvo como propósito facilitar mi interacción con individuos cuyas conductas no podía predecir ni entender.

 

          Leí, pregunté, observé, razoné, todo ello sin mayores resultados. Debo reconocer que en un primer momento esta actividad fue para mí poco más que un pasatiempo o un ejercicio puramente intelectual sin mayor método ni dedicación. Esto cambió cuando me di cuenta de que mi propia conducta tampoco estaba exenta de las contradicciones que tanto me molestaban en la de los demás. Tal descubrimiento me afectó profundamente y debí recurrir a una terapia psiocoanalítica que, si bien debo reconocer que produjo algunos resultados positivos en lo inmediato, me convenció de que la cura para el problema de fondo tal como esta disciplina la postula no existe ni es posible.

 

          Habiendo considerado agotados los distintos recursos existentes, decidí investigar seriamente y con cierto método con el propósito de encontrar una teoría que fuera capaz de explicar las anomalías que observaba en mi propia conducta y en la ajena. Durante ese proceso se fue gestando el presente libro; a pesar de que no fue mi propósito inicial incursionar en el campo de la psicología, la evolución de mi trabajo me llevó a considerar que no habría tenido mayor sentido crear una serie de neologismos ajenos a ésta: estimo que resulta preferible utilizar términos conocidos y aceptados por la ciencia existente redefiniéndolos cuando ello resulta necesario.

 

          A causa de este trabajo que aquí expongo, se ha producido en mi vida una interesante paradoja que me parece pertinente mencionar: realizar y concluir este trabajo me ha aclarado grandes interrogantes que me he planteado y a la vez me ha permitido tramitar mi deseo en el sentido lacaniano del término. Este doble beneficio ha hecho que –tenga o no éxito o aceptación este libro- me sienta sumamente satisfecho.

 

 

                                                                                                 El autor.

 

 

 

 


                                                  INTRODUCCIÓN

 

         

          Existen varias definiciones que intentan establecer la naturaleza de la psicología como ciencia, y no resulta necesario para los propósitos de este trabajo ahondar en las sutilezas que presenta cada una de ellas: a los fines prácticos del entendimiento de los conceptos que aquí se desarrollarán, basta definir a la psicología como la ciencia que estudia la estructura y el funcionamiento de la psiquis humana a través del análisis de la conducta y el comportamiento. A la psiquis –un concepto cuyo significado es también discutido- se la puede definir con criterio pragmático como el sistema operativo que estructura todos los procesos y fenómenos que constituyen las funciones superiores del cerebro y regulan la conducta y el pensamiento.

 

          La psiquis tiene dos componentes: una estructura de funcionamiento innata común a todos los seres humanos cuyo sustrato es biológico, y un contenido adquirido por cada individuo mediante la percepción a partir del momento en que su cerebro comienza a funcionar que es sistematizado teniendo como base a la antedicha estructura. Si bien a este sistema se lo podría comparar -en líneas muy generales- con el hardware y el software de una computadora, lo que hace a su comprensión es la diferencia y no la similitud con aquel: en un software común correctamente configurado, cualquier funcionamiento paradojal es detectado y señalado en general como una falla del programa, y éste no puede continuar ejecutándose. En la mente humana, en cambio, debemos distinguir dos situaciones. Cuando una paradoja puede ser reconocida como tal en forma consciente, el sujeto tiene la posibilidad elegir entre diversas alternativas para modificar el proceso correspondiente (puede dejar de lado la cuestión, posponerla, tratar de resolverla, etc.). Cuando la paradoja se produce sin que pueda ser registrada como tal por el sujeto, llega un punto en el que este “malfuncionamiento” queda en evidencia porque le causa algún tipo de problema o daño perceptible. Señalo aquí dicha palabra entre comillas, pues lo que en el caso de una computadora puede ser calificado como una falla de funcionamiento solucionable mediante una reforma del programa, en la psiquis humana es una consecuencia previsible que deriva de su propia constitución que, una vez conformada, es prácticamente imposible de modificar.

 

          Tanto en los sujetos humanos como en los animales existen procesos mentales que se relacionan en forma primaria con la continuidad vital. En ambos se observa en la dimensión temporal la continua fluctuación del deseo en su acepción vulgar: la sensación de insatisfacción del individuo genera un deseo que lo impulsa a cubrir el déficit de aquello que le resulta necesario; al hacerlo logra a la vez consumar tal adquisición y obtener la sensación de satisfacción que lo invade cuando logra su objetivo. Esta constante fluctuación satisfacción - insatisfacción es esencial para mantener al individuo en actividad y ocurre durante toda su existencia. No puede resolverse en ninguno de sus dos extremos, pues ello implicaría el fin del proceso vital. La homeostasis es el principal elemento dinamizador en este proceso: el término, introducido por W. B. Cannon en 1932, designa la tendencia general de todo organismo a restablecer un equilibrio interno cada vez que éste es alterado. Estos desequilibrios internos, que pueden darse tanto en el plano fisiológico como en el psicológico, reciben el nombre genérico de necesidades. De esta manera, la vida de cualquier organismo puede definirse como la búsqueda constante del equilibrio entre cualquier necesidad y su correspondiente satisfacción. Toda acción tendiente a la búsqueda de ese equilibrio es, en sentido lato, una conducta.

 

          La psiquis tiene como función sistematizar la interacción del sujeto con el mundo real a fin de diseñar conductas: éstas son estructuras de comportamiento que el individuo debe utilizar con el propósito de obtener la satisfacción de sus necesidades durante determinados procesos temporales. Esas estructuras rara vez son percibidas como tales en forma consciente y solo pueden ser analizadas una vez que se ejecutan, porque el registro real de su funcionamiento se produce en su mayor parte a nivel inconsciente; en consecuencia, solo resultan totalmente eficientes mientras la complejidad de una situación no impide al sujeto ponderar correctamente las fluctuaciones que no siguen parámetros atemporales simples o lineales. Pasado cierto punto, las respuestas conscientes -que siempre se originan con base en registros inconscientes- se vuelven aparentemente deficientes. La situación más compleja que el sujeto debe afrontar es la relación con otros individuos de su especie, pues allí necesariamente intervienen e interactúan dos o más estructuras psíquicas. A la dimensión de lo temporal se le agrega otra aún más compleja que es la de lo intersubjetivo: entonces la psiquis puede llegar a producir –y la mente consciente debe enfrentar - paradojas doblemente complejas.

 

          El campo de la psicología etológica como ciencia abarca el estudio de las vías por las que la estructura innata de la psiquis incorpora los contenidos exógenos que le darán un modus operandi  funcional más o menos permanente, la forma en la que estos contenidos son administrados y las diversas modalidades de funcionamiento del sistema en su conjunto una vez que se encuentra conformado; su objetivo es llegar a determinar con rigor científico si existen posibilidades de modificarlo y, en caso de no ser así, precisar si existen posibilidades de crear mecanismos artificiales específicos  cuando  se vuelva necesario reformular estrategias de conducta que resultan poco eficientes o perjudiciales para cada individuo en particular. Como ciencia pragmática, tiene por objeto de estudio las técnicas y estrategias  susceptibles de ser aplicadas a cada sujeto de acuerdo a la conformación psíquica de la que dispone con el propósito de encontrar la forma mas adecuada para lograr la modificación de determinadas conductas en tal forma que resulten eficientes para conseguir logros y beneficios; o, dicho de otro modo, encontrar la mejor forma de administrar los recursos psíquicos de cada individuo con miras a la mayor satisfacción posible de sus necesidades.

 

          En este punto resulta necesario determinar las relaciones de la psicología etológica con la etología. En algún punto existe una superposición inevitable, dado que el objeto de ambas ciencias es la conducta, pero mientras la etología estudia el comportamiento animal, la psicología toma como objeto la conducta humana, y en consecuencia sus fines son distintos. En el campo de lo teórico pueden resultar ociosas las clasificaciones, ya que son siempre convencionales y por lo general no aportan mayores beneficios; pero en la práctica es necesario establecer los ámbitos de aplicación de cada ciencia como requisito necesario a fin de evitar posibles confusiones. La delimitación de los respectivos campos de incumbencia se relaciona con la finalidad de cada una de ellas. Si se define grosso modo a la neurosis como el resultado que provoca la aplicación reiterada de una estrategia de supervivencia ineficaz, se puede definir a la psicología etológica como la ciencia que estudia la génesis y las consecuencias de las neurosis desde el punto de vista de las estructuras comunes que determinan la conducta animal y la humana. Esto equivale a sostener que la etología es la base sobre la que se estructura el paradigma de la psicología y que, mientras la primera se limita al estudio descriptivo de las reglas que determinan los comportamientos de las diversas especies animales, la última abarca en general el estudio de la totalidad del fenómeno de la conducta humana en sus diversos aspectos y en particular su posible modificación o adaptación por parte del hombre.

 

          La existencia de diversas corrientes dentro de la psicología ha dificultado la elaboración de un cuerpo teórico solvente que, de haber sido aceptado universalmente como válido por la comunidad científica, se hubiera podido constituir en paradigma general de esta ciencia. Afortunadamente –y a pesar de ello- algunos psicólogos, cuyo interés se centra más en el bienestar de sus pacientes que en cuestiones teóricas o en discusiones bizantinas, han optado por utilizar las técnicas más convenientes establecidas por cada corriente con un criterio pragmático e inteligente, atendiendo a su efectividad en cada caso y prescindiendo de la afiliación a cualquier tendencia en ocasión del ejercicio de la práctica profesional. Siguiendo este mismo criterio, la psicología etológica toma como modalidad la incorporación y el aprovechamiento de las teorías y conocimientos prácticos provenientes de cada tendencia de la psicología actual que puedan contribuir de forma más conveniente al logro de sus fines, estableciendo como límites la congruencia con los principios de la teoría que aquí se expone y la consecuente comprobación de su eficacia al momento de su aplicación a los casos reales.

  

          La visión antropocéntrica que ha prevalecido hasta el presente en el desarrollo de las ciencias ha sido causa de delimitaciones epistemológicas no demasiado acordes al orden de lo natural. Los seres humanos contamos con algunas características que datan de los albores de la vida sobre el planeta y que son compartidos por todas las formas de vida que conocemos, por lo que el análisis de aquello que nos hermana con el resto de los seres vivos debería haber precedido al estudio de lo que nos distingue de ellos. Pero aún hoy en día, sabiendo que compartimos con nuestros parientes animales más cercanos, los chimpancés, el 98% del material genético que determina nuestras características biológicas, persistimos en orientar el esfuerzo por conocernos y definirnos a partir de aquello que nos diferencia. En consecuencia, la etología –ciencia que estudia el comportamiento animal- no ha sido la base de la psicología, tal como se hubiera podido esperar siendo el hombre un integrante más del reino animal; salvo raras excepciones, se ha evitado relacionar ambas ciencias con el tácito propósito de evitar que la psicología terminara siendo una rama de la etología.

 

          Este “error” ha provocado una fractura que rompe la continuidad entre el estudio de la conducta animal y la humana, dejando un hueco que debió haber sido ocupado por aquellos objetos de estudio de la etología que el ser humano comparte con los demás animales. Este espacio en blanco en el campo de las ciencias ha privado a la psicología de la posibilidad de establecer una base común que puede ser útil para integrar a los distintos paradigmas actuales en un solo corpus conformado por elementos coherentes entre sí. Esta visión sesgada de la realidad ha permitido también en algunos casos evadir la confrontación directa con el principal tema controvertido de dicha ciencia: la posibilidad de la cura.

 

          Por otra parte, la etología -como cualquier otra área del conocimiento- también presenta hoy en día limitaciones. La estructura de los lenguajes animales, gran parte de los factores cognitivos, la diversidad del comportamiento social animal y los orígenes y límites de la intencionalidad y de la auto-conciencia son temas que aun no han sido investigados apropiadamente por los etólogos. Las razones por las que se produce el fenómeno de la autoconsciencia humana o la reflexión, su relación con la química del cerebro, el proceso evolutivo que le ha dado origen, etc., siguen siendo en gran parte un misterio aun no descifrado por la ciencia.

 

          Actualmente la mayoría de las corrientes psicológicas concuerdan en sostener que la constitución de la estructura de la psiquis humana es esencialmente neurótica. Al estudiar su funcionamiento estaremos observando un fenómeno natural que por su calidad de tal aparece como objeto adecuado para una ciencia descriptiva. Si aceptamos este postulado, llegaremos a la conclusión de que el éxito en la cura de la neurosis tiene tan pocas posibilidades como la conservación de los glaciares o el control artificial del clima mundial. Debido al hecho de que la psicología apareció en su momento como una rama de la medicina -y el objeto principal de esta última es curar- ha resultado difícil hasta el presente reconocer que la cura entendida como modificación de una estructura neurótica básica es un objetivo prácticamente imposible. La psicología debe proveer entonces otros medios para tratar los problemas y afecciones que se derivan de la naturaleza de la psiquis humana.

 

         Si presuponemos que esta estructura que denominamos “psiquis humana” funciona en base a principios que también determinan la conducta animal y que están principalmente al servicio de la supervivencia, tendremos la posibilidad de encontrar métodos que nos permitan una mejor investigación, una búsqueda racional de soluciones para los problemas que presenta la materia, y tal vez resulte posible  lograr el desarrollo de un paradigma unificado de la ciencia que tiene por objeto de estudio la psiquis y la conducta humanas al que resulta lógico esperar que adhieran las distintas corrientes de la psicología teniendo en cuenta que todas ellas comparten el estudio de los mismos fenómenos.

 

 

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                                                    Capítulo 1:

                                             ETOLOGÍA HUMANA

 

 

          Cuando se intenta investigar en base al material teórico que constituye el rubro denominado “etología humana”, se advierte la existencia de dos posiciones: la de quienes la identifican totalmente con la psicología, y la de algunos autores que la reducen al estudio de los comportamientos instintivos del ser humano. Ambas posiciones revelan una pobreza intelectual casi franciscana motivada por la dificultad ya mencionada de aceptar que el hombre es un integrante más del reino animal. Un breve resumen de las investigaciones realizadas en el campo de la etología servirá como introducción al tema a desarrollar.

 

          Konrad Lorenz, zoólogo y etólogo austríaco que desde niño fue amante de los animales, dedicó parte de su vida a observar sus conductas. Notó que las crías de los gansos comenzaban a seguir a su madre poco después de romper el cascarón y que se creaba un vínculo importante que ayudaba a la madre a protegerlos y a entrenarlos. Pero también observó que los ansarinos huérfanos lo seguían a él como si fuera su madre unos instantes después de romperse los cascarones: dedujo que ese apego ocurre cuando los gansos recién nacidos detectan un ser grande en el momento de romper sus cáscaras. Siguiendo este patrón más o menos permanente, algunos gansos silvestres que habían tomado a Lorenz como su “madre” preferían pasar la noche en su recámara y lo seguían a todas partes. El investigador denominó "impronta" al proceso causante de este apego inicial.

 

          Estudió también la conducta de los patitos cuando emergían del cascarón y su impronta de seguimiento. Observó que los patitos improntan la figura materna el primer día de su vida, y lo hacen tomando el primer objeto que ven y que tiene movimiento: siguen a lo primero que se mueve junto a los huevos, que –sea lo que sea- se “convierte" en su madre. Observó que cuando reunía a los animales que lo habían improntado a él como figura materna con su madre real, estos la ignoraban y continuaban siguiéndolo. En la mañana cuando despertaba veía a estos patitos alrededor de sus botas en vez de estar en su nido. Una vez reportó que había rodado una pelota de ping-pong cerca de un huevo en el que emergía un patito: cuando este la vio, quedó improntado con la pelota, la que se convirtió en su "madre". Más tarde el patito relacionaba con su madre cualquier cosa que rodara y la seguía.

 

          Una explicación plausible de este fenómeno es que la evolución habría propiciado esa necesidad esencial de memorización, programando a las crías para que sigan el primer objeto móvil que les produce la “llamada” de su especie. Lorenz consideró a la impronta un ejemplo de aprendizaje preprogramado; el término impronta se refiere entonces a una forma de aprendizaje en la que un animal muy joven fija su atención en el primer objeto que ve, escucha o toca, y en el movimiento que a continuación hace ese objeto, el que normalmente en la naturaleza es uno de los padres.

 

          Otros animales y objetos inanimados han sido utilizados en forma experimental para estudiar este comportamiento.  Konrad Lorenz y sus colegas creían que las improntas se establecían en ciertos periodos neurológicamente críticos y que cualquier objeto que hubiera sido "improntado" quedaría establecido permanentemente como tal y en consecuencia no se lo podría cambiar fácilmente. El período crítico de la impronta -que sería el momento más propicio para el establecimiento del vínculo entre los gansos y su madre- ocurre poco después de romper el cascarón, cuando las crías son lo suficientemente fuertes como para desplazarse, pero antes de poder adquirir un miedo intenso hacia los objetos grandes en movimiento. Si se retrasa la impronta, los gansos sentirán temor de la madre, o solo desistirán y se cansarán, se debilitarán y parecerán apáticos. Ese periodo crítico es el lapso sensible en el cual es posible efectuar la impronta. Según Lorenz, se trata de un proceso permanente e irreversible, pues no se extingue una vez establecido.

 

          El apego inicial formado por la impronta favorecería la identificación dentro de la especie, y las preferencias sexuales del adulto estarían determinadas por dicho apego. Lorenz improntó gansos silvestres a su persona en el momento de romper el cascarón: cuando alcanzaron la edad adulta ignoraban a los miembros sexualmente receptivos de su especie, pero hacían avances sexuales hacia él.

 

          Observaciones posteriores indicaron que la formación de un vínculo irreversible no es una regla absoluta. Por ejemplo, la reversibilidad de la impronta en las aves variará si la especie es nidífuga (deja el nido poco después de romper el cascarón) o nidícola (permanece en el nido un período largo). La especie que se queda mas tiempo en el nido muestra un tipo de apego mas permanente al objeto improntado y en ocasiones manifiesta por él una preferencia sexual mayor que por los miembros de su propia especie.

 

         Timothy Leary y Arthur Janov han identificado ciertos estados de desarrollo significativamente críticos en los seres humanos. Sostienen que las improntas establecidas durante ese periodo generan creencias centrales que modelan la personalidad y la inteligencia de los individuos. Los periodos críticos primarios involucran el establecimiento de improntas que determinan creencias concernientes a la supervivencia biológica, aspectos emocionales y de bienestar, capacidad intelectual, rol social, apreciación estética y "meta-cogniciones" (tener consciencia de sus propios procesos de pensamiento).

 

         El período crítico se refiere al tiempo de la vida del organismo en que se produce el fenómeno llamado troquelado, impronta o imprinting. Los períodos críticos suelen tener una duración limitada, y una vez transcurrido el lapso correspondiente ya no es posible su recuperación.

 

         El período de susceptibilidad corresponde a un lapso de la vida de los organismos en el que son especialmente sensibles ante ciertos estímulos a los que conectan con un repertorio de respuestas innatas. Una vez hecha esta conexión, la misma se perpetúa de ordinario para toda la vida. Si durante este período no se conectan las pautas innatas a sus estímulos específicos, la conducta posterior resulta anómala.

 

        El período óptimo se refiere al hecho de que durante el desarrollo hay momentos más adecuados para adquirir ciertos aprendizajes. Fuera de este período, esos aprendizajes quizá pueden obtenerse, aunque con muchas más dificultades e imperfecciones. Un ejemplo típico es el lenguaje.

 

          La impronta tendría entonces cuatro características básicas que la diferencian del aprendizaje racional:

 

       1.- Un periodo de tiempo determinado y específico -periodo crítico- en el que el aprendizaje ha de tener lugar.

 

       2.- Un contexto específico, habitualmente definido por la presencia de un estímulo o señal específico.

 

       3.- Una restricción en el aprendizaje, la que hace que el animal recuerde sólo ese estímulo específico, ignorando otros que a priori podrían parecer más relevantes.

 

       4.- No se requiere ningún tipo de premio o recompensa (refuerzo positivo) para que el animal aprenda y recuerde lo aprendido.

 

           Timothy Leary también investigó el fenómeno de la impronta en los seres humanos. Afirma que el sistema nervioso de las aves y los demás animales tiene similitudes, ya que funciona bajo el principio neurológico de todo o nada (similar a un sistema binario). La diferenciación mayor está en el hecho de que el sistema nervioso humano es capaz de crear abstracciones y cogniciones, mientras que el de los demás animales funciona solo con base en instintos o impulsos puros y en una generalización de la realidad. A causa de esta diferencia, el contenido improntado por el ser humano en periodos críticos y tempranos puede ser accesado o reprogramado: Leary denominó reimpronta a este proceso. Esta teoría no ha sido verificada en la práctica, por lo que -al margen de que pudiera resultar útil a los fines de posteriores investigaciones- no agrega elementos que permitan arribar a una solución definitiva de la cuestión.

 

          Debido a la falta de investigaciones confiables en el campo de la etología humana, los enunciados referentes a los mecanismos de impronta que aquí se exponen deben tomarse como conjeturas y no como hipótesis. Hecha esta aclaración, cabe suponer que, al comenzar cada etapa biológica del individuo, éste requiere la improntación de conductas que le posibiliten enfrentar las nuevas alternativas a las que se ve expuesto. Cuando el patrón de desarrollo biológico incluye una instrucción genética que posibilita la creación de una función, ésta se inicia y se desarrolla solo si dicha instrucción es puesta en ejecución por una impronta adecuada. Una impronta que proviene en forma directa de un medio determinado hace que la instrucción se actualice, creando así una función que de otra forma quedaría atrofiada ante la existencia de ese medio en el que pueda actuar. El periodo crítico en el que la capacidad de aprender del sujeto es óptima no está limitado a una única etapa particular de su desarrollo: la ubicación de dicho periodo en el tiempo depende de que existan a la vez la posibilidad de aprender determinada habilidad y la necesidad de hacerlo.

 

          Si las improntas adecuadas se producen al comienzo de la etapa que corresponde según las pautas innatas de origen genético, sus contenidos ocuparán un lugar predeterminado en la estructura psíquica del sujeto. Si bien dichas pautas innatas conectan a estímulos específicos, en defecto de éstos otras improntas podrán actualizar funciones distintas de las que fueran predeterminadas, y en tal caso el espacio correspondiente en la estructura psíquica será ocupado por contenidos distintos a los previstos por la naturaleza. Esto dificultará una posterior improntación de los contenidos que hubieran resultado adecuados para la correcta evolución del individuo. La estructura correspondiente de las redes neuronales quedará conformada a otro efecto, y si el sujeto intenta adquirir con posterioridad la capacidad social cuyo aprendizaje ha debido posponer surgirá una dificultad, pues el lugar que aquella debió ocupar ya habrá sido dedicado a otra función que no es la prevista. Un ejemplo es la facilidad con la que se aprende un idioma en la primera infancia en comparación con el esfuerzo necesario para su estudio en una etapa posterior. En consecuencia, no parece haber una posibilidad de reimpronta en el sentido de “reemplazo” que describe Leary, pero sí son posibles improntas posteriores, aunque presentarán una mayor dificultad.         

 

 

 

 

                                                       Capítulo 2:

                IMPRINTING, CONDICIONAMIENTO E INDIVIDUO HUMANO

 

          En relación con la supervivencia animal, el imprinting es siempre exitoso. Una estrategia que consista en una conducta desempeñada durante una situación de alto tono emocional –que en general se origina en una necesidad de la que depende en forma inmediata o mediata la supervivencia del individuo- se repetirá en la próxima generación si resulta exitosa -pues el animal sobrevivirá y se reproducirá-, pero si la estrategia falla, desaparecerá con la muerte del sujeto, pues no existirá una progenie a la que se la pueda transmitir. En consecuencia, se deduce que toda estrategia trasmitida por una madre debe presumirse exitosa, y la prueba de tal éxito será la supervivencia del hijo.

 

          Desde un punto de vista puramente darwiniano esta circunstancia es una ventaja para la especie animal en orden a su mejoramiento, pues promueve el surgimiento de una variedad de estrategias alternativas de entre las que sólo perdura la que demuestra mayor efectividad al ser probada. Pero si se considera al sujeto en particular, tomándolo como una unidad y prescindiendo del rol que debe desempeñar en el futuro mejoramiento de su especie, encontraremos que la existencia de muchos de los individuos tendrá como único objeto desarrollar estrategias alternativas que al ser puestas a prueba resultarán ineficientes y los conducirán a una muerte temprana.

 

          Debido a los beneficios comparativos que proporciona el hecho de vivir en una sociedad altamente evolucionada, en la especie humana, en general el fracaso de una estrategia ineficiente no produce la muerte del individuo en forma inmediata, por lo que éste sigue aplicándola una y otra vez durante toda su vida sin obtener resultados satisfactorios, y además la trasmite a su descendencia.

 

          En teoría, una estrategia de supervivencia humana podría eliminarse a si misma sin que resulte necesario alterar la vida del sujeto que debe transmitirla. Por ejemplo, un progenitor que no desarrollara una relación con su hijo no produciría el imprinting correspondiente en éste, y en consecuencia la existencia de tal estrategia habría terminado al mismo tiempo que la vida del sujeto que la ha desarrollado sin que exista relación con el hecho de que su supervivencia hubiera sido afectada o no. Pero si tenemos en cuenta que la improntación se produce durante el desarrollo de la relación temprana del sujeto con la madre, y que esta relación rara vez se interrumpe en sus primeras etapas, en la práctica las estrategias ineficientes se transmiten en la mayoría de los casos.

 

          De lo expuesto precedentemente podemos deducir que las denominadas conductas neuróticas -entendidas éstas como las que difieren sustancialmente de las conductas que razonablemente llevarán al individuo a la consecución de sus objetivos o a la satisfacción de sus necesidades conscientes y manifiestas- son consecuencia de la aplicación de estrategias de supervivencia ineficientes improntadas del progenitor.

 

         Cabe aclarar en este punto que todas las estrategias que pone en práctica el infante hasta cierto momento de su desarrollo las adquiere mediante la improntación y están en principio destinadas a preservar su existencia y satisfacer sus necesidades: a la luz del progreso de la especie humana a través del tiempo debemos reconocer que la mayoría han resultado eficientes, pues han cumplido y cumplen adecuadamente su cometido. Por lo tanto, definir la conducta neurótica como una estrategia de supervivencia ineficiente tiene el único propósito enfocar el estudio de la psiquis en una particularidad que distingue al ser humano de los animales para poder plantear una de las cuestiones centrales que aborda la psicología etológica.

 

          Si la selección natural llevara a la muerte o a la imposibilidad de reproducirse a todos y a cada uno de los seres humanos que improntasen una estrategia ineficiente (tal como sucede con la mayoría de las especies animales en estado natural) no existiría la posibilidad de desarrollar ningún tipo de neurosis. De hecho, es prácticamente imposible detectar conductas neuróticas en especies animales que se encuentran aisladas de la influencia humana, aunque sí se las puede observar con frecuencia en animales domésticos, en cautiverio o utilizados en procesos experimentales: el caso de los perros de Pavlov resulta el ejemplo más conocido∞ e ilustra de qué manera se puede improntar en un sujeto una conducta que resultará ineficiente como estrategia para conseguir la satisfacción de una necesidad básica como lo es el alimento.

 

          La especie humana, al haberse desarrollado de manera distinta de las demás debido a su capacidad de análisis consciente y racional de las diversas situaciones a las que se ha visto y se ve enfrentada, y a la consiguiente posibilidad de interactuar en forma dialéctica con su medio –al que modifica y al posteriormente se readapta en forma mas o menos continua- en gran parte pudo sobrevivir por poseer esta ventaja comparativa sobre las demás especies, y por ello se ha visto sometida en menor medida que estas últimas a la ley de la selección natural: cuanto mayor desarrollo ha logrado en este sentido, más ha podido prescindir de algunas estrategias primarias de supervivencia de las que siguen dependiendo los demás animales.

 

          La circunstancia de que la supervivencia del ser humano no dependa en forma exclusiva de las estrategias originadas en la selección natural ha evitado que muchos individuos perezcan en forma temprana a pesar de desarrollar alguna estrategia de supervivencia adquirida mediante una impronta primaria que haya devenido ineficiente –por ejemplo- a causa del transcurso del tiempo. La ejecución de esta estrategia no acarrea la muerte para el individuo que la ha improntado, pero sí afecta su conducta en otros sentidos, privándolo de la consecución de determinados objetivos o causando su deceso en un periodo de su vida posterior al inicio de su etapa reproductiva en el que ya pudo transmitir dicha impronta deficiente a su descendencia.

 

         Por ser la improntación un proceso que –a diferencia de otro tipo de aprendizaje- se realiza sin la intervención de la consciencia, los contenidos improntados quedan fijados en forma directa en el inconsciente y esto hace imposible su revisión y modificación por parte del sujeto, quien no registra su existencia ni la influencia que ejercen sobre su conducta. En este sentido, el individuo está condenado a obedecer a sus impulsos inconscientes que son determinados por esos patrones tempranamente improntados cuya existencia desconoce.

 

          Lo único que el individuo humano puede llegar a percibir -debido a su capacidad de reflexionar con base en las reglas de la razón- son las consecuencias de la aplicación de esos patrones: los únicos indicios perceptibles de la existencia de estos elementos internos que condicionan su conducta en forma negativa serán la insatisfacción o frustración de expectativas lógicas o razonables y los perjuicios que sufra por ello.

 

         Teniendo en cuenta que las improntas ineficientes referidas a su relación con el medio serán casi con seguridad causa del temprano deceso del individuo, las que subsistan serán las que atañen a las relaciones con sus semejantes: cobra aquí extrema importancia estudiar en qué sentido los problemas derivados de las relaciones intersubjetivas son percibidos por el sujeto como cuestiones de supervivencia para determinar cuáles son los patrones que ha improntado en relación con ellas.                                   

                                                  

 

  

 

                                                Capítulo 3:

                 LA ATENCIÓN COMO ELEMENTO ESENCIAL: EL OTRO.

 

 

          Para los animales que dependen de sus progenitores durante el primer periodo de su vida, el poder de requerir la atención de éstos es esencial para garantizar la supervivencia durante esa etapa. El animal adulto alimenta y protege a su cría hasta que ésta se encuentra en condiciones de valerse por si misma, y también inscribe mediante improntación estrategias de supervivencia eficientes que le fueron previamente transmitidas por ese mismo medio. Los instrumentos comunicacionales de los que se valen los animales en ambos casos –gritos, movimientos, etc.- son en general poco complejos: esto sucede porque -por razones de economía adaptativa- sus cerebros deben recoger solamente el mínimo de información necesaria que les haga posible resolver cada situación determinada.

 

          En las relaciones del ser humano con los demás integrantes de su especie se dan características únicas que no se encuentran en los demás animales. Una de ellas es el lenguaje hablado, y la otra es una consecuencia directa de éste: el poder de transmitir conscientemente por dicho medio los nuevos conocimientos adquiridos a sus semejantes y descendientes. Esto hace que las relaciones intersubjetivas en los humanos sean infinitamente más complejas que las del resto de las especies.

 

          Pero esta complejidad resulta ajena a los verdaderos móviles que determinan la elección de los sujetos con los que los seres humanos establecen relaciones personales. En general, los individuos solo son capaces de explicar sus motivos cuando aquellas se generan en relaciones de familia o derivan de su posición en la sociedad; cuando se les interroga sobre las relaciones que establecen en relación con sus afectos o emociones, son generalmente incapaces de dar una explicación de sus motivos que resulte verificable cuando se la confronta con las circunstancias de la realidad. Por ejemplo, les resulta difícil determinar una causa racional que determinó su elección de pareja, o la razón por la que prefieren la compañía de determinadas personas a la de otras.

 

          Cuando los sujetos expresen mediante el lenguaje ciertos conceptos relacionados con determinadas interacciones intersubjetivas (por ejemplo, el de “felicidad”) no podrán llegar a un acuerdo común sobre su significado, y se conformarán en principio con una definición general e imprecisa como la de “sensación que sobreviene ante la satisfacción de un deseo”. Si se intenta profundizar en el tema, ninguno de los individuos que manifiesta haber sido feliz aceptará que lo que sintió fue solo una sensación y todos afirmarán que hay “algo más”, aunque no podrán ponerse de acuerdo en qué consiste éste “algo”. Si debemos formular una definición científica objetiva y simple de “felicidad”, diremos que se trata simplemente de un aumento notable de la actividad de las endorfinas en el cerebro. La dificultad para definir la felicidad es de quien la siente, y se debe a que no puede determinar cuál es la verdadera causa de este fenómeno, porque ésta se encuentra en su inconsciente: solo sabrá –en realidad, creerá saber o supondrá- que algún suceso del cual él es consciente lo ha provocado. Pero tal hecho es la causa mediata: la causa inmediata y real es la conclusión satisfactoria de un patrón de comportamiento improntado en su primera infancia.

 

          El mismo problema aparece al intentar definir el amor. Entre miles de definiciones, ninguna logra satisfacer completamente a quien está enamorado, porque a todas les falta “algo” para llegar a expresar completamente lo que siente. Por otra parte, tampoco existe una definición objetiva del amor que haya sido mayoritariamente aceptada, a pesar de que se puede afirmar casi con seguridad que es el tema más abordado por un sinnúmero de artistas, intelectuales y científicos.

 

          En definitiva, tanto en el orden individual como en el colectivo, cualquier definición que intente determinar la naturaleza de una relación interpersonal relevante resulta insuficiente cuando se la contrasta con la lógica objetiva y todas ellas muestran en este caso su insuficiencia.

 

          Ha sido Jacques Lacan quien a través de su reformulación de la teoría freudiana ha elaborado una sistematización que explica con cierto rigor científico la naturaleza de las emociones y los sentimientos. Según este autor, es esencial en principio distinguir claramente tres conceptos: necesidad, demanda y deseo.

 

          Como ya se ha explicado, la necesidad causa una sensación que surge por motivos puramente orgánicos y provoca una tensión que se descarga (o deja de existir) una vez que el objeto necesario es provisto. Con el tiempo la necesidad vuelve a surgir y debe ser nuevamente satisfecha: este proceso se repite en forma constante.

 

          Lacan introduce el concepto de demanda distinguiéndolo de la noción de necesidad. En un primer momento la conducta del ser humano es determinada por sus necesidades vitales, y en tal sentido es equiparable a cualquier integrante del reino animal en el que cada ser se apropia de aquello que le pide su instinto. Pero como el infante humano no puede realizar por sí mismo las acciones que deben satisfacer sus necesidades (que son en principio meramente orgánicas o biológicas), se ve forzado a expresarlas en alguna forma por medio de la demanda, para lograr que otro (la madre) realice dichas acciones por él. Para obtener algo de alguien, el ser humano debe encontrar las palabras con las que pedir lo que necesita. Mientras aún no está inscripta en el lenguaje, esa demanda de satisfacción de la necesidad debe ser decodificada por la madre, quien interpreta los pedidos del niño.

