PREFACIO
Este libro es el producto de mi innata curiosidad por entender la
conducta de mis semejantes. Su origen se remonta a un momento de mi vida en el
que me propuse encontrar respuestas a las siguientes preguntas:
¿Por qué las personas hacen lo que hacen?
¿Por qué no hacen lo que no hacen?
¿Por qué no obtienen lo que quieren?
¿Por qué obtienen lo que no quieren?
Desde la infancia intenté conducirme
como una persona racional y traté de seguir las reglas de la lógica y del
sentido común para tomar decisiones porque fui educado para eso. A medida que pasaba el tiempo noté que esta
estrategia –que supuestamente debía garantizarme el éxito en toda empresa que
acometiera- no siempre era efectiva, y mediante el análisis de las situaciones
en las que fracasaba llegué a la conclusión de que la causa se encontraba en el
hecho de que la mayoría de las personas con las que debía relacionarme no
utilizaban dicha estrategia, es decir, sus actos prescindían a menudo de la
lógica o del sentido común. Entonces comenzó mi búsqueda de los móviles que
podían tener tales actos, la que tuvo como propósito facilitar mi interacción
con individuos cuyas conductas no podía predecir ni entender.
Leí, pregunté, observé, razoné, todo
ello sin mayores resultados. Debo reconocer que en un primer momento esta
actividad fue para mí poco más que un pasatiempo o un ejercicio puramente
intelectual sin mayor método ni dedicación. Esto cambió cuando me di cuenta de
que mi propia conducta tampoco estaba exenta de las contradicciones que tanto
me molestaban en la de los demás. Tal descubrimiento me afectó profundamente y
debí recurrir a una terapia psiocoanalítica que, si bien debo reconocer que
produjo algunos resultados positivos en lo inmediato, me convenció de que la
cura para el problema de fondo tal como esta disciplina la postula no existe ni
es posible.
Habiendo considerado agotados los
distintos recursos existentes, decidí investigar seriamente y con cierto método
con el propósito de encontrar una teoría que fuera capaz de explicar las
anomalías que observaba en mi propia conducta y en la ajena. Durante ese
proceso se fue gestando el presente libro; a pesar de que no fue mi propósito
inicial incursionar en el campo de la psicología, la evolución de mi trabajo me
llevó a considerar que no habría tenido mayor sentido crear una serie de
neologismos ajenos a ésta: estimo que resulta preferible utilizar términos
conocidos y aceptados por la ciencia existente redefiniéndolos cuando ello
resulta necesario.
A causa de este trabajo que aquí
expongo, se ha producido en mi vida una interesante paradoja que me parece
pertinente mencionar: realizar y concluir este trabajo me ha aclarado grandes
interrogantes que me he planteado y a la vez me ha permitido tramitar mi deseo
en el sentido lacaniano del término. Este doble beneficio ha hecho que –tenga o
no éxito o aceptación este libro- me sienta sumamente satisfecho.
El autor.
INTRODUCCIÓN
Existen varias definiciones que
intentan establecer la naturaleza de la psicología como ciencia, y no resulta
necesario para los propósitos de este trabajo ahondar en las sutilezas que
presenta cada una de ellas: a los fines prácticos del entendimiento de los
conceptos que aquí se desarrollarán, basta definir a la psicología como la
ciencia que estudia la estructura y el funcionamiento de la psiquis humana a
través del análisis de la conducta y el comportamiento. A la psiquis –un
concepto cuyo significado es también discutido- se la puede definir con
criterio pragmático como el sistema operativo que estructura todos los procesos
y fenómenos que constituyen las funciones superiores del cerebro y regulan la
conducta y el pensamiento.
La psiquis tiene dos componentes: una
estructura de funcionamiento innata común a todos los seres humanos cuyo
sustrato es biológico, y un contenido adquirido por cada individuo mediante la
percepción a partir del momento en que su cerebro comienza a funcionar que es
sistematizado teniendo como base a la antedicha estructura. Si bien a este
sistema se lo podría comparar -en líneas muy generales- con el hardware y el
software de una computadora, lo que hace a su comprensión es la diferencia y no
la similitud con aquel: en un software común correctamente configurado,
cualquier funcionamiento paradojal es detectado y señalado en general como una
falla del programa, y éste no puede continuar ejecutándose. En la mente humana,
en cambio, debemos distinguir dos situaciones. Cuando una paradoja puede ser
reconocida como tal en forma consciente, el sujeto tiene la posibilidad elegir
entre diversas alternativas para modificar el proceso correspondiente (puede
dejar de lado la cuestión, posponerla, tratar de resolverla, etc.). Cuando la
paradoja se produce sin que pueda ser registrada como tal por el sujeto, llega
un punto en el que este “malfuncionamiento” queda en evidencia porque le causa
algún tipo de problema o daño perceptible. Señalo aquí dicha palabra entre
comillas, pues lo que en el caso de una computadora puede ser calificado como
una falla de funcionamiento solucionable mediante una reforma del programa, en
la psiquis humana es una consecuencia previsible que deriva de su propia
constitución que, una vez conformada, es prácticamente imposible de modificar.
Tanto en los sujetos humanos como en
los animales existen procesos mentales que se relacionan en forma primaria con
la continuidad vital. En ambos se observa en la dimensión temporal la continua
fluctuación del deseo en su acepción vulgar: la sensación de insatisfacción del
individuo genera un deseo que lo impulsa a cubrir el déficit de aquello que le
resulta necesario; al hacerlo logra a la vez consumar tal adquisición y obtener
la sensación de satisfacción que lo invade cuando logra su objetivo. Esta
constante fluctuación satisfacción - insatisfacción es esencial para mantener
al individuo en actividad y ocurre durante toda su existencia. No puede
resolverse en ninguno de sus dos extremos, pues ello implicaría el fin del
proceso vital. La homeostasis es el principal elemento dinamizador en este
proceso: el término, introducido por W. B. Cannon en 1932, designa la
tendencia general de todo organismo a restablecer un equilibrio interno cada
vez que éste es alterado. Estos desequilibrios internos, que pueden darse
tanto en el plano fisiológico como en el psicológico, reciben el nombre
genérico de necesidades. De esta manera, la vida de cualquier organismo
puede definirse como la búsqueda constante del equilibrio entre cualquier
necesidad y su correspondiente satisfacción. Toda acción tendiente a la
búsqueda de ese equilibrio es, en sentido lato, una conducta.
La psiquis tiene como función
sistematizar la interacción del sujeto con el mundo real a fin de diseñar
conductas: éstas son estructuras de comportamiento que el individuo debe
utilizar con el propósito de obtener la satisfacción de sus necesidades durante
determinados procesos temporales. Esas estructuras rara vez son percibidas como
tales en forma consciente y solo pueden ser analizadas una vez que se ejecutan,
porque el registro real de su funcionamiento se produce en su mayor parte a
nivel inconsciente; en consecuencia, solo resultan totalmente eficientes
mientras la complejidad de una situación no impide al sujeto ponderar
correctamente las fluctuaciones que no siguen parámetros atemporales simples o
lineales. Pasado cierto punto, las respuestas conscientes -que siempre se
originan con base en registros inconscientes- se vuelven aparentemente
deficientes. La situación más compleja que el sujeto debe afrontar es la
relación con otros individuos de su especie, pues allí necesariamente intervienen
e interactúan dos o más estructuras psíquicas. A la dimensión de lo temporal se
le agrega otra aún más compleja que es la de lo intersubjetivo: entonces la
psiquis puede llegar a producir –y la mente consciente debe enfrentar -
paradojas doblemente complejas.
El campo de la psicología etológica
como ciencia abarca el estudio de las vías por las que la estructura innata de
la psiquis incorpora los contenidos exógenos que le darán un modus operandi funcional más o menos permanente, la forma en
la que estos contenidos son administrados y las diversas modalidades de
funcionamiento del sistema en su conjunto una vez que se encuentra conformado;
su objetivo es llegar a determinar con rigor científico si existen
posibilidades de modificarlo y, en caso de no ser así, precisar si existen
posibilidades de crear mecanismos artificiales específicos cuando
se vuelva necesario reformular estrategias de conducta que resultan poco
eficientes o perjudiciales para cada individuo en particular. Como ciencia
pragmática, tiene por objeto de estudio las técnicas y estrategias susceptibles de ser aplicadas a cada sujeto
de acuerdo a la conformación psíquica de la que dispone con el propósito de
encontrar la forma mas adecuada para lograr la modificación de determinadas conductas
en tal forma que resulten eficientes para conseguir logros y beneficios; o,
dicho de otro modo, encontrar la mejor forma de administrar los recursos
psíquicos de cada individuo con miras a la mayor satisfacción posible de sus
necesidades.
En este punto resulta necesario
determinar las relaciones de la psicología etológica con la etología. En algún
punto existe una superposición inevitable, dado que el objeto de ambas ciencias
es la conducta, pero mientras la etología estudia el comportamiento animal, la
psicología toma como objeto la conducta humana, y en consecuencia sus fines son
distintos. En el campo de lo teórico pueden resultar ociosas las
clasificaciones, ya que son siempre convencionales y por lo general no aportan
mayores beneficios; pero en la práctica es necesario establecer los ámbitos de
aplicación de cada ciencia como requisito necesario a fin de evitar posibles
confusiones. La delimitación de los respectivos campos de incumbencia se
relaciona con la finalidad de cada una de ellas. Si se define grosso modo a la neurosis como el
resultado que provoca la aplicación reiterada de una estrategia de
supervivencia ineficaz, se puede definir a la psicología etológica como la
ciencia que estudia la génesis y las consecuencias de las neurosis desde el
punto de vista de las estructuras comunes que determinan la conducta animal y
la humana. Esto equivale a sostener que la etología es la base sobre la que se
estructura el paradigma de la psicología y que, mientras la primera se limita
al estudio descriptivo de las reglas que determinan los comportamientos de las
diversas especies animales, la última abarca en general el estudio de la
totalidad del fenómeno de la conducta humana en sus diversos aspectos y en
particular su posible modificación o adaptación por parte del hombre.
La existencia de diversas corrientes
dentro de la psicología ha dificultado la elaboración de un cuerpo teórico
solvente que, de haber sido aceptado universalmente como válido por la
comunidad científica, se hubiera podido constituir en paradigma general de esta
ciencia. Afortunadamente –y a pesar de ello- algunos psicólogos, cuyo interés
se centra más en el bienestar de sus pacientes que en cuestiones teóricas o en
discusiones bizantinas, han optado por utilizar las técnicas más convenientes
establecidas por cada corriente con un criterio pragmático e inteligente,
atendiendo a su efectividad en cada caso y prescindiendo de la afiliación a
cualquier tendencia en ocasión del ejercicio de la práctica profesional.
Siguiendo este mismo criterio, la psicología etológica toma como modalidad la
incorporación y el aprovechamiento de las teorías y conocimientos prácticos
provenientes de cada tendencia de la psicología actual que puedan contribuir de
forma más conveniente al logro de sus fines, estableciendo como límites la
congruencia con los principios de la teoría que aquí se expone y la consecuente
comprobación de su eficacia al momento de su aplicación a los casos reales.
La visión antropocéntrica que ha
prevalecido hasta el presente en el desarrollo de las ciencias ha sido causa de
delimitaciones epistemológicas no demasiado acordes al orden de lo natural. Los
seres humanos contamos con algunas características que datan de los albores de
la vida sobre el planeta y que son compartidos por todas las formas de vida que
conocemos, por lo que el análisis de aquello que nos hermana con el resto de
los seres vivos debería haber precedido al estudio de lo que nos distingue de
ellos. Pero aún hoy en día, sabiendo que compartimos con nuestros parientes
animales más cercanos, los chimpancés, el 98% del material genético que
determina nuestras características biológicas, persistimos en orientar el
esfuerzo por conocernos y definirnos a partir de aquello que nos
diferencia. En consecuencia, la etología –ciencia que estudia el
comportamiento animal- no ha sido la base de la psicología, tal como se hubiera
podido esperar siendo el hombre un integrante más del reino animal; salvo raras
excepciones, se ha evitado relacionar ambas ciencias con el tácito propósito de
evitar que la psicología terminara siendo una rama de la etología.
Este “error” ha provocado una
fractura que rompe la continuidad entre el estudio de la conducta animal y la
humana, dejando un hueco que debió haber sido ocupado por aquellos objetos de
estudio de la etología que el ser humano comparte con los demás animales. Este
espacio en blanco en el campo de las ciencias ha privado a la psicología de la
posibilidad de establecer una base común que puede ser útil para integrar a los
distintos paradigmas actuales en un solo corpus conformado por elementos coherentes
entre sí. Esta visión sesgada de la realidad ha permitido también en algunos
casos evadir la confrontación directa con el principal tema controvertido de
dicha ciencia: la posibilidad de la cura.
Por otra parte, la etología -como
cualquier otra área del conocimiento- también presenta hoy en día limitaciones.
La estructura de los lenguajes animales, gran parte de los factores cognitivos,
la diversidad del comportamiento social animal y los orígenes y límites de la
intencionalidad y de la auto-conciencia son temas que aun no han sido
investigados apropiadamente por los etólogos. Las razones por las que se
produce el fenómeno de la autoconsciencia humana o la reflexión, su relación
con la química del cerebro, el proceso evolutivo que le ha dado origen,
etc., siguen siendo en gran parte un misterio aun no descifrado por la
ciencia.
Actualmente la mayoría de las
corrientes psicológicas concuerdan en sostener que la constitución de la
estructura de la psiquis humana es esencialmente neurótica. Al estudiar su
funcionamiento estaremos observando un fenómeno natural que por su calidad de
tal aparece como objeto adecuado para una ciencia descriptiva. Si aceptamos
este postulado, llegaremos a la conclusión de que el éxito en la cura de la
neurosis tiene tan pocas posibilidades como la conservación de los glaciares o
el control artificial del clima mundial. Debido al hecho de que la psicología
apareció en su momento como una rama de la medicina -y el objeto principal de
esta última es curar- ha resultado difícil hasta el presente reconocer que la
cura entendida como modificación de una estructura neurótica básica es un
objetivo prácticamente imposible. La psicología debe proveer entonces otros
medios para tratar los problemas y afecciones que se derivan de la naturaleza
de la psiquis humana.
Si presuponemos que esta estructura
que denominamos “psiquis humana” funciona en base a principios que también
determinan la conducta animal y que están principalmente al servicio de la
supervivencia, tendremos la posibilidad de encontrar métodos que nos permitan
una mejor investigación, una búsqueda racional de soluciones para los problemas
que presenta la materia, y tal vez resulte posible lograr el desarrollo de un paradigma
unificado de la ciencia que tiene por objeto de estudio la psiquis y la
conducta humanas al que resulta lógico esperar que adhieran las distintas
corrientes de la psicología teniendo en cuenta que todas ellas comparten el
estudio de los mismos fenómenos.
.
Capítulo 1:
ETOLOGÍA HUMANA
Cuando se intenta investigar en base
al material teórico que constituye el rubro denominado “etología humana”, se
advierte la existencia de dos posiciones: la de quienes la identifican
totalmente con la psicología, y la de algunos autores que la reducen al estudio
de los comportamientos instintivos del ser humano. Ambas posiciones revelan una
pobreza intelectual casi franciscana motivada por la dificultad ya mencionada
de aceptar que el hombre es un integrante más del reino animal. Un breve resumen
de las investigaciones realizadas en el campo de la etología servirá como
introducción al tema a desarrollar.
Konrad Lorenz, zoólogo y etólogo
austríaco que desde niño fue amante de los animales, dedicó parte de su vida a
observar sus conductas. Notó que las crías de los gansos comenzaban a seguir a
su madre poco después de romper el cascarón y que se creaba un vínculo
importante que ayudaba a la madre a protegerlos y a entrenarlos. Pero también
observó que los ansarinos huérfanos lo seguían a él como si fuera su madre unos
instantes después de romperse los cascarones: dedujo que ese apego ocurre
cuando los gansos recién nacidos detectan un ser grande en el momento de romper
sus cáscaras. Siguiendo este patrón más o menos permanente, algunos gansos
silvestres que habían tomado a Lorenz como su “madre” preferían pasar la noche
en su recámara y lo seguían a todas partes. El investigador denominó
"impronta" al proceso causante de este apego inicial.
Estudió también la conducta de los
patitos cuando emergían del cascarón y su impronta de seguimiento. Observó que
los patitos improntan la figura materna el primer día de su vida, y lo hacen
tomando el primer objeto que ven y que tiene movimiento: siguen a lo primero
que se mueve junto a los huevos, que –sea lo que sea- se “convierte" en su
madre. Observó que cuando reunía a los animales que lo habían improntado a él
como figura materna con su madre real, estos la ignoraban y continuaban
siguiéndolo. En la mañana cuando despertaba veía a estos patitos alrededor de
sus botas en vez de estar en su nido. Una vez reportó que había rodado una
pelota de ping-pong cerca de un huevo en el que emergía un patito: cuando este
la vio, quedó improntado con la pelota, la que se convirtió en su
"madre". Más tarde el patito relacionaba con su madre cualquier cosa
que rodara y la seguía.
