lunes, 24 de noviembre de 2025

Lacan, Milei, el sínthome y el goce del idiota.

 


El concepto de sínthome en el último Lacan (principalmente Seminario XXIII, El sinthome, 1975-1976) es una reelaboración radical de la forma en que un sujeto se sostiene cuando el Nombre-del-Padre ha fallado o está forcluido. Ya no se trata tanto de la metáfora paterna que tapona el agujero del significante, sino del sínthome que anuda por sí solo lo Real, lo Simbólico y lo Imaginario, permitiendo que el sujeto “se las arregle” con su goce sin pasar necesariamente por la castración simbólica clásica.

El sínthome es, por tanto, una invención singular, un modo idiota (en el sentido griego de ἴδιος: propio, privado, no común) de tratar el goce. No es un síntoma interpretable que remite al Otro del significante, sino un goce opaco, autoerótico, que no pide nada al Otro.

Ahora bien, cuando intentamos pasar del sínthome individual al terreno colectivo, las cosas se complican enormemente, porque el sínthome es por definición anti-social, anti-colectivo. Es lo que permite al sujeto desabrocharse del lazo social sin desintegrarse psicóticamente.

Sin embargo, hay una línea de lectura que ha intentado pensar lo colectivo a partir del sínthome: el “goce del idiota” como rasgo de la época (Zizek)

En la hipermodernidad, el imperativo cínico “¡Goza!” (del superyó) se combina con el repliegue narcisista. El sujeto contemporáneo tiende a cultivar un goce autista, desconectado del Otro, sostenido por gadgets, pornografía, redes sociales como prótesis sinthomáticas. El “idiota” aquí no es el tonto, sino el que goza en su rincón sin pedir permiso ni reconocimiento. El colectivo que emerge no es una comunidad simbólica sino una suma de idiotas que consumen el mismo objeto-gadget (iPhone, serie, criptomoneda, ideología woke o alt-right) como suplencia compartida.

En resumen: el sínthome es la solución más singular y más “idiota” que un sujeto puede inventar para no volverse loco cuando el Otro no existe. Pero precisamente por eso es casi imposible colectivizarlo sin que derive en comunidades de goce cerrado, bandas, sectas o mercados de objetos-suplencia. El goce del idiota es estructuralmente anti-fraterno. La única “colectividad” posible sería una reunión de idiotas que aceptan no entenderse del todo, que toleran la opacidad radical del goce del otro, algo que la época vuelve cada vez más difícil.

La irrupción de Javier Milei en la política argentina no solo ha sido un terremoto económico y cultural, sino también un fenómeno que invita a una lectura lacaniana profunda, especialmente en el cruce entre el sínthome individual, el goce del idiota y sus derivas colectivas. Milei, con su estilo histriónico, su invocación constante a un "Dios libertario" y su desprecio por el "Otro" estatal o social, encarna una figura que parece tejida con hilos del último Lacan: un sujeto que inventa su propia prótesis para anudar lo Real de la crisis argentina con un discurso imaginario de salvación anarcocapitalista. Pero, como advertía Lacan, este nudo es frágil y segregativo; cuando se colectiviza, genera no fraternidad, sino hordas de goce opaco, donde el "idiota" (en su acepción lacaniana de goce solitario, autoerótico y anti-social) se multiplica en una masa que celebra la crueldad como libertad.

Lacan describe el sínthome como esa "invención idiota" que sostiene al sujeto cuando el Nombre-del-Padre (la ley simbólica que ordena el lazo social) falla. En Joyce, era la escritura; en Milei, parece ser su discurso económico-esotérico: una mezcla de Mises, Hayek y rabinos cabalistas que anuda su psicosis latente (forclusión del padre, como sugieren sus anécdotas familiares de violencia paterna) con la promesa de un Real puro, sin mediaciones estatales.

El fallo del Padre y la prótesis Milei: Milei no apela a un Otro garantizado (el Estado peronista o la "casta" que él demoniza); en cambio, su sínthome es el "Viva la libertad, carajo!", un grito que no pide reconocimiento al Otro sino que afirma un goce solitario. En su libro El camino del libertario (2023), cita a Jesús Huerta de Soto reinterpretando la Biblia como anarcocapitalismo: Dios es libertario, el Diablo es el Estado. Esto no es teología, sino sínthome: tapa el vacío del Otro fallido (la crisis argentina post-2001, hiperinflación, etc.) con un nudo imaginario donde él es el mesías elegido. Psicoanalistas como Nora Merlin lo leen como "goce sádico exhibido", un narcisismo patológico que inunda Olivos con cuadros de sí mismo, evocando el mito de Narciso ahogándose en su reflejo.