 

          Lacan sostiene que, debido al hecho de que el objeto que satisface la necesidad del infante es provisto por el otro, la demanda adquiere una doble importancia, pues reclama –además del objeto- la prueba del amor del Otro. La demanda expresa una necesidad y a la vez también una demanda de amor. En esta estructura la demanda que se dirige al Otro tiene la característica de lo incondicionado, y en consecuencia toma la forma de ‘’condición absoluta". Las necesidades del infante pueden satisfacerse, pero esta demanda de amor absoluto e incondicional es previa al establecimiento del lenguaje, y por ello es imposible de satisfacer.  Lacan denomina a este resto insatisfactible deseo; éste se asienta en lo que no obtiene, en lo que no es satisfecho.

 

          El sujeto parte de la necesidad, y al ponerla en palabras ésta pasa a ser demanda. Así se coloca en dependencia del otro, y lo particular de la necesidad en sí queda en cierto modo anulado. Lo que más le importa al individuo es que exista una respuesta del otro, independientemente de la apropiación o no del objeto que podría satisfacerlo. Podría decirse que el sujeto, en su encuentro con el otro, demanda amor, reconocimiento. Para Lacan, la demanda está referida a otra cosa que la satisfacción que reclama; es demanda de una presencia o de una ausencia. El deseo es siempre generado por una falta: no es una relación con el objeto, sino con su falta.

 

          La demanda, al no ser satisfecha, genera repetición, y de este modo se va delineando el objeto-causa del deseo. En esta repetición se transforma el objeto de la necesidad no satisfecha –la falta- en objeto de deseo. En consecuencia, el sujeto busca lo que desea allí donde no lo va a encontrar.

 

          Este breve resumen precedente no describe en forma muy exacta ni completa la sumamente compleja teoría lacaniana, pero resulta suficiente para describir a grandes rasgos la base sobre la que se asientan las relaciones interpersonales entre los seres humanos.

 

          El infante humano en la primera etapa de su desarrollo no presenta diferencias significativas con los demás animales: los únicos instrumentos que posee para comunicarse son el llanto, los gritos, los gestos y la mirada. Con estos escasos recursos debe atraer la atención de la madre, pues su obtención resulta esencial para la supervivencia. Pero ella ya ha incorporado el lenguaje hablado para comunicarse con sus semejantes y al verse privada de utilizar ese medio para determinar cuáles son las necesidades del hijo, debe deducirlas utilizando su instinto o su razonamiento. Esta diferencia comunicacional imposibilita a la madre determinar en forma directa la necesidad a la que el niño hace referencia; en consecuencia, solo puede presuponerla.

 

          Esta determinación es elaborada por la madre con base en lo que ella supone o conjetura que el hijo debe estar demandando; al no encontrar en el infante un discurso inteligible, debe recurrir a su criterio, y éste proviene -al igual que sucede en el caso de los animales- de las experiencias improntadas por ella al observar en su vida temprana las conductas de su progenitora. En algunas situaciones proveerá la necesidad que le es requerida en forma correcta; pero en otras lo hará en forma deficitaria, pues entre las estrategias que en ella se han improntado habrá algunas que serán eficientes y otras que no. En consecuencia, la forma en que la madre atiende las demandas del hijo no es aleatoria: la necesidad es satisfecha algunas veces y otras no, pero siempre siguiendo un patrón que la progenitora ha improntado en su primera infancia.

 

          A su vez, sin signos que le permitan categorizar lo real, establecer diferencias y componer un mapa de relaciones, el niño no puede determinar con la precisión del adulto cuales de sus necesidades son satisfechas y cuales no, pues carece del instrumento del lenguaje que le permitiría definirlas y diferenciarlas. Tampoco puede discernir entre su reclamo de lo que necesita y su demanda de atención, pues estos dos extremos forman para él un todo indiferenciado del que el infante está principalmente pendiente en lo que respecta a la respuesta a su llamado de atención. Si éste es atendido y su necesidad resulta satisfecha en la proporción adecuada, se genera una impronta eficiente y el proceso termina allí; pero si solamente recibe la atención esperada sin que se satisfaga su necesidad, repetirá su demanda por dos motivos:

 

     1.- Su estrategia para llamar la atención ha sido exitosa y esa atención recibida ha actuado como refuerzo positivo para dicha estrategia.

 

     2.- Su necesidad aun no ha sido cubierta.

 

          Con el tiempo el infante se adaptará al hecho de que algunas de sus necesidades queden insatisfechas, pero aún en estos casos la demanda le garantizará cierto alivio cuando obtenga la atención de la madre. Sucederá también que el periodo de atención que recibirá de su madre será mucho mayor en el caso en que su necesidad no sea satisfecha en forma inmediata. En consecuencia, el individuo registrará en su inconsciente que el tipo de atención que obtiene puede ser casi permanente cuando se toma el trabajo de demandar lo que no se le va a dar, y que no se interrumpirá mientras continúe haciéndolo. La repetición retroalimentará y perfeccionará dicha conducta, y así habrá improntado definitivamente ese patrón.

 

          El psicólogo Jorge Bekerman ha resumido con gran acierto en este fragmento la relación del hijo con la madre:

 

“Mi interlocutor como distinto a mí es, en primer lugar, mi madre cuando soy un bebé. Ella es mi primer interpretante: interpreta mis ruidos y mis llantos, mis eructos y mis silencios. Está lista para interpretarlo todo de mí y convertirlo en mensajes significativos. Lloro y ella dice que dije que tengo hambre, o que tengo sueño, o que quiero que me cambien los pañales, o que quiero pasear. Además, a veces hasta acierta, pero eso es lo de menos. Porque como bebé lo que me es verdaderamente imprescindible es alguien que me escuche, que crea interpretarme, pero sobre todo que disfrute al hacerlo”

 

          Por la vía de los principios establecidos por Lacan y por la del estudio de la etología humana se llega a idéntica conclusión: el sujeto busca lo que desea allí donde no lo puede encontrar.   

 

 


 

                                                             Capítulo 4:

                               UNICIDAD DEL CONCEPTO DE ATENCIÓN

 

 

          Habiendo determinado la importancia de la atención del otro en la conformación de las relaciones intersubjetivas humanas, corresponde ahora investigar hasta qué punto la conducta humana se basa en el mecanismo descripto en el capítulo anterior. A primera vista se podría pensar que sólo cuando hablamos de amor, amistad o relaciones de familia se da la paradoja de que uno busca lo que necesita allí donde no lo va a encontrar: casi todos podremos relatar la historia de alguna relación en la que el descubrimiento de la falta de algo que en un principio aparecía como determinante terminó siendo la causa de una decepción.

 

          Más difícil será relacionar el fracaso de un estudiante brillante o el accidente fatal de un consumado piloto de carreras con la mecánica de la atención y el deseo, pero Lacan ha explicado también algunos de estos casos partiendo de la teoría psicoanalítica. Aunque el paradigma lacaniano es el que mejor ha sistematizado los principales conceptos de la psicología hasta el presente, se advierten en él algunas contradicciones. Por ejemplo, Lacan afirma por una parte que el objeto del deseo no existe, en tanto es un plus indefinido de la demanda: como espacio vacío cabalga entre diferentes objetos, ninguno de los cuales lo satisface. Por otra, sitúa al objeto del deseo en el mundo de lo real, lo que haría suponer que su satisfacción es posible, aunque solamente desde un punto de vista teórico. Algunas aparentes discordancias entre sus afirmaciones han dado lugar a muy diversas interpretaciones de las teorías de este brillante autor.

 

          Desde el punto de vista de la etología humana, el objeto del deseo es una prestación que un individuo le reclama insistentemente a los otros y que no fue satisfecha en un principio por su progenitora: el sujeto obtuvo atención gracias a su reclamo, pero no consiguió el objeto reclamado. Dado que –como ya se ha dicho- el hecho de lograr la atención del otro como estrategia de supervivencia supera en importancia a la satisfacción de cualquier necesidad en particular, el sujeto inscribe en su inconsciente como la relación que le resulta mas adecuada y conveniente la que se desarrolla con ese otro determinado que usualmente le presta atención. Pero surge allí una paradoja: reconoce al sujeto del que va a requerir atención por lo que inconscientemente registra como su característica más sobresaliente: su negativa a satisfacer una determinada necesidad.

 

          Hay que tener en cuenta en este punto que tanto las demandas del infante aún privado del habla como las del niño que la ha desarrollado sufren determinadas limitaciones que son establecidas en favor de su supervivencia o de su bienestar: en el ser humano casi toda estrategia de supervivencia lleva implícita una privación o una postergación de una satisfacción inmediata. Si la madre le niega la posibilidad de comer un alimento en mal estado al niño, actúa a favor de su supervivencia aun cuando el infante suponga que se le está negando una prestación que necesita. Por lo tanto, resulta necesario para la supervivencia que el inconsciente del niño registre todas las privaciones que sufre como necesarias cuando la insatisfacción de ciertas necesidades a causa de la negativa de las prestaciones necesarias por la madre sea justificada y también cuando no lo sea, pues el sujeto aún no tiene la capacidad de discernir entre una coyuntura y la otra. Esto justifica el hecho de que el infante valore inconscientemente como positiva cualquier privación aun cuando ve frustrado su deseo, la impronte como tal, y frecuentemente la reproduzca por sí mismo en su vida adulta. La falta se puede considerar entonces en la mayoría de los casos como un elemento positivo en tanto favorece la supervivencia o el bienestar del sujeto.

 

          Como ya se ha referido, las improntas ineficientes referidas a la relación del infante con el medio serán casi con seguridad causa de su temprano deceso, y también lo serán las que afecten en forma absoluta la relación con su progenitora o las demás relaciones biológicas que aseguran la continuidad de su vida en una primera etapa.

 

          Por lo tanto, las improntas que pueden dar origen a una neurosis se desarrollarán en su mayoría en una etapa posterior en la que las relaciones entre madre e hijo se vuelven más complejas por el advenimiento del uso del lenguaje hablado. Este permite el paso de la conducta instintiva a la razonada, establece estatutos conscientes para las relaciones intersubjetivas e incrementa el grado de discernimiento del niño. Teniendo en cuenta que la insatisfacción de las demandas del niño por parte de la madre sigue un patrón definido pero no siempre racional, llegará un punto en el que el hijo se verá en la situación de tener que soportar una privación a la que su discernimiento le permite calificar como injustificada; a pesar de ello y debido al mecanismo automático que le hace improntar las privaciones sufridas como necesarias, la aceptará para no entrar en conflicto con su madre arriesgándose a perder su atención, y la registrará en su inconsciente como indicio que hace reconocible la característica del sujeto que le concede esa atención de la que goza. En su vida adulta tenderá –sin darse cuenta- a establecer relaciones con personas que al poseer tal característica le garanticen la privación del objeto deseado.

 

          Se introduce aquí la palabra “goce” ex profeso debido al significado que le atribuye Lacan. En su teoría, el goce se presenta no pura y simplemente como producto de la satisfacción de una necesidad, sino como la satisfacción del deseo en forma absoluta, sin límite alguno. Pero en el terreno de la realidad, esta última situación teórica resulta imposible; allí el sujeto solo logra el goce puro cuando acepta disfrutar de la atención del otro mientras su necesidad se encuentra insatisfecha. El goce consiste en un beneficio parcial que se recibe a nivel inconsciente y surge cuando existe la imposibilidad de conseguir el objeto mientras se obtiene la atención del otro desprovista de cualquier elemento condicionante, es decir, en su forma más pura.

 

          Llegado a la etapa del desarrollo del ser humano en la que ya posee un registro más o menos importante de ciertos significados y su demanda asume la forma verbal, puede formularla en frases coherentes, tiene la capacidad de reflexionar mediante la revisión del discurso propio y del ajeno, y por lo tanto es capaz de hacer sus propias valoraciones. Supongamos que formula a su madre una demanda que ésta no satisface, y recordemos que la incapacidad o negativa de la madre a satisfacer una necesidad determinada a pesar de que la demanda es razonable proviene de patrones que ella improntó con anterioridad: sería verosímil desde un punto de vista teórico que el niño, al percibir la contradicción que alberga el proceder de su madre, expresase su protesta ante los enunciados de ésta. No obstante, si así lo hiciera, no es de esperar que ella reconozca sus propias contradicciones; por el contrario, es probable que se sintiera atacada y lo amenazara con retirarle de su amor (que en el campo de la realidad es su atención). El hijo, ante esta posibilidad, desarrolla una estrategia consistente en privilegiar la atención que recibe de su madre por sobre la necesidad propia, aceptando la nueva situación: esta determinación tiene como efecto improntar en su inconsciente la característica negativa (falta) que hará reconocible a su madre como proveedora de atención por las características particulares de la privación a la que lo somete.

 

          El hijo, para asegurar su supervivencia, está obligado a continuar esta relación a pesar de su necesidad queda insatisfecha y por ello se adapta a las distintas circunstancias que se le presentan. Si la madre le niega una satisfacción esgrimiendo algún argumento (sea éste razonable o no) y si lo reitera ante cada sucesiva repetición de la demanda, el hijo terminará por incluirlo como verdad en su registro consciente, dando así origen a una creencia. Si la madre no responde y lo priva así de su atención dejando su necesidad insatisfecha, la reiteración de esta práctica hará que el niño ceda en su empeño, desistiendo en apariencia de su demanda. En este caso se producirán las siguientes consecuencias:

 

          Como el niño ha afianzado la imagen de la madre como proveedora de atención, sucederá que:

 

1.- En caso de que ella le niegue la atención reclamada, deberá insistir ante ella para conseguirla.

 

2.- Si ella le concede su atención sin acceder a su reclamo, el infante se verá obligado a justificar la privación a la que se ve sometido como condición necesaria para conservar la relación materno-filial.

 

          En el primer caso, el niño desistirá de su demanda cuando esta queda insatisfecha por verse privado de la atención de la madre, y a posteriori elaborará otra demanda con un objeto aparentemente distinto, pero que en realidad apuntará en forma inconsciente a conseguir la prestación de aquel objeto del que se lo ha privado, pues éste ha quedado improntado como el que opera garantizando la falta al quedar insatisfecha su demanda. Este fenómeno se produce porque las demandas que el niño formula en esta etapa de su desarrollo derivan de improntas asimiladas en la etapa anterior en la que no ha intervenido el lenguaje, como se verá más adelante.

 

          De esta forma, el niño quedará “programado” para formular en el futuro su demanda ante quienes poseen la misma característica que su madre en cuanto a la falta y en consecuencia verá continuamente frustrada su satisfacción, pues buscará lo que necesita sólo en aquellas personas incapaces de dárselo.

 

          En su vida adulta, el sujeto tenderá a relacionarse con personas que posean esa característica que le garantiza la falta adecuada para dejar insatisfecha su demanda, impulsado por la expectativa inconsciente de obtener algo que es mucho más importante: la atención –el amor- del otro. Este mecanismo no solo determinará quienes serán las personas de las que se enamorará o las que serán sus amigas, sino también quienes serán sus enemigos, sus adversarios, sus cómplices, etc.

 

          Si el sujeto tiene la oportunidad de interactuar con otro capaz de satisfacer su demanda por completo, este otro no será reconocido como tal, pues -como ya se vio- para que exista atracción mutua es requisito necesario que cada sujeto sea incapaz de satisfacer la demanda del otro. Por lo tanto, si alguno de ellos es capaz de satisfacer la necesidad del otro, será descartado como sujeto de una posible relación afectiva; si insiste en su intento, será considerado un individuo molesto o -en algunos casos extremos- hasta un usurpador que está ocupando el lugar de quien “realmente” debería satisfacer dicha necesidad.

 

          En el caso de que algún sujeto lograra satisfacer la necesidad del otro, el interés de éste en él desaparecería, pues satisfacer la demanda implica anular el deseo. Un ejemplo que menciona Lacan es la anorexia mental (señalada en el seminario VIII “Le transfert”): se trata de un caso extremo que consistiría en un rechazo a dejarse nutrir cuya causa sería la presencia de un otro tan presto por responder a la demanda del sujeto que provoca así el rechazo de su don a condición de salvaguardar el propio deseo. La anorexia se originaría entonces en una demanda de alimento completamente satisfecha en forma sistemática: al sumar atención y satisfacción, queda excluida toda falta, y en consecuencia no se da lugar al surgimiento del deseo. Esto explica el polémico enunciado de Lacan: “el amor es dar lo que no se tiene a alguien que no quiere eso”.  Miguel de Cervantes Saavedra en “Don Quijote de La Mancha” también hizo alguna referencia a este fenómeno: “Es natural condición de las mujeres desdeñar a quien las quiere y amar a quien las aborrece”.

 

          Este sistema aparentemente contradictorio puede parecer perverso a quien lo analiza sin profundizar, pues el sentido común indica que el ser humano busca satisfacer todas sus necesidades. Resultaría más lógico que sucediera así, pues se supone que el fin de cada uno en la vida es realizarse. Pero si imaginamos otro sistema posible en el que demanda y necesidad fueran una misma cosa en el que los sujetos se relacionaran solo con aquellos otros que pueden satisfacer su necesidad, es lógico deducir que se producirían las siguientes consecuencias:

 

1) La relación de apego madre-hijo ya no podría tener como característica la exclusividad, pues cuando algunas madres fueran incapaces de satisfacer la demanda de sus hijos estos buscarían esa satisfacción en otra madre (o sujeto).

 

2) Las elecciones intersubjetivas estarían determinadas por la capacidad de un sujeto de satisfacer la demanda del otro y viceversa. Al resultar satisfecha la necesidad podrían suceder dos cosas:

 

a) Se daría por finalizada la relación.

 

y/o

 

b) Cada sujeto iniciaría diversas relaciones mediante las que le sería posible satisfacer sus múltiples necesidades.

 

          El resultado sería una sociedad sin estructuras como la familia o el matrimonio en la que los sujetos deberían poseer la capacidad de detectar en forma más o menos inmediata a cada persona que pudiera satisfacer cada una de sus necesidades. Si esto fuera posible, no existirían las relaciones permanentes o duraderas. En el grado actual de su evolución sería muy probable que este sistema conspirara contra la supervivencia de la especie humana.

 

          En resumen, lo que realmente el sujeto busca de sus semejantes es que le presten atención en cualquiera de sus modalidades (amor filial, amor fraternal, amor de pareja, amistad, relación de trabajo, relación ocasional). Esa necesidad y el modo en el que logre obtener la atención del otro determinarán la mayor parte de su historia vital. La búsqueda de atención es el principal motor de la conducta humana.

 

 

 

                                                   Capítulo 5:

                                                   EL GUIÓN

 

 

          Aunque hasta ahora hemos visto al sujeto desde su propia singularidad en relación con quien constituye su relación primaria sin analizar la problemática del progenitor, resulta obvio que ambos individuos tienen la misma importancia. El caso de la madre y el hijo se presenta como especial por cuanto la psiquis de este último se forma de acuerdo a las reglas de la etología que conocemos a las que se agregan ciertas particularidades relacionadas con el lenguaje hablado. Pero una de las partes de la relación (habitualmente la madre) la constituye un sujeto adulto al que habrá que estudiar en su estatuto de tal.

 

          Para la descripción del funcionamiento de la psiquis del sujeto en la etapa posterior a la primera infancia es muy útil el concepto de guión elaborado por Eric Berne. La lectura de las obras de este autor hace notar algo que en general suele pasar desapercibido: al relacionarse con los demás, la misma persona desempeña casi siempre los mismos papeles y se ve envuelta una y otra vez en historias similares.

 

          El concepto de rol es dinámico: alude a un conjunto de conductas que la persona desarrolla de una forma y en un orden preestablecido cada vez que se halla en situaciones que -sea que a priori aparezcan como similares o no- tienen una característica en común: ofrecen la posibilidad de admitir en forma más o menos consistente el papel que el sujeto acostumbra representar.

 

          El guión es también dinámico: se trata de una situación (o una sucesión de situaciones) en las que dos o más personas desarrollan los roles adecuados para dar lugar a una historia o a un episodio de ésta. 

 

          Para Eric Berne el guión de vida es un argumento preestablecido, que casi siempre constituye una “obra” dramática en la que la persona se siente obligada a participar con prescindencia de que conscientemente se sienta identificada o no con el personaje que le toca. El guión de vida de cada persona se constituye en la infancia debido a la relación con aquellas otras que son cercanas y relevantes para ella, y queda reforzado por las diferentes experiencias por las que pasa a medida que su vida se desarrolla.

 

          Este guión se compone con los distintos roles de los personajes que participan en la “obra”, y estos roles son los que cada individuo debe desarrollar para llamar la atención del otro: como sucede en una obra de teatro, cada actor debe esperar que un determinado parlamento de otro le dé el pie para comenzar a decir el suyo.

 

      Según Berne, existen ciertos “mandamientos” o mensajes que se reciben en la niñez y ejercen una importante influencia emocional sobre el sujeto; a fuerza de ser repetidos día tras día por las personas que son significativas para él, quedan anclados en el guión que representará en adelante. Normalmente estos mandamientos provienen de circunstancias dramáticas vividas por otros y acabarán condicionando sus futuras creencias y su actitud frente a la vida.

 

      Berne y otros expertos definen los siguientes “impulsores” o mandamientos negativos (entre otros) como ejes del guión de vida forjado en la infancia:

 

No vivas: Podría ser el más destructivo de todos, y llega a través de la idea -que se repite hasta la saciedad- de que “hay que ganarse la vida”, que “la vida es dura”, que “estamos aquí para sufrir”, etc.

 

No pertenezcas: Habitual en personas que deciden -de forma consciente o inconsciente- no relacionarse de manera profunda con nadie como mecanismo de defensa frente al insoportable dolor que supondría el rechazo del otro: “si no me involucro no me harán daño”.

 

No crezcas: Es la típica situación de sobreprotección en la que no se le permite al niño/a asumir funciones y responsabilidades propias de su evolución y desarrollo, fomentando sin quererlo su dependencia e impidiendo su autonomía; así se generan adultos incapaces de tomar decisiones y aceptar compromisos.

 

No seas niño/a: El caso opuesto al anterior, en el que se le pide al niño/a abandonar sus necesidades naturales de la infancia para asumir responsabilidades demasiado elevadas para su etapa de desarrollo (cuidar de hermanos, de padres enfermos, etc.)

 

No lo hagas: Detrás de este impulsor podemos encontrar el miedo al éxito; personas que sienten el hacer algo como un riesgo y por eso no hacen nada. Piensan, sienten, se quejan, pero no hacen.

 

Tus necesidades no son importantes: Aparece en los hijos de padres que deciden que no tienen tiempo para dedicarles. El niño/a interpreta que, si no tienen tiempo para él, es porque no es importante, por lo cual no deben tenerse en cuenta sus necesidades, y como tal se comportará en la edad adulta.

 

No sirves: Supone la exigencia de perfección de los hijos para compensar la falta de autoestima de los padres, quienes queriendo tener un niño/a perfecto, acaban haciéndole sentir que no está a la altura de lo que se le pide.

 

No pienses: Se transmite este mandamiento cuando se ignoran las preguntas del niño/a o se responden de manera inadecuada o con mentiras. Se vive como un riesgo el hecho de tener ideas propias o pensar de forma diferente a los demás.

 

No sientas: Las emociones son desterradas por miedo o porque hacen débil al sujeto frente a los demás.

 

No disfrutes: Se prohíbe el placer porque se vive como el paso previo a una desgracia posterior. No se permite disfrutar de lo bueno anticipando que aquello no puede ser duradero y que más tarde o más temprano llegará algo malo.

 

          Todos estos mandamientos bloquean e impiden desde la infancia el sano desarrollo psicológico y la capacidad de vivir la vida con plenitud. Si se observa lo que estos imperativos tienen en común, se encuentra en todos ellos la palabra “no”, mediante la que se le indica al sujeto que debe privarse de satisfacer alguna de sus necesidades humanas naturales. Esta privación equivale a una necesidad no satisfecha, lo que permite equipararla a la falta en sentido lacaniano.

 

          Al explicar la paradoja de que el sujeto elija para desarrollar su rol a otro individuo que no va a satisfacer su necesidad, debemos tener en cuenta que su guión vital ha sido improntado mediante un patrón transgeneracional que se basa esencialmente en una falta determinada, y en consecuencia está programado para elegir a determinados sujetos con preferencia a otros. Cualquier otra elección (incluyendo aquella que implicara la satisfacción de su necesidad) lo privaría de la posibilidad de desarrollar su rol, lo que en su registro inconsciente implica renunciar a la posibilidad de cualquier relación intersubjetiva y, en consecuencia, privarse de disfrutar de la atención de sus semejantes: es por esto que la necesidad no puede ser satisfecha de cualquier manera, pues el “cómo”, el modo, es más importante que el “qué”, la necesidad misma. En consecuencia, dada la falta relacionada con la demanda, y aun percibiéndola conscientemente, el sujeto está imposibilitado de decir: “No me importa; busco en otro lugar, sigo adelante hasta encontrar lo que necesito”.

 

 

 

 

 

                                                      Capítulo 6:

            EL RECONOCIMIENTO ENTRE SUJETOS COMPLEMENTARIOS

 

 

          Hemos visto que los sujetos humanos son “programados” por sus madres en forma consciente e inconsciente para desarrollar un rol más o menos determinado dentro de un guión en particular, y que tal programación se basa en un patrón que a su vez les ha sido transmitido a ellas por sus progenitores y así sucesivamente.  A su vez sabemos que, cualquiera sea el argumento de dicho guión, siempre estará presente una falta que dará origen a una demanda que no ha de ser satisfecha. Es necesario describir ahora los mecanismos mediante los que el sujeto detecta a un “otro” adecuado para desarrollar su rol dentro del guión.

 

          En la relación normal con la madre, ésta no puede prestar atención en todo momento al infante, por lo que él experimenta sucesivamente los siguientes estados emocionales:

 

a) Un estado de ansiedad (provocado por la falta de atención) que eleva el tono emocional del niño.

 

b) Una disminución de la ansiedad cuando éste logra la atención de su madre.

 

           La maniobra que ha desarrollado para llamar la atención queda improntada como estrategia exitosa, y la respuesta (cualesquiera sean sus calidades y características) es registrada siempre como positiva en cuanto disminuye la ansiedad.

 

          En esta respuesta se encuentra la clave para identificar nuevos sujetos a los que aproximarse. El infante ha improntado dicha respuesta como satisfactoria porque le ha proporcionado la atención requerida; el reconocimiento inconsciente de la misma respuesta en un tercero le garantiza repetir el proceso de “ansiedad – satisfacción”.

 

      De la situación de ansiedad pasa directamente a la de satisfacción; si el sujeto ha omitido reconocer conscientemente la maniobra de la que se ha valido para obtenerla, procede a repetirla en busca de más satisfacción. Dado que ha encontrado y ha reconocido a un individuo propenso a la respuesta atencional esperada, generalmente la percibe, la reconoce, repite la maniobra y construye así sus relaciones secundarias. Esta maniobra eficiente y el acto de reconocer la señal adecuada en la persona que le ha de prestar atención no dependen en principio de procesos en los que interviene el lenguaje.

 

          La distinción entre procesos implícitos y explícitos es en este tema una concepción central: mientras que el procesamiento psicológico explícito de la experiencia hace referencia a procesos psíquicos conscientes y verbales -o al menos verbalizables- el procesamiento implícito de la experiencia remite a procesos psíquicos inconscientes que transcurren fuera de la atención, que en general no son verbalizables por completo y que son muy poco conscientizables. Los procesos psíquicos implícitos están ligados a las actividades mentales pre-verbales repetitivas y automáticas que proveen decisiones inmediatas respecto de las situaciones externas que enfrenta el organismo (según Beebe & Lachmann, 2002; Lyons-Ruth, 1999; Schore, 2003a, 2003b, 2005b).

 

          Para nuestros propósitos es significativo constatar que los investigadores han aportado diversos hallazgos que apoyan el punto de vista de que el procesamiento implícito juega un papel primordial, específicamente en el manejo rápido e instantáneo de las claves afectivas no-verbales involucradas en la comunicación recíproca, que incluye en particular claves conductuales, expresiones faciales, gestos, tono de voz y cambios viscerales como sudoración y coloración de la piel (según Pally, 2001). Ekman (1972) encontró que las expresiones faciales de las emociones no son determinadas culturalmente, sino que son más bien universales y tienen, por consiguiente, un origen biológico.

 

          Trevarthen y Aitken (2001) describen, desde esta perspectiva, la existencia de “proto-diálogos” tempranos entre el infante y su cuidador primario que se basan en mensajes visuales “ojo a ojo”, gestos táctiles y corporales y vocalizaciones prosódicas. Estos proto-diálogos corresponden, en esencia, a comunicaciones emocionales bi-direccionales que en cuanto tales implican la capacidad de ambos participantes para enviar y en especial para decodificar y reconocer el significado de los mensajes no verbales del otro. “El procesamiento diádico implícito de estas comunicaciones no verbales de apego de expresión facial, postura y tono de voz es el producto de las operaciones del hemisferio derecho del infante en interacción con el hemisferio derecho de la madre” (Schore, 2005b, p. 833).

 

          El hemisferio derecho no sólo es dominante en cuanto a la comunicación emocional tácita, sino también en cuanto a la improntación, que es considerada uno de los mecanismos centrales que subyace a la formación de los lazos de apego con figuras significativas. Los procesos interaccionales implícitos constituyen la base pre-verbal de la naciente personalidad porque durante los primeros años de vida comienzan a ser representados de modo implícito en la psique emergente del niño (según Beebe & Lachmann, 2002; Schore, 2003a, 2003b). Así, los inicios de la subjetividad son concebidos en términos relacionales e interactivos.

 

          Tal como afirma Lyons-Ruth (2000), la mayoría de las transacciones relacionales recurren fuertemente a un sustrato de claves afectivas que proporcionan una valencia evaluativa o dirección a cada comunicación relacional, y estas comunicaciones son llevadas a cabo en un nivel implícito de una acelerada emisión de señales y respuestas que se produce con demasiada rapidez como para realizar una traducción verbal y reflexión consciente simultáneas. (ps. 91-92)

 

          Para Wallon, la individuación se produce gracias al papel que desempeña la emoción en el desarrollo, llegando a afirmar que gracias a ella los niños construyen su psiquismo. Los primeros gestos del recién nacido y del niño de menos de tres meses son llamadas de atención para los adultos que le rodean. Estos gestos expresivos se convierten en culturales en la medida en la que son capaces de suscitar en los otros un conjunto de reacciones dirigidas a satisfacer sus necesidades, sean éstas biológicas o afectivas, y en la medida en la que los adultos atribuyen intenciones a las conductas de los niños que inicialmente no las tienen.

 

          Los intercambios relacionales que se producen entre los sujetos transcurren en dos niveles al mismo tiempo: existe un proceso verbal explícito de comunicación ligado al funcionamiento del hemisferio cerebral izquierdo y un proceso paralelo no verbal implícito de comunicación vinculado con el funcionamiento del hemisferio derecho. Esto significa que en todo momento existe una lectura corporal implícita recíproca que les permite a ambos sujetos descifrar en un nivel no consciente (pero no por ello menos influyente) los mensajes no verbales que acompañan las palabras específicas emitidas por ambos. Este proceso se produce mediante la percepción subliminal o inconsciente, entendida ésta como la adquisición y el procesamiento de información del exterior que no accede a la consciencia, pero sí es utilizada por el sujeto -sin que éste lo advierta- dando origen a determinadas conductas.  McCleary y Lazarus hacen referencia a la percepción subliminal –denominándola "subcepción"- y la definen como "discriminación sin representación consciente". Para su mejor comprensión dan como ejemplo la capacidad del sujeto para percibir una amenaza sin ser consciente. Este fenómeno se produce a niveles discriminantes neurológicos que son inferiores a los requeridos para la representación consciente. Cuando aún no se ha establecido una comunicación verbal o es posible practicar un examen racional de la conducta de otro sujeto, estos mensajes no verbales son definitorios del tipo de relación a establecer.

 

          Para un animal gregario que vive en una sociedad tan compleja como la humana, establecer relaciones es esencial para la supervivencia: cotidianamente respondemos a lo que las personas de nuestro entorno esperan de nosotros, para lo bueno y para lo malo. Lo que los demás esperan de uno puede desencadenar un conjunto de acciones que nos lleven mucho más allá de lo que podemos imaginar, en lo mejor y en lo peor. Este fenómeno, denominado “efecto Pigmalión”, tiene una explicación científica: cuando percibimos la confianza de alguien, el sistema límbico acelera la velocidad de nuestro pensamiento e incrementa la lucidez, la atención y la eficacia. Este mecanismo orienta a la pulsión y pone así en acción al guión: nos hace pasar de la pasividad a la actividad.

 

          Las señales no verbales que se emitan y se perciban determinarán si los sujetos han de interactuar o no. La existencia de la falta en el otro es la condición necesaria para que el sujeto encarne su rol propio, y su inexistencia impide la ejecución de cualquier guión.

 

 

 

                                                    Capítulo 7:

                                           LÓGICA Y CONDUCTA

 

 

          El ámbito por excelencia en el que podemos encontrar guiones a fin de constatar si se cumplen los principios y reglas expuestos en los capítulos anteriores es el teatro. Haré aquí referencia a una experiencia personal: recuerdo que cuando vi por primera vez la representación de Hamlet en una versión cinematográfica me aburrí terriblemente. Llegado al punto en el que el protagonista ya estaba más que seguro de que su tío había asesinado a su padre para casarse con su madre y además lo había privado de su trono, comencé a preguntarme si el sujeto no era estúpido, pues no terminaba de ensartar en su espada al tío, coronarse rey y encerrar a su madre en el más remoto monasterio de clausura de Dinamarca, como debía ser dadas tales circunstancias. Mi aburrimiento se transformó en irritación al ver el final: debido a que Hamlet no procedió con la debida diligencia, terminaron muriendo su futura esposa, el padre de ésta, su madre, su tío, su futuro cuñado y él. No lograba entender semejante desastre que Hamlet podría haber evitado si hubiera actuado con un mínimo de lógica.