Una explicación plausible de este
fenómeno es que la evolución habría propiciado esa necesidad esencial de
memorización, programando a las crías para que sigan el primer objeto móvil que
les produce la “llamada” de su especie. Lorenz consideró a la impronta un
ejemplo de aprendizaje preprogramado; el término impronta se refiere entonces a
una forma de aprendizaje en la que un animal muy joven fija su atención en el
primer objeto que ve, escucha o toca, y en el movimiento que a continuación
hace ese objeto, el que normalmente en la naturaleza es uno de los padres.
Otros animales y objetos inanimados
han sido utilizados en forma experimental para estudiar este
comportamiento. Konrad Lorenz y sus
colegas creían que las improntas se establecían en ciertos periodos
neurológicamente críticos y que cualquier objeto que hubiera sido
"improntado" quedaría establecido permanentemente como tal y en
consecuencia no se lo podría cambiar fácilmente. El período crítico de la
impronta -que sería el momento más propicio para el establecimiento del vínculo
entre los gansos y su madre- ocurre poco después de romper el cascarón, cuando
las crías son lo suficientemente fuertes como para desplazarse, pero antes de
poder adquirir un miedo intenso hacia los objetos grandes en movimiento. Si se
retrasa la impronta, los gansos sentirán temor de la madre, o solo desistirán y
se cansarán, se debilitarán y parecerán apáticos. Ese periodo crítico es el
lapso sensible en el cual es posible efectuar la impronta. Según Lorenz, se
trata de un proceso permanente e irreversible, pues no se extingue una vez
establecido.
El apego inicial formado por la
impronta favorecería la identificación dentro de la especie, y las preferencias
sexuales del adulto estarían determinadas por dicho apego. Lorenz improntó
gansos silvestres a su persona en el momento de romper el cascarón: cuando
alcanzaron la edad adulta ignoraban a los miembros sexualmente receptivos de su
especie, pero hacían avances sexuales hacia él.
Observaciones posteriores indicaron
que la formación de un vínculo irreversible no es una regla absoluta. Por
ejemplo, la reversibilidad de la impronta en las aves variará si la especie es
nidífuga (deja el nido poco después de romper el cascarón) o nidícola
(permanece en el nido un período largo). La especie que se queda mas tiempo en
el nido muestra un tipo de apego mas permanente al objeto improntado y en
ocasiones manifiesta por él una preferencia sexual mayor que por los miembros
de su propia especie.
Timothy Leary y Arthur Janov han
identificado ciertos estados de desarrollo significativamente críticos en los
seres humanos. Sostienen que las improntas establecidas durante ese periodo
generan creencias centrales que modelan la personalidad y la inteligencia de
los individuos. Los periodos críticos primarios involucran el establecimiento
de improntas que determinan creencias concernientes a la supervivencia
biológica, aspectos emocionales y de bienestar, capacidad intelectual, rol
social, apreciación estética y "meta-cogniciones" (tener consciencia
de sus propios procesos de pensamiento).
El
período crítico se refiere al tiempo de la vida del organismo en que se
produce el fenómeno llamado troquelado, impronta o imprinting. Los períodos
críticos suelen tener una duración limitada, y una vez transcurrido el lapso
correspondiente ya no es posible su recuperación.
El
período de susceptibilidad corresponde a un lapso de la vida de los
organismos en el que son especialmente sensibles ante ciertos estímulos a los
que conectan con un repertorio de respuestas innatas. Una vez hecha esta
conexión, la misma se perpetúa de ordinario para toda la vida. Si durante este
período no se conectan las pautas innatas a sus estímulos específicos, la
conducta posterior resulta anómala.
El período óptimo se refiere al hecho de
que durante el desarrollo hay momentos más adecuados para adquirir ciertos
aprendizajes. Fuera de este período, esos aprendizajes quizá pueden obtenerse,
aunque con muchas más dificultades e imperfecciones. Un ejemplo típico es el
lenguaje.
La impronta tendría entonces cuatro
características básicas que la diferencian del aprendizaje racional:
1.- Un periodo de tiempo determinado y específico
-periodo crítico- en el que el aprendizaje ha de tener lugar.
2.- Un contexto específico,
habitualmente definido por la presencia de un estímulo o señal específico.
3.- Una restricción en el aprendizaje, la
que hace que el animal recuerde sólo ese estímulo específico, ignorando otros
que a priori podrían parecer más
relevantes.
4.- No se requiere ningún tipo de premio
o recompensa (refuerzo positivo) para que el animal aprenda y recuerde lo
aprendido.
Timothy Leary también investigó el
fenómeno de la impronta en los seres humanos. Afirma que el sistema nervioso de
las aves y los demás animales tiene similitudes, ya que funciona bajo el
principio neurológico de todo o nada (similar a un sistema binario). La
diferenciación mayor está en el hecho de que el sistema nervioso humano es
capaz de crear abstracciones y cogniciones, mientras que el de los demás
animales funciona solo con base en instintos o impulsos puros y en una
generalización de la realidad. A causa de esta diferencia, el contenido
improntado por el ser humano en periodos críticos y tempranos puede ser
accesado o reprogramado: Leary denominó reimpronta a este proceso. Esta teoría
no ha sido verificada en la práctica, por lo que -al margen de que pudiera
resultar útil a los fines de posteriores investigaciones- no agrega elementos
que permitan arribar a una solución definitiva de la cuestión.
Debido a la falta de investigaciones
confiables en el campo de la etología humana, los enunciados referentes a los
mecanismos de impronta que aquí se exponen deben tomarse como conjeturas y no
como hipótesis. Hecha esta aclaración, cabe suponer que, al comenzar cada etapa
biológica del individuo, éste requiere la improntación de conductas que le
posibiliten enfrentar las nuevas alternativas a las que se ve expuesto. Cuando
el patrón de desarrollo biológico incluye una instrucción genética que posibilita
la creación de una función, ésta se inicia y se desarrolla solo si dicha
instrucción es puesta en ejecución por una impronta adecuada. Una impronta que
proviene en forma directa de un medio determinado hace que la instrucción se
actualice, creando así una función que de otra forma quedaría atrofiada ante la
existencia de ese medio en el que pueda actuar. El periodo crítico en el que la
capacidad de aprender del sujeto es óptima no está limitado a una única etapa
particular de su desarrollo: la ubicación de dicho periodo en el tiempo depende
de que existan a la vez la posibilidad de aprender determinada habilidad y la
necesidad de hacerlo.
Si las improntas adecuadas se
producen al comienzo de la etapa que corresponde según las pautas innatas de
origen genético, sus contenidos ocuparán un lugar predeterminado en la
estructura psíquica del sujeto. Si bien dichas pautas innatas conectan a
estímulos específicos, en defecto de éstos otras improntas podrán actualizar
funciones distintas de las que fueran predeterminadas, y en tal caso el espacio
correspondiente en la estructura psíquica será ocupado por contenidos distintos
a los previstos por la naturaleza. Esto dificultará una posterior improntación
de los contenidos que hubieran resultado adecuados para la correcta evolución
del individuo. La estructura correspondiente de las redes neuronales quedará
conformada a otro efecto, y si el sujeto intenta adquirir con posterioridad la
capacidad social cuyo aprendizaje ha debido posponer surgirá una dificultad,
pues el lugar que aquella debió ocupar ya habrá sido dedicado a otra función
que no es la prevista. Un ejemplo es la facilidad con la que se aprende un
idioma en la primera infancia en comparación con el esfuerzo necesario para su
estudio en una etapa posterior. En consecuencia, no parece haber una
posibilidad de reimpronta en el sentido de “reemplazo” que describe Leary, pero
sí son posibles improntas posteriores, aunque presentarán una mayor
dificultad.
Capítulo 2:
IMPRINTING, CONDICIONAMIENTO E
INDIVIDUO HUMANO
En relación con la supervivencia
animal, el imprinting es siempre exitoso. Una estrategia que consista en una
conducta desempeñada durante una situación de alto tono emocional –que en
general se origina en una necesidad de la que depende en forma inmediata o
mediata la supervivencia del individuo- se repetirá en la próxima generación si
resulta exitosa -pues el animal sobrevivirá y se reproducirá-, pero si la
estrategia falla, desaparecerá con la muerte del sujeto, pues no existirá una
progenie a la que se la pueda transmitir. En consecuencia, se deduce que toda
estrategia trasmitida por una madre debe presumirse exitosa, y la prueba de tal
éxito será la supervivencia del hijo.
Desde un punto de vista puramente
darwiniano esta circunstancia es una ventaja para la especie animal en orden a
su mejoramiento, pues promueve el surgimiento de una variedad de estrategias
alternativas de entre las que sólo perdura la que demuestra mayor efectividad
al ser probada. Pero si se considera al sujeto en particular, tomándolo como
una unidad y prescindiendo del rol que debe desempeñar en el futuro
mejoramiento de su especie, encontraremos que la existencia de muchos de los individuos
tendrá como único objeto desarrollar estrategias alternativas que al ser
puestas a prueba resultarán ineficientes y los conducirán a una muerte
temprana.
Debido a los beneficios comparativos
que proporciona el hecho de vivir en una sociedad altamente evolucionada, en la
especie humana, en general el fracaso de una estrategia ineficiente no produce
la muerte del individuo en forma inmediata, por lo que éste sigue aplicándola
una y otra vez durante toda su vida sin obtener resultados satisfactorios, y además
la trasmite a su descendencia.
En teoría, una estrategia de
supervivencia humana podría eliminarse a si misma sin que resulte necesario
alterar la vida del sujeto que debe transmitirla. Por ejemplo, un progenitor
que no desarrollara una relación con su hijo no produciría el imprinting
correspondiente en éste, y en consecuencia la existencia de tal estrategia
habría terminado al mismo tiempo que la vida del sujeto que la ha desarrollado
sin que exista relación con el hecho de que su supervivencia hubiera sido
afectada o no. Pero si tenemos en cuenta que la improntación se produce durante
el desarrollo de la relación temprana del sujeto con la madre, y que esta
relación rara vez se interrumpe en sus primeras etapas, en la práctica las
estrategias ineficientes se transmiten en la mayoría de los casos.
De lo expuesto precedentemente
podemos deducir que las denominadas conductas neuróticas -entendidas éstas como
las que difieren sustancialmente de las conductas que razonablemente llevarán
al individuo a la consecución de sus objetivos o a la satisfacción de sus
necesidades conscientes y manifiestas- son consecuencia de la aplicación de
estrategias de supervivencia ineficientes improntadas del progenitor.
Cabe aclarar en este punto que todas
las estrategias que pone en práctica el infante hasta cierto momento de su
desarrollo las adquiere mediante la improntación y están en principio
destinadas a preservar su existencia y satisfacer sus necesidades: a la luz del
progreso de la especie humana a través del tiempo debemos reconocer que la mayoría
han resultado eficientes, pues han cumplido y cumplen adecuadamente su
cometido. Por lo tanto, definir la conducta neurótica como una estrategia de
supervivencia ineficiente tiene el único propósito enfocar el estudio de la
psiquis en una particularidad que distingue al ser humano de los animales para
poder plantear una de las cuestiones centrales que aborda la psicología
etológica.
Si la selección natural llevara a la
muerte o a la imposibilidad de reproducirse a todos y a cada uno de los seres
humanos que improntasen una estrategia ineficiente (tal como sucede con la
mayoría de las especies animales en estado natural) no existiría la posibilidad
de desarrollar ningún tipo de neurosis. De hecho, es prácticamente imposible
detectar conductas neuróticas en especies animales que se encuentran aisladas
de la influencia humana, aunque sí se las puede observar con frecuencia en animales
domésticos, en cautiverio o utilizados en procesos experimentales: el caso de
los perros de Pavlov resulta el ejemplo más conocido∞ e ilustra de qué manera
se puede improntar en un sujeto una conducta que resultará ineficiente como
estrategia para conseguir la satisfacción de una necesidad básica como lo es el
alimento.
La especie humana, al haberse
desarrollado de manera distinta de las demás debido a su capacidad de análisis
consciente y racional de las diversas situaciones a las que se ha visto y se ve
enfrentada, y a la consiguiente posibilidad de interactuar en forma dialéctica
con su medio –al que modifica y al posteriormente se readapta en forma mas o
menos continua- en gran parte pudo sobrevivir por poseer esta ventaja
comparativa sobre las demás especies, y por ello se ha visto sometida en menor
medida que estas últimas a la ley de la selección natural: cuanto mayor
desarrollo ha logrado en este sentido, más ha podido prescindir de algunas
estrategias primarias de supervivencia de las que siguen dependiendo los demás
animales.
La circunstancia de que la
supervivencia del ser humano no dependa en forma exclusiva de las estrategias
originadas en la selección natural ha evitado que muchos individuos perezcan en
forma temprana a pesar de desarrollar alguna estrategia de supervivencia
adquirida mediante una impronta primaria que haya devenido ineficiente –por
ejemplo- a causa del transcurso del tiempo. La ejecución de esta estrategia no
acarrea la muerte para el individuo que la ha improntado, pero sí afecta su
conducta en otros sentidos, privándolo de la consecución de determinados
objetivos o causando su deceso en un periodo de su vida posterior al inicio de
su etapa reproductiva en el que ya pudo transmitir dicha impronta deficiente a
su descendencia.
Por ser la improntación un proceso que
–a diferencia de otro tipo de aprendizaje- se realiza sin la intervención de la
consciencia, los contenidos improntados quedan fijados en forma directa en el
inconsciente y esto hace imposible su revisión y modificación por parte del
sujeto, quien no registra su existencia ni la influencia que ejercen sobre su
conducta. En este sentido, el individuo está condenado a obedecer a sus
impulsos inconscientes que son determinados por esos patrones tempranamente
improntados cuya existencia desconoce.
Lo único que el individuo humano
puede llegar a percibir -debido a su capacidad de reflexionar con base en las
reglas de la razón- son las consecuencias de la aplicación de esos patrones:
los únicos indicios perceptibles de la existencia de estos elementos internos
que condicionan su conducta en forma negativa serán la insatisfacción o
frustración de expectativas lógicas o razonables y los perjuicios que sufra por
ello.
Teniendo en cuenta que las improntas
ineficientes referidas a su relación con el medio serán casi con seguridad
causa del temprano deceso del individuo, las que subsistan serán las que atañen
a las relaciones con sus semejantes: cobra aquí extrema importancia estudiar en
qué sentido los problemas derivados de las relaciones intersubjetivas son
percibidos por el sujeto como cuestiones de supervivencia para determinar
cuáles son los patrones que ha improntado en relación con ellas.
Capítulo 3:
LA ATENCIÓN COMO ELEMENTO
ESENCIAL: EL OTRO.
Para los animales que dependen de sus
progenitores durante el primer periodo de su vida, el poder de requerir la
atención de éstos es esencial para garantizar la supervivencia durante esa
etapa. El animal adulto alimenta y protege a su cría hasta que ésta se
encuentra en condiciones de valerse por si misma, y también inscribe mediante
improntación estrategias de supervivencia eficientes que le fueron previamente
transmitidas por ese mismo medio. Los instrumentos comunicacionales de los que
se valen los animales en ambos casos –gritos, movimientos, etc.- son en general
poco complejos: esto sucede porque -por razones de economía adaptativa- sus
cerebros deben recoger solamente el mínimo de información necesaria que les
haga posible resolver cada situación determinada.
En las relaciones del ser humano con
los demás integrantes de su especie se dan características únicas que no se
encuentran en los demás animales. Una de ellas es el lenguaje hablado, y la
otra es una consecuencia directa de éste: el poder de transmitir
conscientemente por dicho medio los nuevos conocimientos adquiridos a sus
semejantes y descendientes. Esto hace que las relaciones intersubjetivas en los
humanos sean infinitamente más complejas que las del resto de las especies.
Pero esta complejidad resulta ajena a
los verdaderos móviles que determinan la elección de los sujetos con los que
los seres humanos establecen relaciones personales. En general, los individuos
solo son capaces de explicar sus motivos cuando aquellas se generan en
relaciones de familia o derivan de su posición en la sociedad; cuando se les
interroga sobre las relaciones que establecen en relación con sus afectos o
emociones, son generalmente incapaces de dar una explicación de sus motivos que
resulte verificable cuando se la confronta con las circunstancias de la
realidad. Por ejemplo, les resulta difícil determinar una causa racional que
determinó su elección de pareja, o la razón por la que prefieren la compañía de
determinadas personas a la de otras.