Lo psicótico en el poder: Lacan advertía que el sínthome evita la desintegración, pero en Milei roza la psicosis abierta. Su desprecio por el humor (como en Sade, según Lacan) y su convicción delirante de ser "el azote del wokismo"  muestran un sujeto que no dialoga, sino que vocifera verdades absolutas.

En clínica, esto sería tratable (el analista desataría el nudo para un saber menos idiota); en política, es peligroso: un sínthome presidencial que promete libertad pero entrega ajuste salvaje.

El "goce del idiota" en Lacan (Seminario XVII y XXIII) es fálico, masturbatorio, desconectado del Otro: un blablá solitario que no comunica, sino que afirma un plus-de-gozar opaco. En la pornografía o el consumo gadget (Žižek), es el imperativo "¡Goza!" del superyó cínico. Milei lo encarna en su exhibición de crueldad: insultos como "zurdos de mierda", celebración de despidos y el "mayor ajuste de la historia" (incluso en oncología), y el decreto de 2025 que clasifica discapacias como "idiota", "imbécil" o "débil mental".

Merlin y otros en El goce de la crueldad (2025) lo llaman "goce sádico": no hay mecanismos freudianos de defensa (inhibición, culpa); hay exhibición del daño ajeno como placer pulsional. Lacan lo vincula al goce "malo" (Seminario VII), opuesto al placer regulado: Milei goza de la "motosierra" al Estado porque es transgresión pura, indiferencia al sufrimiento (pobreza al 57% en 2024). En X, lo comparan con líderes fascistas por su arrogancia delirante y desprecio al "resto".

El idiota en el espejo: Milei acusa a los otros de idiotas ("¿Creen que la gente es tan idiota?"), pero Lacan diría que proyecta su propio goce solitario. Su voto (el "voto idiota") es anti-fraterno: no une, divide en "argentinos de bien" vs. "casta".

Pasar del sínthome individual al colectivo, como intentaba Miller, genera "aglomerados de goce" frágiles: sectas o fandoms que homologan idioteces sin mediación simbólica. En Milei, esto es su base: una masa que goza en el recital histérico (como su show en 2025), el odio compartido al "kirchnerismo" y el consumismo de cripto/MAGA como prótesis.

Comunidad de idiotas: Siguiendo a Žižek, es una suma de solitarios que consumen el mismo objeto (el "león" Milei, Trump como espejo). Lacan sería pesimista: todo lazo masivo captura el goce en un plus mortífero, como el estatismo que Milei critica pero replica en su culto al líder.

Stavrakakis o post-lacanianos argentinos lo leen como populismo invertido: Milei como significante vacío que anuda goces singulares en un anti-Estado, pero deriva en neofascismo. El peligro: una "colectividad" de idiotas que tolera la opacidad ajena solo si es homóloga (todos odiando lo mismo), pero feroz contra el disidente.

En suma, Milei ilustra el impasse lacaniano: su sínthome sostiene un sujeto en crisis, pero colectivizado, multiplica el goce idiota en crueldad social. No es mera patología (aunque lo sea), sino síntoma de la época: declive paterno, empuje al goce sin Otro. 

viernes, 14 de noviembre de 2025

AMOS Y ESCLAVOS



En la Fenomenología del Espíritu (1807), Hegel plantea que la conciencia de sí (el reconocimiento de uno mismo como sujeto) se forma en la relación con otro. Esta relación toma la forma de una lucha por el reconocimiento, en la que uno de los sujetos se convierte en amo (señor) y el otro en esclavo (siervo).

Hegel sostuvo que la sociedad nace a partir del momento en el que un sujeto asume la posición de amo y otro la de esclavo. El amo busca someter al esclavo para ser reconocido como tal. El esclavo se resiste porque su sometimiento implica dejar de ser reconocido por el otro como sujeto. Para que la sociedad exista es necesario que esta lucha por el reconocimiento no termine en la muerte del adversario, sino en su supresión como sujeto. En Hegel, los conceptos de Amo y Esclavo no necesariamente se refieren a que un individuo sea señor y el otro sea esclavo, sino que define dos actitudes distintas: ganará la batalla quien tenga menos miedo a la muerte.

En consecuencia, existen dos tipos de sujeto: el amo, que es reconocido como sujeto a condición de no reconocer al otro como tal, y el esclavo, que acepta no ser reconocido como sujeto para preservar su vida. El amo es reconocido como sujeto por otro que no reviste esa condición, lo que en un punto le resulta insatisfactorio, pero no tiene opción; si le reconociera al otro una condición subjetiva, perdería la suya propia. Este deseo insatisfecho lo lleva a ejercer su poder sobre el esclavo en forma cada vez más intensa, a veces hasta el punto en el que puede desentenderse de la vida de éste sin el conflicto que le causaría matar a un semejante; en el fondo considera al esclavo como una cosa de la que puede deshacerse si le parece conveniente.