 

          Posteriormente recibí esta explicación psicologista muy simplificada fundada en el complejo de Edipo: en su inconsciente, Hamlet está enamorado de su madre, pero a causa de la prohibición del incesto no puede aceptar este hecho en forma consciente, de modo que lo reprime. Cuando se entera de la muerte de su padre a manos de su tío -quien realiza así su propósito de disfrutar con exclusividad de su madre- no puede tomar venganza: la culpa se lo impide, porque a nivel inconsciente él también deseaba deshacerse de su padre para ocupar el lugar de éste junto a su madre.

 

          Es fácil constatar que todo guión que alcanza un cierto éxito presenta inconsistencias notables si se lo analiza desde la lógica. Transcribiré este ejemplo tomado de Eric Berne en el que se imagina la reacción de un marciano ante el cuento de Caperucita Roja:

 

“Un día, la madre de Caperucita la envió a llevar comida a su abuela pasando por el bosque, y por el camino la niña se encontró con un lobo. ¿Qué clase de madre envía a una niña a un bosque donde hay lobos? ¿Por qué no lo hizo la propia madre, o por qué no fue con Caperucita?

Si la abuela estaba tan imposibilitada, ¿por qué la madre la dejaba vivir sola en una cabaña tan lejos?

Pero, si tenía que ir Caperucita, ¿cómo es que su madre nunca le había advertido que no se detuviera a hablar con los lobos?

En el cuento queda claro que a Caperucita nunca le habían dicho que aquello fuera peligroso. En realidad, ninguna madre podía ser tan estúpida, o sea que parece como si a la madre no le importara mucho lo que pudiera pasarle a Caperucita, o quizás incluso quisiera deshacerse de ella.

Y tampoco hay ninguna niña tan estúpida. ¿Cómo podía Caperucita mirar los ojos, las orejas, las manos y los dientes del lobo y seguir creyendo que era su abuela? ¿Por qué no salió de allí lo más rápidamente que pudo?

Y además ¡vaya una niña mezquina!, ¡recogiendo piedras para meterlas en la barriga del lobo! De todos modos, cualquier niña sincera, después de hablar con el lobo, indudablemente no se habría parado a coger flores, sino que se habría dicho: “Ese hijo de perra va a comerse a mi abuela si no consigo ayuda deprisa”.

Ni siquiera la abuela y el cazador están libres de sospecha.

Si ahora tratamos a los personajes de esta historia como a personas reales, cada una con su propio guión, veremos cómo se enredan sus personalidades de una forma que resulta evidente desde el punto de vista marciano.

1. Es indudable que la madre está tratando de perder a su hija “accidentalmente”, o por lo menos quiere acabar diciendo: “¡Es terrible! Hoy en día no puedes siquiera pasear por el parque sin que algún lobo...” etc.

2. El lobo, en vez de comer conejos y cosas así, obviamente está excediéndose, y debe saber que por ese camino acabará mal, o sea que debe de querer crearse problemas. Evidentemente leyó a Nietzsche o a alguien parecido cuando era joven (si podía hablar y ponerse un gorro, ¿por qué no habría de ser capaz de leer?), y su lema era algo así como “Vivir peligrosamente y morir gloriosamente”. 

3. La abuela vive sola y no cierra su puerta con pestillo, o sea que tal vez esté esperando que pase algo interesante, algo que no podría pasar si ella viviera con su familia. Quizás por eso no se trasladó a vivir con ellos, o por lo menos en una casa próxima. Probablemente era lo bastante joven como para desear aventuras, ya que Caperucita todavía era una niña pequeña. 

4. El cazador es obviamente un libertador que disfruta manipulando a sus enemigos vencidos y ayudando a dulces niñas: claramente se trata de un guión adolescente.

5. Caperucita dice al lobo muy explícitamente dónde puede volver a verla, e incluso se mete en la cama con él. Evidentemente está jugando al “rapto”, y acaba muy contenta de todo lo que ha pasado.

La verdad es que todos los personajes del cuento buscan acción a casi cualquier precio. Si se toma en sentido literal el saldo final, todo este asunto era una maquinación contra el pobre lobo, por la que se le hacía creer que era más listo que nadie, utilizando a Caperucita de cebo. En ese caso, la moraleja de la historia no es que las niñas inocentes deberían apartarse de los bosques donde hay lobos, sino que los lobos deberían apartarse de las niñas de aire inocente y de sus abuelas; en resumen, un lobo no debería pasear solo por el bosque.

Esto, además, suscita la interesante pregunta de qué hizo la madre aquel día después de librarse de Caperucita…”

 

          Caperucita Roja es un cuento clásico -probablemente más conocido que la tragedia de Hamlet- que ha tenido una aceptación indiscutida durante más de dos siglos. En su primera versión el final era distinto: el lobo se comía a la niña y a la abuela, pues la fábula tenía la función moralizadora de advertir que la desobediencia a las órdenes de los padres traía consecuencias nefastas, y pretendía improntar así una estrategia de supervivencia eficiente. Con el tiempo, la función del cuento pasó a ser la de entretener al niño y a tal fin fue necesario reemplazar aquel final desagradable por el actual.

 

          La obra de arte, para atraer la atención de sus destinatarios, debe necesariamente plantear un conflicto; en la intensidad con la que éste es expuesto se funda su éxito. Cualquier ejemplo sirve: compárese la fama universal de “El conde de Montecristo” de Alexandre Dumas con la poca repercusión de “La coscienza di Zeno” de Ítalo Svevo. Toda novela u obra de teatro que se mantiene vigente a través de los tiempos debe su éxito a que la naturaleza del conflicto que plantea es universal, es decir, que no les resulta ajeno a la mayor parte de los sujetos, cualquiera sea la época en la que vivan. Edipo plantea la temática de la prohibición del incesto, cuestión principalísima en casi todas las sociedades humanas en cualquier época y civilización: esto es lo que garantiza su universalidad. “El conde de Montecristo” aborda el tema también universal de la injusticia y la venganza. La novela “Al este del paraíso” de John Steinbeck -que es una versión moderna de la historia de Caín y Abel- plantea también un conflicto universal, pero es menos popular a pesar de su mayor calidad literaria, y la razón se encuentra precisamente en su mayor refinamiento: Dumas expone su historia de una manera relativamente simple y directa con el fin de llegar al lector con inmediatez; este recurso resulta más exitoso que la mayor elaboración e intensidad que se encuentra en la obra de Steinbeck.

 

          En ambas historias el conflicto consiste en que “algo no es como debiera ser”. Edmundo Dantés tenía ante sí un brillante futuro en su carrera; de haber seguido su vida el rumbo que las predicciones lógicas auguraban, seguramente se habría visto colmado de satisfacciones. Si Adam Trask hubiera aceptado sin cuestionamientos la ayuda de su hijo Cal, la historia habría tenido un final feliz. Pero en ambos casos las respectivas novelas habrían resultado sumamente aburridas.

 

          Dos ejemplos de la literatura confirman esta afirmación. En su análisis de “Crimen y castigo” de Fedor Dostoievsky, Vladimir Nabokob hace referencia al desequilibrio entre la primera y la segunda parte de la obra, calificando a esta última de larga, pesada y árida en comparación con la primera. Esto se debe a que en la primera parte Raskolnikov pasa por la impactante experiencia de cometer un asesinato (algo que no fue como debiera ser), mientras que en la segunda parte acepta con resignación el justo castigo que se le impone y hasta logra concretar una relación de pareja (algo que fue como debiera ser).

 

          El segundo ejemplo es la novela “Servidumbre Humana” de William Somerset Maugham, en la que el protagonista se enamora perdidamente de una pérfida mujer, quien lo maneja a su antojo, haciéndolo sufrir con sus vejaciones y malos tratos psicológicos (algo que no fue como debiera ser). Cuando por fin logra ponerle un punto final a esa relación y entabla una nueva, esta vez con una mujer que aparece como la antítesis de su pareja anterior (algo que fue como debiera ser), él no siente pasión. Transcribo aquí el pasaje del libro:

 

“Una extraña sensación se apoderó de Philip... …una vez más era libre. ¡Libre! No tenía ya necesidad de renunciar a sus proyectos. La vida estaba nuevamente entre sus manos y podría hacer lo que deseara. Pero no experimentó ninguna alegría. El porvenir se presentaba ante él vacío y desolado.”

 

          De lo expresado se concluye que en una historia los protagonistas experimentan una mayor pasión y a la vez también aumenta el interés de los lectores cuando “algo no es como debiera ser” y viceversa.

 

 

 

                                                     Capítulo 8:

                                                LA REPETICIÓN

 

          Sigmund Freud desarrolló en 1920 la noción de "compulsión a la repetición", sosteniendo que las actitudes neuróticas del adulto son consecuencia de conflictos mal resueltos -o no reabsorbidos- durante la primera infancia. Aun cuando han desaparecido los personajes primitivos del drama, el individuo recrea situaciones análogas a las de su infancia y ello le permite vivir los sentimientos que reprimió en el pasado. Si un niño no ha podido liquidar normalmente su odio, sus celos, su amor, o su curiosidad, se empeñará toda su vida -aunque no a sabiendas de su conciencia- en suscitar condiciones que le permitan revivir esa emoción. Esa descarga se convierte en una necesidad psicológica: el deseo, por la imposibilidad de realizarse -es decir, de capturar su objeto- arroja al hombre a la repetición, la que se origina en un sentimiento de necesidad que no puede someter al control de la voluntad, que se da ante una determinada situación subyugante y que lleva a volver a pedir el mismo objeto que siempre le fue y le será negado.

 

          Al haber sobrevivido a una situación traumática, volver a exponerse a la misma debería considerarse una actitud irracional; pero el inconsciente promueve este acto con el que está familiarizado como una forma de asegurarse un resultado cierto que nunca estará garantizado ante una situación no conocida. Muchas personas, de un modo que no logran explicar, tienden a buscar situaciones que las remiten al trauma vivido: este fenómeno se conoce como reexposición compulsiva al trauma. Las mujeres que han sido maltratadas en la infancia tienden a convivir con hombres maltratadores, las niñas que han sufrido abusos sexuales tienen más probabilidades de dedicarse a la prostitución o los niños que han sido maltratados en la infancia tienen más probabilidades de ser maltratadores en la edad adulta. Aunque conscientemente tratan de buscar un desenlace distinto, nunca lo logran, pues la satisfacción de su necesidad es incompatible con la falta que constituye su deseo.

 

          A pesar de su valoración negativa en la época actual, en la vida de los pueblos salvajes primitivos la repetición debe haber funcionado como un mecanismo efectivo de supervivencia: un cazador que se viera en la riesgosa situación de enfrentarse a un animal peligroso y saliera airoso de ella con el beneficio de haber conseguido alimento valoraría como positivo el hecho de volver a enfrentarse a una situación similar en el futuro. Aún en la actualidad vemos residuos de este mecanismo en la corrida de toros, en la que el torero –contra toda lógica- arriesga su vida con el solo propósito de ser aplaudido y reconocido por haber superado con éxito el trance; lo mismo sucede en los llamados deportes de alto riesgo.

 

          Para determinar los mecanismos que llevan al sujeto a buscar una participación en guiones que resultan adecuados para repetir un rol improntado en su infancia que finalmente le va a resultar perjudicial, es útil y conveniente partir del análisis del fenómeno de atracción que ejercen en los seres humanos ciertas representaciones artísticas.

 

        El fenómeno por el cual el ser humano puede disfrutar de una representación es un proceso conocido como “suspensión de la incredulidad”. El sujeto deja de lado (suspende) su sentido crítico, ignorando inconsistencias de la obra de ficción en la que se encuentra inmerso, lo que le permite adentrarse y disfrutar del mundo expuesto en dicha obra. El término se ha aplicado tradicionalmente a la literatura, al cine y al teatro, y actualmente también es aplicable al ámbito de los videojuegos. La denominación es una traducción literal de la expresión inglesa acuñada por el poeta Samuel Taylor Coleridge suspension of disbelief, que alude a que nuestra capacidad de rechazar una historia o concepto increíble queda detenida o "suspendida"; esto es, que la persona va a creer lo que se le cuenta, por irreal que parezca, en favor de su distracción, diversión o goce. La aceptación de este contrato simbólico entre el autor y el espectador se basa en un quid pro quo en el que el público tácitamente accede a suspender su incredulidad temporalmente (aceptación del engaño) a cambio de la promesa de entretenimiento; recordemos que en latín la palabra “ilusión” se relaciona con “engaño” (illudere es engañar) y con “juego” (ludere es jugar).

 

          La suspensión de la incredulidad hace que el receptor olvide que el mensaje que percibe no es real. El actor Jeff Bridges ha dicho al respecto: “Cuando voy al cine me gusta que me manipulen: para ello he pagado mi entrada. Pero odio darme cuenta en plena proyección. En lugar de aplicar a esa falsedad un sentimiento de incredulidad y verlo con unos ojos fríos y distantes, ejerzo de forma inconsciente una suspensión de la incredulidad. Pongo en suspenso mi incredulidad para ayudarme a mí mismo a meterme en la historia, comprenderla, asumirla, disfrutar de ella como si fuera real, de tal forma que los dramas me emocionen, los chistes me hagan gracia y las aventuras me hagan agarrarme al sillón y clavarle las uñas”.

 

          En general, los géneros dramáticos establecidos llevan asociadas por convención una serie de premisas, lo que se traduce en un nivel concreto de suspensión de la incredulidad. Estas premisas van incluidas en un grupo de reglas asociadas a cada género conocidas como convenciones dramáticas. Dichas reglas permiten a los autores comunicarse fácilmente con los artistas, al mismo tiempo que dan información al espectador acerca de cómo entender la obra, pidiéndole que suspenda su incredulidad frente a la manera en que se resuelven ciertos aspectos de la historia debido a la naturaleza de la obra o a las limitaciones técnicas impuestas por el medio a través del cual ésta se representa. Por ejemplo, el espectador debe aceptar como normal y natural que durante la escena amorosa de una película suene música que no viene de ningún sitio o que entre un acto y otro de una obra de teatro pasen supuestamente muchos años si es que desea disfrutar con el conflicto medular que el guión plantea.

 

          En cualquier caso, toda historia de ficción es una creación cuyo fin es la distracción, y en consecuencia no se la considera como mentira: es distinto contar una historia para engañar (mentira) que contar una historia para entretener (ficción). El autor de esa historia no pretende hacernos creer que ella es una verdad fáctica: lo que busca es que por unos instantes nos adentremos dentro de una realidad secundaria que crea, en la que no sólo convertiremos los mitos en realidades, sino que rechazaremos las evidencias que la realidad nos presentaría en contra de esos mitos.

 

          Cabe mencionar algunos casos en los que la suspensión de la incredulidad no opera en forma consciente o voluntaria. Se puede tratar de hacer creer al sujeto que lo que ve es real, no ficción: para esto es necesario que no se haya estipulado previamente ningún convenio conocido en el que se establezca "el contrato simbólico". Simplemente se trata de hacer que el espectador se encuentre inmerso en la ficción de improviso, sin advertencias de ningún tipo sobre su carácter de tal, en una situación que eleve sustancialmente su tono emocional. Como ejemplos podemos tomar la transmisión radial de Orson Welles de la obra “La guerra de los mundos” de H. G. Wells, ciertas competencias de lucha norteamericanas o algunos “reality shows” actuales.

 

          Un caso distinto lo constituyen los relatos de los antiguos griegos, pues ellos creían sinceramente en el Olimpo y sus dioses, en hidras y en héroes; el propósito del teatro griego era exponer un hecho realmente acontecido como ejemplo y para fundamentar los principios en los que se basaba su sociedad. El caso inverso es el Nuevo Testamento: para hacerlo atractivo se incluyeron en los Evangelios hechos inverosímiles (milagros) sin los cuales la lectura de las puras enseñanzas de Jesús resultaría mucho menos extraordinaria y fascinante. Adviértase la diferencia fundamental entre el pensamiento griego y el judío: en el primer caso se recurre a la razón para intentar demostrar como verdad una creencia, mientras que en el segundo se recurre a la credulidad para imponer un dogma y se la exige bajo la forma de la fe a fin de evitar todo pensamiento crítico.

 

          En el mismo sentido, el individuo humano, para desarrollar en su vida el rol que ha improntado, debe necesariamente privarse de percibir una parte de la realidad tal como es, dejando para ello de lado su sentido crítico. En este caso, existe una suspensión de la incredulidad, pero no funciona como tal, es decir, en forma voluntaria: el sujeto está convencido de que se trata de una situación real y no de una ficción (lo que, por otra parte, es relativamente cierto), y no necesita del acto voluntario de suspender su credulidad, pues este proceso se desarrolla continuamente de manera automática e inconsciente.

 

          La incredulidad es una consecuencia de la desconfianza, y ésta es un recurso destinado en general a asegurar la supervivencia: tanto el animal como el ser humano desconfían de lo que no conocen y le temen. Pero si la desconfianza es necesaria para asegurar la supervivencia del individuo como tal, la confianza es esencial para asegurar la continuidad de las especies, pues resulta imprescindible para posibilitar el apareamiento en todas ellas, la cría de la descendencia y la colaboración grupal en las más evolucionadas. Para determinar si le resulta conveniente confiar o no, el animal se guía por determinados signos que percibe en su mayor parte en forma subliminal: ante la presencia de algunos de ellos reconoce situaciones en las que le resultará beneficioso deponer su desconfianza.

 

          En el sujeto humano, el reconocimiento subliminal de la posibilidad de participar en un guión en el que le resulte posible desempeñar su rol provoca automáticamente la suspensión de la incredulidad y ésta opera durante todo el desarrollo de aquel. El sujeto se ve impedido de aplicar su sentido crítico, por lo que será incapaz de advertir las inconsistencias que necesariamente deberían indicarle que no va a lograr la satisfacción que supuestamente auguraban aquellos primeros signos percibidos. Llegado el momento, atribuirá su fracaso a cualquier circunstancia que resulte mas o menos aplicable al caso del que se trate (mala suerte, incapacidad, falta de valor, etc.); de este modo quedará nuevamente predispuesto a repetir la historia sin introducir en su rol mayores modificaciones.

 

          En el hipotético y poco probable caso de que un individuo lograra evitar la suspensión de la incredulidad y actuar con base en lo que su sentido crítico le señalara como conveniente, evitaría repetir su guión.  Aunque lograra satisfacer su necesidad, esto no le solucionaría su problema recurrente en cuanto a la insatisfacción de su deseo. Al advertir mediante el uso de su razonamiento que algunos de sus actos le son perjudiciales, modificaría su conducta y en consecuencia estaría representando un rol distinto en el que no operaría la falta que constituye al deseo; esto le imposibilitaría participar en el guión vital para el que ha sido programado y lo privaría así de desarrollar cualquier relación profunda o duradera con sus semejantes, dejando insatisfecha su necesidad de gozar de la atención del otro.

 

 

 

 


 

                                                      Capítulo 9

                                        LA REALIDAD PERSONAL

 

          La palabra “real” proviene del latín res (cosa), y significa "que tiene existencia verdadera y efectiva"; en consecuencia, podemos definir la realidad como “el conjunto formado por todo aquello que tiene existencia verdadera y efectiva”. Es evidente entonces que percibir la realidad en su totalidad resulta imposible para cualquier ser actualmente existente; los individuos animales solo registran la porción de realidad que les resulta necesaria para su supervivencia y reproducción.

 

          El ser humano -a diferencia de las demás especies- es capaz de simbolizar lo percibido y realizar el complejo análisis racional de las diversas situaciones a las que se ve enfrentado; ello le posibilita –en teoría, al menos- distinguir lo que tiene existencia verdadera y efectiva de lo que no la tiene. En la práctica, el individuo humano solo se muestra capaz de percibir lo real como tal en todo aquello que no se relaciona en forma directa con el desempeño de su rol en el guión vital. Cuando lo percibido está relacionado con éste último, pero no le resulta funcional en su forma real, tiende a elaborar una interpretación que difiere en mayor o menor grado de la que surgiría de la aplicación de su sentido crítico; en algunos casos llega a omitir por completo una percepción de lo real. 

 

          Partiendo del supuesto de que la interpretación acertada de lo real mediante un correcto análisis racional es la que coincide con la que indica el sentido común, toda interpretación que no cumpla esta condición influirá negativamente en el diseño de una conducta eficiente a desempeñar, pues ésta no se adecuará a las leyes naturales de causa y efecto habitualmente conocidas y aceptadas. Se producirá entonces una “falla” originada en la suspensión del sentido crítico que resulta imprescindible para que el sujeto pueda desarrollar su rol en un guión, pero que lo aleja de un resultado acorde con la expectativa que conscientemente manifiesta. Estas fallas, por tener su origen en aquellas improntas que no alcanzaron una representación simbólica congruente, superan las posibilidades de una tramitación psíquica consciente. 

 

          La porción de realidad correcta y efectivamente interpretada, sumada a la porción que no cumple dicha condición, constituye lo que se puede denominar “realidad personal”. Ésta resulta ser un ámbito adecuado y congruente en el que los impulsos, emociones y decisiones que conforman el contenido del rol que el sujeto debe desempeñar en sus relaciones con los demás pueden manifestarse de acuerdo al guión correspondiente. Dado que el rol improntado precede a la realidad personal, es aquel el que determina a ésta y no a la inversa.

 

          Esta realidad secundaria o personal se asemeja en algún punto a la que percibe el espectador de una obra de teatro o película, en tanto combina algunos elementos acordes al sentido común con otros a los que un análisis crítico y racional revelaría como inconsistentes. Así como el espectador, sabiendo que va a introducirse en el mundo de lo ficticio, debe abandonar previamente gran parte de su escepticismo para disfrutar de la obra, el individuo que pretende desempeñar su rol vital debe tomar lo imposible como probable en cuanto resulta coherente con los lineamientos del guión.

 

          El individuo humano intenta aplicar siempre las reglas de la lógica y del sentido común al análisis de situaciones y a la toma de decisiones; la mayor parte del tiempo actúa convencido de que sus actos son producto de dicho proceso. Rara vez advierte fallas o inconsistencias, y cuando lo hace dispone de recursos que le permiten justificarlas. Ni siquiera la capacidad de pensar sobre los propios pensamientos (denominada cognición secundaria o meta-cognición) le permite advertir la falla, ya que los patrones improntados que configuran el rol no sólo influyen en la dirección y cantidad de pensamientos (parámetros de cognición primaria), sino que también determinan que el sujeto confíe o desconfíe de lo que piensa (parámetros de cognición secundaria).

 

          Surge así el pensamiento mágico, que en su estructura es un razonamiento causal que se origina en un silogismo en el que una de las premisas (generalmente la mayor) es una creencia, un modelo improntado o creado por la mente para responder a una cuestión determinada que tiene por fin justificar un hecho (real o imaginario) del cual se desconoce o no se acepta una explicación racional. Cabe aclarar que este tipo de pensamiento prelógico no se caracteriza por la incapacidad de pensar lógicamente, sino por la tolerancia respecto a las contradicciones. En consecuencia, al carecer el razonamiento de un fundamento objetivo, la conclusión puede establecer que un hecho inverosímil o imposible se verifica o sucede. Por ejemplo, si una persona cree que los gatos negros traen mala suerte y tras cruzarse con un felino de ese color tropieza y se quiebra una pierna, concluirá que la lesión obedece a la maldición de los gatos negros y que la caída fue una consecuencia del encuentro con el animal. En cambio, si recurre al pensamiento racional -que no se basa en creencias, sino en datos objetivos- podrá concluir que se cayó por pisar mal, por estar distraído o por lo que realmente fuere y encontrará la causa eficiente del accidente.

 

          El pensamiento mágico es funcional a la negación, definida por Sigmund Freud como un mecanismo de defensa a nivel psicológico que ejerce una persona inconscientemente para evitar aceptar o dar cuenta de la realidad que circunstancialmente vive.

 

          La realidad personal tiene un carácter mixto: queda conformada como tal porque los resultados de todos los razonamientos causales son aceptados como verdaderos, sin distinguir entre algunos que se han fundado en hechos o principios cuya existencia está confirmada como verdadera y otros que se han derivado de una creencia.

 

          Debido a que las creencias son improntadas en la primera infancia como elementos constitutivos del rol del sujeto, la realidad personal se adecua perfectamente a las inconsistencias o contradicciones del guión, constituyéndose en el ámbito propicio para su desarrollo y ejecución.

 

          Tomada como ejemplo de creencia, la religión tiene la virtualidad de introducir al sujeto ex profeso en una realidad personal específica cuyo atractivo se encuentra en la posibilidad de reemplazar la dependencia de la figura paterna protectora y omnipotente de la infancia por una relación secundaria por un ser imaginario de características similares (Dios) que protege al sujeto de la amenaza total y absoluta a su supervivencia. El conocimiento de que la llegada de la muerte es un hecho inevitable (dies certus an incertus quando) produce angustia, y este pensamiento eleva el tono emocional hasta un punto en el que se propicia la improntación de la idea irracional de inmortalidad: entonces se obtiene un alivio producido por el supuesto cese de tal situación amenazante. Dado que la improntación de esta creencia es posterior a la etapa en la que se desarrolla la relación primaria, resulta necesario un esfuerzo extra por parte del sujeto que consiste en el compromiso explícito de tener fe, lo que implica creer en lo que no puede ser visto ni probado. La religión como realidad personal no resulta una estrategia de supervivencia exitosa, pues al privar a la muerte de su carácter de hecho definitivo e irreversible, muchas veces termina exponiendo al sujeto a ésta: los mártires cristianos que aceptaban la muerte con gusto ante la perspectiva de otra vida mejor, los jenízaros que creían que su muerte defendiendo la fe islámica les aseguraría un lugar en el paraíso y los suicidios masivos de miembros de algunas sectas que se han producido en varias ocasiones son ejemplos históricos que confirman  esta hipótesis.

 

          El concepto de realidad personal no debe confundirse con el de fantasía: ésta es la forma en la que un individuo se representa ciertos deseos, intereses, miedos, objetivos y hasta perversiones con la clara conciencia y sabiendo que éstos no se encuentran en concordancia con la realidad primaria. La fantasía siempre tiene que ver con la creación o generación de situaciones a nivel mental o imaginativo que no pueden darse en la vida real o que deben permanecer reprimidas debido a ciertas pautas morales o sociales. Existen dos tipos de fantasía: Lacan se refiere con el término fantasme  (el término ha sido mal traducido al español como “fantasma”, que en fancés es fantôme) a la representación que refleja los deseos imaginarios más o menos conscientes o –en otras palabras- al escenario del cumplimiento virtual del deseo inconsciente, la que se distingue de fantasie (imaginación en español, Einbildungskraft en alemán, términos ambos que aluden a la visión fantástica o al mundo imaginario) y de fantaisie (capricho, originalidad, falta de seriedad en la conducta). La fantasía es registrada por el sujeto como un producto de su imaginación ajeno a la realidad, mientras que la realidad personal es percibida como la fiel expresión de la realidad verdadera o primaria y tomada por tal; su función y efecto es disminuir la frustración que experimenta el individuo ante ciertas mociones pulsionales insatisfechas, actuando como sostén o soporte del propio deseo.

                                          

          La aparición de la realidad personal en la especie humana como progreso desde el punto de vista evolutivo puede equipararse a la introducción de los números imaginarios en la matemática: ha provisto al hombre de un instrumento que posibilitó el desarrollo de las habilidades especiales que le han permitido interactuar en forma dialéctica con su medio y con la sociedad, transformando a ambos. Pero ese progreso como especie tiene un costo: la limitación de la posibilidad de percepción de la realidad primaria, al quedar condicionada a una modalidad predeterminada por los patrones improntados, es causa de frustraciones que el individuo habrá de padecer durante toda su vida.

 

 

 


                                                    Capítulo 10

                                       LA PERVERSIÓN IMPROPIA

 

          La palabra “perversión” proviene del latín pervertere, término formado por per (prefijo que intensifica o aumenta la significación de la palabra a la que está unido) y vertere (verbo que significa verter o volcar): esta etimología expresa la idea de verter más allá o en otro lugar que el que es debido. El término fue utilizado por la psiquiatría clínica clásica, por la psicopatología y por los pioneros de la sexología para designar un comportamiento o un conjunto de prácticas sexuales que no se ajustaban a lo socialmente establecido como sexualidad normal en la época. 

 

          Durante mucho tiempo la perversión fue considerada como una enfermedad. Sigmund Freud fue el primero en definirla como una estructura de la psiquis humana. En sus “Tres ensayos para una teoría sexual” escribe que “en ninguna persona falta algún elemento que pueda designarse como perverso que acompaña al fin sexual normal”. Las perversiones, en la concepción freudiana, están gobernadas por el dispositivo simbólico del Edipo; según la forma en que el sujeto lo atraviese y lo concluya, obtendrá una determinada forma de sexualidad y de identidad sexual.

 

          Lacan sostuvo que la sexualidad humana es estructuralmente perversa, y es con esa sexualidad perversa que hombres y mujeres se tienen que arreglar para llegar a obtener -o no- los rasgos que definen el concepto ideal de sexualidad normal. Todo sujeto debe inventar un fantasma propio, una fórmula privada para la relación sexual: la relación con una mujer (o con un hombre) es posible sólo en la medida en que la pareja encaja con esta fórmula. Dicho fantasma funciona como pantalla que vela lo Real y no hay otro modo de vivir el amor o lo pulsional que no sea de un modo sintomático.

 

          Lacan señala la diferencia entre la cópula de los animales y la relación sexual entre los humanos. Los animales eligen a su pareja por razones estrictamente vinculadas a lo biológico. En cambio, en el ámbito humano, la relación entre los sexos debe plantearse de un modo completamente distinto, pues ni un hombre es capaz de copular con cualquier mujer, ni una mujer puede hacerlo con cualquier hombre. La intervención del lenguaje hace que siempre haya algo que sobre o que falte, algún tercer elemento estorbando una unión sin interferencias. Es en razón de esta asimetría, de esta falta de complementariedad natural entre varones y mujeres, que Lacan sostiene que no hay relación sexual. Debido a esto, el modo que permite vivir el amor a una pareja es necesariamente perverso.

 

          Actualmente la palabra “perversión” se mueve dentro de un espectro semántico que oscila entre la “utilización de algo con una finalidad diferente a aquélla para la que fue creado” y la “falta moral grave”, pero -en ambos casos- para sostener que hay perversión es preciso aceptar la existencia de un orden previo que se rompe cuando ella actúa.

 

          Si nos atenemos a la primera acepción de la palabra, no toda conducta perversa debe ser valorada como negativa. Las cucharas, por ejemplo, han sido creadas para que nos llevemos los alimentos desde el plato a la boca: pero si se utiliza una cuchara para escarbar en la tierra de una maceta, se está haciendo un uso “perverso” de la cuchara, aunque no se haga con ello nada moralmente malo ni censurable, ni pueda considerarse este acto como una conducta patológica.

 

          Para el enfoque del tema desde un punto de vista consistente con las hipótesis que se pretenden desarrollar en este libro conviene reservar el término “perversión” para denominar a las conductas consideradas patológicas que afectan negativamente la vida del sujeto o de terceros y que son pasibles de la censura de la ley o de la sociedad. Por razones de utilidad se usará en adelante la expresión “perversión impropia” para referirse a los casos en los que el sujeto desarrolla una conducta con una finalidad diferente a aquélla para la que razonablemente debería servir según las reglas del sentido común, rompiendo el orden lógico que debe regir el manejo de la situación en cuestión. Se definirá entonces a la perversión impropia como una estructura de conducta originada en determinadas características de la experiencia primaria individual antecedente a la situación de la que se trate, que orienta a la pulsión a generar una conducta en particular objetivamente antifuncional en forma reiterada.

 

          Es útil tomar nuevamente como ejemplo la obra “Servidumbre humana”, anteriormente citada, en la que –como ya se dijo- el protagonista se enamora perdidamente de una pérfida mujer, quien lo maneja a su antojo, haciéndolo sufrir con sus vejaciones y malos tratos psicológicos. Si, afligido por su situación, este hombre pidiera un consejo, cualquier persona con un mínimo de sentido común le diría que debe dar por finalizada la relación de inmediato por su propio bien. Si el sujeto desarrolla cualquier otra estrategia con el propósito de superar tal trance, estaremos en presencia de una “perversión impropia”. Su proceder resultará antifuncional, ya que no obtendrá los resultados que serían de esperar, pues la única conducta idónea para solucionar su problema en el campo de lo real es concluir la relación en cuestión en forma definitiva.

 

          El hecho de tomar este ejemplo a pesar de que el título del libro en su idioma original es “Of human bondage” podría dar lugar a una confusión, ya que bondage (que ha sido traducida como servidumbre) hace referencia también a una perversión practicada en el ámbito de los juegos sexuales que consiste en que las personas encuentran su deseo sexual en la práctica de atar y someter -o ser atadas y sometidas- al otro. El “bondage” es un juego sexual en el que ambos participantes reconocen su accionar como perverso; en cambio, el protagonista de la novela nunca considera su proceder como tal. Esta es la principal característica que distingue a la perversión impropia.

 

          Durante la ejecución del guión vital, el individuo actuante percibe una realidad secundaria o personal que –como ya se ha visto- no es congruente con la realidad objetiva: la reacción que esta última le provoque estará condicionada por su subjetividad y lo llevará a desarrollar una conducta que él supondrá que debe ser eficiente, pero que en el mundo real u objetivo no cumplirá la finalidad buscada.

 

          La perversión propiamente dicha sirve como escape de la neurosis, pues lo que se persigue mediante el acto perverso es acceder como sea a un objeto de deseo, independientemente de la naturaleza de la satisfacción que se obtiene. A la inversa, la perversión impropia frustra el acceso al objeto real deseado, pero permite a cambio desarrollar el guión y posibilita de esta forma relacionarse con el otro.

 

          El partenaire en la “obra” a la que corresponde el guión en el que el sujeto desempeña su rol debe necesariamente desarrollar una perversión impropia complementaria a la del “protagonista”. No hay que olvidar que, desde sus posiciones subjetivas, ninguno de ellos cree representar un rol, sino que ambos viven un guión; por lo tanto, cada uno se considerará a sí mismo el protagonista y al otro su partenaire necesario. Ambas perversiones impropias se anudan en esta relación: así como en las obras de ficción no puede existir un Otelo sin una Desdémona, un Hamlet sin una Gertrudis ni la Bella sin la Bestia, no existe la posibilidad de desarrollar ningún guión vital sin la participación de un partenaire adecuado. La correspondencia en la relación es biunívoca, o uno-a-uno: es una correspondencia unívoca cuya correspondencia inversa es también unívoca. En otras palabras, cada elemento de primer conjunto se corresponde con sólo un elemento del segundo y cada elemento del segundo conjunto se corresponde con sólo un elemento del primero. En consecuencia, el amor –que ha sido idealizado durante siglos y cuya sola mención despierta un cúmulo de emociones- es simplemente el resultado de la conjunción de las perversiones impropias complementarias de sus protagonistas.