Cuando los sujetos expresen mediante
el lenguaje ciertos conceptos relacionados con determinadas interacciones
intersubjetivas (por ejemplo, el de “felicidad”) no podrán llegar a un acuerdo
común sobre su significado, y se conformarán en principio con una definición
general e imprecisa como la de “sensación que sobreviene ante la satisfacción
de un deseo”. Si se intenta profundizar en el tema, ninguno de los individuos
que manifiesta haber sido feliz aceptará que lo que sintió fue solo una sensación
y todos afirmarán que hay “algo más”, aunque no podrán ponerse de acuerdo en
qué consiste éste “algo”. Si debemos formular una definición científica
objetiva y simple de “felicidad”, diremos que se trata simplemente de un
aumento notable de la actividad de las endorfinas en el cerebro. La dificultad
para definir la felicidad es de quien la siente, y se debe a que no puede
determinar cuál es la verdadera causa de este fenómeno, porque ésta se
encuentra en su inconsciente: solo sabrá –en realidad, creerá saber o supondrá-
que algún suceso del cual él es consciente lo ha provocado. Pero tal hecho es
la causa mediata: la causa inmediata y real es la conclusión satisfactoria de
un patrón de comportamiento improntado en su primera infancia.
El mismo problema aparece al intentar
definir el amor. Entre miles de definiciones, ninguna logra satisfacer completamente
a quien está enamorado, porque a todas les falta “algo” para llegar a expresar
completamente lo que siente. Por otra parte, tampoco existe una definición
objetiva del amor que haya sido mayoritariamente aceptada, a pesar de que se
puede afirmar casi con seguridad que es el tema más abordado por un sinnúmero
de artistas, intelectuales y científicos.
En definitiva, tanto en el orden
individual como en el colectivo, cualquier definición que intente determinar la
naturaleza de una relación interpersonal relevante resulta insuficiente cuando
se la contrasta con la lógica objetiva y todas ellas muestran en este caso su
insuficiencia.
Ha sido Jacques Lacan quien a través
de su reformulación de la teoría freudiana ha elaborado una sistematización que
explica con cierto rigor científico la naturaleza de las emociones y los
sentimientos. Según este autor, es esencial en principio distinguir claramente tres
conceptos: necesidad, demanda y deseo.
Como ya se ha explicado, la necesidad
causa una sensación que surge por motivos puramente orgánicos y provoca una
tensión que se descarga (o deja de existir) una vez que el objeto necesario es
provisto. Con el tiempo la necesidad vuelve a surgir y debe ser nuevamente
satisfecha: este proceso se repite en forma constante.
Lacan introduce el concepto de
demanda distinguiéndolo de la noción de necesidad. En un primer momento la
conducta del ser humano es determinada por sus necesidades vitales, y en tal
sentido es equiparable a cualquier integrante del reino animal en el que cada
ser se apropia de aquello que le pide su instinto. Pero como el infante humano
no puede realizar por sí mismo las acciones que deben satisfacer sus
necesidades (que son en principio meramente orgánicas o biológicas), se ve
forzado a expresarlas en alguna forma por medio de la demanda, para lograr que
otro (la madre) realice dichas acciones por él. Para obtener algo de alguien,
el ser humano debe encontrar las palabras con las que pedir lo que necesita.
Mientras aún no está inscripta en el lenguaje, esa demanda de satisfacción de
la necesidad debe ser decodificada por la madre, quien interpreta los pedidos
del niño.
Lacan sostiene que, debido al hecho
de que el objeto que satisface la necesidad del infante es provisto por el
otro, la demanda adquiere una doble importancia, pues reclama –además del
objeto- la prueba del amor del Otro. La demanda expresa una necesidad y a la
vez también una demanda de amor. En esta estructura la demanda que se dirige al
Otro tiene la característica de lo incondicionado, y en consecuencia toma la
forma de ‘’condición absoluta". Las necesidades del infante pueden
satisfacerse, pero esta demanda de amor absoluto e incondicional es previa al
establecimiento del lenguaje, y por ello es imposible de satisfacer. Lacan denomina a este resto insatisfactible deseo; éste se asienta en lo que no
obtiene, en lo que no es satisfecho.
El sujeto parte de la necesidad, y al
ponerla en palabras ésta pasa a ser demanda. Así se coloca en dependencia del
otro, y lo particular de la necesidad en sí queda en cierto modo anulado. Lo
que más le importa al individuo es que exista una respuesta del otro,
independientemente de la apropiación o no del objeto que podría satisfacerlo.
Podría decirse que el sujeto, en su encuentro con el otro, demanda amor,
reconocimiento. Para Lacan, la demanda está referida a otra cosa que la
satisfacción que reclama; es demanda de una presencia o de una ausencia. El
deseo es siempre generado por una falta: no es una relación con el objeto, sino
con su falta.
La demanda, al no ser satisfecha,
genera repetición, y de este modo se va delineando el objeto-causa del deseo.
En esta repetición se transforma el objeto de la necesidad no satisfecha –la
falta- en objeto de deseo. En consecuencia, el sujeto busca lo que desea allí
donde no lo va a encontrar.
Este breve resumen precedente no
describe en forma muy exacta ni completa la sumamente compleja teoría lacaniana,
pero resulta suficiente para describir a grandes rasgos la base sobre la que se
asientan las relaciones interpersonales entre los seres humanos.
El infante humano en la primera etapa
de su desarrollo no presenta diferencias significativas con los demás animales:
los únicos instrumentos que posee para comunicarse son el llanto, los gritos,
los gestos y la mirada. Con estos escasos recursos debe atraer la atención de
la madre, pues su obtención resulta esencial para la supervivencia. Pero ella
ya ha incorporado el lenguaje hablado para comunicarse con sus semejantes y al
verse privada de utilizar ese medio para determinar cuáles son las necesidades
del hijo, debe deducirlas utilizando su instinto o su razonamiento. Esta
diferencia comunicacional imposibilita a la madre determinar en forma directa
la necesidad a la que el niño hace referencia; en consecuencia, solo puede
presuponerla.
Esta determinación es elaborada por
la madre con base en lo que ella supone o conjetura que el hijo debe estar
demandando; al no encontrar en el infante un discurso inteligible, debe
recurrir a su criterio, y éste proviene -al igual que sucede en el caso de los
animales- de las experiencias improntadas por ella al observar en su vida
temprana las conductas de su progenitora. En algunas situaciones proveerá la
necesidad que le es requerida en forma correcta; pero en otras lo hará en forma
deficitaria, pues entre las estrategias que en ella se han improntado habrá
algunas que serán eficientes y otras que no. En consecuencia, la forma en que
la madre atiende las demandas del hijo no es aleatoria: la necesidad es
satisfecha algunas veces y otras no, pero siempre siguiendo un patrón que la
progenitora ha improntado en su primera infancia.
A su vez, sin signos que le permitan
categorizar lo real, establecer diferencias y componer un mapa de relaciones,
el niño no puede determinar con la precisión del adulto cuales de sus
necesidades son satisfechas y cuales no, pues carece del instrumento del
lenguaje que le permitiría definirlas y diferenciarlas. Tampoco puede discernir
entre su reclamo de lo que necesita y su demanda de atención, pues estos dos
extremos forman para él un todo indiferenciado del que el infante está
principalmente pendiente en lo que respecta a la respuesta a su llamado de
atención. Si éste es atendido y su necesidad resulta satisfecha en la
proporción adecuada, se genera una impronta eficiente y el proceso termina
allí; pero si solamente recibe la atención esperada sin que se satisfaga su
necesidad, repetirá su demanda por dos motivos:
1.- Su estrategia para llamar la atención
ha sido exitosa y esa atención recibida ha actuado como refuerzo positivo para
dicha estrategia.
2.- Su necesidad aun no ha sido cubierta.
Con el tiempo el infante se adaptará
al hecho de que algunas de sus necesidades queden insatisfechas, pero aún en
estos casos la demanda le garantizará cierto alivio cuando obtenga la atención
de la madre. Sucederá también que el periodo de atención que recibirá de su
madre será mucho mayor en el caso en que su necesidad no sea satisfecha en
forma inmediata. En consecuencia, el individuo registrará en su inconsciente
que el tipo de atención que obtiene puede ser casi permanente cuando se toma el
trabajo de demandar lo que no se le va a dar, y que no se interrumpirá mientras
continúe haciéndolo. La repetición retroalimentará y perfeccionará dicha
conducta, y así habrá improntado definitivamente ese patrón.
El psicólogo Jorge Bekerman ha
resumido con gran acierto en este fragmento la relación del hijo con la madre:
“Mi
interlocutor como distinto a mí es, en primer lugar, mi madre cuando soy un
bebé. Ella es mi primer interpretante: interpreta mis ruidos y mis llantos, mis
eructos y mis silencios. Está lista para interpretarlo todo de mí y convertirlo
en mensajes significativos. Lloro y ella dice que dije que tengo hambre, o que
tengo sueño, o que quiero que me cambien los pañales, o que quiero pasear.
Además, a veces hasta acierta, pero eso es lo de menos. Porque como bebé lo que
me es verdaderamente imprescindible es alguien que me escuche, que crea
interpretarme, pero sobre todo que disfrute al hacerlo”
Por la vía de los principios
establecidos por Lacan y por la del estudio de la etología humana se llega a
idéntica conclusión: el sujeto busca lo que desea allí donde no lo puede
encontrar.
Capítulo 4:
UNICIDAD DEL
CONCEPTO DE ATENCIÓN
Habiendo determinado la importancia
de la atención del otro en la conformación de las relaciones intersubjetivas
humanas, corresponde ahora investigar hasta qué punto la conducta humana se
basa en el mecanismo descripto en el capítulo anterior. A primera vista se
podría pensar que sólo cuando hablamos de amor, amistad o relaciones de familia
se da la paradoja de que uno busca lo que necesita allí donde no lo va a
encontrar: casi todos podremos relatar la historia de alguna relación en la que
el descubrimiento de la falta de algo que en un principio aparecía como
determinante terminó siendo la causa de una decepción.
Más difícil será relacionar el
fracaso de un estudiante brillante o el accidente fatal de un consumado piloto
de carreras con la mecánica de la atención y el deseo, pero Lacan ha explicado
también algunos de estos casos partiendo de la teoría psicoanalítica. Aunque el
paradigma lacaniano es el que mejor ha sistematizado los principales conceptos
de la psicología hasta el presente, se advierten en él algunas contradicciones.
Por ejemplo, Lacan afirma por una parte que el objeto del deseo no existe, en
tanto es un plus indefinido de la demanda: como espacio vacío cabalga entre
diferentes objetos, ninguno de los cuales lo satisface. Por otra, sitúa al
objeto del deseo en el mundo de lo real, lo que haría suponer que su
satisfacción es posible, aunque solamente desde un punto de vista teórico.
Algunas aparentes discordancias entre sus afirmaciones han dado lugar a muy
diversas interpretaciones de las teorías de este brillante autor.
Desde el punto de vista de la
etología humana, el objeto del deseo es una prestación que un individuo le
reclama insistentemente a los otros y que no fue satisfecha en un principio por
su progenitora: el sujeto obtuvo atención gracias a su reclamo, pero no
consiguió el objeto reclamado. Dado que –como ya se ha dicho- el hecho de
lograr la atención del otro como estrategia de supervivencia supera en
importancia a la satisfacción de cualquier necesidad en particular, el sujeto
inscribe en su inconsciente como la relación que le resulta mas adecuada y
conveniente la que se desarrolla con ese otro determinado que usualmente le
presta atención. Pero surge allí una paradoja: reconoce al sujeto del que va a
requerir atención por lo que inconscientemente registra como su característica
más sobresaliente: su negativa a satisfacer una determinada necesidad.
Hay que tener en cuenta en este punto
que tanto las demandas del infante aún privado del habla como las del niño que
la ha desarrollado sufren determinadas limitaciones que son establecidas en
favor de su supervivencia o de su bienestar: en el ser humano casi toda
estrategia de supervivencia lleva implícita una privación o una postergación de
una satisfacción inmediata. Si la madre le niega la posibilidad de comer un
alimento en mal estado al niño, actúa a favor de su supervivencia aun cuando el
infante suponga que se le está negando una prestación que necesita. Por lo
tanto, resulta necesario para la supervivencia que el inconsciente del niño
registre todas las privaciones que sufre como necesarias cuando la
insatisfacción de ciertas necesidades a causa de la negativa de las
prestaciones necesarias por la madre sea justificada y también cuando no lo
sea, pues el sujeto aún no tiene la capacidad de discernir entre una coyuntura
y la otra. Esto justifica el hecho de que el infante valore inconscientemente
como positiva cualquier privación aun cuando ve frustrado su deseo, la impronte
como tal, y frecuentemente la reproduzca por sí mismo en su vida adulta. La
falta se puede considerar entonces en la mayoría de los casos como un elemento
positivo en tanto favorece la supervivencia o el bienestar del sujeto.
Como ya se ha referido, las improntas
ineficientes referidas a la relación del infante con el medio serán casi con
seguridad causa de su temprano deceso, y también lo serán las que afecten en
forma absoluta la relación con su progenitora o las demás relaciones biológicas
que aseguran la continuidad de su vida en una primera etapa.
Por lo tanto, las improntas que
pueden dar origen a una neurosis se desarrollarán en su mayoría en una etapa
posterior en la que las relaciones entre madre e hijo se vuelven más complejas
por el advenimiento del uso del lenguaje hablado. Este permite el paso de la
conducta instintiva a la razonada, establece estatutos conscientes para las
relaciones intersubjetivas e incrementa el grado de discernimiento del niño.
Teniendo en cuenta que la insatisfacción de las demandas del niño por parte de
la madre sigue un patrón definido pero no siempre racional, llegará un punto en
el que el hijo se verá en la situación de tener que soportar una privación a la
que su discernimiento le permite calificar como injustificada; a pesar de ello
y debido al mecanismo automático que le hace improntar las privaciones sufridas
como necesarias, la aceptará para no entrar en conflicto con su madre
arriesgándose a perder su atención, y la registrará en su inconsciente como
indicio que hace reconocible la característica del sujeto que le concede esa
atención de la que goza. En su vida adulta tenderá –sin darse cuenta- a
establecer relaciones con personas que al poseer tal característica le
garanticen la privación del objeto deseado.
Se introduce aquí la palabra “goce”
ex profeso debido al significado que le atribuye Lacan. En su teoría, el goce
se presenta no pura y simplemente como producto de la satisfacción de una
necesidad, sino como la satisfacción del deseo en forma absoluta, sin límite
alguno. Pero en el terreno de la realidad, esta última situación teórica
resulta imposible; allí el sujeto solo logra el goce puro cuando acepta
disfrutar de la atención del otro mientras su necesidad se encuentra
insatisfecha. El goce consiste en un beneficio parcial que se recibe a nivel
inconsciente y surge cuando existe la imposibilidad de conseguir el objeto
mientras se obtiene la atención del otro desprovista de cualquier elemento
condicionante, es decir, en su forma más pura.
Llegado a la etapa del desarrollo del
ser humano en la que ya posee un registro más o menos importante de ciertos
significados y su demanda asume la forma verbal, puede formularla en frases
coherentes, tiene la capacidad de reflexionar mediante la revisión del discurso
propio y del ajeno, y por lo tanto es capaz de hacer sus propias valoraciones.
Supongamos que formula a su madre una demanda que ésta no satisface, y
recordemos que la incapacidad o negativa de la madre a satisfacer una necesidad
determinada a pesar de que la demanda es razonable proviene de patrones que
ella improntó con anterioridad: sería verosímil desde un punto de vista teórico
que el niño, al percibir la contradicción que alberga el proceder de su madre,
expresase su protesta ante los enunciados de ésta. No obstante, si así lo
hiciera, no es de esperar que ella reconozca sus propias contradicciones; por
el contrario, es probable que se sintiera atacada y lo amenazara con retirarle
de su amor (que en el campo de la realidad es su atención). El hijo, ante esta
posibilidad, desarrolla una estrategia consistente en privilegiar la atención
que recibe de su madre por sobre la necesidad propia, aceptando la nueva situación:
esta determinación tiene como efecto improntar en su inconsciente la
característica negativa (falta) que hará reconocible a su madre como proveedora
de atención por las características particulares de la privación a la que lo
somete.
El hijo, para asegurar su
supervivencia, está obligado a continuar esta relación a pesar de su necesidad
queda insatisfecha y por ello se adapta a las distintas circunstancias que se
le presentan. Si la madre le niega una satisfacción esgrimiendo algún argumento
(sea éste razonable o no) y si lo reitera ante cada sucesiva repetición de la
demanda, el hijo terminará por incluirlo como verdad en su registro consciente,
dando así origen a una creencia. Si la madre no responde y lo priva así de su
atención dejando su necesidad insatisfecha, la reiteración de esta práctica
hará que el niño ceda en su empeño, desistiendo en apariencia de su demanda. En
este caso se producirán las siguientes consecuencias:
Como el niño ha afianzado la imagen
de la madre como proveedora de atención, sucederá que:
1.-
En caso de que ella le niegue la atención reclamada, deberá insistir ante ella
para conseguirla.
2.-
Si ella le concede su atención sin acceder a su reclamo, el infante se verá
obligado a justificar la privación a la que se ve sometido como condición
necesaria para conservar la relación materno-filial.
