El concepto de sínthome en el último Lacan (principalmente Seminario XXIII, El sinthome, 1975-1976) es una reelaboración radical de la forma en que un sujeto se sostiene cuando el Nombre-del-Padre ha fallado o está forcluido. Ya no se trata tanto de la metáfora paterna que tapona el agujero del significante, sino del sínthome que anuda por sí solo lo Real, lo Simbólico y lo Imaginario, permitiendo que el sujeto “se las arregle” con su goce sin pasar necesariamente por la castración simbólica clásica.
El sínthome es, por tanto, una
invención singular, un modo idiota (en el sentido griego de ἴδιος: propio,
privado, no común) de tratar el goce. No es un síntoma interpretable que remite
al Otro del significante, sino un goce opaco, autoerótico, que no pide nada al
Otro.
Ahora bien, cuando intentamos
pasar del sínthome individual al terreno colectivo, las cosas se complican
enormemente, porque el sínthome es por definición anti-social, anti-colectivo.
Es lo que permite al sujeto desabrocharse del lazo social sin desintegrarse
psicóticamente.
Sin embargo, hay una línea de lectura que ha intentado pensar lo colectivo a partir del sínthome: el “goce del idiota” como rasgo de la época (Zizek)
En la hipermodernidad, el
imperativo cínico “¡Goza!” (del superyó) se combina con el repliegue
narcisista. El sujeto contemporáneo tiende a cultivar un goce autista,
desconectado del Otro, sostenido por gadgets, pornografía, redes sociales como
prótesis sinthomáticas. El “idiota” aquí no es el tonto, sino el que goza en su
rincón sin pedir permiso ni reconocimiento. El colectivo que emerge no es una
comunidad simbólica sino una suma de idiotas que consumen el mismo
objeto-gadget (iPhone, serie, criptomoneda, ideología woke o alt-right) como
suplencia compartida.
En resumen: el sínthome es la
solución más singular y más “idiota” que un sujeto puede inventar para no
volverse loco cuando el Otro no existe. Pero precisamente por eso es casi
imposible colectivizarlo sin que derive en comunidades de goce cerrado, bandas,
sectas o mercados de objetos-suplencia. El goce del idiota es estructuralmente
anti-fraterno. La única “colectividad” posible sería una reunión de idiotas que
aceptan no entenderse del todo, que toleran la opacidad radical del goce del
otro, algo que la época vuelve cada vez más difícil.
La irrupción de Javier Milei en
la política argentina no solo ha sido un terremoto económico y cultural, sino
también un fenómeno que invita a una lectura lacaniana profunda, especialmente
en el cruce entre el sínthome individual, el goce del idiota y sus derivas
colectivas. Milei, con su estilo histriónico, su invocación constante a un
"Dios libertario" y su desprecio por el "Otro" estatal o
social, encarna una figura que parece tejida con hilos del último Lacan: un
sujeto que inventa su propia prótesis para anudar lo Real de la crisis
argentina con un discurso imaginario de salvación anarcocapitalista. Pero, como
advertía Lacan, este nudo es frágil y segregativo; cuando se colectiviza,
genera no fraternidad, sino hordas de goce opaco, donde el "idiota"
(en su acepción lacaniana de goce solitario, autoerótico y anti-social) se
multiplica en una masa que celebra la crueldad como libertad.
Lacan describe el sínthome como
esa "invención idiota" que sostiene al sujeto cuando el
Nombre-del-Padre (la ley simbólica que ordena el lazo social) falla. En Joyce,
era la escritura; en Milei, parece ser su discurso económico-esotérico: una mezcla
de Mises, Hayek y rabinos cabalistas que anuda su psicosis latente (forclusión
del padre, como sugieren sus anécdotas familiares de violencia paterna) con la
promesa de un Real puro, sin mediaciones estatales.
El fallo del Padre y la prótesis
Milei: Milei no apela a un Otro garantizado (el Estado peronista o la
"casta" que él demoniza); en cambio, su sínthome es el "Viva la
libertad, carajo!", un grito que no pide reconocimiento al Otro sino que
afirma un goce solitario. En su libro El camino del libertario (2023), cita a
Jesús Huerta de Soto reinterpretando la Biblia como anarcocapitalismo: Dios es
libertario, el Diablo es el Estado. Esto no es teología, sino sínthome: tapa el
vacío del Otro fallido (la crisis argentina post-2001, hiperinflación, etc.)
con un nudo imaginario donde él es el mesías elegido. Psicoanalistas como Nora
Merlin lo leen como "goce sádico exhibido", un narcisismo patológico
que inunda Olivos con cuadros de sí mismo, evocando el mito de Narciso
ahogándose en su reflejo.
Lo psicótico en el poder: Lacan
advertía que el sínthome evita la desintegración, pero en Milei roza la
psicosis abierta. Su desprecio por el humor (como en Sade, según Lacan) y su
convicción delirante de ser "el azote del wokismo" muestran un sujeto que no dialoga, sino que
vocifera verdades absolutas.
En clínica, esto sería tratable
(el analista desataría el nudo para un saber menos idiota); en política, es
peligroso: un sínthome presidencial que promete libertad pero entrega ajuste
salvaje.
El "goce del idiota" en
Lacan (Seminario XVII y XXIII) es fálico, masturbatorio, desconectado del Otro:
un blablá solitario que no comunica, sino que afirma un plus-de-gozar opaco. En
la pornografía o el consumo gadget (Žižek), es el imperativo "¡Goza!"
del superyó cínico. Milei lo encarna en su exhibición de crueldad: insultos
como "zurdos de mierda", celebración de despidos y el "mayor
ajuste de la historia" (incluso en oncología), y el decreto de 2025 que
clasifica discapacias como "idiota", "imbécil" o "débil
mental".
Merlin y otros en El goce de la crueldad (2025) lo llaman "goce sádico": no hay mecanismos freudianos de defensa (inhibición, culpa); hay exhibición del daño ajeno como placer pulsional. Lacan lo vincula al goce "malo" (Seminario VII), opuesto al placer regulado: Milei goza de la "motosierra" al Estado porque es transgresión pura, indiferencia al sufrimiento (pobreza al 57% en 2024). En X, lo comparan con líderes fascistas por su arrogancia delirante y desprecio al "resto".
El idiota en el espejo: Milei acusa a los otros de idiotas ("¿Creen que la gente es tan idiota?"), pero Lacan diría que proyecta su propio goce solitario. Su voto (el "voto idiota") es anti-fraterno: no une, divide en "argentinos de bien" vs. "casta".
Pasar del sínthome individual al
colectivo, como intentaba Miller, genera "aglomerados de goce"
frágiles: sectas o fandoms que homologan idioteces sin mediación simbólica. En
Milei, esto es su base: una masa que goza en el recital histérico (como su show
en 2025), el odio compartido al "kirchnerismo" y el consumismo de
cripto/MAGA como prótesis.
Comunidad de idiotas: Siguiendo a
Žižek, es una suma de solitarios que consumen el mismo objeto (el
"león" Milei, Trump como espejo). Lacan sería pesimista: todo lazo
masivo captura el goce en un plus mortífero, como el estatismo que Milei
critica pero replica en su culto al líder.
Stavrakakis o post-lacanianos
argentinos lo leen como populismo invertido: Milei como significante vacío que
anuda goces singulares en un anti-Estado, pero deriva en neofascismo. El
peligro: una "colectividad" de idiotas que tolera la opacidad ajena
solo si es homóloga (todos odiando lo mismo), pero feroz contra el disidente.