 

          En la vida real, la perversión en sentido propiamente dicho mediatiza la relación con el otro al condicionarla mediante la exigencia de una modalidad particular: quien juega un rol sádico exige la concurrencia de un partenaire dispuesto a jugar un rol masoquista, a tal punto que la relación sexual real queda reducida a una excusa para causar y experimentar sufrimiento. Lacan sostiene que este esfuerzo que le requiere la mediatización al sujeto está dirigido a no extraer consecuencias significantes acerca de su saber de la falta. El individuo parte de la creencia de que la ejecución del acto perverso provocará el goce del otro, evadiendo enfrentarse con el hecho de que su conducta no resuelve su conflicto y también evitando asumir que su verdadera necesidad queda siempre insatisfecha.

 

          En la perversión impropia, ambos sujetos también mediatizan su relación con el otro, porque al exigir el cumplimiento de los requisitos que determina el guión, la someten a un trámite que a la postre resultará fallido. Convencidos de que llegarán por ese camino a un final exitoso, ejecutan la conducta que constituye la perversión impropia, lo que le garantiza a cada uno la continuidad de la atención del otro mientras los priva a ambos de la satisfacción de sus respectivas necesidades.

 


 

 

                                                            Capítulo 11

                      LA EVOLUCIÓN DEL INDIVIDUO: EL PROCESO EDÍPICO

 

          Durante el transcurso de la vida del individuo y a pesar de que su destino está en su mayor parte determinado por las improntas asimiladas en su primera infancia, se producen ciertos cambios que alteran algunas de las modalidades de ejecución de las conductas improntadas. Estas modificaciones se originan tanto en hechos externos a la relación primaria como en variantes en la estructura familiar en la que ésta se desarrolla. A la inversa -y con mayor frecuencia- sustratos de la realidad primaria que difieren en forma notable entre una generación y otra no logran impedir la repetición casi idéntica de determinados patrones intergeneracionales, aunque éstos hayan quedado completamente obsoletos por las circunstancias actuales o por el transcurso del tiempo.

 

          Estos procesos nunca alteran esencialmente los patrones adquiridos en la primera infancia, pero los someten a modalidades. A tal efecto también interviene el mecanismo de imprinting o improntación: para establecer una sistematización se hace necesaria la siguiente clasificación:

 

1.- Imprinting primario: es la improntación de patrones provenientes de la relación primaria o materno-filial.

 

2.- Imprinting secundario: es la improntación de patrones provenientes de las relaciones secundarias que se establecen con los demás individuos o terceros.

 

Este último se divide en:

 

     a.- derivado: se instala una impronta secundaria de origen materno, proceso que es inducido por otra impronta particular congruente ya existente que también fue asimilada previamente de la madre, quien en un momento posterior del desarrollo del infante ha pasado a ser registrada como un tercero. 

                                                                                           

     b.- originario: se instala una impronta original que deriva en forma inmediata de una relación con un tercero y en forma mediata de una impronta general congruente previamente adquirida durante la relación primaria.

 

 

          La línea de separación entre las etapas en las que se produce el imprinting primario y el secundario está determinada por el límite entre las improntas que se refieren exclusivamente a la relación primaria en las que intervienen dos individuos (madre e hijo) y las que de una u otra manera incluyen a otros sujetos. Como se puede advertir, no se trata de una división temporal, sino modal. Las improntaciones que se producen fuera del periodo predeterminado están relacionadas en algunos casos con una conducta originada en una impronta preexistente: por ejemplo, lo que se conoce como “sexualidad precoz” es consecuencia de la aparición precoz de una conducta generada por una impronta primaria originaria y una impronta secundaria originaria, ambas congruentes y relacionadas con la conducta sexual. Las improntaciones provenientes del ámbito colectivo son el resultado de la sumatoria de las improntas individuales concordantes que predominan en el grupo social; éstas crean patrones sociales, los que a su vez dan origen a improntas individuales secundarias derivadas. Esto implica que para hacer posibles las improntaciones sociales, deben existir improntas primarias previas coincidentes que las posibiliten en la mayoría de los individuos. Dicho fenómeno se confirma mediante la observación de los casos de inmigrantes que hacen suyas ciertas costumbres de su país adoptivo mientras les resulta imposible asimilar otras.

 

          La psicología clásica ha tratado de explicar este fenómeno de cambio de etapas mediante el análisis de la tragedia de Edipo, que describe las vicisitudes del parricidio y del incesto, así como los movimientos alternantes de amor y odio hacia los progenitores que inauguran las problemáticas de la triangularidad (hijo, padre y madre), que son el modelo primario en el que se basarán las triangularidades futuras. El complejo de Edipo es una metáfora que incluyó Freud entre sus demás teorías para explicar muchos más fenómenos que el de la relación entre madre e hijo, y su significado es mucho más profundo que el de la tragedia de Sófocles. La formulación freudiana sobre el Edipo (temática central en la teoría psicoanalítica) tal como se lo formulara inicialmente, plantea lo que en su época significó una verdadera revolución al afirmar que el deseo amoroso hacia el progenitor del sexo opuesto y el deseo hostil hacia el progenitor del mismo sexo culmina con el deseo de su muerte. En una etapa posterior, Freud desarrolló una teorización más compleja en la que sistematizó la función de tales deseos incestuosos y hostiles hacia ambos progenitores al definir el complejo de Edipo y el complejo de castración.

 

          Jacques Lacan hizo una lectura diferente de este concepto freudiano y lo reconstruyó en varios aspectos esenciales. Destacó que Freud se basó en un mito, es decir, no en un hecho sino en una ficción, en algo que no ocurre en la esfera de lo real sino en el ámbito de lo simbólico: es algo que sucede en el lenguaje. Para Lacan el padre que juega un papel en el complejo de Edipo no es un padre real, sino que es una función: la función paterna. Ésta es un lugar en la estructura psíquica que puede ser ocupado por otros representantes y no necesariamente debe serlo por el padre real. Lo que resulta relevante para Lacan es la ficción de una instancia que representa la ley (es decir la prohibición del incesto): denomina a esta instancia el Gran Otro, determinando que puede ser asumida por diversas figuras de la autoridad (jueces, policías, maestros, profesores, clérigos). Es el momento de la subordinación del niño a esta instancia el que permite su entrada en el orden de lo simbólico, es decir del lenguaje, del discurso del mundo social y de sus normas.

 

          Para Lacan la salida del complejo de Edipo es entonces la renuncia a la madre y el comienzo de los intentos de llenar ese lugar estructural de la falta con otros «objetos causa del deseo». El complejo de Edipo es además el drama del sujeto al convertirse en miembro de la sociedad: para ello debe ceñirse a sus reglas entrando al mundo de lo simbólico, la cultura y el lenguaje. Esto se logra gracias a la identificación del niño con el padre, que le permite liberarse de la relación dual madre-hijo y adquirir su propia individualidad.

 

          En síntesis, el complejo de Edipo refiere un proceso en el que la relación dual madre–hijo deja de ser la única posible para el infante y fundamenta las implicancias que para esta nueva etapa de su vida tendrá esa experiencia. En la relación con su madre el sujeto deja de tener la exclusividad, pues debe admitir a un tercero: para establecer la distinción entre los integrantes de esta incipiente tríada y los roles correspondientes a cada uno de ellos, debe incorporar el lenguaje como instrumento que le permitirá sistematizar las nuevas categorías a las que accede. Entre éstas se destaca la de prohibición (que se corresponde a grosso modo con la castración simbólica).

 

          El nuevo estatuto se instala en el sujeto mediante un imprinting secundario derivado. En consecuencia, su estructura estará determinada por patrones provenientes de la madre. Esta es una regla general, y como tal admite una excepción: alguna rara vez se encuentra un caso en el que el padre ejerce un dominio tan completo sobre la madre, que ésta –por actuar bajo su influjo- transmite a los hijos improntas secundarias derivadas del primero en lugar de las suyas propias. Si la regla se cumple, el hijo improntará la prohibición que presenta las modalidades propias y determinadas de la madre.

 

          Ya ha quedado planteado que lo que impulsa al individuo a relacionarse con otro es la falta -entendida como la incapacidad de éste último para proporcionar el objeto del deseo-, la que consiste en la insatisfacción de aquella necesidad particular cuyo objeto no se ha obtenido de la madre durante el desarrollo de la relación primaria. Ahora resulta necesario analizar el concepto de prohibición: la madre priva al infante de algo de lo que hasta ese momento éste había tenido la posibilidad de disfrutar, con el agregado de que legitima esa privación mediante su discurso. 

 

          La prohibición confirma a la falta en cuanto establece la insatisfacción de la necesidad en el orden de lo simbólico como una situación de hecho perteneciente a la realidad. Si el infante la registra como tal, desiste de la demanda, al menos en su forma originaria.

 

          En la estructura edípica, la prohibición del incesto surge de forma implícita cuando el padre ocupa su lugar, pues queda entonces delimitada la situación del hijo con respecto a los demás integrantes de la tríada; este límite, que actúa para el hijo como prohibición de invadir el campo del otro, funciona a la vez como confirmación de su campo propio. En el caso de las relaciones sexuales, el padre queda como el único legitimado para copular con la madre, mientras que el hijo, en consecuencia, queda excluido de tal posibilidad. Esta exclusión es la que Freud y Lacan identificaron con la castración al afirmar que el infante queda excluido de usar su falo. La falta que introduce la insatisfacción de la demanda originaria absoluta determina el límite entre el sujeto y el otro, constituyendo así el elemento primordial de la individuación: Lacan precisa esta perspectiva en el Seminario 11 cuando se ocupa de la causación del sujeto y habla de alienación y separación como tiempos necesarios: es necesaria la alienación, es decir, que el sujeto se constituya en torno a los significantes en el campo del Otro.

 

          La anterior explicación del fenómeno edípico permite también resolver la controvertida cuestión de su desarrollo en la mujer y la influencia que ejerce en la determinación de la orientación sexual. En la niña, la prohibición del incesto también surge como implícita al quedar delimitada la situación de cada uno de los integrantes de la tríada; como sucede en el hijo varón, ese límite actúa para ella como prohibición de invadir el campo de la madre -única legitimada por su status de tal para copular con el padre- y la excluye de la posibilidad de acceder al pene de éste.

 

          El trámite edípico, al delimitar el campo del infante, también se lo confirma como propio, haciendo que el proceso de individuación se concrete. La mayor o menor escisión del yo está relacionada con la determinación del campo propio. Esta escisión nunca es completa: siempre subsiste el residuo del deseo insatisfecho que se genera en la relación primaria. En un grado adecuado, este aparente defecto en el proceso de escisión permite la existencia de la realidad personal que constituye un elemento de la psiquis del sujeto normal y determina su rol vital; pero en grados mayores dará origen a una neurosis más o menos acentuada, y en casos mas pronunciados, a una psicosis.

 

          Al definir al límite como generador implícito de la prohibición del incesto se puede determinar la relación de dicha prohibición con la futura preferencia en la elección del género de las parejas del individuo. Desde lo teórico se puede conjeturar que las ausencias de la impronta primaria y de la prohibición en la que debe originarse la impronta secundaria dificultarán el proceso de individuación al no delimitar el campo del individuo en forma eficiente, dando origen en casos extremos a una psicosis; tampoco se producirá la identificación completa con el padre, lo que puede ser causa de que la orientación sexual se establezca en forma anómala. Los pocos casos que se han podido estudiar, si bien no alcanzan para establecer una regla, confirman esta teorización.

 

          Sostener que la prohibición legitima una falta implica reconocer que opera necesariamente en el campo del deseo. Entendida la demanda como el reclamo unívoco cuyo objeto es la satisfacción de la necesidad de una prestación específica y de la necesidad genérica de atención a la misma vez, y definida la falta como la ausencia de la prestación específica en cuestión, la prohibición de que el hijo copule con la madre establece como falta la imposibilidad de satisfacción del reclamo de dicha prestación. Como ya quedó asentado en el capítulo 4, aunque el hijo desista de su demanda originaria, si ésta queda insatisfecha por verse privado de la atención de la madre (quien, además de dejar el requerimiento sexual insatisfecho, desplaza su atención desde el infante hacia el padre), procederá entonces a elaborar otra nueva demanda con un objeto aparentemente distinto, pero que apuntará inconscientemente a conseguir la prestación del mismo objeto del que se lo ha privado, pues este ha quedado improntado como el que opera en el deseo garantizando la falta. El futuro objeto del deseo sexual del niño será entonces en este caso un sujeto del mismo género de su madre (femenino) que reproduzca la falta de ésta. En el caso de la niña, la prohibición, al operar sobre la posibilidad de la cópula con el padre y excluirla del intercambio atencional de éste con la madre) generará mediante el mismo mecanismo un futuro deseo sexual por sujetos del género masculino, aunque en este caso el proceso es más complejo: ella improntará como tal la falta que exista en su padre, pero no en forma directa, sino a través de su madre, pues ésta es quien inscribirá la prohibición, que no se limitará a la cuestión sexual, sino que incluirá a todos los elementos  definitorios de su relación de pareja con el padre entre los que se incluye  la falta. La prohibición, al originar una nueva demanda con objeto distinto, pero destinado en realidad a satisfacer la demanda anterior, sitúa como objeto de deseo a alguien en quien se encuentre la misma falta que lo ha hecho atractivo en el rol vital de su madre como adecuado para desarrollar el guión que consiste en establecer una relación de pareja. Entonces la hija buscará el objeto de su deseo en hombres en los que pueda encontrar la falta específica de su padre porque ha improntado el deseo de su madre. Tanto en el caso del niño como en el de la niña se verifica la afirmación de Lacan: uno es el deseo de su madre.

 

          En consecuencia, además de definir la elección del género, el proceso edípico determina otras características que deberá poseer, o más bien de las que deberá carecer la pareja para resultar objeto del deseo del sujeto, pues -como ya se ha dicho- ni un hombre es capaz de copular con cualquier mujer, ni una mujer puede hacerlo con cualquier hombre. Tanto en el caso del hijo varón como en el de la hija mujer, su pareja, además de pertenecer al sexo opuesto, deberá garantizar la falta específica que la madre ha improntado en él en su primera infancia.

 

          Este proceso es causa de la repetición de los roles de los padres por parte de los hijos: éstos buscan como pareja a partenaires del sexo opuesto que les garanticen una continua insatisfacción similar a la que mantuvo unidos a sus progenitores. También quedan aquí esbozadas las causas de la identificación del sujeto con el progenitor de su mismo género que contribuirá a determinar la estructura de su personalidad.

 

 

                                                   Capítulo 12

                                   LAS MODALIDADES SEXUALES

 

          El proceso edípico constituye un sistema que estructura la evolución individual y la psiquis del individuo humano de un modo que le permite identificarse a sí mismo como un sujeto distinto a sus semejantes, simbolizar la realidad y relacionarse con los demás miembros de la sociedad humana. Ponderando su estructura formal, aparece como un mecanismo sumamente eficiente a dichos efectos siempre y cuando se lo analice bajo el presupuesto de atribuirle un funcionamiento ideal; pero por entrar en juego las múltiples variantes que se dan cuando se incluye la función contradictoria del deseo, se advierte que en la realidad este proceso toma modalidades muy diversas, algunas de las cuales llevan a resultados que distan mucho de los que podrían considerarse ideales.

 

          Para estudiar algunas de las distintas variantes que pueden darse en la práctica y conocer las reglas particulares que las rigen resulta útil tomar como objeto de estudio a las conductas sexuales: la psicología clásica puso gran énfasis en este aspecto con mucho acierto y le debe a su análisis buena parte de sus teorizaciones. Sigmund Freud sostuvo que las perversiones están gobernadas por el dispositivo simbólico del Edipo: según la forma en que el sujeto lo atraviese y lo concluya obtendrá una cierta forma de sexualidad y una identidad sexual.

 

          Como se dijo en el capítulo anterior, la impronta materna en lo que se refiere a la elección de género orienta la elección sexual en ese aspecto, pero no es la única que determina la elección de la pareja sexual; ésta incluye además múltiples aspectos relacionados con modalidades improntadas a su vez por la madre durante su propia relación primaria.  Sabiendo que en la demanda de la madre existe necesariamente una falta determinada, debemos concluir que la modalidad que tome la intervención materna durante el desarrollo del sujeto podrá resultar deficiente a los fines de una correcta tramitación del proceso edípico que prepare al individuo para enfrentar los diversos avatares de su vida futura. Dado que una de las funciones de dicho proceso es evitar el incesto, el estudio de los casos en los que éste se produce permite determinar cuales pueden ser las variantes que vuelven al trámite edípico ineficaz a tal efecto.

 

          En la mayoría de las culturas las prohibiciones sociales que tienen por fin impedir la consumación del incesto son casi siempre efectivas, de manera que la proliferación de esta práctica se produce muy raramente en la sociedad moderna. Aún en el caso de los grupos humanos en los que la práctica de esta costumbre acarrea una sanción penal, ésta sirve al propósito de enfatizar la existencia de los tabúes del incesto intrafamiliar y en la práctica resulta casi innecesaria como medio de disuasión. Excepcionalmente el incesto se admite en algunos pueblos. En ciertos grupos endógamos como los Baiga, el matrimonio incestuoso todavía se practica entre padres y sus hijas, entre madres y sus hijos, entre hermanos y entre abuelos y nietos. Aún en tiempos presentes, en ciertos cultos como la secta Sakti, el incesto es promulgado como "una forma exaltada de actividad sexual y un paso avanzado de perfección religiosa". En algunas regiones de Chile existe la costumbre ancestral de que la hija mayor, en caso de muerte de su madre, ocupe el lugar de ésta al lado del padre haciéndose cargo de las obligaciones domésticas y también de las conyugales. En ciertas áreas rurales de Escandinavia la aceptación del incesto es pública. En estos casos, el incesto muy a menudo incluye la participación voluntaria de ambas partes y en general cuenta con la anuencia del entorno familiar.

 

          No es frecuente encontrar casos de incesto madre-hijo, lo que dificulta su estudio en la práctica. Desde lo teórico se puede conjeturar que las ausencias de la impronta primaria correspondiente y de la prohibición expresa o implícita en la que debe originarse la impronta secundaria dificultarán el proceso de individuación al no delimitar el campo del individuo en forma eficiente, dando origen en casos extremos a una psicosis. También es probable que no se produzca la identificación con el padre, lo que puede ser causa de que la orientación sexual se establezca en forma deficitaria. Los casos que se han podido estudiar, si bien no alcanzan para establecer una regla, confirman en general esta teorización.

 

          El tipo de incesto mas generalizado es el de padre-hija y se dan tres casos:

 

a) El padre y la hija inician una relación sexual consentida y no conflictiva, en algunos casos con el conocimiento, la aceptación e incluso con el aliento de la madre: resulta evidente que no ha existido la impronta debida del límite edípico durante la relación primaria ni se ha efectuado una prohibición posterior en forma explícita o implícita a nivel discursivo por parte de la progenitora que haya podido generar la correspondiente improntación secundaria derivada.

 

b) El padre y la hija inician una relación sexual consentida, pero conflictiva para la hija, por lo que ésta la mantiene en secreto: es probable que con el paso del tiempo este episodio origine ciertas somatizaciones a nivel físico o psíquico. Teniendo en cuenta que de la trama psicoanalítica del complejo de Edipo se desprende el concepto de prohibición, transgresión y culpa como elementos estructurantes, se puede deducir que ha existido prohibición expresa por parte de la madre o que ésta ha validado de algún modo la prohibición social, pero antes habría omitido generar la debida impronta durante la relación primaria o no lo habría hecho en forma bien definida. 

 

c) El padre obliga a la hija a mantener una relación sexual que ésta no consiente en su discurso, pero que en los hechos tolera –resistiéndose y accediendo a la vez- durante un lapso más o menos prolongado que en la mayoría de los casos concluye con la denuncia del hecho ante la madre. En este caso se ha producido la impronta primaria específica, pero no ha existido prohibición expresa por parte de la madre o ésta no ha validado la prohibición social con el énfasis necesario.

 

          En el primer caso se ha observado que la hija establece para el futuro dos preferencias sexuales:

 

1.- por los hombres mayores (a causa de un imprinting secundario derivado de la impronta primaria previa asimilada de la madre y de un imprinting secundario originario generado por el acto consumado con su padre).

 

2.- por las mujeres (falta de identificación con la madre originada en la defectuosa delimitación del campo propio por deficiencia de la impronta correspondiente).

 

          En el segundo caso, la identificación con la madre se produce; en consecuencia, la preferencia sexual de la hija es por hombres, aunque puede presentar posteriores dificultades para desarrollar una actividad sexual satisfactoria con ellos. 

 

          El tercer caso presenta una particularidad: la hija accede –aunque no de buen grado- a soportar la relación sexual con su padre –conducta que se genera por estar presente el episodio en los guiones que ambos deben desempeñar- para después denunciarlo ante su madre. Esto sucede en el momento en que su padre abandona su rol o se desvía de éste; la denuncia constituye una venganza hacia su partenaire y un reclamo hacia la madre por no haber instaurado en su debido tiempo la prohibición generada por una impronta primaria eficaz y consistente que deriva en la impronta secundaria originaria que se corresponde con el patrón social imperante. Aunque existen excepciones, lo más frecuente es que la madre se niegue a aceptar como cierto el hecho denunciado y acuse a la hija de mentir. Ésta establece entonces para el futuro dos preferencias sexuales: por hombres (también a causa de un imprinting secundario derivado, pues esta preferencia se instala a causa del defecto en la delimitación de su campo propio debido a la falta de la impronta previa asimilada de la madre) y también por mujeres (a causa de una defectuosa identificación con la madre, la que no se ha concretado en forma completa por ausencia de la impronta de prohibición que debía contribuir a producirla). En los casos en el que la madre impone al fin la ley sancionando al “infractor” -sea divorciándose o denunciándolo ante la justicia- la preferencia sexual por mujeres no se establece, pues la prohibición –aún siendo tardía- ha delimitado en forma correcta el campo que la separa de su madre y la identifica como un individuo femenino con el rol propio de tal.

 

          Una modalidad más leve y frecuente se da en la relación sexual con el padrastro: es muy común el caso del hombre que se casa o convive con una mujer que ya tiene una hija y cuando ésta crece inicia una relación sexual con ella. La atracción del uno por la otra y viceversa se produce porque –como ya se dijo- la hija busca como pareja a alguien que le garantice una continua insatisfacción similar a la que mantuvo unidos a sus progenitores, y el padrastro se ve atraído por la hija porque ésta –al igual que antes lo hizo su madre- le asegura idéntica insatisfacción. Al igual que en la relación incestuosa con el padre, se dan los tres casos ya descriptos sin mayores variantes.

 

          Aunque se considere que no existe desde el punto de vista estrictamente biológico un motivo por el cual una niña púber no deba mantener relaciones sexuales incestuosas y se den las circunstancias descriptas en el primer caso, el perjuicio que ella sufre se manifestará a posteriori cuando la impronta secundaria derivada de este hecho origine conductas que entrarán en conflicto con las pautas sociales aceptadas por la mayoría y probablemente provocarán la censura, la discriminación o la incomprensión de  las personas con las que se relacione. La protagonista de un hecho de abuso sexual intrafamiliar o de pedofilia encontrará grandes dificultades para evitar que los desajustes producidos por la impronta generada por el hecho anómalo y precoz en el que ha participado perturben las relaciones que sostenga en el futuro, pues la práctica sexual infantil (espontánea o provocada) establece la impronta que marca la dirección que seguirá la vida sexual en la madurez.

 

 

          Otra experiencia que contribuye a definir las modalidades que tomarán ciertas conductas es el acto de la iniciación sexual. La ausencia en el ser humano de una época de celo que determine el momento del coito es reemplazada por una situación específica improntada en la primera experiencia sexual que al repetirse provoca la excitación; la repetición del episodio actúa como indicador del momento social propicio para el coito, cuya consumación fuera de las ocasiones adecuadas puede resultar perjudicial para el desarrollo armónico de las actividades del grupo. Este episodio de la vida del ser humano no se produce en forma aleatoria, sino que es estructurado por medio de un imprinting secundario derivado, definido éste último como una impronta que se instala en el sujeto que tiene su base en otra impronta previa asimilada de la madre. Para poder entender cabalmente este concepto es necesario describir en detalle el proceso completo: para este propósito es útil tomar como ejemplo la desfloración por violación, que por ser un caso extremo permite analizar con mayor claridad la mecánica del citado proceso.

 

          La elección de la víctima de la violación está determinada –como toda relación entre dos sujetos- por las especiales características de los roles improntados por ella y por su victimario: éstos deben complementarse necesariamente para desarrollar el guión correspondiente al episodio de la violación. Allí se anudan la perversión impropia de la víctima (pues ésta no es consciente de que su conducta antifuncional la lleva a tal situación) con la perversión del victimario (ésta será impropia cuando parte de la creencia de que, a pesar de la resistencia inicial de la mujer, la ejecución del acto perverso le provocará a ella un goce, y propia cuando el sujeto activo es consciente de que no será así y de que sólo busca el goce propio).

 

          En consecuencia, no existe una única conducta antifuncional general que resulta siempre eficiente para establecer una relación entre cualquiera de las potenciales víctimas y cualquiera de los potenciales victimarios, ya que cada caso de violación se desarrolla con base en un guión distinto: un violador es atraído por el aspecto sumiso de una víctima mientras otro lo es por lo contrario, un tercero reacciona ante una actitud de seducción, otro ante una de rechazo, etc.

 

          Cuando la desfloración se produce mediante una violación, este hecho traumático origina una impronta en la mujer con todos sus detalles novedosos y el episodio pasa a ser el modelo del encuentro sexual en el que ella debe desempeñar su rol. De ahí en más cada acto sexual será -en mayor o menor medida- una repetición del primero y -en consecuencia- una reexposición compulsiva al trauma. En los casos en que la desfloración se realiza en una situación de normalidad, las particularidades del hecho también se improntarán y se repetirán con posterioridad, coincidiendo en general sus características con las que tuvo en su momento el mismo acto cuando fue protagonizado por la madre.

 




                                                   Capítulo 13

                                  LA ASIMILACIÓN DE LO NUEVO

 

          El análisis de las modalidades de la primera experiencia sexual y su comparación con las subsiguientes permite ampliar el estudio de fenómeno de repetición que se inició en el capítulo 8, no solo tomando en cuenta las improntas asimiladas durante la relación primaria sino también en relación con cualquier hecho real cuando acontece por primera vez en un momento determinado de la vida del individuo.

 

          De manera general se acepta que la primera experiencia determina muchas de las actividades que un organismo realiza. A la cualidad determinante que tiene esta experiencia sobre las posteriores de su mismo género se la conoce como primacía de la experiencia temprana, por ser la primera experiencia de su tipo en la vida: está destinada a servir de esquema de organización primaria y a estructurar pautas posteriores de conducta. Este punto de vista es defendido por D. O. Hebb, en su libro “The Organization of Behavior” (1949), quien limita la influencia de la experiencia temprana a las primeras etapas del desarrollo animal. Pero los investigadores no coinciden al intentar encontrar semejanzas entre la impronta en los animales y en el hombre: no se cuenta con pruebas contundentes de que exista un periodo crítico para que se establezca este vínculo en los seres humanos. Por otra parte, a partir del trabajo precursor de Lorenz se han descubierto en el reino animal muchos ejemplos de impronta que no involucran el lazo progenitor / descendencia: en algunas especies, ésta última se impronta incluso con ciertos elementos del ambiente.

 

          A partir de la observación y el análisis de conductas repetitivas se llega a la conclusión de que, además de la improntación producida en la primera infancia mediante la relación primaria madre / hijo -que se puede asimilar a la que se produce en las especies animales- existe en el ser humano otro tipo de improntas que se producen con posterioridad mediante las relaciones con los demás sujetos con los que el individuo interactúa durante su vida.

 

          Las nuevas experiencias son determinantes para el sujeto porque se producen cuando éste aún carece de un marco referencial con el que le resulte posible cotejar el hecho novedoso: su resultado aportará los elementos necesarios para la resolución exitosa de futuras situaciones análogas. La carencia de referencias previas hace que el intento instintivo de confrontar la nueva situación con alguna otra ya conocida resulte fallido, lo que provoca en el sujeto la elevación de su tono emocional al quedar en evidencia el riesgo de un posible fracaso: este fenómeno es conocido como estrés.

 

          Una situación resulta estresante cuando las estrategias conocidas son incapaces de resolverla. El estrés (del inglés stress, ‘tensión’) es una reacción fisiológica del organismo en la que entran en juego diversos mecanismos necesarios para afrontar una situación que se percibe como amenazante o de demanda incrementada; es la respuesta general e inespecífica a cualquier demanda a la que el individuo sea sometido. Se considera que una persona está en una situación estresante cuando ha de hacer frente a situaciones que conllevan exigencias conductuales que le resulta difícil poner en práctica o satisfacer, y esto depende tanto de las demandas del medio como de sus propios recursos para enfrentarse a él (Lazarus y Folkman, 1984). Es una respuesta automática del organismo a cualquier cambio ambiental mediante la que se prepara para hacer frente a las posibles demandas que se generan como consecuencia de una nueva situación (Labrador, 1992); por lo tanto, facilita disponer de recursos para enfrentarse a situaciones que se suponen excepcionales.

 

          El estrés es producido por el instinto del organismo que lo impulsa a protegerse de las presiones físicas, emocionales o ante la amenaza de un peligro. En respuesta a situaciones de emboscada el individuo se prepara para combatir o huir mediante la secreción de adrenalina; ésta se disemina por toda la sangre y es percibida por receptores especiales en distintos lugares del organismo que responde preparándose adecuadamente: el corazón late más fuerte y rápido, las pequeñas arterias que irrigan la piel y los órganos menos críticos se contraen para disminuir la pérdida de sangre en caso de heridas y para dar prioridad al cerebro y a los órganos más críticos para la acción, la mente aumenta el estado de alerta y los sentidos se agudizan.

 

          Esta elevación del tono emocional característica del estrés es la que predispone al sujeto para la improntación de un modelo del desarrollo del episodio novedoso, estableciendo su primacía sobre las situaciones más o menos análogas que se produzcan en lo futuro. A este proceso lo denominaremos introcepción y lo definiremos como el proceso mediante el cual se configura un tipo de imprinting secundario.

 

          El proceso de introcepción se produce ante todo evento novedoso: la única condición necesaria es que éste se presente en la vida del sujeto por primera vez; no se requiere necesariamente que se trate de un episodio traumático, ya que el sujeto lo percibe como amenazante por el solo hecho de no encontrar en el pasado una referencia que le permita determinar con algún grado de certeza el curso de acción a seguir. La primera relación sexual puede no ser conflictiva y en muchos casos podrá darse en forma satisfactoria y hasta placentera; ello no impedirá que su introcepción determine para lo futuro un alto grado de repetición que incluye las modalidades que originariamente la han constituido. También serán introceptados todos los episodios naturales en la vida de la persona, tengan o no mayor trascendencia, con la única condición de que se produzcan por primera vez. A través de la vida, la escala de valores del individuo quedará determinada por la intensidad del estrés en el momento de la impronta que establezca la valoración de cada cualidad de la que se trate y se afirmará en relación con la frecuencia de las reimprontas posteriores.

 

          Si el episodio que produce la impronta resulta traumático por generar para el sujeto un peligro real que no puede conjurar, su evolución psíquica puede quedar ligada a la etapa de su desarrollo en la que el hecho se produjo: a este fenómeno Freud lo denominó fijación. La maduración psicológica se produce mediante la improntación de nuevos contenidos sobre la base de las improntas ya existentes; dada la intensidad con el que el sujeto percibe el episodio traumático que la genera, la fijación impide nuevas improntaciones relacionadas con el tema del que se trate que le permitirían evolucionar hacia etapas posteriores de su maduración. Salvo casos aislados, el sujeto se ve envuelto en el episodio traumático que produce una fijación debido a la existencia de una impronta primaria que lo impulsa a participar en el.

 

          No está de más insistir en que el proceso de introcepción se produce en forma inconsciente y las modalidades del episodio en cuestión se registran exclusivamente por la vía subliminal; esta característica es común a todos los tipos de imprinting.

 

          Un caso especial de introcepción al que he denominado “Síndrome de Nabokob” se produce cuando una primera experiencia se desarrolla en forma incompleta. Vladimir Nabokov refiere en su libro “Mira los arlequines” una experiencia temprana que se puede presumir autobiográfica: el protagonista adolescente intenta consumar su primera relación sexual con una preadolescente y es interrumpido antes de concluirla. Esta experiencia dejó su huella. En su obra “El Hechicero” (considerada precursora de “Lolita”), un protagonista ya mayor intenta mantener relaciones sexuales con una preadolescente y su intento se ve frustrado al ser descubierto. En “Lolita” el protagonista consuma un hecho de iguales características y se muestra contrariado al comprobar que la niña había perdido previamente su virginidad. Ya sea que el célebre autor haya tenido experiencias lindantes con la pedofilia o que solo haya sublimado su tendencia mediante la escritura, este ejemplo lleva a presumir que una primera experiencia inconclusa puede ser repetida indefinidamente en busca de su concreción.

 

          La efectiva resolución que se le da a una situación se origina en una impronta primaria: el individuo elige un determinado curso de acción con base en una estructura determinada por dicha impronta materna anterior y  la elevación del tono emocional causada por el estrés le hace improntar  (o introceptar si se trata de una primera experiencia) los contenidos novedosos.

                                                                                         

          Cualquier suceso que genere una respuesta emocional puede causar estrés; esto incluye tanto situaciones positivas (el nacimiento de un hijo, la celebración del matrimonio) como negativas (pérdida del empleo, muerte de un familiar). En general, el sujeto encontrará una impronta primaria que se relacione en forma inmediata con una situación dada, pero habrá casos en los que esto no resultará posible: ante el estrés generado por el evento novedoso se producirá entonces un imprinting secundario originario. El caso que mejor se presta para un análisis es el denominado “Síndrome de Estocolmo”.