En el primer caso, el niño desistirá
de su demanda cuando esta queda insatisfecha por verse privado de la atención
de la madre, y a posteriori elaborará otra demanda con un objeto aparentemente
distinto, pero que en realidad apuntará en forma inconsciente a conseguir la
prestación de aquel objeto del que se lo ha privado, pues éste ha quedado
improntado como el que opera garantizando la falta al quedar insatisfecha su
demanda. Este fenómeno se produce porque las demandas que el niño formula en
esta etapa de su desarrollo derivan de improntas asimiladas en la etapa
anterior en la que no ha intervenido el lenguaje, como se verá más adelante.
De esta forma, el niño quedará
“programado” para formular en el futuro su demanda ante quienes poseen la misma
característica que su madre en cuanto a la falta y en consecuencia verá
continuamente frustrada su satisfacción, pues buscará lo que necesita sólo en
aquellas personas incapaces de dárselo.
En su vida adulta, el sujeto tenderá
a relacionarse con personas que posean esa característica que le garantiza la
falta adecuada para dejar insatisfecha su demanda, impulsado por la expectativa
inconsciente de obtener algo que es mucho más importante: la atención –el amor-
del otro. Este mecanismo no solo determinará quienes serán las personas de las
que se enamorará o las que serán sus amigas, sino también quienes serán sus
enemigos, sus adversarios, sus cómplices, etc.
Si el sujeto tiene la oportunidad de
interactuar con otro capaz de satisfacer su demanda por completo, este otro no
será reconocido como tal, pues -como ya se vio- para que exista atracción mutua
es requisito necesario que cada sujeto sea incapaz de satisfacer la demanda del
otro. Por lo tanto, si alguno de ellos es capaz de satisfacer la necesidad del
otro, será descartado como sujeto de una posible relación afectiva; si insiste
en su intento, será considerado un individuo molesto o -en algunos casos
extremos- hasta un usurpador que está ocupando el lugar de quien “realmente”
debería satisfacer dicha necesidad.
En el caso de que algún sujeto
lograra satisfacer la necesidad del otro, el interés de éste en él
desaparecería, pues satisfacer la demanda implica anular el deseo. Un ejemplo
que menciona Lacan es la anorexia mental (señalada en el seminario VIII “Le
transfert”): se trata de un caso extremo que consistiría en un rechazo a
dejarse nutrir cuya causa sería la presencia de un otro tan presto por
responder a la demanda del sujeto que provoca así el rechazo de su don a
condición de salvaguardar el propio deseo. La anorexia se originaría entonces
en una demanda de alimento completamente satisfecha en forma sistemática: al
sumar atención y satisfacción, queda excluida toda falta, y en consecuencia no
se da lugar al surgimiento del deseo. Esto explica el polémico enunciado de
Lacan: “el amor es dar lo que no se tiene a alguien que no quiere eso”. Miguel de Cervantes Saavedra en “Don Quijote
de La Mancha” también hizo alguna referencia a este fenómeno: “Es natural condición
de las mujeres desdeñar a quien las quiere y amar a quien las aborrece”.
Este sistema aparentemente
contradictorio puede parecer perverso a quien lo analiza sin profundizar, pues
el sentido común indica que el ser humano busca satisfacer todas sus
necesidades. Resultaría más lógico que sucediera así, pues se supone que el fin
de cada uno en la vida es realizarse. Pero si imaginamos otro sistema posible
en el que demanda y necesidad fueran una misma cosa en el que los sujetos se
relacionaran solo con aquellos otros que pueden satisfacer su necesidad, es
lógico deducir que se producirían las siguientes consecuencias:
1)
La relación de apego madre-hijo ya no podría tener como característica la
exclusividad, pues cuando algunas madres fueran incapaces de satisfacer la
demanda de sus hijos estos buscarían esa satisfacción en otra madre (o sujeto).
2)
Las elecciones intersubjetivas estarían determinadas por la capacidad de un
sujeto de satisfacer la demanda del otro y viceversa. Al resultar satisfecha la
necesidad podrían suceder dos cosas:
a)
Se daría por finalizada la relación.
y/o
b)
Cada sujeto iniciaría diversas relaciones mediante las que le sería posible
satisfacer sus múltiples necesidades.
El resultado sería una sociedad sin
estructuras como la familia o el matrimonio en la que los sujetos deberían
poseer la capacidad de detectar en forma más o menos inmediata a cada persona
que pudiera satisfacer cada una de sus necesidades. Si esto fuera posible, no
existirían las relaciones permanentes o duraderas. En el grado actual de su
evolución sería muy probable que este sistema conspirara contra la
supervivencia de la especie humana.
En resumen, lo que realmente el
sujeto busca de sus semejantes es que le presten atención en cualquiera de sus
modalidades (amor filial, amor fraternal, amor de pareja, amistad, relación de
trabajo, relación ocasional). Esa necesidad y el modo en el que logre obtener la
atención del otro determinarán la mayor parte de su historia vital. La búsqueda
de atención es el principal motor de la conducta humana.
Capítulo 5:
EL GUIÓN
Aunque hasta ahora hemos visto al
sujeto desde su propia singularidad en relación con quien constituye su
relación primaria sin analizar la problemática del progenitor, resulta obvio
que ambos individuos tienen la misma importancia. El caso de la madre y el hijo
se presenta como especial por cuanto la psiquis de este último se forma de
acuerdo a las reglas de la etología que conocemos a las que se agregan ciertas
particularidades relacionadas con el lenguaje hablado. Pero una de las partes
de la relación (habitualmente la madre) la constituye un sujeto adulto al que
habrá que estudiar en su estatuto de tal.
Para la descripción del
funcionamiento de la psiquis del sujeto en la etapa posterior a la primera
infancia es muy útil el concepto de guión elaborado por Eric Berne. La lectura
de las obras de este autor hace notar algo que en general suele pasar
desapercibido: al relacionarse con los demás, la misma persona desempeña casi
siempre los mismos papeles y se ve envuelta una y otra vez en historias
similares.
El concepto de rol es dinámico: alude
a un conjunto de conductas que la persona desarrolla de una forma y en un orden
preestablecido cada vez que se halla en situaciones que -sea que a priori
aparezcan como similares o no- tienen una característica en común: ofrecen la
posibilidad de admitir en forma más o menos consistente el papel que el sujeto
acostumbra representar.
El guión es también dinámico: se
trata de una situación (o una sucesión de situaciones) en las que dos o más
personas desarrollan los roles adecuados para dar lugar a una historia o a un
episodio de ésta.
Para Eric Berne el guión de vida es
un argumento preestablecido, que casi siempre constituye una “obra” dramática
en la que la persona se siente obligada a participar con prescindencia de que
conscientemente se sienta identificada o no con el personaje que le toca. El
guión de vida de cada persona se constituye en la infancia debido a la relación
con aquellas otras que son cercanas y relevantes para ella, y queda reforzado
por las diferentes experiencias por las que pasa a medida que su vida se desarrolla.
Este guión se compone con los
distintos roles de los personajes que participan en la “obra”, y estos roles
son los que cada individuo debe desarrollar para llamar la atención del otro:
como sucede en una obra de teatro, cada actor debe esperar que un determinado
parlamento de otro le dé el pie para comenzar a decir el suyo.
Según Berne, existen ciertos
“mandamientos” o mensajes que se reciben en la niñez y ejercen una importante
influencia emocional sobre el sujeto; a fuerza de ser repetidos día tras día
por las personas que son significativas para él, quedan anclados en el guión
que representará en adelante. Normalmente estos mandamientos provienen de
circunstancias dramáticas vividas por otros y acabarán condicionando sus
futuras creencias y su actitud frente a la vida.
Berne y otros expertos definen los
siguientes “impulsores” o mandamientos negativos (entre otros) como ejes del
guión de vida forjado en la infancia:
No
vivas: Podría ser el más destructivo de todos, y llega a través de la idea -que
se repite hasta la saciedad- de que “hay que ganarse la vida”, que “la vida es
dura”, que “estamos aquí para sufrir”, etc.
No
pertenezcas: Habitual en personas que deciden -de forma consciente o
inconsciente- no relacionarse de manera profunda con nadie como mecanismo de
defensa frente al insoportable dolor que supondría el rechazo del otro: “si no
me involucro no me harán daño”.
No
crezcas: Es la típica situación de sobreprotección en la que no se le permite
al niño/a asumir funciones y responsabilidades propias de su evolución y
desarrollo, fomentando sin quererlo su dependencia e impidiendo su autonomía;
así se generan adultos incapaces de tomar decisiones y aceptar compromisos.
No
seas niño/a: El caso opuesto al anterior, en el que se le pide al niño/a
abandonar sus necesidades naturales de la infancia para asumir
responsabilidades demasiado elevadas para su etapa de desarrollo (cuidar de
hermanos, de padres enfermos, etc.)
No
lo hagas: Detrás de este impulsor podemos encontrar el miedo al éxito; personas
que sienten el hacer algo como un riesgo y por eso no hacen nada. Piensan,
sienten, se quejan, pero no hacen.
Tus
necesidades no son importantes: Aparece en los hijos de padres que deciden que
no tienen tiempo para dedicarles. El niño/a interpreta que, si no tienen tiempo
para él, es porque no es importante, por lo cual no deben tenerse en cuenta sus
necesidades, y como tal se comportará en la edad adulta.
No
sirves: Supone la exigencia de perfección de los hijos para compensar la falta
de autoestima de los padres, quienes queriendo tener un niño/a perfecto, acaban
haciéndole sentir que no está a la altura de lo que se le pide.
No
pienses: Se transmite este mandamiento cuando se ignoran las preguntas del
niño/a o se responden de manera inadecuada o con mentiras. Se vive como un
riesgo el hecho de tener ideas propias o pensar de forma diferente a los demás.
No
sientas: Las emociones son desterradas por miedo o porque hacen débil al sujeto
frente a los demás.
No
disfrutes: Se prohíbe el placer porque se vive como el paso previo a una
desgracia posterior. No se permite disfrutar de lo bueno anticipando que
aquello no puede ser duradero y que más tarde o más temprano llegará algo malo.
Todos estos mandamientos bloquean e
impiden desde la infancia el sano desarrollo psicológico y la capacidad de
vivir la vida con plenitud. Si se observa lo que estos imperativos tienen en
común, se encuentra en todos ellos la palabra “no”, mediante la que se le
indica al sujeto que debe privarse de satisfacer alguna de sus necesidades
humanas naturales. Esta privación equivale a una necesidad no satisfecha, lo
que permite equipararla a la falta en sentido lacaniano.
Al explicar la paradoja de que el
sujeto elija para desarrollar su rol a otro individuo que no va a satisfacer su
necesidad, debemos tener en cuenta que su guión vital ha sido improntado
mediante un patrón transgeneracional que se basa esencialmente en una falta
determinada, y en consecuencia está programado para elegir a determinados
sujetos con preferencia a otros. Cualquier otra elección (incluyendo aquella
que implicara la satisfacción de su necesidad) lo privaría de la posibilidad de
desarrollar su rol, lo que en su registro inconsciente implica renunciar a la
posibilidad de cualquier relación intersubjetiva y, en consecuencia, privarse
de disfrutar de la atención de sus semejantes: es por esto que la necesidad no
puede ser satisfecha de cualquier manera, pues el “cómo”, el modo, es más
importante que el “qué”, la necesidad misma. En consecuencia, dada la falta
relacionada con la demanda, y aun percibiéndola conscientemente, el sujeto está
imposibilitado de decir: “No me importa; busco en otro lugar, sigo adelante
hasta encontrar lo que necesito”.
Capítulo 6:
EL RECONOCIMIENTO ENTRE SUJETOS
COMPLEMENTARIOS
Hemos visto que los sujetos humanos
son “programados” por sus madres en forma consciente e inconsciente para
desarrollar un rol más o menos determinado dentro de un guión en particular, y
que tal programación se basa en un patrón que a su vez les ha sido transmitido
a ellas por sus progenitores y así sucesivamente. A su vez sabemos que, cualquiera sea el
argumento de dicho guión, siempre estará presente una falta que dará origen a
una demanda que no ha de ser satisfecha. Es necesario describir ahora los
mecanismos mediante los que el sujeto detecta a un “otro” adecuado para
desarrollar su rol dentro del guión.
En la relación normal con la madre,
ésta no puede prestar atención en todo momento al infante, por lo que él
experimenta sucesivamente los siguientes estados emocionales:
a)
Un estado de ansiedad (provocado por la falta de atención) que eleva el tono
emocional del niño.
b)
Una disminución de la ansiedad cuando éste logra la atención de su madre.
La maniobra que ha desarrollado para
llamar la atención queda improntada como estrategia exitosa, y la respuesta
(cualesquiera sean sus calidades y características) es registrada siempre como
positiva en cuanto disminuye la ansiedad.
En esta respuesta se encuentra la
clave para identificar nuevos sujetos a los que aproximarse. El infante ha
improntado dicha respuesta como satisfactoria porque le ha proporcionado la
atención requerida; el reconocimiento inconsciente de la misma respuesta en un
tercero le garantiza repetir el proceso de “ansiedad – satisfacción”.
De la situación de ansiedad pasa
directamente a la de satisfacción; si el sujeto ha omitido reconocer
conscientemente la maniobra de la que se ha valido para obtenerla, procede a
repetirla en busca de más satisfacción. Dado que ha encontrado y ha reconocido
a un individuo propenso a la respuesta atencional esperada, generalmente la percibe,
la reconoce, repite la maniobra y construye así sus relaciones secundarias.
Esta maniobra eficiente y el acto de reconocer la señal adecuada en la persona
que le ha de prestar atención no dependen en principio de procesos en los que
interviene el lenguaje.
La distinción entre procesos
implícitos y explícitos es en este tema una concepción central: mientras que el
procesamiento psicológico explícito de la experiencia hace referencia a
procesos psíquicos conscientes y verbales -o al menos verbalizables- el
procesamiento implícito de la experiencia remite a procesos psíquicos
inconscientes que transcurren fuera de la atención, que en general no son
verbalizables por completo y que son muy poco conscientizables. Los procesos
psíquicos implícitos están ligados a las actividades mentales pre-verbales
repetitivas y automáticas que proveen decisiones inmediatas respecto de las
situaciones externas que enfrenta el organismo (según Beebe & Lachmann,
2002; Lyons-Ruth, 1999; Schore, 2003a, 2003b, 2005b).
Para nuestros propósitos es
significativo constatar que los investigadores han aportado diversos hallazgos
que apoyan el punto de vista de que el procesamiento implícito juega un papel
primordial, específicamente en el manejo rápido e instantáneo de las claves
afectivas no-verbales involucradas en la comunicación recíproca, que incluye en
particular claves conductuales, expresiones faciales, gestos, tono de voz y
cambios viscerales como sudoración y coloración de la piel (según Pally, 2001).
Ekman (1972) encontró que las expresiones faciales de las emociones no son
determinadas culturalmente, sino que son más bien universales y tienen, por
consiguiente, un origen biológico.
Trevarthen y Aitken (2001) describen,
desde esta perspectiva, la existencia de “proto-diálogos” tempranos entre el
infante y su cuidador primario que se basan en mensajes visuales “ojo a ojo”,
gestos táctiles y corporales y vocalizaciones prosódicas. Estos proto-diálogos
corresponden, en esencia, a comunicaciones emocionales bi-direccionales que en
cuanto tales implican la capacidad de ambos participantes para enviar y en
especial para decodificar y reconocer el significado de los mensajes no verbales
del otro. “El procesamiento diádico implícito de estas comunicaciones no
verbales de apego de expresión facial, postura y tono de voz es el producto de
las operaciones del hemisferio derecho del infante en interacción con el
hemisferio derecho de la madre” (Schore, 2005b, p. 833).
El hemisferio derecho no sólo es
dominante en cuanto a la comunicación emocional tácita, sino también en cuanto
a la improntación, que es considerada uno de los mecanismos centrales que
subyace a la formación de los lazos de apego con figuras significativas. Los
procesos interaccionales implícitos constituyen la base pre-verbal de la
naciente personalidad porque durante los primeros años de vida comienzan a ser
representados de modo implícito en la psique emergente del niño (según Beebe
& Lachmann, 2002; Schore, 2003a, 2003b). Así, los inicios de la
subjetividad son concebidos en términos relacionales e interactivos.
Tal como afirma Lyons-Ruth (2000), la
mayoría de las transacciones relacionales recurren fuertemente a un sustrato de
claves afectivas que proporcionan una valencia evaluativa o dirección a cada
comunicación relacional, y estas comunicaciones son llevadas a cabo en un nivel
implícito de una acelerada emisión de señales y respuestas que se produce con
demasiada rapidez como para realizar una traducción verbal y reflexión
consciente simultáneas. (ps. 91-92)
Para Wallon, la individuación se
produce gracias al papel que desempeña la emoción en el desarrollo, llegando a
afirmar que gracias a ella los niños construyen su psiquismo. Los primeros
gestos del recién nacido y del niño de menos de tres meses son llamadas de
atención para los adultos que le rodean. Estos gestos expresivos se convierten
en culturales en la medida en la que son capaces de suscitar en los otros un
conjunto de reacciones dirigidas a satisfacer sus necesidades, sean éstas
biológicas o afectivas, y en la medida en la que los adultos atribuyen
intenciones a las conductas de los niños que inicialmente no las tienen.