La teorización de Hegel resulta interesante, pues a partir del análisis realizado por Alexandre Kojève, Jaques Lacan elaboró su enunciación del concepto de “deseo”.

Lacan habla de una demanda de amor absoluto e incondicional que es previa al establecimiento del lenguaje, y por ello es imposible de satisfacer y denomina a este resto insatisfactible deseo; éste se asienta en lo que no obtiene, en lo que no es satisfecho.

Cuando Lacan dice que el sujeto desea el deseo del otro quiere decir que el sujeto desea que el otro lo desee. El reconocimiento al que hace referencia Hegel consiste para el sujeto en obtener la atención del otro. Pero al requerirla en una forma absoluta la desea, y tal pretensión no es compatible con la realidad; el sujeto pretende conseguir un imposible sin ser consciente de ello. En consecuencia, el objeto del deseo como atención total y absoluta no existe. Ante la frustración que le produce esa imposibilidad, el sujeto busca la manera de hacer que el otro le dé aquello que supuestamente le está negando, y el último recurso es obligarlo; para ello aspira a ser el amo. Al no ser consciente de qué es lo que en realidad quiere obtener (un imposible), formula en su lugar una demanda con otro objeto que debe obtener y que el otro debe darle bajo una determinada modalidad que está determinada por aquello que hizo que la atención absoluta que supone haber recibido en su infancia cesara al negársele en algún momento  mediante dicha modalidad y que va a definir la forma que tomará su reclamo en la demanda.

El otro, a su vez, se encuentra en la misma situación con respecto al sujeto: en un momento se frustra al advertir que su demanda no es satisfecha en la modalidad esperada, y en algún momento también llega a suponer qué puede obligarlo. A partir de ese momento se da una situación en la que cada sujeto intentará obligar al otro a que satisfaga su demanda. La lucha que se traba entre estos dos sujetos en algún momento debe tener una resolución. El sujeto que tiene más temor a perder la atención del otro en forma definitiva quiere evitarlo y a tal fin asume la posición del vencido. De esta manera consagra vencedor al otro reconociéndole esta posición.

Hegel se refiere a este proceso en la "Dialéctica del amo y el esclavo" y supone que dicha lucha termina con un vencedor debido al temor del vencido a resultar muerto. Sí bien esta afirmación le resultó útil para ilustrar el punto al que hacía referencia en ese momento, la realidad es que cuando supuso que el sujeto renunciaría a su deseo de ser reconocido en realidad estaba haciendo referencia sin saberlo a que el sujeto que asume el lugar de esclavo renuncia a su demanda absoluta de atención para conservar el grado de la misma de la que dispone en ese momento con la esperanza de lograr que su demanda sea satisfecha en su totalidad en un futuro. Es por esto que siempre existe la posibilidad de que el esclavo se rebele.

Para ser justos con Hegel, hay que reconocer que en determinados casos el amo está dispuesto a matar al esclavo, y lo hace cuando comprende que nunca obtendrá de él lo que reclama. En este caso el amo debe asumir que eliminó la posibilidad de obtener la satisfacción de su deseo y ha fracasado. Es por esto que los casos que terminan en asesinato constituyen un porcentaje mínimo de las relaciones de este tipo que se presentan en la generalidad de la población.

También hay que tener en cuenta que el esclavo, aun habiendo asumido la posición de tal, es incapaz de satisfacer la demanda del amo por su carácter de absoluta, por lo que éste siempre quedará insatisfecho. Para que la relación continúe, el amo debe conformarse con el plus de goce que le proporciona el hecho de disfrutar de la porción extra de atención que cree que obtiene del esclavo por ejercer su dominio sobre este.

Hegel escribe "La dialéctica del amo y el esclavo" para darle un fundamento a su visión de la historia como un proceso dialéctico que se repite mediante los cambios que determinan el acceso al poder de cada clase social a través del tiempo: es por eso que sus conclusiones no son aplicables a nivel individual. La calificación de Amo y de Esclavo resulta útil para para describir estas dos posiciones subjetivas, pero en la práctica es imposible conseguir modelos puros; todo individuo tiene algún dominio sobre alguien, y ninguno está libre de que alguien pueda ejercer algún dominio sobre él. No obstante, en la sociedad se advierten grupos de sujetos con mayor predominio del carácter de Amo y otros con el de Esclavo, y en tal sentido Hegel resulta útil para explicar ciertos conflictos sociales.