 

          El 23 de agosto de 1973 dos sujetos armados con ametralladoras entraron en un banco de Estocolmo, Suecia. Los delincuentes fueron descubiertos por la policía y retuvieron a cuatro rehenes -tres mujeres y un hombre- durante las 131 horas siguientes. En el transcurso de ese tiempo de negociaciones, los rehenes se “identificaron” con sus captores a tal punto que colaboraron con ellos protegiéndolos de las acciones policiales. Finalmente fueron rescatados el 28 de agosto tras seis días de retención y amenazas por parte de los secuestradores: la policía decidió actuar gaseando los delincuentes quienes se rindieron sin que nadie resultara herido. En sus entrevistas con la prensa fue evidente que los rehenes apoyaban a los secuestradores y se sentían más aterrados por los policías que fueron en su rescate que por los ladrones que les retuvieron durante casi una semana, pues habían llegado a pensar que los secuestradores estaban en realidad protegiéndolos de la policía. Durante todo el proceso judicial los secuestrados se mostraron reticentes a testificar contra los que habían sido sus captores. Después una de las mujeres mantuvo una relación con uno de los criminales y otra creó un fondo para ayudar con los gastos de la defensa. Este hecho sirvió para bautizar como "Síndrome de Estocolmo" a ciertas conductas insólitas que demuestran afecto entre los captores y sus rehenes.

 

          Otro famoso caso de síndrome de Estocolmo se atribuyó al secuestro de Patricia Hearst, nieta del magnate estadounidense de las comunicaciones, William Randolph Hearst. En 1974 un grupo de rebeldes del Ejército de Liberación Simbionés secuestró a la joven de 19 años de edad, con el fin de iniciar una guerra de guerrillas contra el gobierno de Estados Unidos y el sistema capitalista. La joven terminó enamorándose de uno de los secuestradores y se unió al grupo de revolucionarios participando en atracos armados. Según las informaciones de la época, esta guerrilla nacida en California incluyó a la secuestrada en sus planes de ataque, al punto que Patricia Hearst participó en un robo de un banco de San Francisco. En 1975, tras un intento de robo fallido a otro banco, el FBI detuvo a Hearst y a otros miembros de la guerrilla. La joven fue a juicio y condenada a siete años de prisión, pero fue indultada antes de cumplir toda la condena.

 

          Otro ejemplo que la opinión pública mencionó como Síndrome de Estocolmo fue el secuestro de las trabajadoras humanitarias italianas Simona Tortea y Simona Pari en 2004. Las mujeres fueron capturadas por un grupo armado de rebeldes en Irak. Al ser liberadas, declararon que sus captores las interrogaron por largas horas, pero las trataron con cuidado e incluso respetaron los hábitos alimenticios vegetarianos de una de ellas y las condiciones de salud de la otra. Las secuestradas se identificaron con sus captores y recibieron como obsequio de despedida una caja de dulces y un Corán comentado, y los secuestradores -según declaró Simona Pari- les pidieron disculpas. A pesar de ciertas similitudes, de esta descripción del episodio no parece lógico deducir que se tratara de un caso del Síndrome de Estocolmo

 

          Según un estudio realizado por el FBI el Síndrome de Estocolmo no afecta a todos los rehenes o personas en situaciones comparables: en más de 1.200 incidentes de toma de rehenes se encontró que el 92% de los rehenes no desarrollaron el síndrome. Los investigadores del FBI entrevistaron a asistentes de vuelo que habían sido tomados como rehenes durante el secuestro de aviones y concluyeron que son necesarios tres factores para que el síndrome se pueda presentar:

 

1-    La situación de crisis debe tener una duración de varios días.

 

2-    Los secuestradores permanecen en contacto con los rehenes: estos no deben ser aislados en una habitación separada.

 

3-     Los secuestradores deben haber mostrado cierta bondad para con los rehenes, o al menos abstenerse de hacerles daño, pues los rehenes maltratados por sus captores suelen sentir ira hacia ellos y por lo general no desarrollan el síndrome: en un atraco a un banco con rehenes, tras ser aterrorizados empleados y jefes durante horas, un francotirador de la policía disparó e hirió al atracador. Después de que éste cayera al suelo, dos mujeres lo levantaron y lo llevaron a la ventana para que le dispararan de nuevo.

 

          Aunque las personas que a menudo se sienten impotentes en otras situaciones estresantes de la vida o están dispuestos a hacer cualquier cosa para sobrevivir parecen ser las más susceptibles a desarrollar el síndrome de Estocolmo si son tomadas como rehenes, los investigadores no han sido capaces de identificar todos los factores que pueden poner a algunas personas en mayor riesgo que otras y no están de acuerdo sobre los mecanismos específicos psicológicos implicados. Algunos consideran el síndrome como una forma de regresión (volver a los patrones infantiles de pensamiento o de acción), mientras que otros se explican en términos de parálisis emocional o de identificación con el agresor.

 

          Una posible explicación de este  proceso es que, en esta situación particular en la que el sujeto se ve obligado a establecer una relación sin la base que proporciona una referencia inmediata a una impronta  determinada, la víctima efectúa una regresión que le permite recurrir a la estrategia utilizada en su relación primaria, la que (como se dijo en el capítulo 4) consiste negar o no sentir la amenaza como tal y en justificar las privaciones a las que se ve sometida como la condición necesaria para mantener la atención de su captor, pues intuye que mientras lo logre estará garantizada su supervivencia. El agresor por una parte la amenaza y la priva de su libertad (prohibición), pero por otra le presta atención, creando así la expectativa de una futura respuesta positiva a la necesidad más primaria que es conservar la vida. Mediante la creación de un vínculo emocional, la víctima logra al fin cooperación entre ella y su captor, la que en última instancia se justifica porque ambos terminan compartiendo el objetivo común de salir vivos del incidente. 

 

          Al establecer una empatía entre el secuestrador y la víctima, el síndrome de Estocolmo resulta ser una estrategia instintiva a menudo eficaz para la supervivencia. El estrés causado por la situación provoca la improntación de la estrategia que ha resultado exitosa, lo que explica que las manifestaciones iniciales de agradecimiento y aprecio se prolonguen a lo largo del tiempo, aún cuando la persona ya se encuentra integrada a sus rutinas habituales y ha internalizado la finalización del cautiverio.

 

          De lo expuesto se puede inferir la siguiente regla: cuando el sujeto se ve expuesto a una situación por primera vez en su vida, busca referirla en primer lugar a la estrategia particular improntada más inmediata que ha asimilado y resulta adecuada al caso, y en defecto de ésta recurre a las estrategias mas generales que ha improntado en su primera infancia para obtener atención durante la relación primaria o materna.

 

 

 

 

                                                   Capítulo 14

                                   LOS CONFLICTOS EXTREMOS

 

          Como ya se ha dicho, ninguna relación relevante entre dos individuos humanos está exenta de la contradicción del deseo; ésta se encuentra siempre presente en un mayor o menor grado determinando los avatares de sus vidas. La psicología clásica enseña que la estructura de la psiquis es siempre neurótica en mayor o menor grado y distingue una situación normal de una patológica en relación a la importancia de la afectación funcional que ésta produce en la vida del individuo. Esta delimitación que en realidad carece de rigor científico depende de los elementos subjetivos que hayan considerado el terapeuta y/o el paciente.

 

          A fin de extraer alguna regla válida que permita delimitar el ámbito de lo patológico es conveniente analizar y estudiar los casos que con un alto grado de consenso general son considerados como extremos. Aunque puede discutirse si la lista es completa, es posible enumerar como tales los siguientes:

 

Niños maltratados

Mujeres maltratadas

Víctimas de violación

Relaciones controladoras o intimidantes

Miembros de sectas

Adicción a las drogas

Prisioneros de guerra

Prisioneros de campos de concentración

Situaciones de secuestro criminal

 

          El primer caso se relaciona con el papel de los hijos en las culturas primitivas; en el derecho de la antigua Roma podemos hallar en detalle los primeros datos ciertos sobre la situación de éstos. Durante la primera etapa de la civilización romana el hijo fue considerado una cosa (res), con idéntico status que los animales y los objetos propiedad del padre: éste tenía un derecho absoluto sobre él, pues podía tomar con respecto a su vástago cualquier decisión que a su solo arbitrio considerara pertinente en forma totalmente inconsulta (patria potestas), abandonarlo (noxali cnuta mancipare) y venderlo como esclavo o matarlo (ius abutendi). Aunque el pater familiae (jefe del clan primitivo) rara vez ejercía las dos últimas opciones, la existencia de esta norma nos revela que en la etapa inicial de cada sociedad el padre tuvo un derecho absoluto sobre sus hijos y es casi seguro que en algún momento llegó a ejercerlo.

 

          Tomando del naturalista inglés Charles Darwin una hipótesis basada en la observación de los monos superiores según la cual podría deducirse que el hombre primitivo vivió en pequeñas hordas que estaban dominadas por el macho más fuerte, quien impedía a los demás machos el acceso a las hembras reservándolas todas para sí mismo, Sigmund Freud creó el mito de la horda primitiva (en alemán en el original, Brüderhorde: horda de hermanos). En el origen existía una horda en la que un macho jefe reinaba sobre sus hijos y tenía el monopolio de las mujeres. Los machos jóvenes se rebelaron y mataron al macho viejo. En el après-coup, los remordimientos y el temor invistieron a este viejo jefe difunto con el nombre de padre, y correlativamente a los jóvenes sobrevivientes con el nombre de hijos. Tras el asesinato del padre, los hijos comieron su cuerpo en un almuerzo canibálico que después se perpetuaría en la comida totémica en la que la víctima consumida es un animal. Al no confirmar la antropología actual la concepción freudiana de la horda primitiva, este mito aparece más como un concepto operatorio elaborado por Freud que como la descripción positiva de una realidad empírica, pero permite explicar la referencia frecuente a un ancestro común del que los miembros del grupo serían descendientes. 

 

          Lamentablemente Freud omite la continuación de la historia al no relatar cual de los hermanos toma el poder que el padre deja vacante y qué roles se les asigna a los demás. En una versión mítica ad hoc similar a la de Freud, se puede suponer que en un principio el padre reinaba sobre sus hijos de manera omnímoda, llegando al extremo de matar al que se resistiera a su autoridad, hasta que alguno de ellos –ya fuera aprovechando el aumento de su propia fuerza o la decadencia física del padre a causa de la edad- lograba asesinarlo, ocupar su lugar y gozar de las ventajas que le concedía su status. En una etapa posterior en la que el promedio de vida aumentó, se puede conjeturar que los sujetos, previendo la casi segura posibilidad de una futura muerte violenta a manos de alguno de sus hijos, comenzaron a tomar ciertas medidas. Para evitar ser víctimas del parricidio habrían establecido una especie de pacto en el que los hijos debían esperar la muerte del padre -respetando entretanto su autoridad- a cambio del derecho cierto a sucederlo. Este arreglo habría resultado conveniente para todos los interesados, pues soportando un periodo inicial de sumisión cada uno a su debido tiempo llegaría a gozar del status máximo hasta el momento de su muerte natural. Se produjo así la aplicación de la principal regla del superyó humano que prescribe que resulta conveniente posponer una satisfacción inmediata a cambio de obtener otra mayor en el futuro.

 

          Desde las civilizaciones primitivas hasta la actualidad se ha producido una evolución que ha llegado a establecer un sistema racional consistente en un quid pro quo en el que los padres en la plenitud de su vida activa invierten un esfuerzo en la crianza, manutención y preparación de sus hijos a cambio de que éstos los mantengan en su vejez cuando sus capacidades hayan disminuido. Aún en la actualidad en algunos pueblos los padres que tienen más hijos pueden aspirar a disfrutar de una mayor riqueza en tanto éstos trabajen para ellos.

 

          Este sistema requiere de la improntación de conductas sumisas en los sujetos con el objetivo principal de que el citado pacto se cumpla sin conflictos. Pero además se requiere también de otra improntación específica en el rol vital del individuo que lo habilite para pasar a ocupar el status de padre en un momento previamente determinado; cuando se presenten las condiciones adecuadas, el sujeto abandonará la actitud sumisa y asumirá la autoritaria. Debe tenerse en cuenta que ambas son dos caras de la misma moneda, pues la segunda tendrá las modalidades inversas de la primera: ambas forman parte de un mismo guión en el que el sujeto desarrolla un rol y después otro.

 

          Este mecanismo explica por qué un niño golpeado o abusado se convierte después en un padre golpeador o abusador y por qué la hija de una madre abandónica repite en su edad adulta el mismo proceder con respecto a sus hijos. Estos y otros casos extremos aparecen cuando la improntación de este rol bifronte resulta parcialmente antifuncional por exceso o por defecto.

 

          El desempeño eficiente de los roles de la madre y del padre requiere la obtención y la conservación de la obediencia del hijo para proteger su supervivencia hasta que éste puede valerse por sí mismo; para lograr este objetivo, los padres emplean recursos improntados de sus progenitores que en general son más o menos efectivos. En caso de desobediencia por parte del niño, deben tomar medidas que desalienten tal conducta: éstas son denominadas sanciones.  En el mundo de lo jurídico una sanción es la privación del goce de un bien apreciado por un individuo en respuesta a una conducta disvaliosa que éste desarrolla, pero en el mundo de lo real en algunos casos esa respuesta no consiste en una privación, sino en una agresión.

 

          Entre los animales, los ataques a miembros de la misma especie se deben a cuestiones territoriales o reproductoras y tienen su explicación en las posibilidades de supervivencia o en la necesidad de propagación de los genes del individuo. En general las agresiones no llegan a causar la muerte del adversario, pues logran que éste desista a tiempo de su actitud; por ejemplo, en una pelea entre lobos, el derrotado se tumba mostrando su punto más sensible -la garganta- como señal de sumisión, reconociendo de este modo el status superior del vencedor, mientras que éste se limita a gruñir como señal de aceptación y se da por terminado el combate. 

 

          La agresión como estrategia de supervivencia es entonces una señal que un individuo le envía a otro de su misma especie con el propósito de dirimir a su favor una cuestión territorial o de status. En el ser humano esta estrategia también funciona como tal y su misión es la misma: imponer la autoridad del progenitor sobre la descendencia a fin de lograr que ésta preste obediencia a reglas establecidas en beneficio de su propia supervivencia o la de su grupo.

 

          Pero a diferencia de las especies animales, en el individuo humano opera la falta constitutiva de la demanda. La tarea de lograr la obediencia del otro consiste esencialmente en procurar que éste haga algo que no quiere hacer. Dado que el progenitor actúa desde la perspectiva de su realidad personal, es muy probable que en algún caso esté intentando obligar al hijo a hacer algo que éste no puede hacer y no llegue a percatarse de ello. Al no encontrar respuesta suficiente a su demanda de obediencia, aumentará la intensidad de la sanción; si ésta consiste en una agresión, dicho incremento llegará hasta un límite imposible de precisar, sin que se logre alcanzar el resultado deseado. Mediante improntas secundarias esta conducta, a pesar de ser una estrategia defectuosa, se trasmitirá a sucesivas generaciones que la repetirán al tiempo de educar a su progenie.

 

          En la educación de los hijos el individuo –padre o madre- desempeña un rol, por lo que resulta necesario que el hijo ocupe un papel complementario para que ambos sujetos puedan actuar el guión correspondiente: en vista de lo antes expuesto, se puede concluir que la violencia aparece cuando el sujeto complementario se niega o no puede desempeñar el rol que se espera de él. Esta regla también es aplicable a cualquier otro caso en el que el sujeto pretende obtener una determinada conducta de un semejante sin lograrlo. Un ejemplo extraído de la literatura es el diálogo de Hamlet con su madre Gertrudis: él le reprocha su conducta y le pide que desista de la relación con su tío. Ante una respuesta negativa, el príncipe se violenta y mata por error a Polonio, pero ni aun así no logra que ella cambie su decisión.

 

          Otro caso en el que una persona se torna violenta es el de la mujer despechada: la agresión surge aquí cuando su partenaire en el guión romántico lo abandona. No se trata de que la abandone a ella como pareja – lo que seguramente formaría parte del guión-, sino de que abandona su papel sin que ello estuviera previamente pautado. Lo que en el primer caso hubiera sido causa de tristeza o desesperación, en el segundo es causa de odio y agresión generados en la mujer por la imposibilidad de lograr que su partenaire haga lo que ella desea –seguir adelante con la “obra”- y que él se niega a hacer. Se ha puesto aquí como ejemplo a la mujer, pero también puede sucederle al hombre, o inclusive puede darse en una relación que no sea necesariamente romántica: todo abandono de un rol a mitad de un guión genera el odio y la agresión de quien se queda sin partenaire.

 

 

 

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                                                 Capítulo 15

                                   DOMINIO E INSATISFACCIÓN

 

          El sentido de la vida en comunidad –ya sea en las especies animales o en la humana- radica en los beneficios que de ella obtienen los individuos y la especie. La organización, la división de tareas, la protección y ayuda mutuas aumentan la eficiencia de la comunidad al hacer posibles logros que el individuo por sí mismo no puede concretar. El surgimiento de conflictos entre sus miembros conspira contra el logro de los fines de la comunidad en el corto plazo, aunque sirve de base para la evolución de la sociedad y de la especie durante el transcurso de las generaciones.

 

          Un conflicto surge cuando aparece una discrepancia entre lo que un individuo demanda y lo que otro responde. Teniendo en cuenta que cada uno busca lo que necesita allí donde no lo puede encontrar, la relación entre dos seres humanos presenta una serie continua de conflictos que siempre giran sobre un mismo tema común: la respuesta insatisfactoria que casi siempre reciben las demandas. La frustración que causa esta continua insatisfacción da origen a diversas reacciones y a pesar de lo que podría suponerse, no es el abandono la más común, sino la agresión.

 

          Eric Berne ha elaborado un sistema sumamente útil para estudiar la génesis de los conflictos: afirma que todos los seres humanos manifiestan tres estados del yo, definidos como “sistemas coherentes de pensamiento y sentimiento manifestados mediante los correspondientes patrones de conducta” y los denomina “El Padre”, “El Niño” y “El Adulto”.

 

· El Padre está constituido por todo lo que el niño ve hacer y decir a sus padres que se graba en su inconsciente: en este estado el individuo ordena, juzga y critica adoptando una actitud de dominio.

 

· El Niño está constituido por los sentimientos originales de frustración, de abandono o de rechazo vividos en la infancia: en este estado el individuo reclama la satisfacción de sus deseos adoptando una actitud de sumisión o de rebeldía.

 

· El Adulto está constituido por la capacidad que el individuo adquiere de transformar los estímulos en elementos de información para ordenarla y archivarla basándose en la experiencia adquirida; en este estado el individuo evalúa cada situación adoptando una actitud racional y equilibrada.

 

          En cada uno de estos estados el individuo emite mensajes adoptando la actitud correspondiente y el estado de quien debe responder determinará su actitud y también el carácter de la relación. Si los dos sujetos interactúan desde el estado de El Adulto se entablará una relación de acuerdo o debate; si en cambio uno actúa desde el estado de El Padre y otro desde el de El Niño se establecerá una relación de subordinación, y así con las demás combinaciones posibles.

 

          Para el tema a tratar a continuación solo interesan las relaciones en las que el mensaje de uno de los individuos es respondido desde un estado que no resulta complementario con el de quien lo emitió; por ejemplo, si el sujeto A emite un mensaje desde el estado de El Padre dándole una orden al sujeto B, y este responde desde el estado de El Adulto demostrando con razones atendibles que no resulta conveniente cumplir esa orden, el sujeto A sentirá que el sujeto B ha sido insolente. En otro ejemplo, si el sujeto A emite un mensaje desde el estado de El Padre y el sujeto B contesta desde el mismo estado, el primero percibirá la respuesta como un desafío o un desprecio a su opinión.

 

          De lo dicho se concluye que cuando el sujeto no recibe desde la posición complementaria con la suya una respuesta a la demanda que ha emitido, se inicia un conflicto; teniendo en cuenta que la conducta agresiva se genera cuando se frustra la expectativa de recibir una respuesta en particular, se puede analizar cada situación desde la perspectiva que brinda el conocimiento del tipo de actitud que asumen víctima y victimario.

 

          Al analizar el caso de la mujer maltratada aparece un elemento determinante: el género de la víctima. El estado de sumisión de la mujer reconoce un origen biológico: en las especies animales superiores, el macho necesita dominar a la hembra para asegurar la fecundación, pues si bien el periodo de celo y los rituales de seducción influyen en la exitosa consumación del acto sexual, para desempeñar el rol activo que esta actividad le exige, el macho debe poseer mayor fuerza que la hembra o encontrarse de algún modo en ventaja sobre ella. Esta característica biológica ha sido heredada por el hombre y justifica la mayor fuerza física que exhibe en relación a la mujer; aunque la evolución hacia modalidades de conducta más civilizadas haya producido una paulatina e importante disminución de la violencia, el arquetipo de la mujer como hembra sometida al macho de la especie subsiste hasta el presente. Si a esto le sumamos que la demanda en el ser humano recibe casi siempre una respuesta insatisfactoria, habremos encontrado la explicación al fenómeno de la violencia de género.

 

          Habiendo establecido que los conflictos se originan en una discrepancia entre lo que un individuo demanda y lo que el otro responde, podremos inferir que no siempre la víctima del maltrato es la mujer; pero el hecho de que la agresión física sea desde lo arquetípico y cultural un patrimonio exclusivo del macho hace que rara vez se encuentre un caso en la que una mujer sea la que consuma el hecho violento contra un hombre. En cambio, es frecuente comprobar que el maltrato en el que el agente activo es la mujer y la víctima es el hombre se produce mediante agresiones verbales expresas o solapadas, actitudes de desprecio y otros tipos mas refinados de abuso.

 

          En las relaciones de pareja en las que se produce este fenómeno se puede encontrar en cada caso particular un patrón de conducta propio que se repite en cada episodio: el rol que desempeña cada parte incluye los elementos que darán origen al conflicto que terminará en forma violenta. Para el correcto análisis de este proceso, debemos tener presente dos acepciones de la palabra “falta”:

 

1.- Carencia o privación de algo.

 

2.- Infracción (violación de un deber).

 

          El futuro agresor se encuentra inconscientemente a la expectativa esperando encontrar la falta en la víctima, mientras conscientemente ruega que ésta no se manifieste. La víctima, por su parte, se encuentra desde lo inconsciente presta para exhibir la falta en la primera ocasión propicia que se presente, aunque conscientemente puede reconocer en forma objetiva que tal acción u omisión provoca y justifica en mayor o menor grado una reacción de disgusto de la otra parte.

 

          En la clasificación de los estados del yo de Berne, el agresor actúa desde el estado de El Padre y la víctima desde el de El Hijo; se advierte una correspondencia con la situación descripta en el capítulo 6, en la que el infante impronta como exitosa una conducta que le ha resultado eficiente para obtener la atención del progenitor, aunque no haya servido al propósito de satisfacer ninguna necesidad. En la relación de autoridad–sumisión entre padre e hijo, la estrategia idónea para llamar la atención del progenitor es la violación de alguno de los preceptos que éste impone: es de esperar que si se obtiene el éxito buscado la maniobra se repita una y otra vez.

 

          La relación de pareja se diferencia en lo formal de la relación padre–hijo en que se establece entre dos adultos independientes, autónomos y responsables; pero estas circunstancias ideales solo existen en la teoría, ya que la observación de la realidad demuestra que los integrantes de la pareja asumen roles que resultan complementarios porque la cualidad que tiene uno le falta al otro y viceversa. El reproche que surge en consecuencia es que el otro no es [ . . . . . . . . ] (este campo se puede completar con cualquier cualidad valorada como positiva) como sí lo es él. La falta de esta cualidad se percibe como una violación del pacto tácito de reciprocidad que implica el compromiso en una relación de pareja y constituye una infracción que hará pasible de una sanción a quien la comete: en los casos en los que en la relación de pareja predomine la polaridad dominio–sumisión, esta sanción será reemplazada por una agresión.

 

          Fuera del campo de la violencia física existen situaciones en las que esta percepción del desequilibrio en el quid pro quo origina otro tipo de sanciones y pseudo-sanciones.

 

          La retaliación o represalia es una maniobra intimidatoria a la que se recurre cuando, a pesar de existir una norma implícita, no es posible imponer una sanción debido a que ésta no ha sido establecida previamente en forma expresa para el caso en cuestión; entonces se responde a una ”infracción”, "agresión" o "falta"  con otra similar o distinta elegida arbitrariamente a manera de "castigo" con el propósito de que ésta última actúe en forma disuasiva ante una potencial repetición de la conducta disvaliosa por parte del otro.

 

          La venganza es un acto que pretende imponer en forma extemporánea una sanción o represalia que no se justifica como tal, pues ya no es posible modificar la conducta del otro; consiste en causar un perjuicio a quien haya hecho algo considerado malo en concepto de retribución del daño que él ha infringido. Su único efecto es aliviar el enfado causado por la infracción cometida o por el daño causado por del otro; esto se logra al generarse en la víctima la sensación de haber restituido el equilibrio del quid pro quo en la relación.

 

          Estos dos actos no requieren de la existencia de algún tipo de dominación; son ejecutados tanto por la parte fuerte como por la débil, sea ésta la mujer, el hombre, el hijo o cualquier otro sujeto sin que su éxito o fracaso modifique su posición en la relación.

 


 

                                                    Capítulo 16

                             ADICCIONES SUBJETIVAS Y OBJETIVAS

 

          Como ya se ha establecido, la falta en la satisfacción de la demanda tiene como efecto asegurar la continuidad de la relación que se desarrolla dentro de un guión: en ciertos casos éste exige una interdependencia muy intensa entre los sujetos, algunas veces hasta el punto en que queda excluida la posibilidad de prescindir el uno del otro. La palabra “adicto”, aunque se utiliza más con referencia a la adicción a las drogas, tiene desde el punto de vista etimológico mayor relación con estos casos.

 

          El vocablo latino addictus designó en tiempos muy antiguos a un tipo muy concreto de esclavo, que era en principio un hombre libre, pero en algún momento había sido adjudicado y entregado a otro mediante un juicio o acto legal. En Roma se podía llegar a la esclavitud temporal o permanente por deudas; era legal que alguien libre pasara a ser esclavo de otro y que éste se cobrara la deuda apropiándose del trabajo del deudor por un tiempo determinado o para siempre. A este sujeto se lo llamaba addictus, lo que literalmente significa "entregado a otro".

 

          En español las principales acepciones de la palabra “adicto” son las siguientes:

 

1.- quien está absoluta y ciegamente entregado a una causa o una persona: por ejemplo, los políticos tienen sus adictos.

 

2.-  quien voluntariamente es entusiasta de algo y usuario habitual, sea una droga, el juego, Internet, determinado tipo de música, etc.

 

          La primera acepción hace referencia a una relación en la que una parte entrega su voluntad en forma absoluta sin percibir como desproporcionada la magnitud de este acto. La parte dominante demanda obediencia y la obtiene; desde la perspectiva de la mecánica del deseo en su acepción vulgar, el sujeto debería perder el interés en la relación al ver satisfecha su necesidad, pero esto no sucede porque -sin percatarse-  demanda una obediencia absoluta. Al demandar algo en forma absoluta, él mismo se garantiza encontrar la falta: nunca obtendrá una satisfacción completa porque no existe ningún ser humano capaz de cumplir tal requerimiento en esa forma.

 

          El individuo sumiso se garantiza con su proceder la atención del otro y para satisfacer lo que se le demanda aumenta cada vez más su actitud servil, pero la respuesta que recibe no se incrementa en la misma proporción. Al sentirse cada vez más insatisfecho, repite una y otra vez con mayor intensidad la misma estrategia sin llegar nunca a ver realizado su propio deseo.

 

          La imposibilidad de que la demanda de obediencia del controlador se satisfaga en forma absoluta hace que la mayor sumisión de la víctima aumente su apetito en vez de aplacarlo, pues lo hace sentir cada vez más frustrado, pero más cerca de su objetivo; como los resultados de cada nuevo intento le resultan insuficientes, en la próxima ocasión redobla la apuesta aumentando la demanda.

 

          Este círculo vicioso incrementa sus efectos con el paso del tiempo, generando una dependencia que puede llegar a extremos impredecibles. La victima en la relación con un controlador apoya y justifica las conductas y sentimientos de éste, es incapaz de llevar a cabo comportamientos que podrían ayudar a su liberación o desapego y llega al extremo de desarrollar sentimientos negativos hacia familiares, amigos, o autoridades que tratan de rescatarla o apoyarla en su liberación. El personal policial ha reconocido desde hace tiempo este síndrome en mujeres maltratadas que se niegan a presentar cargos, pagan las fianzas de sus maridos o novios e incluso atacan físicamente a los agentes de policía cuando llegan para rescatarlas de un ataque violento.

 

          Tales actitudes -que pueden parecer insólitas- se originan en la progresiva readaptación que requiere la realidad personal de la víctima, condición que le permite llevar adelante un rol que se torna más exigente a medida que transcurre el tiempo; llegado un punto, la percepción que tendrá de la situación en la que se encuentra estará completamente divorciada de la realidad primaria.

 

          Algunos casos llegan demasiado lejos, pues terminan en homicidio. El controlador llega a estar tan perturbado que interpreta todas y cualquiera de las actitudes de la víctima como desobediencias. Llegada esta situación sin remedio, la muerte del otro se le aparece como la única solución efectiva: a semejanza del padre de la horda primitiva -quien ante la imposibilidad de encarrilar a uno de sus hijos procedía a matarlo- impone su ley, aplicando el último recurso existente, pero al matar a su víctima confirma la imposibilidad de colmar su demanda y algunas veces esto lo lleva al suicidio. En estos casos tan extremos, la continuidad del vínculo servil con el maltratador funciona como una estrategia de supervivencia temporal para la víctima: al mantener su actitud sumisa, demora su muerte por algún tiempo.

 

          Las relaciones adictivas resultan sumamente perjudiciales para ambos protagonistas. La modificación de su realidad personal los lleva a descuidar sus otros proyectos de vida, influye negativamente sobre sus hijos y los acerca peligrosamente al campo de lo delictual, ya sea en calidad de víctima o de victimario.

 

          Las relaciones de control o de sometimiento pueden darse también sobre un grupo determinado de sujetos: a los miembros de organizaciones militares, sectas y religiones se les exige una entrega absoluta, ciega y sin reservas; con ese propósito se los somete a un proceso del que debe resultar la profunda transformación de su realidad personal.

 

          El objetivo del entrenamiento militar es preparar al individuo para llevar a cabo dos actos extremos: privar de la vida a un semejante y aceptar voluntariamente su propia muerte. Para ello resulta necesario desactivar y reemplazar las improntas que promueven el respeto a la vida ajena y la autoconservación por medio de diversas formas de degradación. El sujeto es sometido a un código de prohibiciones innecesarias, se le exige adhesión a exigencias arbitrarias, debe soportar sin cuestionamientos las limitaciones a su libertad, el maltrato psicológico, los insultos, los castigos físicos y las privaciones de todo tipo mientras se mantiene en un continuo estado de alerta en el que debe reaccionar con rapidez sin tener ocasión de reflexionar; el objetivo de este tratamiento es obtener una obediencia rápida y voluntaria a las órdenes y mandos bajo cualquier circunstancia.

 

          En una primera etapa se logra una obediencia refleja, que consiste en la simple ejecución de cada orden sin la intervención de su voluntad; tal reacción presenta gran similitud con el reflejo condicionado. Esta rutina, que conlleva prácticas que pueden ser peligrosas y perversas por su crueldad, mantiene al sujeto en una continua situación de estrés. En tal estado y bajo el pretexto de entrenarlo para situaciones en las que tendrá que afrontar la violencia, se anula toda su resistencia y mediante una constante repetición se le improntan contenidos tendientes a hacer de la obediencia algo habitual e inconsciente y a promover un cambio en su escala de valores. Su vida se reduce al ámbito de lo militar y las otras dimensiones personales quedan relegadas ante el cumplimiento del deber.

 

          Este adoctrinamiento sienta las bases para una posterior obediencia reflexiva: ésta supone la sumisión del propio juicio, la que no se produce por temor al castigo, sino porque el sujeto actúa por convencimiento y lealtad. Esta es la auténtica y deseable obediencia, porque este individuo acepta asumiendo como decisiones propias las de quien tiene y ejerce la autoridad; existe una total disposición a prestar obediencia a los superiores, aun en caso de que estos se equivoquen, y se ejecutan sin cuestionar todas las órdenes, incluso a riesgo de la propia vida.

 

          Algunas características similares se encuentran en los procedimientos de las sectas: una vez captado el sujeto mediante la promesa de promover su evolución personal o espiritual, se lo somete a tácticas generadoras de estrés durante un periodo ininterrumpido de tiempo. Se utilizan técnicas destinadas a controlar la conducta del adepto, la información que recibe, procesa y utiliza, las ideas que conforman sus pensamientos cotidianos y también sus sentimientos y emociones, alejándolo para ello de su entorno familiar, profesional y social. La necesidad de afiliación a un grupo de referencia, el deseo de ser aceptado y la ansiedad de reconocimiento actúan en la víctima como razones que justifican ceder a las presiones del líder y a las del grupo aceptando los sacrificios que se le exigen.

 

          Los mensajes dobles u órdenes contradictorias que recibe, la expropiación de su tiempo personal, la programación recargada de tareas a realizar en el menor tiempo posible, los horarios irregulares de reuniones, la interrupción de los horarios de sueño normal y la limitación extrema del horario del descanso generan en el individuo un altísimo nivel de estrés que es aprovechado por el líder para modificar y reemplazar la realidad personal del sujeto sometiéndolo por medio de nuevas improntaciones que tienen como fin logar su obediencia absoluta. Su manera de actuar, sentir y pensar se transforma; percibe entonces la realidad primaria distorsionada de manera acorde con los propósitos para los que se lo quiere utilizar.

 

          El debilitamiento de la que anteriormente fuera su propia realidad personal produce en el adepto un incremento de la desconfianza sobre sus propias decisiones, análisis y juicio, estado que el líder aprovecha para someterlo a sus órdenes, las que el sujeto debe cumplir aunque sean arbitrarias e irrazonables; ante el menor cuestionamiento se recurre a la intimidación, que puede manifestarse en forma de amenazas físicas, psicológicas o morales, advertencias o sugerencias de maltrato, miradas turbias, gestos groseros, improperios o abusos verbales, acoso emocional y chantaje. Si bien lo que se dice o se insinúa en las amenazas raras veces se lleva a cabo en la realidad, su efecto y eficiencia deriva de la creencia del adepto de que esos castigos se aplicarán realmente.

 

          En general el líder busca obtener de la secta beneficios económicos, pero en algunos casos actúa con la sola motivación del ansia de poder y entonces no puede evitar caer en la espiral descontrolada a la que lleva la demanda absoluta de obediencia. Dado que ésta no es susceptible de ser colmada, en un punto solo se la puede satisfacer con la muerte: los adeptos, impulsados por la vorágine de su propio creciente deseo insatisfecho a la que también los lleva la imposibilidad aludida, son inducidos a un suicidio masivo que generalmente incluye al propio líder. Se pueden mencionar casos de este tipo ocurridos a nivel mundial: Guyana, Waco, La Orden del Templo Solar, Heaven's Gate, etc.