Los intercambios relacionales que se
producen entre los sujetos transcurren en dos niveles al mismo tiempo: existe
un proceso verbal explícito de comunicación ligado al funcionamiento del
hemisferio cerebral izquierdo y un proceso paralelo no verbal implícito de
comunicación vinculado con el funcionamiento del hemisferio derecho. Esto
significa que en todo momento existe una lectura corporal implícita recíproca
que les permite a ambos sujetos descifrar en un nivel no consciente (pero no
por ello menos influyente) los mensajes no verbales que acompañan las palabras
específicas emitidas por ambos. Este proceso se produce mediante la percepción
subliminal o inconsciente, entendida ésta como la adquisición y el
procesamiento de información del exterior que no accede a la consciencia, pero
sí es utilizada por el sujeto -sin que éste lo advierta- dando origen a
determinadas conductas. McCleary y
Lazarus hacen referencia a la percepción subliminal –denominándola
"subcepción"- y la definen como "discriminación sin
representación consciente". Para su mejor comprensión dan como ejemplo la
capacidad del sujeto para percibir una amenaza sin ser consciente. Este
fenómeno se produce a niveles discriminantes neurológicos que son inferiores a
los requeridos para la representación consciente. Cuando aún no se ha
establecido una comunicación verbal o es posible practicar un examen racional
de la conducta de otro sujeto, estos mensajes no verbales son definitorios del
tipo de relación a establecer.
Para un animal gregario que vive en
una sociedad tan compleja como la humana, establecer relaciones es esencial
para la supervivencia: cotidianamente respondemos a lo que las personas de
nuestro entorno esperan de nosotros, para lo bueno y para lo malo. Lo que los
demás esperan de uno puede desencadenar un conjunto de acciones que nos lleven
mucho más allá de lo que podemos imaginar, en lo mejor y en lo peor. Este
fenómeno, denominado “efecto Pigmalión”, tiene una explicación científica:
cuando percibimos la confianza de alguien, el sistema límbico acelera la
velocidad de nuestro pensamiento e incrementa la lucidez, la atención y la
eficacia. Este mecanismo orienta a la pulsión y pone así en acción al guión:
nos hace pasar de la pasividad a la actividad.
Las señales no verbales que se emitan
y se perciban determinarán si los sujetos han de interactuar o no. La
existencia de la falta en el otro es la condición necesaria para que el sujeto
encarne su rol propio, y su inexistencia impide la ejecución de cualquier
guión.
Capítulo 7:
LÓGICA Y CONDUCTA
El ámbito por excelencia en el que
podemos encontrar guiones a fin de constatar si se cumplen los principios y
reglas expuestos en los capítulos anteriores es el teatro. Haré aquí referencia
a una experiencia personal: recuerdo que cuando vi por primera vez la
representación de Hamlet en una versión cinematográfica me aburrí
terriblemente. Llegado al punto en el que el protagonista ya estaba más que
seguro de que su tío había asesinado a su padre para casarse con su madre y
además lo había privado de su trono, comencé a preguntarme si el sujeto no era
estúpido, pues no terminaba de ensartar en su espada al tío, coronarse rey y
encerrar a su madre en el más remoto monasterio de clausura de Dinamarca, como
debía ser dadas tales circunstancias. Mi aburrimiento se transformó en
irritación al ver el final: debido a que Hamlet no procedió con la debida
diligencia, terminaron muriendo su futura esposa, el padre de ésta, su madre,
su tío, su futuro cuñado y él. No lograba entender semejante desastre que Hamlet
podría haber evitado si hubiera actuado con un mínimo de lógica.
Posteriormente recibí esta
explicación psicologista muy simplificada fundada en el complejo de Edipo: en
su inconsciente, Hamlet está enamorado de su madre, pero a causa de la
prohibición del incesto no puede aceptar este hecho en forma consciente, de
modo que lo reprime. Cuando se entera de la muerte de su padre a manos de su
tío -quien realiza así su propósito de disfrutar con exclusividad de su madre-
no puede tomar venganza: la culpa se lo impide, porque a nivel inconsciente él
también deseaba deshacerse de su padre para ocupar el lugar de éste junto a su
madre.
Es fácil constatar que todo guión que
alcanza un cierto éxito presenta inconsistencias notables si se lo analiza
desde la lógica. Transcribiré este ejemplo tomado de Eric Berne en el que se
imagina la reacción de un marciano ante el cuento de Caperucita Roja:
“Un
día, la madre de Caperucita la envió a llevar comida a su abuela pasando por el
bosque, y por el camino la niña se encontró con un lobo. ¿Qué clase de madre
envía a una niña a un bosque donde hay lobos? ¿Por qué no lo hizo la propia
madre, o por qué no fue con Caperucita?
Si
la abuela estaba tan imposibilitada, ¿por qué la madre la dejaba vivir sola en
una cabaña tan lejos?
Pero,
si tenía que ir Caperucita, ¿cómo es que su madre nunca le había advertido que
no se detuviera a hablar con los lobos?
En
el cuento queda claro que a Caperucita nunca le habían dicho que aquello fuera
peligroso. En realidad, ninguna madre podía ser tan estúpida, o sea que parece
como si a la madre no le importara mucho lo que pudiera pasarle a Caperucita, o
quizás incluso quisiera deshacerse de ella.
Y
tampoco hay ninguna niña tan estúpida. ¿Cómo podía Caperucita mirar los ojos,
las orejas, las manos y los dientes del lobo y seguir creyendo que era su
abuela? ¿Por qué no salió de allí lo más rápidamente que pudo?
Y
además ¡vaya una niña mezquina!, ¡recogiendo piedras para meterlas en la
barriga del lobo! De todos modos, cualquier niña sincera, después de hablar con
el lobo, indudablemente no se habría parado a coger flores, sino que se habría
dicho: “Ese hijo de perra va a comerse a mi abuela si no consigo ayuda
deprisa”.
Ni
siquiera la abuela y el cazador están libres de sospecha.
Si
ahora tratamos a los personajes de esta historia como a personas reales, cada
una con su propio guión, veremos cómo se enredan sus personalidades de una
forma que resulta evidente desde el punto de vista marciano.
1.
Es indudable que la madre está tratando de perder a su hija “accidentalmente”,
o por lo menos quiere acabar diciendo: “¡Es terrible! Hoy en día no puedes
siquiera pasear por el parque sin que algún lobo...” etc.
2.
El lobo, en vez de comer conejos y cosas así, obviamente está excediéndose, y
debe saber que por ese camino acabará mal, o sea que debe de querer crearse
problemas. Evidentemente leyó a Nietzsche o a alguien parecido cuando era joven
(si podía hablar y ponerse un gorro, ¿por qué no habría de ser capaz de leer?),
y su lema era algo así como “Vivir peligrosamente y morir gloriosamente”.
3.
La abuela vive sola y no cierra su puerta con pestillo, o sea que tal vez esté
esperando que pase algo interesante, algo que no podría pasar si ella viviera
con su familia. Quizás por eso no se trasladó a vivir con ellos, o por lo menos
en una casa próxima. Probablemente era lo bastante joven como para desear
aventuras, ya que Caperucita todavía era una niña pequeña.
4.
El cazador es obviamente un libertador que disfruta manipulando a sus enemigos
vencidos y ayudando a dulces niñas: claramente se trata de un guión
adolescente.
5.
Caperucita dice al lobo muy explícitamente dónde puede volver a verla, e
incluso se mete en la cama con él. Evidentemente está jugando al “rapto”, y
acaba muy contenta de todo lo que ha pasado.
La
verdad es que todos los personajes del cuento buscan acción a casi cualquier
precio. Si se toma en sentido literal el saldo final, todo este asunto era una
maquinación contra el pobre lobo, por la que se le hacía creer que era más
listo que nadie, utilizando a Caperucita de cebo. En ese caso, la moraleja de
la historia no es que las niñas inocentes deberían apartarse de los bosques
donde hay lobos, sino que los lobos deberían apartarse de las niñas de aire
inocente y de sus abuelas; en resumen, un lobo no debería pasear solo por el
bosque.
Esto,
además, suscita la interesante pregunta de qué hizo la madre aquel día después
de librarse de Caperucita…”
Caperucita Roja es un cuento clásico
-probablemente más conocido que la tragedia de Hamlet- que ha tenido una
aceptación indiscutida durante más de dos siglos. En su primera versión el
final era distinto: el lobo se comía a la niña y a la abuela, pues la fábula
tenía la función moralizadora de advertir que la desobediencia a las órdenes de
los padres traía consecuencias nefastas, y pretendía improntar así una
estrategia de supervivencia eficiente. Con el tiempo, la función del cuento
pasó a ser la de entretener al niño y a tal fin fue necesario reemplazar aquel
final desagradable por el actual.
La obra de arte, para atraer la
atención de sus destinatarios, debe necesariamente plantear un conflicto; en la
intensidad con la que éste es expuesto se funda su éxito. Cualquier ejemplo
sirve: compárese la fama universal de “El conde de Montecristo” de Alexandre
Dumas con la poca repercusión de “La coscienza di Zeno” de Ítalo Svevo.
Toda novela u obra de teatro que se mantiene vigente a través de los tiempos
debe su éxito a que la naturaleza del conflicto que plantea es universal, es
decir, que no les resulta ajeno a la mayor parte de los sujetos, cualquiera sea
la época en la que vivan. Edipo plantea la temática de la prohibición del
incesto, cuestión principalísima en casi todas las sociedades humanas en
cualquier época y civilización: esto es lo que garantiza su universalidad. “El
conde de Montecristo” aborda el tema también universal de la injusticia y la
venganza. La novela “Al este del paraíso” de John Steinbeck -que es una versión
moderna de la historia de Caín y Abel- plantea también un conflicto universal,
pero es menos popular a pesar de su mayor calidad literaria, y la razón se
encuentra precisamente en su mayor refinamiento: Dumas expone su historia de
una manera relativamente simple y directa con el fin de llegar al lector con
inmediatez; este recurso resulta más exitoso que la mayor elaboración e
intensidad que se encuentra en la obra de Steinbeck.
En ambas historias el conflicto
consiste en que “algo no es como debiera ser”. Edmundo Dantés tenía ante sí un
brillante futuro en su carrera; de haber seguido su vida el rumbo que las
predicciones lógicas auguraban, seguramente se habría visto colmado de
satisfacciones. Si Adam Trask hubiera aceptado sin cuestionamientos la ayuda de
su hijo Cal, la historia habría tenido un final feliz. Pero en ambos casos las
respectivas novelas habrían resultado sumamente aburridas.
Dos ejemplos de la literatura
confirman esta afirmación. En su análisis de “Crimen y castigo” de Fedor
Dostoievsky, Vladimir Nabokob hace referencia al desequilibrio entre la primera
y la segunda parte de la obra, calificando a esta última de larga, pesada y
árida en comparación con la primera. Esto se debe a que en la primera parte
Raskolnikov pasa por la impactante experiencia de cometer un asesinato (algo
que no fue como debiera ser), mientras que en la segunda parte acepta con
resignación el justo castigo que se le impone y hasta logra concretar una
relación de pareja (algo que fue como debiera ser).
El segundo ejemplo es la novela
“Servidumbre Humana” de William Somerset Maugham, en la que el protagonista se
enamora perdidamente de una pérfida mujer, quien lo maneja a su antojo,
haciéndolo sufrir con sus vejaciones y malos tratos psicológicos (algo que no
fue como debiera ser). Cuando por fin logra ponerle un punto final a esa
relación y entabla una nueva, esta vez con una mujer que aparece como la
antítesis de su pareja anterior (algo que fue como debiera ser), él no siente
pasión. Transcribo aquí el pasaje del libro:
“Una
extraña sensación se apoderó de Philip... …una vez más era libre. ¡Libre! No
tenía ya necesidad de renunciar a sus proyectos. La vida estaba nuevamente
entre sus manos y podría hacer lo que deseara. Pero no experimentó ninguna
alegría. El porvenir se presentaba ante él vacío y desolado.”
De lo expresado se concluye que en
una historia los protagonistas experimentan una mayor pasión y a la vez también
aumenta el interés de los lectores cuando “algo no es como debiera ser” y
viceversa.
Capítulo 8:
LA REPETICIÓN
Sigmund Freud desarrolló en 1920 la
noción de "compulsión a la repetición", sosteniendo que las actitudes
neuróticas del adulto son consecuencia de conflictos mal resueltos -o no
reabsorbidos- durante la primera infancia. Aun cuando han desaparecido los
personajes primitivos del drama, el individuo recrea situaciones análogas a las
de su infancia y ello le permite vivir los sentimientos que reprimió en el
pasado. Si un niño no ha podido liquidar normalmente su odio, sus celos, su
amor, o su curiosidad, se empeñará toda su vida -aunque no a sabiendas de su
conciencia- en suscitar condiciones que le permitan revivir esa emoción. Esa
descarga se convierte en una necesidad psicológica: el deseo, por la
imposibilidad de realizarse -es decir, de capturar su objeto- arroja al hombre
a la repetición, la que se origina en un sentimiento de necesidad que no puede
someter al control de la voluntad, que se da ante una determinada situación
subyugante y que lleva a volver a pedir el mismo objeto que siempre le fue y le
será negado.
Al haber sobrevivido a una situación
traumática, volver a exponerse a la misma debería considerarse una actitud
irracional; pero el inconsciente promueve este acto con el que está
familiarizado como una forma de asegurarse un resultado cierto que nunca estará
garantizado ante una situación no conocida. Muchas personas, de un modo que no
logran explicar, tienden a buscar situaciones que las remiten al trauma vivido:
este fenómeno se conoce como reexposición compulsiva al trauma. Las mujeres que
han sido maltratadas en la infancia tienden a convivir con hombres
maltratadores, las niñas que han sufrido abusos sexuales tienen más
probabilidades de dedicarse a la prostitución o los niños que han sido
maltratados en la infancia tienen más probabilidades de ser maltratadores en la
edad adulta. Aunque conscientemente tratan de buscar un desenlace distinto,
nunca lo logran, pues la satisfacción de su necesidad es incompatible con la
falta que constituye su deseo.
A pesar de su valoración negativa en
la época actual, en la vida de los pueblos salvajes primitivos la repetición
debe haber funcionado como un mecanismo efectivo de supervivencia: un cazador
que se viera en la riesgosa situación de enfrentarse a un animal peligroso y
saliera airoso de ella con el beneficio de haber conseguido alimento valoraría
como positivo el hecho de volver a enfrentarse a una situación similar en el
futuro. Aún en la actualidad vemos residuos de este mecanismo en la corrida de
toros, en la que el torero –contra toda lógica- arriesga su vida con el solo
propósito de ser aplaudido y reconocido por haber superado con éxito el trance;
lo mismo sucede en los llamados deportes de alto riesgo.
Para determinar los mecanismos que
llevan al sujeto a buscar una participación en guiones que resultan adecuados
para repetir un rol improntado en su infancia que finalmente le va a resultar
perjudicial, es útil y conveniente partir del análisis del fenómeno de
atracción que ejercen en los seres humanos ciertas representaciones artísticas.
El fenómeno por el cual el ser humano puede disfrutar de una
representación es un proceso conocido como “suspensión de la incredulidad”. El
sujeto deja de lado (suspende) su sentido crítico, ignorando inconsistencias de
la obra de ficción en la que se encuentra inmerso, lo que le permite adentrarse
y disfrutar del mundo expuesto en dicha obra. El término se ha aplicado
tradicionalmente a la literatura, al cine y al teatro, y actualmente también es
aplicable al ámbito de los videojuegos. La denominación es una traducción
literal de la expresión inglesa acuñada por el poeta Samuel Taylor Coleridge suspension of disbelief, que alude a que
nuestra capacidad de rechazar una historia o concepto increíble queda detenida
o "suspendida"; esto es, que la persona va a creer lo que se le
cuenta, por irreal que parezca, en favor de su distracción, diversión o goce.
La aceptación de este contrato simbólico entre el autor y el espectador se basa
en un quid pro quo en el que el público tácitamente accede a suspender su
incredulidad temporalmente (aceptación del engaño) a cambio de la promesa de
entretenimiento; recordemos que en latín la palabra “ilusión” se relaciona con
“engaño” (illudere es engañar) y con “juego” (ludere es jugar).
La suspensión de la
incredulidad hace que el receptor olvide que el mensaje que percibe no es
real. El actor Jeff Bridges ha dicho al respecto: “Cuando voy al cine me gusta
que me manipulen: para ello he pagado mi entrada. Pero odio darme cuenta en
plena proyección. En lugar de aplicar a esa falsedad un sentimiento de
incredulidad y verlo con unos ojos fríos y distantes, ejerzo de forma
inconsciente una suspensión de la incredulidad. Pongo en suspenso mi
incredulidad para ayudarme a mí mismo a meterme en la historia, comprenderla,
asumirla, disfrutar de ella como si fuera real, de tal forma que los dramas me
emocionen, los chistes me hagan gracia y las aventuras me hagan agarrarme al
sillón y clavarle las uñas”.
En general, los géneros dramáticos
establecidos llevan asociadas por convención una serie de premisas, lo que se
traduce en un nivel concreto de suspensión de la incredulidad. Estas premisas
van incluidas en un grupo de reglas asociadas a cada género conocidas como
convenciones dramáticas. Dichas reglas permiten a los autores comunicarse
fácilmente con los artistas, al mismo tiempo que dan información al espectador
acerca de cómo entender la obra, pidiéndole que suspenda su incredulidad frente
a la manera en que se resuelven ciertos aspectos de la historia debido a la
naturaleza de la obra o a las limitaciones técnicas impuestas por el medio a
través del cual ésta se representa. Por ejemplo, el espectador debe aceptar
como normal y natural que durante la escena amorosa de una película suene
música que no viene de ningún sitio o que entre un acto y otro de una obra de
teatro pasen supuestamente muchos años si es que desea disfrutar con el
conflicto medular que el guión plantea.
En cualquier caso, toda historia de
ficción es una creación cuyo fin es la distracción, y en consecuencia no se la
considera como mentira: es distinto contar una historia para engañar (mentira)
que contar una historia para entretener (ficción). El autor de esa historia no
pretende hacernos creer que ella es una verdad fáctica: lo que busca es que por
unos instantes nos adentremos dentro de una realidad secundaria que crea, en la
que no sólo convertiremos los mitos en realidades, sino que rechazaremos las
evidencias que la realidad nos presentaría en contra de esos mitos.
Cabe mencionar algunos casos en los
que la suspensión de la incredulidad no opera en forma consciente o voluntaria.
Se puede tratar de hacer creer al sujeto que lo que ve es real, no ficción:
para esto es necesario que no se haya estipulado previamente ningún convenio
conocido en el que se establezca "el contrato simbólico". Simplemente
se trata de hacer que el espectador se encuentre inmerso en la ficción de
improviso, sin advertencias de ningún tipo sobre su carácter de tal, en una
situación que eleve sustancialmente su tono emocional. Como ejemplos podemos
tomar la transmisión radial de Orson Welles de la obra “La guerra de los
mundos” de H. G. Wells, ciertas competencias de lucha norteamericanas o algunos
“reality shows” actuales.
Un caso distinto lo constituyen los
relatos de los antiguos griegos, pues ellos creían sinceramente en el Olimpo y
sus dioses, en hidras y en héroes; el propósito del teatro griego era exponer
un hecho realmente acontecido como ejemplo y para fundamentar los principios en
los que se basaba su sociedad. El caso inverso es el Nuevo Testamento: para
hacerlo atractivo se incluyeron en los Evangelios hechos inverosímiles
(milagros) sin los cuales la lectura de las puras enseñanzas de Jesús
resultaría mucho menos extraordinaria y fascinante. Adviértase la diferencia
fundamental entre el pensamiento griego y el judío: en el primer caso se
recurre a la razón para intentar demostrar como verdad una creencia, mientras
que en el segundo se recurre a la credulidad para imponer un dogma y se la
exige bajo la forma de la fe a fin de evitar todo pensamiento crítico.
En el mismo sentido, el individuo
humano, para desarrollar en su vida el rol que ha improntado, debe
necesariamente privarse de percibir una parte de la realidad tal como es,
dejando para ello de lado su sentido crítico. En este caso, existe una
suspensión de la incredulidad, pero no funciona como tal, es decir, en forma
voluntaria: el sujeto está convencido de que se trata de una situación real y
no de una ficción (lo que, por otra parte, es relativamente cierto), y no
necesita del acto voluntario de suspender su credulidad, pues este proceso se
desarrolla continuamente de manera automática e inconsciente.
La incredulidad es una consecuencia
de la desconfianza, y ésta es un recurso destinado en general a asegurar la
supervivencia: tanto el animal como el ser humano desconfían de lo que no
conocen y le temen. Pero si la desconfianza es necesaria para asegurar la
supervivencia del individuo como tal, la confianza es esencial para asegurar la
continuidad de las especies, pues resulta imprescindible para posibilitar el
apareamiento en todas ellas, la cría de la descendencia y la colaboración
grupal en las más evolucionadas. Para determinar si le resulta conveniente
confiar o no, el animal se guía por determinados signos que percibe en su mayor
parte en forma subliminal: ante la presencia de algunos de ellos reconoce
situaciones en las que le resultará beneficioso deponer su desconfianza.
En el sujeto humano, el reconocimiento
subliminal de la posibilidad de participar en un guión en el que le resulte
posible desempeñar su rol provoca automáticamente la suspensión de la
incredulidad y ésta opera durante todo el desarrollo de aquel. El sujeto se ve
impedido de aplicar su sentido crítico, por lo que será incapaz de advertir las
inconsistencias que necesariamente deberían indicarle que no va a lograr la
satisfacción que supuestamente auguraban aquellos primeros signos percibidos.
Llegado el momento, atribuirá su fracaso a cualquier circunstancia que resulte
mas o menos aplicable al caso del que se trate (mala suerte, incapacidad, falta
de valor, etc.); de este modo quedará nuevamente predispuesto a repetir la
historia sin introducir en su rol mayores modificaciones.
En el hipotético y poco probable caso
de que un individuo lograra evitar la suspensión de la incredulidad y actuar
con base en lo que su sentido crítico le señalara como conveniente, evitaría
repetir su guión. Aunque lograra
satisfacer su necesidad, esto no le solucionaría su problema recurrente en
cuanto a la insatisfacción de su deseo. Al advertir mediante el uso de su
razonamiento que algunos de sus actos le son perjudiciales, modificaría su
conducta y en consecuencia estaría representando un rol distinto en el que no
operaría la falta que constituye al deseo; esto le imposibilitaría participar
en el guión vital para el que ha sido programado y lo privaría así de desarrollar
cualquier relación profunda o duradera con sus semejantes, dejando insatisfecha
su necesidad de gozar de la atención del otro.
Capítulo 9
LA REALIDAD
PERSONAL
La palabra “real” proviene del latín
res (cosa), y significa "que tiene existencia verdadera y efectiva";
en consecuencia, podemos definir la realidad como “el conjunto formado por todo
aquello que tiene existencia verdadera y efectiva”. Es evidente entonces que
percibir la realidad en su totalidad resulta imposible para cualquier ser
actualmente existente; los individuos animales solo registran la porción de
realidad que les resulta necesaria para su supervivencia y reproducción.
El ser humano -a diferencia de las
demás especies- es capaz de simbolizar lo percibido y realizar el complejo
análisis racional de las diversas situaciones a las que se ve enfrentado; ello
le posibilita –en teoría, al menos- distinguir lo que tiene existencia
verdadera y efectiva de lo que no la tiene. En la práctica, el individuo humano
solo se muestra capaz de percibir lo real como tal en todo aquello que no se
relaciona en forma directa con el desempeño de su rol en el guión vital. Cuando
lo percibido está relacionado con éste último, pero no le resulta funcional en
su forma real, tiende a elaborar una interpretación que difiere en mayor o
menor grado de la que surgiría de la aplicación de su sentido crítico; en
algunos casos llega a omitir por completo una percepción de lo real.
Partiendo del supuesto de que la
interpretación acertada de lo real mediante un correcto análisis racional es la
que coincide con la que indica el sentido común, toda interpretación que no
cumpla esta condición influirá negativamente en el diseño de una conducta
eficiente a desempeñar, pues ésta no se adecuará a las leyes naturales de causa
y efecto habitualmente conocidas y aceptadas. Se producirá entonces una “falla”
originada en la suspensión del sentido crítico que resulta imprescindible para que
el sujeto pueda desarrollar su rol en un guión, pero que lo aleja de un
resultado acorde con la expectativa que conscientemente manifiesta. Estas
fallas, por tener su origen en aquellas improntas que no alcanzaron una
representación simbólica congruente, superan las posibilidades de una
tramitación psíquica consciente.
La porción de realidad correcta y
efectivamente interpretada, sumada a la porción que no cumple dicha condición,
constituye lo que se puede denominar “realidad personal”. Ésta resulta ser un
ámbito adecuado y congruente en el que los impulsos, emociones y decisiones que
conforman el contenido del rol que el sujeto debe desempeñar en sus relaciones
con los demás pueden manifestarse de acuerdo al guión correspondiente. Dado que
el rol improntado precede a la realidad personal, es aquel el que determina a
ésta y no a la inversa.
Esta realidad secundaria o personal
se asemeja en algún punto a la que percibe el espectador de una obra de teatro
o película, en tanto combina algunos elementos acordes al sentido común con
otros a los que un análisis crítico y racional revelaría como inconsistentes.
Así como el espectador, sabiendo que va a introducirse en el mundo de lo
ficticio, debe abandonar previamente gran parte de su escepticismo para
disfrutar de la obra, el individuo que pretende desempeñar su rol vital debe
tomar lo imposible como probable en cuanto resulta coherente con los
lineamientos del guión.
El individuo humano intenta aplicar
siempre las reglas de la lógica y del sentido común al análisis de situaciones
y a la toma de decisiones; la mayor parte del tiempo actúa convencido de que
sus actos son producto de dicho proceso. Rara vez advierte fallas o
inconsistencias, y cuando lo hace dispone de recursos que le permiten justificarlas.
Ni siquiera la capacidad de pensar sobre los propios pensamientos (denominada
cognición secundaria o meta-cognición) le permite advertir la falla, ya que los
patrones improntados que configuran el rol no sólo influyen en la dirección y
cantidad de pensamientos (parámetros de cognición primaria), sino que también
determinan que el sujeto confíe o desconfíe de lo que piensa (parámetros de
cognición secundaria).
Surge así el pensamiento mágico, que
en su estructura es un razonamiento causal que se origina en un silogismo en el
que una de las premisas (generalmente la mayor) es una creencia, un modelo
improntado o creado por la mente para responder a una cuestión determinada que
tiene por fin justificar un hecho (real o imaginario) del cual se desconoce o
no se acepta una explicación racional. Cabe aclarar que este tipo de
pensamiento prelógico no se caracteriza por la incapacidad de pensar
lógicamente, sino por la tolerancia respecto a las contradicciones. En
consecuencia, al carecer el razonamiento de un fundamento objetivo, la
conclusión puede establecer que un hecho inverosímil o imposible se verifica o
sucede. Por ejemplo, si una persona cree que los gatos negros traen mala suerte
y tras cruzarse con un felino de ese color tropieza y se quiebra una pierna,
concluirá que la lesión obedece a la maldición de los gatos negros y que la
caída fue una consecuencia del encuentro con el animal. En cambio, si recurre
al pensamiento racional -que no se basa en creencias, sino en datos objetivos-
podrá concluir que se cayó por pisar mal, por estar distraído o por lo que
realmente fuere y encontrará la causa eficiente del accidente.
El pensamiento mágico es funcional a
la negación, definida por Sigmund Freud como un mecanismo de defensa a nivel
psicológico que ejerce una persona inconscientemente para evitar aceptar o dar
cuenta de la realidad que circunstancialmente vive.
La realidad personal tiene un
carácter mixto: queda conformada como tal porque los resultados de todos los
razonamientos causales son aceptados como verdaderos, sin distinguir entre
algunos que se han fundado en hechos o principios cuya existencia está
confirmada como verdadera y otros que se han derivado de una creencia.
Debido a que las creencias son
improntadas en la primera infancia como elementos constitutivos del rol del
sujeto, la realidad personal se adecua perfectamente a las inconsistencias o
contradicciones del guión, constituyéndose en el ámbito propicio para su
desarrollo y ejecución.
Tomada como ejemplo de creencia, la
religión tiene la virtualidad de introducir al sujeto ex profeso en una realidad personal específica cuyo atractivo se
encuentra en la posibilidad de reemplazar la dependencia de la figura paterna
protectora y omnipotente de la infancia por una relación secundaria por un ser
imaginario de características similares (Dios) que protege al sujeto de la
amenaza total y absoluta a su supervivencia. El conocimiento de que la llegada
de la muerte es un hecho inevitable (dies
certus an incertus quando) produce angustia, y este pensamiento eleva el
tono emocional hasta un punto en el que se propicia la improntación de la idea
irracional de inmortalidad: entonces se obtiene un alivio producido por el
supuesto cese de tal situación amenazante. Dado que la improntación de esta
creencia es posterior a la etapa en la que se desarrolla la relación primaria,
resulta necesario un esfuerzo extra por parte del sujeto que consiste en el
compromiso explícito de tener fe, lo que implica creer en lo que no puede ser
visto ni probado. La religión como realidad personal no resulta una estrategia
de supervivencia exitosa, pues al privar a la muerte de su carácter de hecho
definitivo e irreversible, muchas veces termina exponiendo al sujeto a ésta:
los mártires cristianos que aceptaban la muerte con gusto ante la perspectiva
de otra vida mejor, los jenízaros que creían que su muerte defendiendo la fe
islámica les aseguraría un lugar en el paraíso y los suicidios masivos de
miembros de algunas sectas que se han producido en varias ocasiones son
ejemplos históricos que confirman esta
hipótesis.
El concepto de realidad personal no
debe confundirse con el de fantasía: ésta es la forma en la que un individuo se
representa ciertos deseos, intereses, miedos, objetivos y hasta perversiones
con la clara conciencia y sabiendo que éstos no se encuentran en concordancia
con la realidad primaria. La fantasía siempre tiene que ver con la creación o
generación de situaciones a nivel mental o imaginativo que no pueden darse en
la vida real o que deben permanecer reprimidas debido a ciertas pautas morales
o sociales. Existen dos tipos de fantasía: Lacan se refiere con el término fantasme (el término ha sido mal traducido al español
como “fantasma”, que en fancés es fantôme)
a la representación que refleja los deseos imaginarios más o menos conscientes
o –en otras palabras- al escenario del cumplimiento virtual del deseo
inconsciente, la que se distingue de fantasie
(imaginación en español, Einbildungskraft
en alemán, términos ambos que aluden a la visión fantástica o al mundo
imaginario) y de fantaisie (capricho,
originalidad, falta de seriedad en la conducta). La fantasía es registrada por
el sujeto como un producto de su imaginación ajeno a la realidad, mientras que
la realidad personal es percibida como la fiel expresión de la realidad
verdadera o primaria y tomada por tal; su función y efecto es disminuir la
frustración que experimenta el individuo ante ciertas mociones pulsionales
insatisfechas, actuando como sostén o soporte del propio deseo.
La aparición de la realidad personal
en la especie humana como progreso desde el punto de vista evolutivo puede
equipararse a la introducción de los números imaginarios en la matemática: ha
provisto al hombre de un instrumento que posibilitó el desarrollo de las
habilidades especiales que le han permitido interactuar en forma dialéctica con
su medio y con la sociedad, transformando a ambos. Pero ese progreso como
especie tiene un costo: la limitación de la posibilidad de percepción de la
realidad primaria, al quedar condicionada a una modalidad predeterminada por
los patrones improntados, es causa de frustraciones que el individuo habrá de
padecer durante toda su vida.
Capítulo 10
LA
PERVERSIÓN IMPROPIA
La palabra “perversión” proviene del
latín pervertere, término formado por
per (prefijo que intensifica o
aumenta la significación de la palabra a la que está unido) y vertere (verbo que significa verter o
volcar): esta etimología expresa la idea de verter más allá o en otro lugar que
el que es debido. El término fue utilizado por la psiquiatría clínica clásica,
por la psicopatología y por los pioneros de la sexología para designar un
comportamiento o un conjunto de prácticas sexuales que no se ajustaban a lo
socialmente establecido como sexualidad normal en la época.
Durante mucho tiempo la perversión
fue considerada como una enfermedad. Sigmund Freud fue el primero en definirla
como una estructura de la psiquis humana. En sus “Tres ensayos para una teoría
sexual” escribe que “en ninguna persona falta algún elemento que pueda
designarse como perverso que acompaña al fin sexual normal”. Las perversiones,
en la concepción freudiana, están gobernadas por el dispositivo simbólico del
Edipo; según la forma en que el sujeto lo atraviese y lo concluya, obtendrá una
determinada forma de sexualidad y de identidad sexual.
Lacan sostuvo que la sexualidad
humana es estructuralmente perversa, y es con esa sexualidad perversa que
hombres y mujeres se tienen que arreglar para llegar a obtener -o no- los
rasgos que definen el concepto ideal de sexualidad normal. Todo sujeto debe
inventar un fantasma propio, una fórmula privada para la relación sexual: la
relación con una mujer (o con un hombre) es posible sólo en la medida en que la
pareja encaja con esta fórmula. Dicho fantasma funciona como pantalla que vela
lo Real y no hay otro modo de vivir el amor o lo pulsional que no sea de un
modo sintomático.