 

          En cuanto a las religiones, casi todas exigen exclusividad de sus acólitos y una obediencia no deliberante que consiste en cumplir la supuesta voluntad de Dios sin detenerse a analizar si es buena o no, y en mayor o menor medida también exigen sacrificios o imponen prohibiciones irrazonables con el propósito de modificar la realidad personal de los creyentes en cuanto resulta necesario a sus propósitos.

 

          Se puede denominar adicción objetiva a la desarrollada respecto de las drogas, porque en ella no existe un sujeto dominante de referencia: el adicto obtiene satisfacción –y posterior insatisfacción- no ya de la conducta de otro individuo con el que desarrolla un guión, sino de los efectos similares que produce el consumo de la droga por vía directa en su cerebro. La adicción a las drogas comienza con el proceso químico que se produce en el cerebro originando un efecto placentero o satisfactorio que origina una impronta secundaria y ésta se refuerza con la repetición del acto de consumo.

 

          El sujeto rara vez prueba la droga por azar o curiosidad, y cuando así sucede es poco probable que desarrolle una adicción; en la mayoría de los casos existe –como en cualquier otro acto- una impronta previa que motiva esta conducta. Entre los muchos ejemplos posibles se puede enunciar el siguiente: en la relación de autoridad / sumisión entre padre e hijo, una estrategia idónea para llamar la atención del progenitor es exponerse a una situación de peligro y este tipo de conductas pueden repetirse después en la práctica de deportes peligrosos o en la ejecución de conductas autodestructivas que aparecen en general durante la adolescencia. La exposición a una droga que tanto el sujeto como la comunidad reconoce como peligrosa le sirve para captar la atención de sus padres o amigos, y a tal fin se la impronta como una estrategia exitosa.

 

        Estudiando los casos de adictos se encuentra con mucha frecuencia que existió en la familia de origen una tendencia a generar episodios violentos, o por lo menos de alto tono emocional. Esto permite suponer que el sujeto busca mediante la droga la intensificación de los efectos de algunos neurotransmisores –en especial, la dopamina y las endorfinas- cuyo efecto ya no se da en forma natural con la misma intensidad en su vida diaria; el acto es un intento compulsivo de repetición que busca revivir la sensación que causaron aquellos episodios violentos o estresantes de su infancia. En otros casos busca disminuir tales efectos que en un momento de su vida ya se producen en forma automática sin relación directa con los episodios que vive en la actualidad. La adicción entonces no está relacionada con la satisfacción que produce la sustancia, sino con la repetición de los efectos de algún acto dentro de un guión.

 

          Aunque puede provocar cambios en su conducta y en su personalidad, la adicción está siempre supeditada al guión previo del adicto y surge como una de sus manifestaciones, lo que explica la imposibilidad de diseñar una terapia capaz de controlar las anomalías que pueden surgir en el proceso de tramitación del deseo mediante el uso de drogas ilícitas. Si bien éstas potencian la acción de los mismos neurotransmisores que actúan en el proceso conductual ordinario, la fase neuroquímica irregular de éste se encuentra subordinada al proceso que la realización del rol del individuo le atribuye en su guión vital; por tal motivo resulta imposible impedirla produciendo un proceso inverso por medios químicos. El fracaso de los métodos para curar las adicciones se debe a que atacan las problemáticas generales comunes a todos los sujetos sin tener en cuenta las situaciones individuales de cada uno de ellos en las que la adicción tuvo su origen.

 

          Hoy en día también se consideran adicciones la afición desmedida a la comida, al sexo, a los juegos de azar, el hábito de derrochar dinero o de endeudarse, el de destinar más tiempo de lo aconsejable a navegar en Internet o a trabajar en forma obsesiva, etc.; si se analiza desde su origen el rol vital de cada individuo, se encontrará que todas estas conductas se originan en una impronta antecedente que determina su causa, su desarrollo, su evolución y sus modalidades.

 

          La única razón por la cual el sujeto abandona una relación de dependencia es la constatación de que el objeto deseado no es real, sino fantaseado. Tal descubrimiento implica la irrupción de la realidad primaria o real en la realidad personal y provoca el pasaje del sufrimiento causado por la privación del objeto deseado al dolor del duelo por su pérdida definitiva. El sufrimiento-pasión, la miseria moral del sujeto y la posición del goce masoquista se sostienen en la ignorancia de que el objeto elegido no existe en la esfera de lo real. El duelo que provoca el asumir esa realidad es el precio a pagar por el éxito del tratamiento terapéutico.

 

 

 

 

 

                                                     Capítulo 17

                                       RESISTENCIA Y LIBERACIÓN

 

          La conclusión de que el ser humano dirige su conducta tomando como base modelos improntados de sus progenitores sin llegar a ser consciente de ello contradice en principio la posición de quienes sostienen que nuestra especie se diferencia de los animales por poseer una facultad de la que éstos carecen: el libre albedrío. Este concepto es propio de la filosofía y el debate sobre su existencia ha dado lugar a encendidas polémicas, por lo que a los efectos de este estudio resulta más conveniente reemplazarlo por el concepto de “grado de autonomía” a fin de obtener una mayor precisión terminológica cuando se trate de evaluar una determinada conducta.

 

          La psicología freudiano-lacaniana postula que el psicoanálisis posibilita la cura de la neurosis o la tramitación el deseo; esto implica que el individuo que se somete a este proceso logra modificar ciertas conductas que afectan su vida e impiden su realización personal. Este fenómeno se produce mediante el surgimiento de lo reprimido o de la palabra plena al nivel consciente y el individuo puede entonces alcanzar una comprensión de sus motivaciones inconscientes, lo que le confiere un mayor nivel de autonomía con respecto a éstas. Una revisión de algunos conceptos de la teoría psicoanalítica servirá para determinar con cierta precisión el grado posible de autonomía en la conducta humana.

 

          El acto fallido aparece como un intento del sujeto de desligarse de una conducta que el sujeto se ve obligado a desarrollar por efecto de determinados contenidos del superyo y se produce cuando la imposibilidad de rebelarse en forma consciente contra ciertos mandatos en determinadas circunstancias da origen a un acto no intencional. Freud sostuvo que los actos fallidos son -como los síntomas- formaciones de compromiso entre la intención consciente del sujeto y lo reprimido. De la lectura de la “Psicopatologia de la vida cotidiana” se infiere que el acto llamado fallido es, en otro plano, un acto ejecutado con éxito: el deseo inconsciente se ha realizado en una forma a veces muy manifiesta. La hipótesis freudiana presupone necesariamente la intervención previa de la represión. Lo que irrumpe en el acto fallido en forma de una tendencia perturbadora que va en contra de la intención consciente del sujeto es ni más ni menos que el retorno del deseo reprimido. El acto fallido tiene una función defensiva en relación con ciertas representaciones que amenazan con perturbar el equilibrio psíquico del sujeto.

 

          En un primer análisis podría suponerse que el acto fallido es un intento inconsciente mediante el cual el sujeto busca despegarse de una conducta pautada en su guión vital al advertir que la contradicción de su deseo lo privará de la satisfacción de su necesidad, pero si la analizamos confrontándola con la mecánica del deseo, encontraremos que tal suposición resulta errónea, pues lo que el sujeto busca conscientemente es la satisfacción de una necesidad determinada tal como surge de su discurso manifiesto. Si partiéramos de la suposición de que un acto fallido verbal constituye una rebelión contra dicho discurso, llegaríamos a la conclusión de que lo que realmente busca el sujeto es el surgimiento de la falta como tal en tanto ésta constituye lo contrario de la satisfacción y que el acto fallido apunta a su consolidación. Pero esta teoría –que no deja de ser elegante- no se verifica en la realidad, ya que allí se constata que el acto fallido no apunta producir una modificación de la conducta que pueda colmar la falta, pues no se relaciona con ésta; lo que lo genera es justamente esa ausencia de relación con la demanda, pues opera sobre alguna cuestión que siempre resulta ajena a la contradicción esencial que aparece en el rol vital y que por tal motivo estorba la ejecución de este último. El acto fallido es entonces un recurso contra una conducta autoimpuesta que el sujeto desarrolla voluntariamente en la creencia de que resultará eficiente para el logro de su fin sin ser consciente de que, al no estar determinada por su rol vital, en realidad lo desvía de la actuación que le corresponde en el guión, dando lugar a las potenciales consecuencias negativas que se han mencionado en capítulos anteriores. En otras palabras, el acto fallido actúa suspendiendo un mandato del superyo en beneficio del desarrollo del rol vital que el sujeto desempeña dentro de su realidad personal.

 

          La conclusión es entonces que el acto fallido no es un intento de rebelión contra la contradicción del deseo: es un mecanismo de defensa del rol vital improntado que actúa cuando el sujeto se introduce voluntariamente en una situación que es ajena a dicho rol, pues la continuidad de la conducta que es atacada por el acto fallido nunca va a arrojar los resultados previsibles desde el punto de vista de su deseo y en función de su realidad personal. El acto fallido es una equivocación manifiesta que señala e intenta corregir una equivocación oculta.

 

          El síntoma es la referencia que presenta un sujeto a un cambio que se reconoce como anómalo. Según la psicología freudiana, el síntoma es generado a partir de la represión que surge para defenderse de un deseo inconsciente que resultaría inaceptable para la persona de ser ésta consciente del mismo. El deseo, en tanto inconsciente e insatisfecho constitucionalmente, retorna entonces como formación del inconsciente en forma de síntoma expresando el resultado incompleto de la lucha entre dos tendencias: la que aspira a la satisfacción y la que la repele.

 

          Se debe analizar aquí el origen de la represión y su objeto: dado que el síntoma surge cuando el sujeto reprime algo en forma inconsciente, se deduce que la represión como acto debe ser considerada como una conducta que se origina en una prohibición establecida mediante una impronta secundaria que constituye un límite que fue establecido en la etapa primaria y que es generador de un deseo. Si dicho deseo no es limitado por la represión surge la culpa, que se origina en la violación de la prohibición; si la represión resulta exitosa, se evita la culpa, pero el deseo que se frustra da origen a un síntoma cuyo propósito es lograr que la conducta interrumpida pueda continuar su curso natural. Se verifica entonces que esta contradicción en el rol vital que es la causa del síntoma se produce porque una impronta primaria ha resultado deficiente, pero se ha instalado exitosamente una impronta secundaria de prohibición o viceversa. En consecuencia, es correcto concluir que el síntoma no está nunca relacionado con la contradicción necesidad-falta de la demanda; si así fuera, ésta última dinamizaría el progreso en la ejecución del rol, pero el síntoma dificulta su continuidad o directamente la interrumpe.

 

          La culpa es un sentimiento cuya función es impulsar al sujeto a inhibir o rectificar una conducta violatoria de una prohibición o mandato. El sentimiento de culpa puede aparecer en forma previa, concomitante o posterior a la violación de la norma: cuando se manifiesta en forma consciente actúa como promotora de un acto reparador, y en su forma inconsciente da origen al síntoma.

 

          Las funciones del síntoma varían según los casos: para conocerlas se debe analizar el concepto de represión. En el lenguaje común, reprimir significa contener o refrenar un impulso o un sentimiento, o contener por la fuerza el avance o desarrollo de algo. La psicología clásica define a la represión como una autoprohibición sin desarrollar el concepto correlativo de autoimposición a pesar de las notas que ambas tienen en común. En su aspecto positivo, las diversas autoprohibiciones y autoimposiciones constituyen recursos que normalmente otorgan una aparente autonomía al individuo y que en realidad dirigen su conducta, pero en algunas ocasiones no cumplen su función; analizando la relación entre las posibles improntas que les dan origen se puede determinar en qué casos sucede esto.

 

        Si la impronta primaria y la secundaria resultan concordantes las autoprohibiciones y autoimposiciones que de ellas deriven no serán causa de conflicto. Pero si se tiene en cuenta que las improntas primarias están referidas a las modalidades de obtención de la atención de la madre y las secundarias delimitan el campo de acción del sujeto, cuando alguna de las dos resulte deficiente o sea   contraria a la otra, aparecerá un síntoma cuya función será generar un acto reparador, reorientar la conducta o imponer una auto-sanción según el caso:

 

 Autoprohibición:

 

1.- Impronta primaria deficiente / impronta secundaria normal

 

     a) trasgresión > culpa consciente > acto reparador

 

     b) culpa consciente > represión > síntoma (como obstáculo limitante cuyo fin es la reorientación hacia el deseo)

 

     c) culpa inconsciente > represión inconsciente > síntoma (como obstáculo limitante cuyo fin es la orientación hacia el deseo)

 

     d) trasgresión > culpa inconsciente > síntoma (como sanción - autocastigo)    

 

 

2.- Impronta primaria normal / impronta secundaria deficiente:

 

     a) culpa inconsciente > represión inconsciente > síntoma (como obstáculo limitante cuyo fin es la orientación hacia el deseo)

 

     b) culpa inconsciente > trasgresión > síntoma (como sanción - autocastigo)    

 

Autoimposición:

 

1.- impronta primaria deficiente / impronta secundaria normal:

     · desviación > infracción (desobediencia) > culpa consciente > represión inconsciente > síntoma (como obstáculo limitante cuyo fin es la orientación hacia el deseo)

 

2.- impronta primaria normal / impronta secundaria deficiente:

     · desviación > infracción (desobediencia) > culpa inconsciente > represión inconsciente > síntoma (como obstáculo limitante cuyo fin es la orientación hacia el deseo)

 

          Dos ejemplos que confirman este mecanismo de funcionamiento del síntoma se pueden analizar en los supuestos referidos en el capítulo 12. El primero es el caso en el que padre e hija inician una relación sexual consentida pero conflictiva para la hija, quien la mantiene en secreto, pues ha existido prohibición por parte de la madre o ésta ha validado de algún modo la prohibición social mediante una impronta secundaria, pero la impronta correspondiente que se debió instalar durante la relación primaria se ha omitido o ha sido deficitaria. En el futuro se originan somatizaciones, pues la hija, al reprimir su deseo dando por concluida la relación incestuosa, evita el sentimiento de culpa consciente respetando la prohibición; pero la frustración del curso natural de ese deseo origina algún tipo de síntoma, pues la renuncia a la satisfacción de la necesidad no basta si el deseo correspondiente persiste imposibilitando un acto reparador sincero. La culpa permanece entonces en el inconsciente, dando origen al síntoma como sanción o autocastigo: según Freedman y Enright (1996), las mujeres víctimas de incesto evidencian mucho más que la población general un riesgo mayor de problemas psicológicos, como la depresión, ansiedad, baja autoestima, ideación suicida, sentimientos de culpa, desórdenes alimenticios, uso de drogas y relaciones interpersonales conflictivas. La rabia y la hostilidad suelen ser otras actitudes que se pueden observar en las victimas de incesto, pero no son dirigidas hacia el abusador sino hacia otros sujetos con los que interactúan, y esto daña fuertemente sus relaciones interpersonales.

 

          El segundo es el caso en que el padre obliga a la hija a mantener una relación sexual que ella califica como no consentida, pero que en los hechos tolera durante un lapso más o menos prolongado y que casi siempre concluye con la denuncia del hecho ante la madre. En este caso se ha producido en su momento la impronta primaria, pero no ha existido prohibición posterior por parte de la madre, o ésta no ha validado la prohibición social con el énfasis necesario mediante la impronta secundaria. En algún momento la culpa y la represión inconscientes llevarán a la hija a poner fin a la relación formulando la denuncia ante su madre; esto sucederá cuando el padre abandone el rol complementario que configura el guión que ambos desarrollan. Tal acto, que constituye una venganza de la hija abusada contra el padre que ha abandonado su rol el guión y también un reclamo hacia la madre por no haber instaurado la prohibición en su debido tiempo, es un síntoma. Si a consecuencia de dicho reclamo la madre impone una sanción al infractor, cumple el deber de subsanar su omisión imponiendo por fin la ley y a la vez pone en evidencia su responsabilidad en el hecho; con ello libera de culpa a la hija, quien además queda vengada. El síntoma actúa aquí reorientando el deseo, pues al completarse la impronta omitida la hija desplazará su objeto hacia otros hombres; a lo sumo, dada la diferencia de edad con su primer partenaire sexual, es probable que presente una tendencia a relacionarse con hombres mayores. Pero si la madre se niega a aceptar la realidad descreyendo de su hija, ésta seguirá considerándose a sí misma como trasgresora y en adelante presentará algún síntoma, pues la culpa por no haber renunciado desde el inicio al goce incestuoso la llevará a experimentar la necesidad de un autocastigo.

 

          Debido a que las funciones del síntoma se manifiestan exclusivamente como obstáculo o como autocastigo, el dilema que esto representa aparece en principio como irresoluble porque el sujeto sufre en ambos casos. Por otra parte, el síntoma constituye un mecanismo de defensa del rol vital en el que se encuentra presente la formulación de la demanda como un elemento constitutivo esencial, por lo que su desaparición no altera ni modifica la mecánica contradictoria del deseo. La teoría psicoanalítica sostiene que el síntoma desaparece cuando su sentido se descifra y el paciente logra aceptar su deseo sin necesidad de reprimirlo ni de realizarlo, pero esto no siempre sucede; la terapia psicoanalítica y algunas otras solo funcionan cuando la palabra plena o el insight surgidos durante su transcurso generan una impronta secundaria fuerte y eficiente capaz de corregir el conflicto entre las dos improntas contradictorias que originan el síntoma. Pero aún en los casos en que este efecto terapéutico se produce, su resultado no puede calificarse a priori como positivo o negativo; deberá realizarse en cada caso una valoración de sus implicancias en el rol vital de cada individuo en orden a su situación particular y determinar así el proceder que resulte más conveniente en relación con sus posibilidades de realización personal.

 

          De todo lo expuesto se concluye que los mecanismos que prima facie aparentan cumplir las funciones de resistencia contra la sujeción a la contradicción del deseo o de liberación al lograr su resolución no tienen en realidad tales fines. Esta apariencia se desvanece en cuanto se comprende cabalmente la complejidad del sistema que dirige los actos que constituyen la experiencia vital del ser humano. 

 

 

 

 

                                                   Capítulo 18

                                     LOS ROLES ALTERNATIVOS

 

          En sus “Tres ensayos para una teoría sexual” Sigmund Freud define a la sublimación como un mecanismo que produce la desviación de las fuerzas pulsionales sexuales con relación a sus metas originales y su reorientación hacia metas nuevas y más elevadas, lo que implica una forma de satisfacción directa que evita la represión y por ende el retorno de lo reprimido y del síntoma. Afirma que cuando una necesidad instintiva no es aceptada por el yo, puede ser modificada para hacerla socialmente aceptable. Es así que en “Un recuerdo infantil de Leonardo Da Vinci” sostiene que en la sublimación la libido escapa al destino de la represión desde un comienzo, transformándose en apetito de saber y sumándose como esfuerzo a la pulsión de investigar. Las pulsiones desexualizadas buscan fines culturales que pueden ser artísticos o científicos: arte, oficio, industria, trabajo, investigación, creación, etc. En la “Continuación de las lecciones de introducción al psicoanálisis” (Neue Folge der Vorlesungen zur Einführung in die Psychoanalyse - 1932) escribe: «Llamamos sublimación a cierto tipo de modificación del fin y de cambio del objeto en la cual entra en consideración nuestra valoración social». La pulsión se sublima cuando es derivada hacia un nuevo fin no sexual y apunta hacia objetivos socialmente valorados.

 

          Lacan define a la sublimación como un proceso de des-subjetivación del Otro: en el plano imaginario se produce una inversión de las relaciones entre el yo y el otro como correlato de las funciones de intercambio social, de bienes y/o de poder bajo una forma más o menos acentuada según la mayor o menor perfección de tal sublimación. La sublimación reproduce así la falta de la que procede: si ésta se interpreta como pecado, se obtiene la religión, si lo es como la relación imposible del hombre y la madre, el amor cortés; y por último, como pura Cosa, el arte. El movimiento de creación sublimatorio va de lo Real a lo Simbólico, y el objeto producido es Imaginario: no intervienen ni la represión ni el inconsciente. La sublimación es para Lacan un trabajo de producción de nuevos enlaces, de nuevos goces, que a través de la creación y la relación con otros ayudan al sujeto a salir del destino de una fijación.

 

          Si se analiza el fenómeno a la luz de los principios establecidos hasta ahora en el presente trabajo, se concluye que mediante la sublimación el individuo busca en el desempeño de un rol alternativo una respuesta a la parte de su demanda que subsiste siempre insatisfecha: la falta. Si durante el desarrollo de su rol vital el sujeto busca la satisfacción del plus del deseo que consiste en gozar de la atención absoluta de un otro individual más o menos específico, mediante el despliegue de un rol alternativo busca el reconocimiento público que le aporta una satisfacción que proviene de disfrutar de la atención de un Otro indeterminado y general. Mediante la sublimación sólo se puede alcanzar un cierto grado de éxito en la tramitación del deseo porque el excedente de la demanda nunca se satisface por completo, pero se obtiene una satisfacción sustitutiva que compensa parcialmente la insatisfacción que produce la falta originaria.

 

           Un ejemplo muy burdo servirá para ilustrar cómo la falta puede dar origen a un producto mediante la sublimación sin la existencia de una relación con un otro individual. Si una persona a la que le fue amputada una pierna no acepta esa realidad, ruega que se trate de un mal sueño y espera que un día al despertarse sus dos piernas estén en su lugar, no obtendrá nunca esa satisfacción; pero si asume su pérdida y logra compensarla inventando un nuevo tipo de prótesis ortopédica, obtendrá una solución a su necesidad y también la satisfacción de haber creado un producto útil que le proporcionará el reconocimiento de la comunidad.

 

          Si se acepta que la sublimación excluye el síntoma, se deduce de ello que el rol alternativo que el individuo desempeña tiene como origen una impronta primaria -que configura el rol original- a la que se suma una impronta secundaria consistente que no exige que el otro individual que juega el rol complementario dentro del guión aparezca como el destinatario del producto de la sublimación. Así, si bien Dante Alighieri le dedicó la Divina Comedia a Beatriz, no se limitó a entregarle a ella un único ejemplar; la publicó para el disfrute del público, del que esperaba un reconocimiento que en algún sentido pudiera llenar el vacío generado por la frustración de su deseo ante indiferencia de su amada.

 

          La sublimación aparece entonces no solo como la reorientación de la pulsión mal encaminada, sino como una estrategia de supervivencia establecida en beneficio de la especie; es un mecanismo diseñado por la naturaleza para que el individuo comparta los resultados positivos del producto sublimatorio con sus semejantes. Esta definición la ubica como uno de los elementos dinámicos de la psiquis humana que estructura las relaciones entre los individuos en su carácter de integrantes de una sociedad compleja, concepción que resulta consistente con el hecho de que la verificación de este fenómeno en la realidad revela la ausencia de la represión y del síntoma.

 

          La sublimación abarca un campo mucho más amplio del que se puede suponer basándose en las definiciones de Freud y Lacan, pues se produce cada vez que el individuo quiere obtener la satisfacción de una necesidad más o menos compleja y no está limitada a un campo determinado. El producto sublimatorio beneficia al individuo en dos sentidos: cubre la necesidad específica de la que se trate y le provee de la atención que sus semejantes le dispensan al advertir su utilidad general. La demanda queda así satisfecha en dos aspectos concernientes al rol que el sujeto desempeña en el acto de sublimación y esto explica que el proceso de creación o de investigación despierte una pasión especial en quien lo realiza; la promesa de un reconocimiento general refuerza el impulso inicial generado en la necesidad. El éxito produce una impronta secundaria que lleva al individuo a repetir -y si es posible ampliar- ese proceso sublimatorio en particular en aras de mantener la atención de sus semejantes.

 

          El funcionamiento exitoso de la sublimación se debe a que la demanda no obtiene una respuesta unívoca. El Otro está constituido por una pluralidad de sujetos que –aún en el caso de existir una determinada tendencia predominante- no dan una única respuesta, a diferencia de lo que sucede con el otro complementario en la relación neurótica. La respuesta no unívoca implica que la demanda del sujeto solo es satisfecha en forma parcial, manteniendo la relación satisfacción / insatisfacción en un estado oscilante que impide la aparición del plus de la demanda correspondiente al deseo.

 

          Como mecanismo de la psiquis, la sublimación también puede verse afectada por estados patológicos: ya Freud sostenía que, en su singularidad, la mayoría de los artistas —desde Leonardo a Dostoievsky— fueron en realidad unos pobres diablos cuyos esfuerzos a la hora de dominar sus escisiones internas les pasaron una considerable factura en términos de infelicidad. Es cierto que la mayoría de los grandes artistas, tanto del pasado como del presente, han sido sujetos de vida privada torturada, y en una amplísima mayoría han tenido que conciliar a partes iguales —a base de fuertes escisiones yoicas— importantes tendencias perversas con su facultad creativa; se pueden citar como ejemplos a pintores como Miguel Angel, Leonardo, Caravaggio o Salvador Dalí; literatos como Marcel Proust, Oscar Wilde, Thomas Mann, o Feodor Dostoievsky; poetas como Federico García Lorca; músicos como Mahler o Tchaikovsky; bailarines como Nureyev; cineastas como Visconti o Passolini. Pero es necesario tener en cuenta que el caso de la creación artística posee características especiales en tanto el artista utiliza en general sus propios conflictos originados en la contradicción de su deseo como materia prima a efectos de que su obra resulte atractiva (como se explicó en el capítulo 7) y el producto resulta en consecuencia auto-referencial, por lo que no quedan excluidas aquí las patologías de base.

 

          Para determinar cuándo y por qué se produce la sublimación se debe determinar el tipo de impronta que la origina. En el caso más simple, una impronta secundaria que contiene un mandato latente emerge al llegar el momento apropiado originando una conducta referida a un aspecto determinado de la vida del individuo y el episodio se constituye en experiencia temprana. Si la impronta primaria y la secundaria son consistentes, la conducta en cuestión será repetida con sus modalidades particulares durante la vida del sujeto y quedará así delimitado el campo en el que se producirá el proceso sublimatorio: éste es el caso de las personas que son exitosas en una actividad determinada. Como se trata aquí de un proceso de autoimposición, tanto una deficiencia en la impronta primaria como en la secundaria darán origen a una desviación mediante la represión; pero -sea ésta consciente o inconsciente- el resultado será el esperado, ya que aparecerá el síntoma como obstáculo que tiene por fin orientar la conducta hacia el cumplimiento del mandato correspondiente.

 

          La relación entre sublimación y represión ya había sido advertida por Sigmund Freud, quien sostuvo que “una represión sobrevenida en una época temprana excluye la sublimación de la pulsión reprimida; cancelada la represión (nach Aufhebung der Verdrängung), vuelve a quedar expedito el camino para la sublimación”. Así pues, se puede suponer que la sublimación sería el resultado de una “cancelación” de la represión, la cual abriría —por así decir— una vía alternativa, un atajo que permitiría a la pulsión arribar a su meta. Recordemos que ya en “El chiste y su relación con lo inconsciente” (1905), Freud había apelado al mecanismo de la “cancelación” para explicar el efecto del chiste como un levantamiento momentáneo de la represión que permite la descarga pulsional en forma de risa; cabe preguntarse entonces si el chiste no es un caso particular de sublimación en cuanto siempre está dirigido a otras personas.

 

          Además de la sublimación, la perversión es otra vía que constituye un medio de escape de la neurosis. La perversión en sentido propiamente dicho difiere de la perversión impropia en el grado de consciencia del sujeto: en la segunda, éste no tiene registro de que la conducta que desarrolla sea perversa, y por lo tanto no la califica como tal, mientras que en la primera es consciente de su perversión, independientemente de cómo la califique.

 

          Aún se discute cuáles son las conductas que pueden calificarse como actos perversos; el sadismo, el masoquismo, el voyeurismo y el exhibicionismo son considerados como tales por Freud y Lacan, pero también se les pueden sumar la pedofilia y otras parafilias conocidas. En lugar de entrar en una enumeración que poco aporta al conocimiento de los mecanismos que constituyen el acto perverso, resulta más útil y conveniente analizar sus características; para ello resulta adecuado como material de análisis el anteriormente citado Síndrome de Nabokob.

 

          Como se adelantó en el capítulo 13, una parafilia lindante con la pedofilia se encuentra como tema central en dos de los libros de este autor (“Lolita” y “El Hechicero”) y aparece tangencialmente en otro (“Mira los arlequines”). Ya sea que Nabokov haya concretado o no una relación de ese tipo en la vida real, si suponemos que la razón por la que tal tema se reitera es que el autor desarrolló un tipo particular de perversión, su obra servirá como material de referencia.

 

          La circunstancia relevante que nos aporta este escritor es que se trata del relato en primera persona de una primera experiencia sexual incompleta, por lo que ésta instala una impronta secundaria producida por un acto transgresor que se lleva a cabo por primera vez y al que le falta el segmento final. La incompletitud de esta primera experiencia interrumpe el camino hacia el resultado respecto de la satisfacción esperada –que seguramente se hubiera visto frustrada-, impidiendo así la improntación de la misma falta como plus de esta nueva demanda en tanto el resultado excluye tanto al éxito como al fracaso. La impronta secundaria que instala esta primera experiencia real origina una nueva demanda cuyo objeto es distinto del anterior, pues consiste en completar el proceso frustrado durante el acto original. La falta incluida en la impronta original es causa de que nunca se logre una satisfacción completa mientras la necesidad que determinó el objeto de la primera demanda queda satisfecha durante el trámite de la segunda, porque ésta carece de la misma falta constitutiva del deseo; tal circunstancia hace que la satisfacción de la necesidad originaria que obtiene el sujeto en esta ocasión sea percibida en algún sentido como absoluta. La próxima repetición será impulsada por alguna falta subsistente en la segunda demanda y se verá inusualmente reforzada por la perspectiva de obtener una nueva satisfacción absoluta de la primera demanda al experimentar el goce proveniente de la falta de la segunda. Esto justifica la tendencia recurrente que se observa en los individuos perversos que subsiste a pesar de la prohibición interna o social y aún en caso de haber sufrido alguna sanción penal. Se concluye que una primera experiencia inconclusa, aunque se complete en un segundo intento, será repetida indefinidamente, no ya en busca de la concreción que ya se ha logrado, sino en virtud de la falta inscripta en la nueva demanda que lleva a la ejecución de un episodio que incluye la sensación de que el goce es provocado por una satisfacción que se percibe como absoluta.

 

          En el caso descripto, la impronta de prohibición aparece como dudosa, ya que a la edad del protagonista –un adolescente- puede considerarse “lícito” tener relaciones con una preadolescente, la que además en el relato accede de buena gana al requerimiento sexual. En general se constata que en el perverso la impronta de prohibición ha sido deficiente, pero existe una manifestación distinta de las perversiones en las que esto no sucede y en la que el episodio se produce con una intencionalidad evidente: la de los sujetos que se afilian a la práctica de determinado tipo de actos perversos que constituyen las parafilias. En la actualidad es frecuente que se pacte con el partenaire sexual una sesión de “bondage”, que –como ya se dijera- es una perversión practicada en el ámbito de los juegos sexuales en la que las personas experimentan deseo sexual en la práctica de atar o ser atados/as. En este caso los participantes reconocen su conducta como perversa, pues la impronta de prohibición ha sido correctamente instalada; esto hace que el acto –al ser premeditado y deliberado- tenga una cierta artificialidad de la que se debe hacer abstracción durante su ejecución en aras de obtener satisfacción sexual, y también justifica que se pacten ab initio ciertos límites entre los participantes a fin de prevenir consecuencias extremas. Estas prácticas participan en cierto sentido del carácter del acto sublimatorio, pues ante la represión (autoprohibición) del acto perverso, apuntan a la pulsión a suplirlo por una representación más o menos convincente en el que las características individuales del partenaire no resultan importantes.

 

          Si se analizan las historias de quienes han desarrollado distintas perversiones (sadismo, masoquismo, voyeurismo, exhibicionismo, etc.) es casi seguro que se encontrará como elemento común a todas ellas un episodio que refiere una primera experiencia sexual incompleta, o por lo menos defectuosa.

 

          De lo hasta aquí expuesto se puede concluir que, en una forma u otra, la sublimación es la vía más satisfactoria para eludir la frustración provocada por la contradicción del deseo y proporcionar un destino a la pulsión; también en muchos casos su producto tiene un valor social, ya sea que surja como alternativa a la perversión impropia o –como en la obra de arte- que derive de la perversión propiamente dicha de su autor. En cambio, la perversión como escape funciona en forma parcial, generalmente restringida al ámbito de las conductas sexuales, y solo genera el goce a condición de ser repetida indefinidamente con una misma modalidad.

 

 


 

                                                  Capítulo 19

                            EL LÍMITE Y LAS FORMAS DEL GOCE

 

          El concepto de “límite” puede definirse como el punto o la línea que señala el fin o término de una cosa no material que no debe o no puede sobrepasarse y también como una línea real o imaginaria que marca el fin de una superficie o cuerpo y determina su separación de otras entidades. En el ámbito conductual, los límites naturales son aquellos determinados por las leyes de la física, las que no pueden ser violadas por ninguno de los seres existentes conocidos. Una conducta determinada será posible sólo si sigue y respeta las leyes naturales: cualquier intento en otro sentido está condenado al fracaso y sus consecuencias son casi siempre perjudiciales para el individuo.

 

          Al observar el mundo animal se advierte que la conducta de sus integrantes se adapta en general a las leyes físicas con total naturalidad; cuando así no sucede, el individuo que intenta una acción inadecuada al medio en el que vive sufre un daño más o menos importante, o -en el peor de los casos- perece. La principal causa de esta adaptación al medio es la selección natural: solo sobreviven y se reproducen los sujetos capaces de utilizar estrategias congruentes con las exigencias determinadas por las leyes naturales. Cada especie aplica entonces una serie de reglas que se trasmiten entre las generaciones; éstas han surgido por selección natural a partir de la continuidad de aquellas estrategias exitosas que permiten la supervivencia y la eliminación de otras ineficientes que la perjudican, y su función es determinar los límites entre lo que cada individuo debe hacer y lo que debe abstenerse aún cuando pudiera hacerlo para no sufrir un perjuicio o perjudicar a su especie.

 

          Se puede considerar entonces que el individuo animal sigue determinadas reglas técnicas –algunas de origen innato y otras improntadas- cuyo incumplimiento generalmente trae como consecuencia la imposibilidad de lograr un determinado propósito y el consiguiente perjuicio que esto produce. En las especies inferiores los individuos son incapaces de tener algún tipo de conciencia de la existencia de tales reglas y desarrollan las estrategias correctas en forma automática. A medida que se asciende en la escala evolutiva –por ejemplo, algunas aves, mamíferos y en especial animales domésticos- se encuentran casos en los que el sujeto, aunque no puede formular la regla, es consciente sin embargo de que la está violando cuando se da el caso. El ser humano, al poseer el don del habla, puede formular en forma expresa la regla de la que se trate: cuando ésta es aceptada por su comunidad se convierte en una norma. Si bien es cierto que la mayor parte de las conductas del hombre se originan en improntas al igual que sucede en los demás animales, debido a la complejidad de la actividad humana provocada por la existencia del lenguaje hablado y la aparente dialéctica del deseo, algunas veces no basta con la mera improntación temprana de una conducta y se requiere además obediencia consciente a una regla expresa.

 

          En resumen, los obstáculos que representan las leyes naturales, las improntas primarias que instauran prohibiciones y las normas establecidas por la sociedad que determinan las conductas prohibidas constituyen un todo que limita la cantidad y variedad de conductas que el sujeto puede ejecutar: cualquier iniciativa debe ceder ante la presencia de un límite. Como se puede advertir, el sistema es más complejo que el que rige para los animales en su estado natural, pues éstos solo se ven sometidos a los límites determinados por estrategias innatas o adquiridas mediante improntación.

 

          El sujeto humano cuenta con una ventaja evolutiva que consiste en la capacidad de posponer la satisfacción inmediata de una necesidad actual con el objeto de satisfacer otra necesidad más importante en el futuro.  En otras palabras, el individuo puede privarse de un placer o tolerar una situación de dolor ante la perspectiva de experimentar un placer aún mayor o a evitar un dolor aún más intenso en el futuro. Las ocasiones en las que utilizará esta estrategia están determinadas a priori por improntas primarias que establecen prohibiciones y constituyen un límite. El conjunto de normas que establecen dicho límite forman parte del inconsciente del individuo y constituyen lo que Freud definió como el superyó.

 

          Esta capacidad de posponer una satisfacción actual para obtener después otra de mayor importancia tiene por objeto la obtención de logros que requieren conductas más complejas que las que el resto de los animales son capaces de desarrollar y hace que la especie humana progrese como ninguna otra en el planeta; la evolución ha provisto al hombre de un instrumento que posibilitó el desarrollo de las habilidades específicas que le han permitido interactuar en forma dialéctica con su medio y con la sociedad que integra transformando a ambos. Pero tal progreso requiere que en ciertos casos algunos límites sean modificados o superados; la rápida evolución de la humanidad se debe a una constante modificación y un eventual reemplazo de paradigmas, y para esto es necesario que algunas de las reglas que los constituyen sean transgredidas. Los límites normativos impuestos mediante las improntas primarias son constitutivos del campo del sujeto y generalmente son casi imposibles de modificar, pero si no admitieran un cierto grado de flexibilidad sería imposible cualquier tipo de progreso que no fuera el que se produce en las especies animales por obra de la selección natural a través de las generaciones. El individuo humano posee así la capacidad de evolucionar durante el término de su propia vida.

 

          Tanto en el individuo animal como en el humano, cualquier acto requiere de una iniciativa que ponga en marcha su ejecución. Para generar dicha iniciativa la naturaleza podría haber creado un sistema en el que la simple necesidad al reflejarse en forma de carencia impulsara al individuo a actuar para satisfacerla, pero la evolución eligió otro camino que consiste en premiar la actividad destinada a ese efecto. En el cerebro, la dopamina es el neurotransmisor que desempeña la función de recompensar la iniciativa que impulsa al sujeto a buscar la satisfacción de una necesidad al dar lugar a sentimientos de placer que lo motivan a realizar ciertas actividades. La actividad dopamínica que se produce ante determinados estímulos orienta y mantiene la atención del sujeto sobre el objetivo que provoca dichos estímulos. La dopamina premia la iniciativa que lleva a buscar una recompensa dando lugar a satisfacciones abstractas y generalmente inconscientes que motivan al sujeto a realizar ciertas actividades; en tal sentido, el goce es la recompensa inconsciente que proporciona la ejecución de una conducta mediante la que no se satisface ninguna necesidad actual. Es conveniente aclarar que en el caso del ser humano no son las cosas reales percibidas las que provocan la reacción, sino sus representaciones.

 

          Los mecanismos de acción de los demás neurotransmisores son complejos y actualmente poco conocidos, pero se ha comprobado que la dopamina parece concentrarse en áreas del cerebro contiguas a los lugares de mayor secreción de endorfina, y que cuando la función de la dopamina disminuye, también disminuye la función de la endorfina. Esta relación puede justificar el hecho de que la actividad dopamínica produzca placer y disminuya el dolor. Lo que se sabe sobre la dopamina en cuanto a su papel en la motivación, el deseo y el placer, se obtuvo de estudios realizados en animales. Las ratas privadas de niveles normales de dopamina no vieron disminuido el placer de consumir del alimento, pero sí el deseo de comer. En otro estudio, ratones con la dopamina incrementada mostraron un mayor deseo, pero un menor gusto por recompensas agradables, lo que prueba que la dopamina señala la anticipación de la obtención de la recompensa más que referir a la recompensa misma. Se ha comprobado que a medida que aumenta la concentración de dopamina en el cerebro también aumenta la capacidad mental de reconocimiento de patrones; este proceso es generador de iniciativas en el individuo humano.

 

          Kelly McGonigall, profesora de la Universidad de Stanford, ha descripto con acierto los efectos de la dopamina y su utilidad: “La oleada de dopamina te señala ese nuevo objeto de deseo como algo vital para sobrevivir. Cuando la dopamina hace que te llame la atención, la mente se obsesiona por conseguir o repetir cualquier cosa que la haya activado. Es la trampa de la naturaleza para asegurarse de que no vayas a morirte de hambre por no molestarte en coger ni una baya y de que la raza humana no se extinga porque seducir a una posible pareja parezca darte demasiado trabajo. A la evolución no le importa lo más mínimo nuestra felicidad, pero usa la promesa de alcanzarla para que sigamos esforzándonos para mantenernos vivos. La promesa de la felicidad —y no la experiencia directa de felicidad— es la estrategia del cerebro para que sigas cazando, recolectando, trabajando y cortejando”. Las pruebas realizadas con animales demuestran que habitualmente un individuo con niveles normales de dopamina se esfuerza por conseguir una recompensa más valiosa que la que ya ha conseguido, lo que implica necesariamente que deberá incrementar su esfuerzo. Pero cuando los niveles de dopamina son inferiores a los normales, el animal deja de esforzarse y toma el alimento que le resulta más fácil; elige el trayecto conocido y seguro, pues desaparece la motivación para buscar uno nuevo. En el caso concreto de la adicción a drogas, la actividad dopamínica aumenta durante el proceso previo de anticipación en el que el animal debe hacer algo para obtener la dosis, pero no influye en la sensación que percibe cuando la toma. La dopamina estimula la perseverancia, la constancia y la voluntad.

 

          El individuo es consciente del placer que genera la satisfacción de una necesidad, pero no del proceso que recompensa la iniciativa, pues éste se produce a nivel inconsciente y solo puede percibirse en algunas ocasiones a través de ciertos efectos: entusiasmo, ganas, ansiedad, gozo, etc.

 

          Para comprender en su totalidad la actividad y los efectos de la dopamina en la conducta humana es necesario tener en cuenta el mecanismo contradictorio del deseo. En el individuo animal se da un proceso que tiende a conseguir la satisfacción de una necesidad generando una iniciativa ante cualquier estímulo que indique que existe tal posibilidad; en el sujeto humano dicho proceso se extiende al plus que constituye el aparentemente contradictorio objeto del deseo.

 

          En la mecánica del deseo, el goce busca la flexibilización del límite impuesto por una impronta de prohibición. Tal iniciativa transgresora se origina en otra impronta de habilitación congruente con la trama de un episodio que integra el rol vital del individuo y en consecuencia siempre se relaciona de algún modo con la falta. Ésta representa una necesidad insatisfecha y también la negación de la atención reclamada al otro y es siempre congruente con la trama de un episodio que integra el rol vital del sujeto. Slavoj Žižek, lo expresa con las siguientes palabras: “El goce en sí, que nosotros experimentamos como transgresión, es en su estatuto más profundo algo impuesto, ordenado; cuando gozamos, nunca lo hacemos espontáneamente; siempre seguimos un cierto mandato. El nombre psicoanalítico de ese mandato obsceno, de este llamado obsceno: - ¡goza! - es superyó.” (Žižek, 1998: 22). Como ya se explicó, al dirigir el sujeto su reclamo a un otro que no la va a satisfacer, la demanda se mantiene vigente en forma indefinida.

 

     En consecuencia, la posibilidad de transgresión de un límite determinado por una impronta está determinada por otra impronta de sentido contrario. La iniciativa se dispara ante la debilidad de un límite cuando existen improntas contradictorias sobre un mismo tema: una de prohibición y otra de habilitación. Esta última, al actualizarse disparando la iniciativa y produciendo un goce, prevalece al final sobre la primera; durante el proceso la actividad dopamínica compite con la norepinefrínica hasta superarla y así impulsar al sujeto a concretar la transgresión. En consecuencia, durante ese lapso el goce, el estrés, el miedo y la culpa pueden coexistir.

 

     Mientras la perspectiva de la imposibilidad de conseguir el objeto induce al llanto o un acto del partenaire es causa de aflicción, el efecto dopamínico persiste, pues es generado por la pulsión excedente en tanto se produce el fenómeno paradojal de la contradicción del deseo que mantiene vigente la demanda. Cuando la situación que genera una consecuencia negativa forma parte de un episodio relacionado en forma directa con el plus del deseo, la pulsión persiste y el goce continúa a pesar del sufrimiento: es el fenómeno que se conoce como goce masoquista, en el que el sujeto sufre y goza a la vez. Freud, en “Más allá del principio de placer”, al abordar el masoquismo en el marco de la repetición, ya había notado que paradójicamente “el displacer (Unlust) para un sistema trae satisfacción (Befriedigung) a otro”. Para que este goce masoquista subsista en una relación intersubjetiva es necesario que la recompensa inconsciente producida por la actividad dopamínica supere al disgusto consciente que la situación le genera al sujeto pasivo. 

 

          El recurso que consiste en posponer la satisfacción actual para aumentar la posterior mediatizando la consecución de un objeto habitualmente conduce a resultados satisfactorios cuando se siguen improntas no contradictorias; pero en los casos en los que interviene la contradicción del deseo y hace imposible la consecución de su objeto, la reiteración de tales episodios puede hacer que la mediatización en sí misma termine siendo causa del goce. Éste es la recompensa inconsciente que proporciona la ejecución de una conducta mientras no se satisface ninguna necesidad; el hecho de no obtener el objeto del deseo después de varios intentos hace que el sujeto sustituya el placer que debería causar la satisfacción por la recompensa que provoca el goce. De esto se puede deducir que cuando la dopamina gratifica una posibilidad, estamos ante un goce normal; cuando gratifica una imposibilidad, el goce es patológico.

 

          La principal estrategia que garantiza la continuidad del guión vital consiste en mantener el deseo insatisfecho. Para esto existen distintos modos, y algunos de ellos son de naturaleza neurótica. En la histeria se mantiene al objeto alejado, el neurótico obsesivo sitúa a su deseo como imposible o lo somete a condiciones que lo tornan así, el fóbico lo conserva a salvo con técnicas evitativas, etc. En tal caso, la diferencia entre deseos prohibidos y deseos permitidos -o incluso ordenados- es secundaria: el goce surge de emitir una demanda en el vacío –generalmente en forma independiente de la respuesta del otro- a fin desarrollar el rol que impone el guión vital. La suspensión de la incredulidad es condición necesaria e indispensable para conseguir el goce en el esquema contradictorio de la falta y del deseo: a tal efecto, la dopamina sobreestimula los circuitos de recompensa a la vez que disminuye la función de análisis crítico que se ejecuta en el lóbulo prefrontal: esto impide el registro consciente del proceso que acontece en la realidad primaria, y en casos extremos lleva al sujeto a “perder la cabeza” y actuar en contra de sus propios intereses. El goce persiste mientras el sujeto inmerso en su realidad secundaria imagina que puede obtener una satisfacción que no se dará en la realidad primaria. El exceso de actividad dopamínica puede intensificar nuestros deseos al punto de tornarlos obsesivos provocando un empecinamiento inútil en casos en los que el objeto reclamado nunca será obtenido.

 

          La falta de actividad dopamínica inhibe la iniciativa y su exceso disminuye la función de la corteza prefrontal: una homeostásis eficiente consistirá en una razonable oscilación periódica entre ambos estados. Teniendo en cuenta que la imposibilidad de obtener un objeto obliga al sujeto a tomar otro camino (en esto consiste el progreso), cuando se trata del objeto del deseo la única vía exitosa es la sublimación.

 

 

                                                  Capítulo 20

                                             LA CONTINUIDAD

 

          En el ser humano algunas funciones mantienen una actividad continua desde el nacimiento hasta la muerte. Su regulación depende principalmente del sistema endocrino en el cuerpo y de los neurotransmisores en el cerebro, pero se desconoce cuál es el mecanismo que las impulsa a mantenerse en funcionamiento si es que éste existe.

 

          La psicología freudiana atribuyó a la pulsión ese efecto más o menos continuo que consiste en promover determinadas conductas, pero no logró determinar su origen ni la definió con exactitud. Freud utilizó la palabra trieb como un concepto básico convencional y lo llenó de contenido, pero al intentar desarrollarlo generó múltiples inconsistencias al utilizar términos provenientes de la física (energía, fuerza, impulso, tensión) que al ser aplicados a la actividad psíquica se confunden o se contradicen. Se puede conjeturar que en realidad el maestro vienés estableció la pulsión como una hipótesis ad hoc por resultar útil a los fines de dar coherencia a su teoría sin entrar a analizar las posibles anomalías que este concepto presentaba en sí. Si se acepta que una teoría capaz de explicar el funcionamiento de la psiquis requiere de la hipótesis de la pulsión como postulado necesario, la definición de ésta debe derivar de conceptos pertenecientes a las ciencias de la etología y de la psicología.

 

          Como ya se explicó, en los seres vivos el elemento dinamizador de sus procesos vitales es la homeostasis, definida como la tendencia general de todo organismo a buscar el restablecimiento del equilibrio interno que se efectúa mediante un proceso de feed back o realimentación negativa cada vez que se produce una alteración. Se puede definir la realimentación o feed-back como el proceso en virtud el cual, al realizarse una acción, se realimenta a la vez la acción sucesiva. Existen dos tipos de realimentación:

 

· la positiva, que amplifica la acción que le da origen.

 

· la negativa, que al reducir la variación en cuanto a una norma preestablecida ayuda a mantener la estabilidad en un sistema a pesar de los cambios externos.

 

Esta última es la que mantiene la homeostasis, lo que se puede ilustrar con un ejemplo: cuando en un organismo animal disminuyen las reservas de energía, la variación respecto al nivel ideal de ésas provoca la necesidad de alimentarse para devolverlas a su punto óptimo y la satisfacción detiene el proceso de alimentación. En este esquema, la acción y su posterior interrupción se originan en las sensaciones de necesidad y de satisfacción respectivamente, las que actúan como señales que inician y detienen la acción del animal en cada caso. Estas conductas básicas no deben considerarse como instintivas, ya que son comunes a todo organismo viviente; el instinto determina las modalidades a las que recurre -o no- el animal para obtener satisfacción, pero la necesidad tiene un origen orgánico.

 

          En el individuo humano el proceso que determina su conducta no es tan simple, pues a la dupla necesidad / satisfacción se le suma la mecánica del deseo. La realimentación en este caso funciona en dos sentidos: en cuanto a la satisfacción de su necesidad, el proceso es idéntico al que rige la homeostasis en los animales, pero cuando se trata de la satisfacción del deseo el proceso es más complejo, pues la demanda incluye un plus que consiste en una necesidad que no se puede satisfacer. Esto hace que la señal que debería detener la conducta que el individuo ejecuta se emita incompleta y deje subsistente la búsqueda de la satisfacción del plus en el que el deseo excede a la necesidad. En este caso la realimentación pasa a ser positiva; este mecanismo hace que la variación produzca el efecto de reforzarse a sí misma. Se genera así un estímulo constante que por lo general impide que el sistema llegue a un punto de equilibrio y lo lleva más bien a uno de saturación.

 

          Si bien este proceso prima facie aparenta ser perjudicial para cualquier organismo, hay que analizar su función como estrategia de supervivencia en el ser humano: al provocar la pérdida de estabilidad conduce al cambio y amplifica así las posibilidades creativas, resultando por ello la condición necesaria para incrementar la evolución en tanto sea capaz de crear nuevos puntos de equilibrio. Algunas veces resulta conveniente que ante determinados cambios externos un sistema modifique en cierto grado su estructura básica; este proceso de desviación-ampliación permite la adaptación, el crecimiento y el cambio, aunque también puede causar daños al sistema si va más allá del punto óptimo. La realimentación negativa activa los mecanismos de defensa de la estabilidad de la estructura, mientras la positiva produce lo contrario, a veces hasta el punto de que su acción repetida puede hacer colapsar el sistema; en tal caso, éste se verá obligado a reorganizarse de acuerdo a un nuevo paradigma que permita integrar y volver a ordenar los elementos introducidos como consecuencia de los cambios a los que la estructura ha sido sometida, en un proceso asimilable al insight.

 

          Resultando entonces que la homeostasis es un principio rector de la conducta viviente por el que todos los organismos se esfuerzan para mantener y restablecer estados constantes esenciales, y aceptando la afirmación de Lacan de que toda pulsión es originada a partir de una falta, se puede reformular el concepto del siguiente modo: la pulsión en el individuo humano es una señal que se origina en una demanda y subsiste activa en la porción en la que ésta última no resulta satisfactible. Esta relación de la falta originaria con la dinámica de la pulsión explica la tendencia al predominio del rol originario y su permanencia a través de la vida del individuo. En consecuencia, la función de la pulsión es impulsar al sujeto a introducirse en la próxima situación que debe suceder a la actual a fin de dar continuidad a su rol vital y el destino de toda pulsión es determinado por la realidad personal, pues depende de la naturaleza de las exigencias de dicho rol en cada momento de su ejecución.

 

          Como ya se ha visto en el capítulo 18, la perversión impropia, la perversión propiamente dicha y la sublimación son las vías por las que se descarga el impulso pulsional; todas ellas tienen origen inmediato o mediato en improntas primarias que establecen las modalidades que revestirá el mecanismo del deseo en cada individuo. El acto fallido y el síntoma cumplen la función de preservar el destino de la pulsión al reorientar la conducta en función del rol a desarrollar. 

 

          La pulsión, al desplazarse y actuar, cumple la tarea de dinamizar el rol vital del individuo al impulsarlo de un episodio a otro; dado que la conclusión de dicho rol vital se produce con la muerte, es necesario precisar la relación de ésta con la pulsión o con la falta de ella.

 

 

                                                    Capítulo 21

                           SALUD, ENFERMEDAD Y SUPERVIVENCIA

 

          En su definición más simple según el modelo médico tradicional, salud es la existencia de una serie de condiciones físicas propias en que se encuentra un ser vivo que le permiten ejercer con normalidad todas sus funciones. La enfermedad -entendida como ausencia de salud- es entonces la falta de una o varias de dichas condiciones físicas y sus efectos se manifiestan en la disminución o cese del ejercicio de una o más funciones en un momento determinado de la vida del sujeto.

 

          Según el grado en que afecta el normal funcionamiento del individuo, la enfermedad puede producir una simple molestia, una incapacidad más o menos importante, o –en los casos más graves- la muerte. Las posibilidades de evolución de la enfermedad que se presentan son: la remisión, la cura, la cronicidad y la muerte.

 

          Es necesario analizar ahora la función que cumple la enfermedad en la vida de los animales desde un punto de vista exclusivamente evolutivo. La evolución de una especie mediante la selección natural solo puede ocurrir si hay una renovación de las generaciones. Mediante la reproducción pueden aparecer variaciones causadas por el entrecruzamiento de genes: éstas proporcionan nuevas características a un individuo que puede así adaptarse mejor a su medio ambiente en perpetuo cambio. La muerte permite precisamente esta renovación de las generaciones porque los individuos más viejos mueren para dejar lugar a los más jóvenes. Con tal objeto, la existencia de todos los seres vivos sigue la secuencia nacimiento > reproducción> muerte.

 

          Como ya se expresó en el capítulo 2, la selección natural favorece las mutaciones genéticas que aumentan las probabilidades de supervivencia de una especie. Una nueva característica que aparezca en un individuo se repetirá en la próxima generación si resulta exitosa porque el animal sobrevive y se reproduce; si la modificación falla como estrategia de supervivencia, esta característica desaparecerá con la muerte del sujeto. Su eliminación previa a la etapa reproductiva tiene como objeto y consecuencia evitar la proliferación de individuos ineptos que consumirían una parte de los recursos naturales destinados a la subsistencia de la especie. La muerte de los individuos que se produce después del periodo reproductivo tiene el mismo efecto, ya sea que se deba a un accidente, a la acción de un depredador, a una enfermedad o al envejecimiento. 

         

          Todo individuo vivo está condenado a extinguirse por un deterioro progresivo de la casi totalidad de las funciones del organismo por el transcurso del tiempo; este proceso, denominado senectud o envejecimiento, es una secuencia estocástica o programada de daños que hacen que el organismo desempeñe sus funciones vitales con menos eficacia y pierda en forma paulatina su capacidad de homeostasis; la probabilidad de que el organismo deje de vivir aumenta a medida que trascurre el tiempo. 

 

          Pero si aceptamos la hipótesis de que la función de la enfermedad es causar directamente la muerte del individuo o exponerlo en un mayor grado a las contingencias del medio ambiente para inducir en forma indirecta el mismo resultado, dejamos sin explicación el fenómeno de la cura. Las enfermedades que sufre el ser humano se pueden clasificar a grosso modo según su origen en tres tipos:

 

· Genéticas:

El individuo presenta una condición patológica causada por una alteración del genoma, es decir, por una mutación que conspira contra su supervivencia.

 

· Endógenas:

Son las atribuibles a una alteración del metabolismo del individuo, e incluyen las siguientes:

Metabólicas

Degenerativas

Autoinmunes

Inflamatorias

Endocrinas

Mentales

 

· Exógenas

Son las atribuibles al efecto de la acción directa del agente sobre el individuo, e incluyen las siguientes:

Infecciosas

Parasitarias

Venéreas

Tóxicas

Traumáticas

Alérgicas

Iatrógenas

Ambientales

Profesionales

Mecanoposturales

 

          Esta somera clasificación es –como todas- convencional, pues algunas enfermedades (v. g. neoplásicas, idiopáticas, psicosomáticas, alérgicas, mecanoposturales, etc.) exhiben una etiología multifactorial, pero conviene adoptarla pues resulta útil para explicar el fenómeno de la cura desde el punto de vista evolutivo.

 

          Si se plantea la hipótesis de que la aparición de nuevas características a través del paso de las generaciones en algunos individuos tiene por fin la adaptación de la especie a las modificaciones del medio ambiente, se debe tener en cuenta que éstas pueden ser de distinta magnitud, intensidad o duración. Hecha esta distinción, se advierte que no todo cambio amerita la extinción de determinados individuos a favor de la supervivencia de la especie: cuando la situación adversa no reviste mayor importancia o es de corta duración y resulta poco probable que se repita, no se justifica la desaparición de individuos que en general resultarían aptos en las restantes condiciones medioambientales. En consecuencia, los individuos víctimas de una enfermedad exógena que potencialmente podría llevarlos a la muerte tienen la oportunidad de superarla exitosamente si las condiciones vuelven a un estado de relativa normalidad en un lapso prudencial. Basándose en el análisis precedente se puede intentar conjeturar la función evolutiva que tienen las enfermedades endógenas.

 

          En algunas especies animales se observan casos en los que la muerte de los individuos se produce inmediatamente después de la etapa reproductiva. El salmón del pacífico (Oncorhynchus nerka) tiene una longevidad de aproximadamente cuatro años; momentos después de haber procedido a su reproducción inicia un proceso de envejecimiento acelerado y muere a los pocos días. Este proceso post reproductivo se caracteriza por una elevación de los niveles de hormonas esteroideas (cortisol) que inducen la rápida degeneración de diversas glándulas y órganos (v. gr. tiroides, hipófisis, riñones, estómago, etc.), lo que ocasiona la muerte del pez por fallo multiorgánico.

 

          En el caso de los antequinos o ratones marsupiales dentones (antechinus), los machos de la especie mueren después de la época de celo debido al estrés ocasionado por la competición y las agresiones entre ellos por conseguir aparearse y la hiperactividad a que están sometidos durante la época de cría. El estrés excesivo parece anular la capacidad inmunitaria del antequino predisponiéndolo a procesos parasitarios hemáticos e intestinales, así como a infecciones recurrentes que acaban con la vida del animal. Se ha comprobado que los machos de antechinus swainsonii cuando son capturados después de la época de celo, mueren a la vez que los machos de su población que quedan en libertad; pero cuando la captura tiene lugar en una etapa anterior, pueden vivir más de dos años y medio en cautividad. En esta especie, además del estrés provocado por las relaciones con sus congéneres de ambos sexos, se ha comprobado que el macho no se alimenta durante la época de apareamiento, lo que colabora a la debilitación del sistema inmunitario.

 

          En ambos casos, los individuos ya han cumplido su cometido al reproducirse: si continuaran viviendo consumirían una parte de los recursos naturales limitados destinados a la subsistencia de la especie. La función de estas afecciones que ya vienen previstas en la programación genética -y la de otras enfermedades endógenas que se presentan en una etapa posterior a la reproductiva- consiste en reducir la especie al número de individuos óptimo para asegurar su continuidad.

 

          De lo expresado se puede concluir que la enfermedad es parte de un sistema de regulación muy amplio que está al servicio de la evolución de las especies.

 

 

 

                                                  Capítulo 22

                             LA ENFERMEDAD COMO SÍNTOMA

 

 

          En el capítulo 17 se ha definido el síntoma y se ha establecido su relación con la autoprohibición, la autoimposición, la culpa, el autocastigo y la orientación de la pulsión. Partiendo de la hipótesis allí expuesta, es posible analizar las funciones de la enfermedad en el ser humano y concluir que, aún cuando coinciden en términos generales con las funciones evolutivas descriptas en el capítulo anterior, en ciertos casos las exceden a causa de la particular constitución de la psiquis humana.

 

          Los principios generales allí citados son aplicables a las especies animales más primitivas sin excepción alguna, pero con la aparición de las aves sobre el planeta surge una importante modificación orgánica: comienza a desarrollarse el mesoencéfalo. Esta mejora evolutiva encuentra su razón de ser en que estas nuevas especies comienzan a ocuparse de la cría de sus vástagos y tal tarea requiere modificaciones que se relacionan con la interacción con sus congéneres con los que deben vincularse en formas más complejas; a las simples relaciones esporádicas que tenían por único fin el acto reproductivo se suman nuevas conductas que constituyen un rudimentario orden social.

 

          Tanto si se considera que el cerebro evolucionó según las exigencias que le impuso el medio como si se sostiene que la evolución del cerebro dio origen a estrategias novedosas que  permitieron a las nuevas especies una mayor adaptación ambiental, es innegable que la incorporación del campo de lo afectivo proporcionó una estructura más compleja que hizo posible a los integrantes de las nuevas especies actuar en conjunto en una forma diferente a la que hasta ese momento lo habían hecho  los insectos sociales. Mientras que en las sociedades formadas por éstos últimos las conductas están determinadas  en forma íntegra por estrategias basadas en estructuras innatas que se mantienen inmutables a través de las generaciones sin que ningún individuo pueda modificarlas per se, en las especies en las que las relaciones entre los individuos son determinadas por un componente afectivo –por más rudimentario que éste sea- aparecen nuevas opciones que pueden incluir algunas variaciones en función de las distintas circunstancias ambientales. La ventaja evolutiva que esta novedad proporciona consiste en que no se producirá en forma necesaria la desaparición de una especie o un grupo, sino que -en ciertas circunstancias y a los fines adaptativos- bastará la extinción de los individuos que presenten en su conducta variantes desfavorables y la supervivencia de los que desarrollen estrategias adecuadas a las nuevas circunstancias ambientales.

 

         En el caso de las enfermedades, el sistema expuesto en el capítulo anterior –que fundamenta su función evolutiva- se conserva y además se amplía a causa de los nuevos elementos que se introducen con la inclusión del campo de lo afectivo. Para no abundar en ejemplos, basta mencionar los casos de las aves que no pueden vivir en cautiverio o las que mueren de tristeza al perder a su pareja. Por más que esto pueda resultar conmovedor, la realidad es que la muerte se debe a que estos individuos ya no son capaces de continuar cumpliendo su cometido como miembros de su especie y por ello la naturaleza los considera prescindibles; desde un punto de vista meramente biológico, en su deceso siempre se reconoce como causa inmediata alguna enfermedad.

 

          Mientras que en las aves resulta en general poco frecuente encontrar este tipo de episodios, en los mamíferos aumentan las probabilidades de hallarlos. El desarrollo en éstos del neocortex, que es el área del cerebro que controla las emociones y las capacidades cognitivas -memorización, concentración, autorreflexión, resolución de problemas, habilidad de escoger el comportamiento adecuado-, ha jugado un papel importante en la evolución incrementando funciones como la percepción sensorial, la generación de órdenes motrices, el razonamiento espacial, el pensamiento consciente y -en los humanos- el lenguaje. Esto se debe al aumento de la capacidad para generar, modificar y regular el amplio número de conexiones interneuronales y conformar así una estructura dinámica funcional capaz de regular y dirigir el flujo de información establecido entre los distintos circuitos neuronales existentes. El neocortex está más desarrollado en los primates en general; los investigadores Aiello y Dunbar afirman la existencia de una relación directa entre su tamaño y la cantidad de miembros que forman los grupos sociales, pues mientras más grandes son los grupos sociales, mayor es el neocórtex. Esto da un indicio de que el desarrollo y evolución del neocórtex (y de la inteligencia) fue impulsado principalmente por la necesidad de mantener relaciones sociales complejas (como la cooperación, la competencia, la alianza, el engaño, etc.). 

 

          El ser humano -por ser la máxima expresión del desarrollo de los primates- presenta el sistema de determinación y elección de conductas más complejo que se conoce. Su base biológica está constituida por tres secciones del cerebro. El llamado cerebro reptil -integrado por el tronco del encéfalo y el cerebelo- controla las funciones autonómicas (respiración, latido del corazón, sueño, etc.) los músculos, el equilibrio y los comportamientos instintivos necesarios para sobrevivir. El sistema límbico está integrado por seis estructuras: el tálamo (placer-dolor), la amígdala (nutrición, oralidad, protección, hostilidad), el hipotálamo (cuidado de las crías, característica sobresaliente en los mamíferos), los bulbos olfatorios, la región septal (sexualidad) y el hipocampo (memoria de largo plazo); allí se dan los procesos emocionales y los estados del ánimo (calidez, amor, gozo, depresión, odio, etc.). El neocortex (corteza cerebral) cumple la función de regular parcialmente la actividad de las dos secciones antedichas que controlan la reflexión y razonamiento consciente). Si bien es cierto que actualmente se considera a cada una de estas secciones como responsable de determinadas funciones de la vida física y psíquica del ser humano, la realidad es que todas ellas trabajan en permanente interacción y los resultados de esta labor de conjunto son los que determinan los avatares de la vida: las relaciones intersubjetivas, las emociones, los sentimientos, las decisiones, los éxitos, los fracasos, las enfermedades y la muerte.

 

          Al describir en el capítulo 17 la naturaleza y función del síntoma utilizamos esta palabra dándole el significado y el sentido en el que la psicología clásica la aplica, es decir, la definimos como una formación transaccional o de compromiso del inconsciente entre fuerzas opuestas en conflicto que generalmente origina un acto nocivo o inútil que el sujeto realiza contra su voluntad y cuya ejecución le causa sufrimiento; pero en el ámbito de la medicina se define al síntoma como el fenómeno que revela una enfermedad física. Esta diversidad de conceptos obliga a determinar la relación en la que se hallan el síntoma y la enfermedad para la psicología etológica: dentro del género “síntoma”, la enfermedad física es una especie, salvo en aquellos casos en los que se origina en forma directa e inmediata en un cambio drástico e insalvable del medio ambiente. El concepto de síntoma incluirá así, además de las referidas enfermedades físicas, las afecciones psicológicas o psiquiátricas que no tengan origen congénito, los actos fallidos y los accidentes que se producen a causa de éstos.

 

          Lo anteriormente expuesto lleva a la conclusión de que la mayoría de las enfermedades físicas son síntomas de origen psíquico que se manifiestan como somatizaciones, definidas éstas como “cualquier afección corporal que surge o se incrementa en respuesta a factores psicológicos o situacionales” de acuerdo a la medicina tradicional. Esta afirmación puede ser ilustrada con varios ejemplos. Una respuesta emocional puede ser perjudicial a largo plazo constituyéndose en un factor que, en convivencia con otros más específicos, desencadenará enfermedades. En este sentido, son altamente significativos los trabajos que prueban la relación entre las emociones y las disfunciones inmunológicas, la aparición de cáncer o la enfermedad coronaria. Un ejemplo es la miocardiopatía de takotsubo, conocida como disfunción apical transitoria, discinesia apical transitoria, miocardiopatía inducida por estrés o simplemente miocardiopatía por estrés, que es un tipo de miocardiopatía no isquémica en la que se produce un repentino debilitamiento temporal del miocardio. Debido a este debilitamiento -que puede ser desencadenado por estrés emocional como en el caso de la muerte de un ser querido- la enfermedad es conocida también como síndrome del corazón roto. En estos casos, el paciente usualmente presenta una historia con reciente estrés físico o emocional severo. Las enfermedades transmitidas por contagio también se encuentran relacionadas con el estado emocional: para que se produzca la enfermedad infecciosa no basta con la invasión del organismo por parte del agente invasor; las defensas deben ser incapaces de mantener dicho agente inactivo o eliminarlo, y está comprobado que un estado emocional negativo produce en forma casi inmediata una disminución de las defensas del organismo al alterar el funcionamiento del sistema inmunológico.