Lacan señala la diferencia entre la
cópula de los animales y la relación sexual entre los humanos. Los animales
eligen a su pareja por razones estrictamente vinculadas a lo biológico. En
cambio, en el ámbito humano, la relación entre los sexos debe plantearse de un
modo completamente distinto, pues ni un hombre es capaz de copular con
cualquier mujer, ni una mujer puede hacerlo con cualquier hombre. La
intervención del lenguaje hace que siempre haya algo que sobre o que falte,
algún tercer elemento estorbando una unión sin interferencias. Es en razón de
esta asimetría, de esta falta de complementariedad natural entre varones y
mujeres, que Lacan sostiene que no hay relación sexual. Debido a esto, el
modo que permite vivir el amor a una pareja es necesariamente perverso.
Actualmente la palabra “perversión”
se mueve dentro de un espectro semántico que oscila entre la “utilización de
algo con una finalidad diferente a aquélla para la que fue creado” y la “falta
moral grave”, pero -en ambos casos- para sostener que hay perversión es preciso
aceptar la existencia de un orden previo que se rompe cuando ella actúa.
Si nos atenemos a la primera acepción
de la palabra, no toda conducta perversa debe ser valorada como negativa. Las
cucharas, por ejemplo, han sido creadas para que nos llevemos los alimentos
desde el plato a la boca: pero si se utiliza una cuchara para escarbar en la
tierra de una maceta, se está haciendo un uso “perverso” de la cuchara, aunque
no se haga con ello nada moralmente malo ni censurable, ni pueda considerarse
este acto como una conducta patológica.
Para el enfoque del tema desde un
punto de vista consistente con las hipótesis que se pretenden desarrollar en
este libro conviene reservar el término “perversión” para denominar a las
conductas consideradas patológicas que afectan negativamente la vida del sujeto
o de terceros y que son pasibles de la censura de la ley o de la sociedad. Por
razones de utilidad se usará en adelante la expresión “perversión impropia”
para referirse a los casos en los que el sujeto desarrolla una conducta con una
finalidad diferente a aquélla para la que razonablemente debería servir según
las reglas del sentido común, rompiendo el orden lógico que debe regir el
manejo de la situación en cuestión. Se definirá entonces a la perversión
impropia como una estructura de conducta originada en determinadas
características de la experiencia primaria individual antecedente a la
situación de la que se trate, que orienta a la pulsión a generar una conducta
en particular objetivamente antifuncional en forma reiterada.
Es útil tomar nuevamente como ejemplo
la obra “Servidumbre humana”, anteriormente citada, en la que –como ya se dijo-
el protagonista se enamora perdidamente de una pérfida mujer, quien lo maneja a
su antojo, haciéndolo sufrir con sus vejaciones y malos tratos psicológicos.
Si, afligido por su situación, este hombre pidiera un consejo, cualquier
persona con un mínimo de sentido común le diría que debe dar por finalizada la
relación de inmediato por su propio bien. Si el sujeto desarrolla cualquier
otra estrategia con el propósito de superar tal trance, estaremos en presencia
de una “perversión impropia”. Su proceder resultará antifuncional, ya que no
obtendrá los resultados que serían de esperar, pues la única conducta idónea
para solucionar su problema en el campo de lo real es concluir la relación en
cuestión en forma definitiva.
El hecho de tomar este ejemplo a
pesar de que el título del libro en su idioma original es “Of human bondage” podría dar lugar a una confusión, ya que bondage (que ha sido traducida como
servidumbre) hace referencia también a una perversión practicada en el ámbito
de los juegos sexuales que consiste en que las personas encuentran su deseo
sexual en la práctica de atar y someter -o ser atadas y sometidas- al otro. El
“bondage” es un juego sexual en el
que ambos participantes reconocen su accionar como perverso; en cambio, el
protagonista de la novela nunca considera su proceder como tal. Esta es la
principal característica que distingue a la perversión impropia.
Durante la ejecución del guión vital,
el individuo actuante percibe una realidad secundaria o personal que –como ya
se ha visto- no es congruente con la realidad objetiva: la reacción que esta
última le provoque estará condicionada por su subjetividad y lo llevará a
desarrollar una conducta que él supondrá que debe ser eficiente, pero que en el
mundo real u objetivo no cumplirá la finalidad buscada.
La perversión propiamente dicha sirve
como escape de la neurosis, pues lo que se persigue mediante el acto perverso
es acceder como sea a un objeto de deseo, independientemente de la naturaleza
de la satisfacción que se obtiene. A la inversa, la perversión impropia frustra
el acceso al objeto real deseado, pero permite a cambio desarrollar el guión y
posibilita de esta forma relacionarse con el otro.
El partenaire en la “obra” a la que corresponde el guión en el que el
sujeto desempeña su rol debe necesariamente desarrollar una perversión impropia
complementaria a la del “protagonista”. No hay que olvidar que, desde sus
posiciones subjetivas, ninguno de ellos cree representar un rol, sino que ambos
viven un guión; por lo tanto, cada uno se considerará a sí mismo el
protagonista y al otro su partenaire
necesario. Ambas perversiones impropias se anudan en esta relación: así como en
las obras de ficción no puede existir un Otelo sin una Desdémona, un Hamlet sin
una Gertrudis ni la Bella sin la Bestia, no existe la posibilidad de
desarrollar ningún guión vital sin la participación de un partenaire adecuado. La correspondencia en la relación es
biunívoca, o uno-a-uno: es una correspondencia unívoca cuya correspondencia
inversa es también unívoca. En otras palabras, cada elemento de primer conjunto
se corresponde con sólo un elemento del segundo y cada elemento del segundo
conjunto se corresponde con sólo un elemento del primero. En consecuencia, el
amor –que ha sido idealizado durante siglos y cuya sola mención despierta un
cúmulo de emociones- es simplemente el resultado de la conjunción de las
perversiones impropias complementarias de sus protagonistas.
En la vida real, la perversión en
sentido propiamente dicho mediatiza la relación con el otro al condicionarla
mediante la exigencia de una modalidad particular: quien juega un rol sádico
exige la concurrencia de un partenaire
dispuesto a jugar un rol masoquista, a tal punto que la relación sexual real
queda reducida a una excusa para causar y experimentar sufrimiento. Lacan
sostiene que este esfuerzo que le requiere la mediatización al sujeto está
dirigido a no extraer consecuencias significantes acerca de su saber de la
falta. El individuo parte de la creencia de que la ejecución del acto perverso
provocará el goce del otro, evadiendo enfrentarse con el hecho de que su
conducta no resuelve su conflicto y también evitando asumir que su verdadera
necesidad queda siempre insatisfecha.
En la perversión impropia, ambos
sujetos también mediatizan su relación con el otro, porque al exigir el
cumplimiento de los requisitos que determina el guión, la someten a un trámite
que a la postre resultará fallido. Convencidos de que llegarán por ese camino a
un final exitoso, ejecutan la conducta que constituye la perversión impropia, lo
que le garantiza a cada uno la continuidad de la atención del otro mientras los
priva a ambos de la satisfacción de sus respectivas necesidades.
Capítulo 11
LA EVOLUCIÓN DEL
INDIVIDUO: EL PROCESO EDÍPICO
Durante el transcurso de la vida del
individuo y a pesar de que su destino está en su mayor parte determinado por
las improntas asimiladas en su primera infancia, se producen ciertos cambios
que alteran algunas de las modalidades de ejecución de las conductas
improntadas. Estas modificaciones se originan tanto en hechos externos a la
relación primaria como en variantes en la estructura familiar en la que ésta se
desarrolla. A la inversa -y con mayor frecuencia- sustratos de la realidad
primaria que difieren en forma notable entre una generación y otra no logran
impedir la repetición casi idéntica de determinados patrones
intergeneracionales, aunque éstos hayan quedado completamente obsoletos por las
circunstancias actuales o por el transcurso del tiempo.
Estos procesos nunca alteran
esencialmente los patrones adquiridos en la primera infancia, pero los someten
a modalidades. A tal efecto también interviene el mecanismo de imprinting o
improntación: para establecer una sistematización se hace necesaria la
siguiente clasificación:
1.-
Imprinting primario: es la improntación de patrones provenientes de la relación
primaria o materno-filial.
2.-
Imprinting secundario: es la improntación de patrones provenientes de las
relaciones secundarias que se establecen con los demás individuos o terceros.
Este
último se divide en:
a.- derivado: se instala una impronta
secundaria de origen materno, proceso que es inducido por otra impronta
particular congruente ya existente que también fue asimilada previamente de la
madre, quien en un momento posterior del desarrollo del infante ha pasado a ser
registrada como un tercero.
b.- originario: se instala una impronta
original que deriva en forma inmediata de una relación con un tercero y en
forma mediata de una impronta general congruente previamente adquirida durante
la relación primaria.
La línea de separación entre las
etapas en las que se produce el imprinting primario y el secundario está
determinada por el límite entre las improntas que se refieren exclusivamente a
la relación primaria en las que intervienen dos individuos (madre e hijo) y las
que de una u otra manera incluyen a otros sujetos. Como se puede advertir, no
se trata de una división temporal, sino modal. Las improntaciones que se
producen fuera del periodo predeterminado están relacionadas en algunos casos
con una conducta originada en una impronta preexistente: por ejemplo, lo que se
conoce como “sexualidad precoz” es consecuencia de la aparición precoz de una
conducta generada por una impronta primaria originaria y una impronta
secundaria originaria, ambas congruentes y relacionadas con la conducta sexual.
Las improntaciones provenientes del ámbito colectivo son el resultado de la
sumatoria de las improntas individuales concordantes que predominan en el grupo
social; éstas crean patrones sociales, los que a su vez dan origen a improntas
individuales secundarias derivadas. Esto implica que para hacer posibles las
improntaciones sociales, deben existir improntas primarias previas coincidentes
que las posibiliten en la mayoría de los individuos. Dicho fenómeno se confirma
mediante la observación de los casos de inmigrantes que hacen suyas ciertas
costumbres de su país adoptivo mientras les resulta imposible asimilar otras.
La psicología clásica ha tratado de
explicar este fenómeno de cambio de etapas mediante el análisis de la tragedia
de Edipo, que describe las vicisitudes del parricidio y del incesto, así como
los movimientos alternantes de amor y odio hacia los progenitores que inauguran
las problemáticas de la triangularidad (hijo, padre y madre), que son el modelo
primario en el que se basarán las triangularidades futuras. El complejo de
Edipo es una metáfora que incluyó Freud entre sus demás teorías para explicar
muchos más fenómenos que el de la relación entre madre e hijo, y su significado
es mucho más profundo que el de la tragedia de Sófocles. La formulación
freudiana sobre el Edipo (temática central en la teoría psicoanalítica) tal
como se lo formulara inicialmente, plantea lo que en su época significó una
verdadera revolución al afirmar que el deseo amoroso hacia el progenitor del
sexo opuesto y el deseo hostil hacia el progenitor del mismo sexo culmina con
el deseo de su muerte. En una etapa posterior, Freud desarrolló una teorización
más compleja en la que sistematizó la función de tales deseos incestuosos y
hostiles hacia ambos progenitores al definir el complejo de Edipo y el complejo
de castración.
Jacques Lacan hizo una lectura
diferente de este concepto freudiano y lo reconstruyó en varios aspectos
esenciales. Destacó que Freud se basó en un mito, es decir, no en un hecho sino
en una ficción, en algo que no ocurre en la esfera de lo real sino en el ámbito
de lo simbólico: es algo que sucede en el lenguaje. Para Lacan el padre que
juega un papel en el complejo de Edipo no es un padre real, sino que es una
función: la función paterna. Ésta es un lugar en la estructura psíquica que
puede ser ocupado por otros representantes y no necesariamente debe serlo por
el padre real. Lo que resulta relevante para Lacan es la ficción de una
instancia que representa la ley (es decir la prohibición del incesto): denomina
a esta instancia el Gran Otro, determinando que puede ser asumida por diversas
figuras de la autoridad (jueces, policías, maestros, profesores, clérigos). Es
el momento de la subordinación del niño a esta instancia el que permite su
entrada en el orden de lo simbólico, es decir del lenguaje, del discurso del
mundo social y de sus normas.
Para Lacan la salida del complejo de
Edipo es entonces la renuncia a la madre y el comienzo de los intentos de
llenar ese lugar estructural de la falta con otros «objetos causa del deseo».
El complejo de Edipo es además el drama del sujeto al convertirse en miembro de
la sociedad: para ello debe ceñirse a sus reglas entrando al mundo de lo
simbólico, la cultura y el lenguaje. Esto se logra gracias a la identificación
del niño con el padre, que le permite liberarse de la relación dual madre-hijo
y adquirir su propia individualidad.
En síntesis, el complejo de Edipo
refiere un proceso en el que la relación dual madre–hijo deja de ser la única
posible para el infante y fundamenta las implicancias que para esta nueva etapa
de su vida tendrá esa experiencia. En la relación con su madre el sujeto deja
de tener la exclusividad, pues debe admitir a un tercero: para establecer la
distinción entre los integrantes de esta incipiente tríada y los roles
correspondientes a cada uno de ellos, debe incorporar el lenguaje como
instrumento que le permitirá sistematizar las nuevas categorías a las que
accede. Entre éstas se destaca la de prohibición (que se corresponde a grosso
modo con la castración simbólica).
El nuevo estatuto se instala en el
sujeto mediante un imprinting secundario derivado. En consecuencia, su
estructura estará determinada por patrones provenientes de la madre. Esta es
una regla general, y como tal admite una excepción: alguna rara vez se
encuentra un caso en el que el padre ejerce un dominio tan completo sobre la
madre, que ésta –por actuar bajo su influjo- transmite a los hijos improntas
secundarias derivadas del primero en lugar de las suyas propias. Si la regla se
cumple, el hijo improntará la prohibición que presenta las modalidades propias
y determinadas de la madre.
Ya ha quedado planteado que lo que
impulsa al individuo a relacionarse con otro es la falta -entendida como la
incapacidad de éste último para proporcionar el objeto del deseo-, la que
consiste en la insatisfacción de aquella necesidad particular cuyo objeto no se
ha obtenido de la madre durante el desarrollo de la relación primaria. Ahora
resulta necesario analizar el concepto de prohibición: la madre priva al
infante de algo de lo que hasta ese momento éste había tenido la posibilidad de
disfrutar, con el agregado de que legitima esa privación mediante su
discurso.
La prohibición confirma a la falta en
cuanto establece la insatisfacción de la necesidad en el orden de lo simbólico
como una situación de hecho perteneciente a la realidad. Si el infante la
registra como tal, desiste de la demanda, al menos en su forma originaria.
En la estructura edípica, la
prohibición del incesto surge de forma implícita cuando el padre ocupa su
lugar, pues queda entonces delimitada la situación del hijo con respecto a los
demás integrantes de la tríada; este límite, que actúa para el hijo como
prohibición de invadir el campo del otro, funciona a la vez como confirmación
de su campo propio. En el caso de las relaciones sexuales, el padre queda como
el único legitimado para copular con la madre, mientras que el hijo, en
consecuencia, queda excluido de tal posibilidad. Esta exclusión es la que Freud
y Lacan identificaron con la castración al afirmar que el infante queda
excluido de usar su falo. La falta que introduce la insatisfacción de la
demanda originaria absoluta determina el límite entre el sujeto y el otro,
constituyendo así el elemento primordial de la individuación: Lacan precisa
esta perspectiva en el Seminario 11 cuando se ocupa de la causación del sujeto
y habla de alienación y separación como tiempos necesarios: es necesaria la
alienación, es decir, que el sujeto se constituya en torno a los significantes
en el campo del Otro.
La anterior explicación del fenómeno
edípico permite también resolver la controvertida cuestión de su desarrollo en
la mujer y la influencia que ejerce en la determinación de la orientación
sexual. En la niña, la prohibición del incesto también surge como implícita al
quedar delimitada la situación de cada uno de los integrantes de la tríada;
como sucede en el hijo varón, ese límite actúa para ella como prohibición de
invadir el campo de la madre -única legitimada por su status de tal para
copular con el padre- y la excluye de la posibilidad de acceder al pene de
éste.
El trámite edípico, al delimitar el
campo del infante, también se lo confirma como propio, haciendo que el proceso
de individuación se concrete. La mayor o menor escisión del yo está relacionada
con la determinación del campo propio. Esta escisión nunca es completa: siempre
subsiste el residuo del deseo insatisfecho que se genera en la relación
primaria. En un grado adecuado, este aparente defecto en el proceso de escisión
permite la existencia de la realidad personal que constituye un elemento de la
psiquis del sujeto normal y determina su rol vital; pero en grados mayores dará
origen a una neurosis más o menos acentuada, y en casos mas pronunciados, a una
psicosis.