 

          Teniendo en cuenta lo expresado, la enfermedad aparece como el producto de la psiquis que tiene como fin reorientar al sujeto hacia el cumplimiento de su rol vital y eliminarlo en caso de no lo logre; en su calidad de síntoma es una señal inapreciable a los efectos de detectar los problemas que afectan la psiquis del individuo, tal como lo ejemplifica el siguiente fragmento de la obra denominada “La enfermedad como camino” de Thorwald Dethlefsen y Rüdiger Dahlke:

 

“Un automóvil lleva varios indicadores luminosos que sólo se encienden cuando existe una grave anomalía en el funcionamiento del vehículo. Si durante un viaje se enciende uno de los indicadores, esto nos contraría. Nos sentimos obligados por la señal a interrumpir el viaje. Por más que nos moleste parar, comprendemos que sería una estupidez enfadarse con la lucecita; al fin y al cabo, nos está avisando de una perturbación que nosotros no podríamos descubrir con tanta rapidez, ya que se encuentra en una zona que nos es «inaccesible». Por lo tanto, nosotros interpretamos el aviso de la lucecita como recomendación de que llamemos a un mecánico que arregle lo que haya que arreglar para que la lucecita se apague y nosotros podamos seguir viaje. Pero nos indignaríamos, y con razón, si, para conseguir este objetivo, el mecánico se limitara a quitar la lámpara. Desde luego, el indicador ya no estaría encendido y eso es lo que nosotros queríamos, pero el procedimiento utilizado para conseguirlo sería muy simplista. Lo procedente es eliminar la causa de que se encienda la señal, no quitar la bombilla. Pero para ello habrá que apartar la mirada de la señal y dirigirla a zonas más profundas a fin de averiguar qué es lo que no funciona. La señal sólo quería avisarnos y hacer que nos preguntáramos qué ocurría. Lo que en el ejemplo era el indicador luminoso, en nuestro tema es el síntoma. Aquello que en nuestro cuerpo se manifiesta como síntoma es la expresión visible de un proceso invisible y con su señal pretende interrumpir nuestro proceder habitual, avisarnos de una anomalía y obligarnos a hacer una indagación.”

 

 

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                                                  Capítulo 23

                                LA MECÁNICA DE THANATOS 

 

 

          Como se dijo en el capítulo 2, en la especie humana el fracaso de una estrategia ineficiente no produce la muerte del individuo en forma inmediata tal como ocurre en las especies animales: los variados y complejos sistemas que constituyen la sociedad civilizada disminuyen en una altísima proporción las probabilidades de que sus integrantes sucumban ante los riesgos que amenazarían su existencia si vivieran en estado de naturaleza. A cambio de esta ventaja comparativa la vida en estado civilizado crea otro tipo de riesgos que derivan de las mismas características propias del ser humano que lo distinguen como integrante de una sociedad cuya estructura está basada en esa especial constitución de su psiquis que lo diferencia de los demás animales.

 

          En su última teoría, Freud describe un tipo de pulsiones que se contraponen a la pulsión de vida y que balancean la tendencia de los organismos a hacer únicamente lo que les resultaba placentero. Éstas tienden a la reducción completa de las tensiones, es decir, a devolver al ser vivo al estado inorgánico. Se dirigen primeramente hacia el interior y tienden a la autodestrucción, y en forma secundaria apuntan también hacia el exterior, manifestándose entonces en forma de pulsión agresiva o destructiva. Esta teorización de Freud genera muchas dudas: por ejemplo, desde el punto de vista de la biología, es erróneo sostener que el concepto de “pulsión de muerte” pueda aplicarse de manera indistinta tanto a la propia muerte como a la agresión al otro, pues mientras en el primer caso conspiraría contra la supervivencia del individuo, en el segundo operaría a favor de ésta. Por otra parte, si -como se vio en el capítulo 19- la pulsión al desplazarse y actuar cumple la tarea de dinamizar el rol vital del individuo al impulsarlo de un episodio a otro del guión en el que consiste su vida, la existencia de una “pulsión de muerte” no tiene sentido, ya que ésta se produciría debido a la ausencia de toda pulsión.

 

          Si se acepta que la función de la pulsión consiste en dinamizar el rol de individuo para posibilitar el desarrollo completo de su guión vital, entonces se llega a la conclusión de que la muerte se produce cuando la pulsión ya no tiene razón de ser, y esto se da en dos casos:

 

1- La satisfacción absoluta de una necesidad esencial implicaría el fin de la díada “necesidad – satisfacción”; por lo tanto, se produciría el final del proceso vital.

 

2- La insatisfacción absoluta y definitiva de una necesidad esencial implicaría lo mismo. 

 

          Estos son los dos extremos en los que la pulsión produciría la muerte. Por lo tanto, desde la perspectiva de la mecánica del deseo, la pulsión actúa a favor de la continuidad vital con mayor intensidad en la franja intermedia en la que el sujeto persigue el objeto de su deseo percibiéndolo como posible sin haberlo alcanzado aún. La extinción del deseo al conseguir su objeto traería como consecuencia la extinción de la pulsión en tanto ésta se genera en el plus de la demanda.

 

          En este punto conviene abordar el tema del objeto del deseo. Lacan sostiene que tal objeto no existe, pues el deseo es una demanda pura de amor dirigida al otro. Si se acepta que esta demanda nunca va a ser satisfecha, su conclusión es correcta; pero si se examina la cuestión teniendo en cuenta la realidad personal del individuo -quien cree de buena fe que su demanda tiene un objeto posible- se debe analizar qué posición puede tomar éste al respecto. El sujeto supone o espera que lo que demanda le será otorgado más tarde o más temprano; cuando no resulta satisfecho lo atribuye a que lo que ha obtenido hasta el momento no es suficiente -o no es precisamente lo que demanda- sin ser consciente de que lo que está demandando es un absoluto. No debemos olvidar que esto sucede sólo en el campo del deseo, es decir, cuando una demanda efectuada en el transcurso de su relación primaria ha fallado en la obtención del bien necesario para la satisfacción de una necesidad pero ha sido exitosa en obtener la atención del otro; en la mayor parte de los casos, ambas necesidades del sujeto han sido satisfechas sin que se haya generado ningún plus que pueda generar un deseo.

 

          Al desarrollar el tema de la sublimación se determinó que, si la impronta primaria y la secundaria que generan el acto sublimatorio resultan consistentes, la conducta en cuestión será desarrollada con sus modalidades particulares, y si el producto de la sublimación –cuya oferta es equivalente a una demanda- es aceptado por la comunidad, el individuo alcanzará el éxito y se sentirá realizado. Si éste resulta completo y no existe otra demanda que permanezca insatisfecha, no habrá un plus que genere una pulsión y es de esperar que la vida del individuo concluya allí.

 

          Esta afirmación puede parecer poco verosímil porque entra en aparente contradicción con algunos principios del sentido común: a fin de ilustrarla con un ejemplo práctico, servirá el relato de la siguiente anécdota que relató un jurista italiano del siglo XX. Un distinguido abogado, ya muy mayor, llevaba un caso que le interesaba por sobre todos los demás y dedicaba a éste especial atención y esfuerzo. El trámite del juicio se alargaba por ser la cuestión sometida a litigio de difícil resolución, pero el abogado no cedía en sus esfuerzos; por el contrario, fue dejando otros casos en manos de sus colegas para poder dedicarle más tiempo a aquel que lo desvelaba. El juicio pasó a una instancia superior, y el viejo abogado veía mermar sus fuerzas a causa de la edad, pero no se permitió disminuir sus esfuerzos. Cayó enfermo, pero no dejó de seguir las vicisitudes del proceso e interrogaba con frecuencia a sus colegas sobre su destino. El juicio llegó por fin al Tribunal Supremo, y se esperaba su resolución definitiva. El abogado ya no podía levantarse de la cama y había perdido sus fuerzas, pero aún así continuaba obsesionado con el proceso. Sus colegas decidieron entonces decirle una mentira piadosa: le anunciaron que el caso había tenido una sentencia favorable y el anciano abogado murió en paz casi de inmediato. También ilustra esta tesis la referencia al abatimiento de Alejandro Magno, de quien se decía que lloró después de haber conquistado el mundo conocido porque entonces ya no se le ocurría qué hacer con su vida; es de hacer notar que el gran conquistador murió apenas cumplidos los treinta y tres años. 

 

          Al contrario, si el individuo asume que no logrará obtener lo que demanda, se dejará morir o se suicidará en los casos más extremos.  En el capítulo 16 se describió el caso del individuo controlador que al matar a su víctima confirma la imposibilidad de colmar su demanda y frecuentemente esto lo lleva al suicidio, y el del líder de una secta que actúa con la sola motivación del ansia de poder que al no lograr colmar su necesidad absoluta de obediencia induce a sus acólitos a un suicidio masivo del cual él también participa. Sin llegar a casos tan extremos, no es infrecuente observar que, cuando muere uno de los integrantes de una pareja de ancianos que han pasado la mayor parte de su vida juntos, el sobreviviente muere también al poco tiempo o se suicida. Los casos de animales que se dejan morir en la tumba de su dueño confirman que los procesos psicológicos descriptos en la presente obra no son exclusivos de la especie humana.

 

          La muerte que sobreviene a causa de una enfermedad también se relaciona en la mayoría de los casos con el rol del sujeto y su relación con el deseo. Como se afirmó en el capítulo 21, la enfermedad en tanto síntoma aparece como un producto de la psiquis que tiene como fin reorientar al sujeto hacia el cumplimiento de su rol vital y eliminarlo en caso de que no lo logre; por lo tanto, cuando el síntoma que se manifiesta en forma de enfermedad fracasa en su función de reorientación o de auto-castigo, tarde o temprano termina causando la muerte del individuo.

 

          El suicidio se diferencia de los procesos anteriores en que el sujeto decide morir en forma consciente. Este acto no reconoce un origen común que pueda atribuirse a todos los casos: en contra de lo que sostiene la psicología clásica, no siempre el acto constituye un mensaje dirigido a otro (por ejemplo, los suicidios del viudo o viuda al quedarse sin su compañero o el del enfermo terminal que teme más al sufrimiento que a la muerte no buscan tal fin), y tiene como único objeto concluir una existencia que carece de una razón de ser ante la imposibilidad de obtener el objeto de su demanda.   Sin embargo, no se puede negar que muchas veces el suicidio se lleva a cabo al efecto de producir en otro un efecto posterior que el sujeto no cree que se pueda lograr por otra vía.

 

          Un ejemplo es el suicidio por amor: el sujeto espera que el dolor que su muerte le cause a su amada hará que ella descubra que también lo amaba a él. El otro es el del mártir, quien se expone a la muerte –en una actitud que casi equivale a un suicidio- en la firme creencia de que ésta hará que su objetivo sea alcanzado en una etapa posterior; este sujeto obtiene de tal modo una satisfacción anticipada de su deseo.

 

          El suicidio pasivo se da cuando el individuo incurre en un “descuido” que lo conduce a un desenlace fatal desencadenado por un estado interno negativo que facilita este acontecimiento. El caso de un paracaidista que pliega mal su paracaídas, el militar que al limpiar su arma no toma las precauciones reglamentarias, el ciudadano que cruza la calle olvidando mirar el tránsito, quien toma un medicamento y se confunde de empaque, etc., son todos casos catalogados como accidentes cuando en realidad son formas de suicidio pasivo. Esta conducta puede clasificarse como un acto fallido: en este caso, la supervivencia es la conducta autoimpuesta que evita la muerte del individuo mediante la ejecución consciente del suicidio cuando en su inconsciente ya están dados los elementos para que éste se produzca. En otras palabras, ningún acto que el sujeto pueda ejecutar va a arrojar los resultados anhelados desde el punto de vista de su deseo y en función de su realidad personal, pero alguna impronta secundaria ha generado un mandato del superyo que actúa en beneficio de su supervivencia y lo impulsa a seguir adelante a pesar de todo; entonces aparece el acto fallido que reorienta la conducta del individuo hacia su destino final provocando su muerte.

 

          Por el contrario, los mártires -el arzobispo Oscar Romero, el sacerdote Carlos Mugica y el revolucionario Ernesto “Che” Guevara son claros ejemplos- buscan la muerte con el propósito de conseguir post mortem el objetivo determinado por su realidad personal. Regis Debray, en un reportaje publicado en el “Corriere della Sera”, declaró: "el Che Guevara no fue a Bolivia para vencer, sino para perder. Así lo exigía su batalla espiritual contra el mundo y contra sí mismo. Cierto, no se mató, pero se dejó morir. Tenía esa vocación”. Esto confirma que, además de concordar su conducta con el propósito determinado en el guión vital del Che, también existió una impronta que determinó el modo en que debía acabar su vida. La expedición del Granma presentaba muy pocas posibilidades de éxito en el momento en el que el Che decidió participar; una decisión tan temeraria también puede ser un indicio de su búsqueda inconsciente de una muerte que se concretó más tarde en Bolivia en una situación similar.  La conducta del mártir es altruista, pues se asemeja a la de un padre que pone en peligro su vida desviando la atención de los depredadores y se sacrifica para favorecer la supervivencia de sus descendientes; ellos heredarán sus genes, por lo que el comportamiento altruista se mantendrá en la siguiente generación como estrategia de supervivencia de la especie. Un padre egoísta, en cambio, ante el menor peligro abandonaría a sus crías para salvar su vida; sin duda llegaría a viejo, pero difícilmente sobrevivirían sus descendientes, de modo que sus genes no pasarían a la siguiente generación y el comportamiento egoísta desaparecería.

 

          El homicidio -con excepción de los actos en los que el victimario no busca la muerte de una persona determinada, como los atentados, las acciones bélicas, etc.- requiere para su concreción un grado de participación menor o mayor de la víctima, la que se produce en forma generalmente involuntaria. Como se sostuvo en el capítulo 13, la elección de la víctima está determinada –como toda relación entre dos sujetos- por las especiales características de los roles improntados por ella y por su victimario, los que necesariamente deben complementarse para desarrollar el guión correspondiente que desencadena el episodio que concluirá en un homicidio. Según Elías Neuman, habría que recordar aquello que no sin cierta ironía expresaba Thomas de Quincey en “El asesinato considerado como una de las bellas artes”: Muchas veces la víctima desea ser asesinada. Una idea similar -aunque enunciada con mayor sutileza- puede hallarse en la obra del poeta libanés Khalil Gibran: El asesinado no es irresponsable de su propio asesinato. García Márquez en “Crónica de una muerte anunciada” enfrenta varias veces a su personaje Santiago Narval con su propia muerte y muestra una buena cantidad de circunstantes y mirones que contribuyen con su indescifrable silencio al crimen que ni siquiera los victimarios comprenden ni desean que ocurra. La actitud victimal es lo contrario de la actitud criminal, y casi siempre ambas suelen complementarse.

 

          La víctima provocadora es aquella que por su conducta incita al autor a cometer una ilicitud penal. Este tipo de víctima desarrolla un rol notable en la criminodinamia desde la génesis delictual, ya que tal incitación crea y favorece la explosión previa a la descarga que significa el crimen. El caso más común se da en los homicidios pasionales y sobre todo en las celopatías: es el de la mujer que, sabiendo que el marido es extremadamente celoso, lo provoca, lo azuza inconscientemente con su conducta hasta el punto en el que provoca una descarga que culmina en su muerte. En el caso de la mujer maltratada, un mandato negativo generado por una impronta secundaria le impide a la víctima escapar. Tal mandato resulta innecesario cuando este tipo de vínculo se ha establecido en la infancia mediante una impronta primaria, ya que cualquier intento de escapar es percibido como generador de un peligro vital. Además, en algunos casos este mandato suele justificarse mediante un “envoltorio” formal positivo, como promesas de amor del victimario que atan a la víctima.

 

 

          Sin llegar a casos tan extremos, muchos sujetos impulsados por las exigencias de su rol vital se exponen sin saberlo a ser víctimas de homicidio: como se expresó en el capítulo 15, cuando el sujeto no recibe una respuesta a la demanda que ha emitido desde una posición complementaria de la suya, se inicia un conflicto. Teniendo en cuenta que la conducta agresiva se genera cuando se produce la frustración de la expectativa de una respuesta en particular se puede analizar cada situación desde la perspectiva que brinda el conocimiento de la actitud que asumen víctima y victimario. Los desafíos, las pugnas y los desacuerdos son el origen de buena parte de los episodios que terminan en homicidio.

 

          La víctima por imprudencia –que es la que se expone contra toda lógica a una situación que no forma parte de su rol vital y la pone en peligro de morir a manos de otro- incurre en un descuido o imprudencia que lo conduce a un desenlace fatal: se trata de un caso de suicidio pasivo. En otros casos el mártir, impulsado por sus motivaciones personales, incurre en una temeridad que muchas veces desemboca en su muerte.

 

          Teniendo en cuenta lo anteriormente expuesto resulta posible abordar la cuestión de la existencia o no de una “pulsión de muerte” desde una nueva perspectiva. Se discute si Freud hizo una distinción entre pulsión e instinto; dejando de lado las distintas interpretaciones basadas en las traducciones de su obra, J. Laplanche es quien ha llegado a formular una distinción bastante precisa al sostener que la diferencia entre instinto y pulsión no pasa entre lo somático y lo psíquico, sino entre lo innato, atávico y endógeno -asimilable al ello- por un lado, y por otro lo adquirido que forma parte en la constitución del superyo.

 

          Como se describió en el capítulo 20, algunos animales se dejan morir cuando ya han cumplido su cometido al reproducirse, pues si continuaran viviendo consumirían una parte de los recursos naturales limitados destinados a la subsistencia del grupo; tal estrategia tiene por fin reducir la especie al número de individuos óptimo para asegurar su continuidad. Es indiscutible que este comportamiento tiene un origen instintivo, y en consecuencia se podría formular ad hoc la siguiente hipótesis: existe un “instinto de vida” que impulsa al individuo a llevar adelante su ciclo vital, y un “instinto de muerte” que lo impulsa a buscar la muerte cuando el objetivo de su ciclo vital se hace imposible o cuando ya se ha cumplido.

 

          Se puede concluir entonces que en el ser humano la relación entre instinto y pulsión es la siguiente: la pulsión es aquello que subsiste del instinto después de ser mediatizado por la mecánica del deseo. De lo ya visto surgiría que la pulsión de vida sería tal cuando lleva a una próxima etapa del rol vital y la pulsión de muerte lo sería cuando no lleva a ningún destino. Si se acepta que la pulsión es una señal que se origina en una demanda y subsiste activa en la porción en la que ésta última no resulta satisfactible, se puede deducir que cuando una demanda esencial para la continuidad del rol vital queda completamente satisfecha -o totalmente insatisfecha- la señal que constituye la pulsión subsiste activa en su totalidad, pero sin un destino, pues no ya existe el plus constitutivo del deseo. Se interrumpe entonces la continuidad demanda > pulsión > nueva demanda que impulsaba al individuo a través de la continuidad de su rol vital, y éste finaliza cuando el sujeto concluye en forma consciente o inconsciente que esta demanda esencial está destinada a quedar absolutamente insatisfecha o ya ha sido completamente satisfecha. Este último proceso comparte varias características del insight.

 

          De lo expresado se deduce que hacer una distinción entre “pulsión de vida” y “pulsión de muerte” carece de sentido. Sea que el individuo ha llegado a un punto en el que ha logrado su objetivo o que se vea en la imposibilidad absoluta de lograrlo, la pulsión es la misma en los dos casos y en ambos carece de destino; surge entonces en su reemplazo el “instinto de muerte” que es común a todos los animales como estrategia de supervivencia de la especie y orienta a la pulsión hacia la autoeliminación.

 

 

 

 

                                                      CONCLUSIONES

 

 

          En el presente trabajo han quedado expuestos los principios generales que constituyen la Psicología Etológica: es pertinente ahora analizar las posibilidades y consecuencias de la aplicación de este nuevo paradigma a los diversos aspectos de la Psicología y a otras ciencias relacionadas.

 

          Uno de los principales objetivos de este libro es promover la integración de las distintas corrientes con mayor vigencia dentro de la Psicología en un solo paradigma unificador que consagre definitivamente su calidad de ciencia. En el aspecto teórico, cada una de las principales corrientes aporta conceptos fundamentales, los que al ser analizados desde esta nueva perspectiva ya no aparecen como antagónicos sino como complementarios, permitiendo superar muchas contradicciones que –como se puede advertir ahora- sólo son tales en apariencia.

 

          Una consecuencia positiva que tiene la aplicación de este paradigma es que, por estar basado en la etología, permite confrontar y verificar conceptos fundamentales de diversas corrientes psicológicas a través de su reinterpretación desde un punto de vista evolutivo y biologicista. Asumir que el hombre pertenece al reino animal permite prescindir de preconceptos y prejuicios que derivan de la visión antropocéntrica y que han influido en el desarrollo de la Psicología, desvirtuando ciertos aspectos de la brillante obra de importantes autores. Por citar un ejemplo, Freud y Lacan han sido criticados por su posición machista en algunos temas, y algo de cierto hay. El complejo de Edipo describe la situación del varón sin mayores dificultades, pero al aplicarse a la mujer la misma teoría, ésta aparece forzada y resulta poco satisfactoria. Del mismo modo, en el mito de la horda primitiva no se alude en ningún momento al papel de las mujeres. Se puede suponer que si estos dos autores hubieran dedicado un tiempo al estudio de la Etología no habrían demostrado semejantes preferencias hacia un género de una misma especie.

 

          Con respecto a la práctica de las diferentes terapias que cada corriente propone, la simple experiencia demuestra que ninguna funciona en todos los casos que se presentan. La psicoterapia obtiene algunos resultados exitosos mientras en otros casos solo se obtienen mejoras parciales y en su mayor parte los resultados son insatisfactorios y en ocasiones enormes fracasos. Lo mismo se puede decir del Análisis Transaccional, de la Terapia Cognitiva, de las terapias conductistas, etc. Esto se debe a que cada una de ellas parte de un paradigma teórico que resulta parcial, por lo que la práctica que de éste se deriva queda limitada a causa de esa misma parcialidad. Al unificar la Psicología bajo la perspectiva de la Etología, las diversas corrientes aparecen como especialidades dentro de una ciencia total. La unificación permite que, dado un caso particular, un psicólogo clínico determine cuáles son las técnicas que conviene aplicar a fin de obtener los mejores resultados y organice así la intervención de los diversos especialistas a los que derivará al paciente o consultante.

 

          El status del sujeto cuya vida se ve afectada por actitudes o episodios que difieren notoriamente de las conductas que razonablemente lo pueden llevar a la consecución de sus objetivos o a la satisfacción de sus necesidades conscientes y manifiestas -y que sufre por esto una aflicción- debe ser revisado. Por ejemplo, no todos los sujetos reúnen en cierto momento de su vida las condiciones necesarias para iniciar una terapia psicoanalítica, pero no se los puede satisfacer respondiéndoles en la primera consulta que deben volver cuando estén listos para ello. Los representantes de alguna corriente han llegado a sostener que a partir de una determinada edad (35 años) toda intervención del psicólogo resulta infructuosa; en otras palabras, consideran que ocuparse de esos sujetos no vale la pena. Para quienes se encuentran en esta desventajosa situación debe habilitarse la posibilidad de la simple consulta: el profesional que intervenga (Consultor) tendrá la tarea de señalar al consultante diversos aspectos de su problemática que él es incapaz de advertir por sí mismo. En esta tarea el profesional deberá poner especial cuidado en orientar al consultante sin exceder sus posibilidades de asimilación de la realidad primaria en la que éste está inmerso o generar resistencias que le puedan resultar perjudiciales. Deberá también hacer abstracción de su propia subjetividad para evitar forzar una interpretación que confirme sus propias teorías. Al final de la intervención, el consultante deberá encontrarse en tales condiciones que le permitan –dentro de lo posible- aliviar su aflicción y mejorar su situación.

 

          Dado que la estructura neurótica resulta ser el elemento constitucional esencial de la psiquis humana, queda prácticamente descartada la posibilidad de la cura en el sentido que propone la psicología clásica. La tramitación del deseo a la que alude Lacan, a poco que se la analice termina resultando casi un equivalente de la sublimación. Al desarrollar el tema en esta obra se ha sostenido que el proceso sublimatorio bien encaminado resulta ser el más efectivo de los recursos disponibles para mejorar la vida del sujeto dentro de las posibilidades que su estructura psíquica presenta, limitadas por el rol determinado por su realidad secundaria del que debe valerse. La intervención del profesional que adopte la Psicología Etológica como paradigma estará encaminada entonces en primer lugar a lograr el conocimiento y la eficiente administración de estos recursos a fin de lograr la consecución de sus objetivos y la satisfacción de sus necesidades. Esta tarea de evaluación, que realizará el profesional mediante el estudio del rol vital del consultante o del paciente a través de la especificación y del análisis del sistema de improntas que lo determinan, concluirá con un informe o dictamen fundado sobre el que se pueda planificar un tratamiento; a tal fin se deberá constituir una especialidad que podría denominarse Psiconomía, porque así como la Economía ha sido definida como la ciencia que estudia la administración de recursos limitados, la Psiconomía deberá ocuparse del estudio y administración de los recursos psíquicos con los que cuenta el paciente en la forma que resulte más eficiente para dar  solución a sus problemas. El objetivo –al igual que en la teoría analítica- debe ser lograr que el sujeto adquiera otra relación con su propio discurso que determina su realidad personal modificándolo sin eliminarlo, pues ello podría socavar su propia base de apoyo y sus identificaciones originarias.

 

          Realizada esta tarea previa, se deberán determinar cuáles de las terapias existentes pueden resultar más eficientes a fin de lograr los objetivos buscados. El peor enemigo del análisis es la generalización: se deben evaluar las circunstancias de cada individuo en particular y después decidir el destino a seguir, que debe derivar hacia aquello que aparezca como lo más conveniente en cada caso concreto, pues mientras que un paciente en crisis reaccionará mejor a una terapia conductista, otro aparecerá como buen candidato para una terapia transaccional y un tercero tendrá más posibilidades de progreso mediante la psicoterapia. En algunos casos se requerirá la intervención de varios especialistas, lo que puede tornar muy oneroso el tratamiento; ésta es una dificultad a resolver.

 

      En el diseño de cualquier intervención terapéutica debe respetarse la estructura básica que da origen a los distintos episodios neuróticos y se la debe asociar a la actividad sublimatoria más adecuada en cada caso, de manera que la demanda -que siempre queda insatisfecha cuando se la dirige al otro individual- tenga un destino mas exitoso al apuntar a sujetos indeterminados. La propia constatación de este cambio debe influir positivamente en el sujeto al permitirle experimentar una vida normal y corriente en la que en algunas ocasiones se logra obtener la satisfacción de las necesidades y en otras no.

 

          Un requisito imprescindible para la correcta práctica de la Psicología Etológica es la capacidad del profesional para prescindir por completo de consideraciones ajenas a esta ciencia a la hora de emitir un dictamen o decidir una terapia. Aun hoy a muchos psicoanalistas parece sucederles algo similar a lo que le ocurrió a Sigmund Freud hace casi un siglo: no quieren aceptar la verdad de lo que escuchan. Es éste un defecto altamente perjudicial para la ciencia, para la investigación y para los pacientes, pues cuando el analista se deja influir por el sistema de valores que propone la sociedad a la que pertenece, esa actitud actúa en detrimento de la objetividad y conspira contra el abordaje correcto de ciertos temas desde una perspectiva estrictamente científica.

 

          Un párrafo aparte merece la relación entre la psicología y la psiquiatría. Está comprobado que la medicación correcta contribuye a que el paciente soporte los síntomas, pero pocas veces sirve como una solución definitiva a los trastornos psíquicos. Esta tesis se confirma –por ejemplo- en los casos de trastorno bipolar, en los cuales la medicación suprime o disminuye los estados alterados del paciente, pero no modifica en nada su patología psicológica. En la psicosis esquizofrénica ciertas substancias alivian las crisis del paciente, pero no solucionan nunca el problema de base; suspendida la medicación, la enfermedad resurge más temprano que tarde. Debido a esto, se deduce que, aunque el psicólogo no esté autorizado a prescribir una medicación, el psiquiatra debe consultarlo previamente a fin de contar con su aprobación para establecer un determinado tratamiento. Se debe evitar en lo posible la supresión total de un síntoma, pues no es aconsejable obstaculizar la función de reorientar que éste desempeña con respecto al rol vital del sujeto.

 

          De lo expuesto en esta obra también se concluye que la relación de la Psicología con la Medicina es esencial, pues la última no debe prescindir de la primera. La comprensión total de una determinada enfermedad es imposible sin la adecuada referencia a su función como síntoma en cada caso, y su correcto pronóstico requiere de los datos que aporta el conocimiento del rol vital del individuo. Todo médico, además de tener adecuadas nociones de Psicología, debería desarrollar su labor con la intervención y colaboración de un psicólogo clínico.   

 

          El Derecho, en su carácter de ciencia que estudia la regulación de la conducta de los individuos en interferencia intersubjetiva, se relaciona muy estrechamente con la Psicología. El Derecho Penal en especial se ve obligado a recurrir a ésta cuando se trata de determinar la responsabilidad de los sujetos por actos considerados ilícitos por la sociedad y lograr su rehabilitación. El escaso grado de éxito obtenido en esta última tarea está relacionado con el desconocimiento de los legisladores acerca del complejo sistema de la psiquis humana que determina las acciones de los ciudadanos como sujetos individuales. Tampoco ayuda la insistencia en la errónea idea de que es posible establecer normas generales capaces de abarcar y ser aplicadas a todos los casos que se presenten. La conducta de cada sujeto depende –según se demostró en la presente obra- de una combinación de múltiples factores que no son susceptibles de ser generalizados y aplicados a todos los demás individuos de una comunidad, por lo que la rehabilitación no se puede lograr a menos que se trabaje con cada sujeto en forma individual; esa tarea pertenece al campo de la Psicología.

 

          La rehabilitación de los delincuentes y adictos a las drogas es abordada actualmente desde una perspectiva interdisciplinaria. La experiencia ha demostrado la total ineficacia del castigo y la represión utilizados en el pasado, y se ha dado paso a nuevas tendencias que en su mayoría atribuyen el origen de la delincuencia y a drogadicción a falencias de la sociedad. Esta perspectiva puede ser acertada, pero no contribuye a hallar la solución de los problemas actuales e inmediatos que ambas conductas generan a los sujetos activos y también a los pasivos, pues -aunque en distintas formas- la vida de ambos se ve afectada. Por otra parte, ninguno de los abordajes intentados ha dado demasiados resultados; la Psicología fracasó en estos casos en la misma medida que en otros por los motivos que ya se han expresado, y el abordaje multidisciplinario no ha resultado exitoso porque no existe una coordinación central eficiente entre los diversos profesionales que llevan a cabo las distintas intervenciones.

 

          Una observación imparcial y desprejuiciada de lo que sucede en la realidad indica que los mayores porcentajes de rehabilitación logrados en las prisiones corresponden a la intervención de ciertas iglesias evangelistas que por sus características se pueden asimilar a las sectas; la mayor parte de los internos que se afilian a estas instituciones desarrollando un grado importante de pertenencia durante un tiempo prolongado egresan rehabilitados de las instituciones carcelarias. Ante estos alentadores resultados, parece razonable estudiar las técnicas que aplican los ministros y pastores a sus fieles para reproducirlas y aplicarlas al resto de los internos.

 

         A poco que se analiza el tema, se advierte que el mecanismo que garantiza la rehabilitación en un grado tan apreciable es el mismo que utilizan las sectas. Un tratamiento de esta naturaleza que se aplicara a la rehabilitación de delincuentes y drogadictos generaría reparos morales. ”La naranja mecánica” de Anthony Burgess ilustra la resistencia que deberá afrontar quien se proponga realizar cualquier tipo de intervención que pudiera parecerse a un “lavado de cerebro”. Antes de intentar la aplicación de un recurso de tal naturaleza deberán vencerse objeciones que en su mayoría son muy atendibles.

 

          En teoría, el procedimiento de rehabilitación basado en dichas técnicas consistiría en primer lugar en alejar al sujeto de su entorno familiar y social porque la familia o el grupo instalan mecanismos de resistencia para que el sujeto no revierta sus tendencias, ya que ello obligaría al cambio de los paradigmas y habituaciones que rigen las relaciones entre los miembros del grupo. Se debería someter al sujeto a tácticas generadoras de estrés, mensajes dobles u órdenes contradictorias e irrazonables que deberá cumplir, expropiación de su tiempo personal, programación recargada de tareas a realizar en el menor tiempo posible, horarios irregulares de reuniones, limitación de los horarios de descanso, interrupción de los horarios de sueño normal durante periodos frecuentes, etc., de modo que se pueda controlar en todo momento su conducta mediante la información que recibe, procesa y utiliza en cuanto determina las ideas que conforman su realidad cotidiana. Esta técnica tiene por objeto lograr el debilitamiento de su propia realidad personal y producir un incremento de la desconfianza sobre sus propias decisiones, análisis y juicio; tal efecto deberá aprovecharse para modificar y reemplazar en forma parcial su realidad personal por medio de nuevas improntaciones. Éstas deben estar orientadas a lograr que perciba la realidad primaria distorsionada de tal manera que resulte acorde con las creencias y principios que requiere el desarrollo de un comportamiento aceptable -o al menos tolerable- en su relación con terceros. El modelo según el cual se efectuará esta intervención deberá diseñarse y configurarse teniendo en cuenta los recursos psíquicos con los que cuenta el paciente, que consisten en las estrategias que ha improntado; los distintos tratamientos deberán adecuarse a la estructura básica que guía el desarrollo de su guión.

 

          Este proceso deberá prolongarse hasta que el individuo sea capaz de orientar sus intereses hacia una conducta que posibilite la sublimación de su deseo en tal forma que logre promover su evolución personal, social y espiritual hasta un punto en que se lo pueda considerar rehabilitado. Desde el punto de vista legal, teniendo en cuenta la profunda intromisión en la vida y la libertad de pensamiento del sujeto que este proceso implica, deberá requerirse en todos los casos un consentimiento ampliamente informado que no deje lugar a dudas sobre la voluntad del aceptante de someterse al citado tratamiento; quienes lo lleven adelante deberán ser estrictamente supervisados a fin de evitar que su intervención produzca efectos nocivos.

 

          A modo de conclusión general, se puede decir que el paradigma etologista, además de proporcionar la base para la unificación de distintas corrientes doctrinarias de la Psicología, invita a una revisión de los enfoques de todas las ciencias que estudian la conducta humana desde diferentes ángulos a la luz de una perspectiva que fusiona las visiones biologicistas con las sociologistas.