Al definir al límite como generador
implícito de la prohibición del incesto se puede determinar la relación de
dicha prohibición con la futura preferencia en la elección del género de las
parejas del individuo. Desde lo teórico se puede conjeturar que las ausencias
de la impronta primaria y de la prohibición en la que debe originarse la
impronta secundaria dificultarán el proceso de individuación al no delimitar el
campo del individuo en forma eficiente, dando origen en casos extremos a una
psicosis; tampoco se producirá la identificación completa con el padre, lo que
puede ser causa de que la orientación sexual se establezca en forma anómala.
Los pocos casos que se han podido estudiar, si bien no alcanzan para establecer
una regla, confirman esta teorización.
Sostener que la prohibición legitima
una falta implica reconocer que opera necesariamente en el campo del deseo.
Entendida la demanda como el reclamo unívoco cuyo objeto es la satisfacción de
la necesidad de una prestación específica y de la necesidad genérica de
atención a la misma vez, y definida la falta como la ausencia de la prestación
específica en cuestión, la prohibición de que el hijo copule con la madre
establece como falta la imposibilidad de satisfacción del reclamo de dicha
prestación. Como ya quedó asentado en el capítulo 4, aunque el hijo desista de
su demanda originaria, si ésta queda insatisfecha por verse privado de la
atención de la madre (quien, además de dejar el requerimiento sexual
insatisfecho, desplaza su atención desde el infante hacia el padre), procederá
entonces a elaborar otra nueva demanda con un objeto aparentemente distinto,
pero que apuntará inconscientemente a conseguir la prestación del mismo objeto
del que se lo ha privado, pues este ha quedado improntado como el que opera en
el deseo garantizando la falta. El futuro objeto del deseo sexual del niño será
entonces en este caso un sujeto del mismo género de su madre (femenino) que
reproduzca la falta de ésta. En el caso de la niña, la prohibición, al operar
sobre la posibilidad de la cópula con el padre y excluirla del intercambio
atencional de éste con la madre) generará mediante el mismo mecanismo un futuro
deseo sexual por sujetos del género masculino, aunque en este caso el proceso
es más complejo: ella improntará como tal la falta que exista en su padre, pero
no en forma directa, sino a través de su madre, pues ésta es quien inscribirá
la prohibición, que no se limitará a la cuestión sexual, sino que incluirá a
todos los elementos definitorios de su
relación de pareja con el padre entre los que se incluye la falta. La prohibición, al originar una
nueva demanda con objeto distinto, pero destinado en realidad a satisfacer la
demanda anterior, sitúa como objeto de deseo a alguien en quien se encuentre la
misma falta que lo ha hecho atractivo en el rol vital de su madre como adecuado
para desarrollar el guión que consiste en establecer una relación de pareja.
Entonces la hija buscará el objeto de su deseo en hombres en los que pueda
encontrar la falta específica de su padre porque ha improntado el deseo de su
madre. Tanto en el caso del niño como en el de la niña se verifica la
afirmación de Lacan: uno es el deseo de su madre.
En consecuencia, además de definir la
elección del género, el proceso edípico determina otras características que
deberá poseer, o más bien de las que deberá carecer la pareja para resultar
objeto del deseo del sujeto, pues -como ya se ha dicho- ni un hombre es capaz
de copular con cualquier mujer, ni una mujer puede hacerlo con cualquier
hombre. Tanto en el caso del hijo varón como en el de la hija mujer, su pareja,
además de pertenecer al sexo opuesto, deberá garantizar la falta específica que
la madre ha improntado en él en su primera infancia.
Este proceso es causa de la
repetición de los roles de los padres por parte de los hijos: éstos buscan como
pareja a partenaires del sexo opuesto
que les garanticen una continua insatisfacción similar a la que mantuvo unidos
a sus progenitores. También quedan aquí esbozadas las causas de la
identificación del sujeto con el progenitor de su mismo género que contribuirá
a determinar la estructura de su personalidad.
Capítulo 12
LAS
MODALIDADES SEXUALES
El proceso edípico constituye un
sistema que estructura la evolución individual y la psiquis del individuo
humano de un modo que le permite identificarse a sí mismo como un sujeto
distinto a sus semejantes, simbolizar la realidad y relacionarse con los demás
miembros de la sociedad humana. Ponderando su estructura formal, aparece como
un mecanismo sumamente eficiente a dichos efectos siempre y cuando se lo
analice bajo el presupuesto de atribuirle un funcionamiento ideal; pero por
entrar en juego las múltiples variantes que se dan cuando se incluye la función
contradictoria del deseo, se advierte que en la realidad este proceso toma
modalidades muy diversas, algunas de las cuales llevan a resultados que distan
mucho de los que podrían considerarse ideales.
Para estudiar algunas de las
distintas variantes que pueden darse en la práctica y conocer las reglas
particulares que las rigen resulta útil tomar como objeto de estudio a las
conductas sexuales: la psicología clásica puso gran énfasis en este aspecto con
mucho acierto y le debe a su análisis buena parte de sus teorizaciones. Sigmund
Freud sostuvo que las perversiones están gobernadas por el dispositivo
simbólico del Edipo: según la forma en que el sujeto lo atraviese y lo concluya
obtendrá una cierta forma de sexualidad y una identidad sexual.
Como se dijo en el capítulo anterior,
la impronta materna en lo que se refiere a la elección de género orienta la
elección sexual en ese aspecto, pero no es la única que determina la elección
de la pareja sexual; ésta incluye además múltiples aspectos relacionados con
modalidades improntadas a su vez por la madre durante su propia relación
primaria. Sabiendo que en la demanda de
la madre existe necesariamente una falta determinada, debemos concluir que la
modalidad que tome la intervención materna durante el desarrollo del sujeto
podrá resultar deficiente a los fines de una correcta tramitación del proceso
edípico que prepare al individuo para enfrentar los diversos avatares de su
vida futura. Dado que una de las funciones de dicho proceso es evitar el
incesto, el estudio de los casos en los que éste se produce permite determinar
cuales pueden ser las variantes que vuelven al trámite edípico ineficaz a tal
efecto.
En la mayoría de las culturas las
prohibiciones sociales que tienen por fin impedir la consumación del incesto
son casi siempre efectivas, de manera que la proliferación de esta práctica se
produce muy raramente en la sociedad moderna. Aún en el caso de los grupos
humanos en los que la práctica de esta costumbre acarrea una sanción penal,
ésta sirve al propósito de enfatizar la existencia de los tabúes del incesto
intrafamiliar y en la práctica resulta casi innecesaria como medio de
disuasión. Excepcionalmente el incesto se admite en algunos pueblos. En ciertos
grupos endógamos como los Baiga, el matrimonio incestuoso todavía se practica
entre padres y sus hijas, entre madres y sus hijos, entre hermanos y entre
abuelos y nietos. Aún en tiempos presentes, en ciertos cultos como la secta
Sakti, el incesto es promulgado como "una forma exaltada de actividad
sexual y un paso avanzado de perfección religiosa". En algunas regiones de
Chile existe la costumbre ancestral de que la hija mayor, en caso de muerte de
su madre, ocupe el lugar de ésta al lado del padre haciéndose cargo de las
obligaciones domésticas y también de las conyugales. En ciertas áreas rurales
de Escandinavia la aceptación del incesto es pública. En estos casos, el
incesto muy a menudo incluye la participación voluntaria de ambas partes y en
general cuenta con la anuencia del entorno familiar.
No es frecuente encontrar casos de
incesto madre-hijo, lo que dificulta su estudio en la práctica. Desde lo
teórico se puede conjeturar que las ausencias de la impronta primaria
correspondiente y de la prohibición expresa o implícita en la que debe
originarse la impronta secundaria dificultarán el proceso de individuación al
no delimitar el campo del individuo en forma eficiente, dando origen en casos
extremos a una psicosis. También es probable que no se produzca la
identificación con el padre, lo que puede ser causa de que la orientación
sexual se establezca en forma deficitaria. Los casos que se han podido
estudiar, si bien no alcanzan para establecer una regla, confirman en general
esta teorización.
El tipo de incesto mas generalizado
es el de padre-hija y se dan tres casos:
a)
El padre y la hija inician una relación sexual consentida y no conflictiva, en
algunos casos con el conocimiento, la aceptación e incluso con el aliento de la
madre: resulta evidente que no ha existido la impronta debida del límite
edípico durante la relación primaria ni se ha efectuado una prohibición
posterior en forma explícita o implícita a nivel discursivo por parte de la
progenitora que haya podido generar la correspondiente improntación secundaria
derivada.
b)
El padre y la hija inician una relación sexual consentida, pero conflictiva
para la hija, por lo que ésta la mantiene en secreto: es probable que con el
paso del tiempo este episodio origine ciertas somatizaciones a nivel físico o
psíquico. Teniendo en cuenta que de la trama psicoanalítica del complejo de
Edipo se desprende el concepto de prohibición, transgresión y culpa como
elementos estructurantes, se puede deducir que ha existido prohibición expresa
por parte de la madre o que ésta ha validado de algún modo la prohibición
social, pero antes habría omitido generar la debida impronta durante la
relación primaria o no lo habría hecho en forma bien definida.
c)
El padre obliga a la hija a mantener una relación sexual que ésta no consiente
en su discurso, pero que en los hechos tolera –resistiéndose y accediendo a la
vez- durante un lapso más o menos prolongado que en la mayoría de los casos
concluye con la denuncia del hecho ante la madre. En este caso se ha producido
la impronta primaria específica, pero no ha existido prohibición expresa por
parte de la madre o ésta no ha validado la prohibición social con el énfasis
necesario.
En el primer caso se ha observado que
la hija establece para el futuro dos preferencias sexuales:
1.-
por los hombres mayores (a causa de un imprinting secundario derivado de la
impronta primaria previa asimilada de la madre y de un imprinting secundario
originario generado por el acto consumado con su padre).
2.-
por las mujeres (falta de identificación con la madre originada en la
defectuosa delimitación del campo propio por deficiencia de la impronta
correspondiente).
En el segundo caso, la identificación
con la madre se produce; en consecuencia, la preferencia sexual de la hija es
por hombres, aunque puede presentar posteriores dificultades para desarrollar
una actividad sexual satisfactoria con ellos.
El tercer caso presenta una
particularidad: la hija accede –aunque no de buen grado- a soportar la relación
sexual con su padre –conducta que se genera por estar presente el episodio en
los guiones que ambos deben desempeñar- para después denunciarlo ante su madre.
Esto sucede en el momento en que su padre abandona su rol o se desvía de éste;
la denuncia constituye una venganza hacia su partenaire y un reclamo hacia la madre por no haber instaurado en
su debido tiempo la prohibición generada por una impronta primaria eficaz y
consistente que deriva en la impronta secundaria originaria que se corresponde
con el patrón social imperante. Aunque existen excepciones, lo más frecuente es
que la madre se niegue a aceptar como cierto el hecho denunciado y acuse a la
hija de mentir. Ésta establece entonces para el futuro dos preferencias
sexuales: por hombres (también a causa de un imprinting secundario derivado,
pues esta preferencia se instala a causa del defecto en la delimitación de su
campo propio debido a la falta de la impronta previa asimilada de la madre) y
también por mujeres (a causa de una defectuosa identificación con la madre, la
que no se ha concretado en forma completa por ausencia de la impronta de
prohibición que debía contribuir a producirla). En los casos en el que la madre
impone al fin la ley sancionando al “infractor” -sea divorciándose o
denunciándolo ante la justicia- la preferencia sexual por mujeres no se
establece, pues la prohibición –aún siendo tardía- ha delimitado en forma correcta
el campo que la separa de su madre y la identifica como un individuo femenino
con el rol propio de tal.
Una modalidad más leve y frecuente se
da en la relación sexual con el padrastro: es muy común el caso del hombre que
se casa o convive con una mujer que ya tiene una hija y cuando ésta crece
inicia una relación sexual con ella. La atracción del uno por la otra y
viceversa se produce porque –como ya se dijo- la hija busca como pareja a
alguien que le garantice una continua insatisfacción similar a la que mantuvo
unidos a sus progenitores, y el padrastro se ve atraído por la hija porque ésta
–al igual que antes lo hizo su madre- le asegura idéntica insatisfacción. Al
igual que en la relación incestuosa con el padre, se dan los tres casos ya
descriptos sin mayores variantes.
Aunque se considere que no existe
desde el punto de vista estrictamente biológico un motivo por el cual una niña
púber no deba mantener relaciones sexuales incestuosas y se den las
circunstancias descriptas en el primer caso, el perjuicio que ella sufre se
manifestará a posteriori cuando la impronta secundaria derivada de este hecho
origine conductas que entrarán en conflicto con las pautas sociales aceptadas
por la mayoría y probablemente provocarán la censura, la discriminación o la
incomprensión de las personas con las
que se relacione. La protagonista de un hecho de abuso sexual intrafamiliar o
de pedofilia encontrará grandes dificultades para evitar que los desajustes
producidos por la impronta generada por el hecho anómalo y precoz en el que ha
participado perturben las relaciones que sostenga en el futuro, pues la
práctica sexual infantil (espontánea o provocada) establece la impronta que
marca la dirección que seguirá la vida sexual en la madurez.
Otra experiencia que contribuye a
definir las modalidades que tomarán ciertas conductas es el acto de la
iniciación sexual. La ausencia en el ser humano de una época de celo que
determine el momento del coito es reemplazada por una situación específica
improntada en la primera experiencia sexual que al repetirse provoca la
excitación; la repetición del episodio actúa como indicador del momento social
propicio para el coito, cuya consumación fuera de las ocasiones adecuadas puede
resultar perjudicial para el desarrollo armónico de las actividades del grupo.
Este episodio de la vida del ser humano no se produce en forma aleatoria, sino
que es estructurado por medio de un imprinting secundario derivado, definido
éste último como una impronta que se instala en el sujeto que tiene su base en
otra impronta previa asimilada de la madre. Para poder entender cabalmente este
concepto es necesario describir en detalle el proceso completo: para este
propósito es útil tomar como ejemplo la desfloración por violación, que por ser
un caso extremo permite analizar con mayor claridad la mecánica del citado
proceso.
La elección de la víctima de la
violación está determinada –como toda relación entre dos sujetos- por las
especiales características de los roles improntados por ella y por su
victimario: éstos deben complementarse necesariamente para desarrollar el guión
correspondiente al episodio de la violación. Allí se anudan la perversión
impropia de la víctima (pues ésta no es consciente de que su conducta
antifuncional la lleva a tal situación) con la perversión del victimario (ésta
será impropia cuando parte de la creencia de que, a pesar de la resistencia
inicial de la mujer, la ejecución del acto perverso le provocará a ella un
goce, y propia cuando el sujeto activo es consciente de que no será así y de
que sólo busca el goce propio).
En consecuencia, no existe una única
conducta antifuncional general que resulta siempre eficiente para establecer
una relación entre cualquiera de las potenciales víctimas y cualquiera de los
potenciales victimarios, ya que cada caso de violación se desarrolla con base
en un guión distinto: un violador es atraído por el aspecto sumiso de una
víctima mientras otro lo es por lo contrario, un tercero reacciona ante una
actitud de seducción, otro ante una de rechazo, etc.
Cuando la desfloración se produce
mediante una violación, este hecho traumático origina una impronta en la mujer
con todos sus detalles novedosos y el episodio pasa a ser el modelo del
encuentro sexual en el que ella debe desempeñar su rol. De ahí en más cada acto
sexual será -en mayor o menor medida- una repetición del primero y -en
consecuencia- una reexposición compulsiva al trauma. En los casos en que la
desfloración se realiza en una situación de normalidad, las particularidades del
hecho también se improntarán y se repetirán con posterioridad, coincidiendo en
general sus características con las que tuvo en su momento el mismo acto cuando
fue protagonizado por la madre.
Capítulo 13
LA ASIMILACIÓN
DE LO NUEVO
El análisis de las modalidades de la
primera experiencia sexual y su comparación con las subsiguientes permite ampliar
el estudio de fenómeno de repetición que se inició en el capítulo 8, no solo
tomando en cuenta las improntas asimiladas durante la relación primaria sino
también en relación con cualquier hecho real cuando acontece por primera vez en
un momento determinado de la vida del individuo.
De manera general se acepta que la
primera experiencia determina muchas de las actividades que un organismo
realiza. A la cualidad determinante que tiene esta experiencia sobre las
posteriores de su mismo género se la conoce como primacía de la experiencia
temprana, por ser la primera experiencia de su tipo en la vida: está destinada
a servir de esquema de organización primaria y a estructurar pautas posteriores
de conducta. Este punto de vista es defendido por D. O. Hebb, en su libro “The Organization of Behavior” (1949),
quien limita la influencia de la experiencia temprana a las primeras etapas del
desarrollo animal. Pero los investigadores no coinciden al intentar encontrar
semejanzas entre la impronta en los animales y en el hombre: no se cuenta con
pruebas contundentes de que exista un periodo crítico para que se establezca
este vínculo en los seres humanos. Por otra parte, a partir del trabajo
precursor de Lorenz se han descubierto en el reino animal muchos ejemplos de
impronta que no involucran el lazo progenitor / descendencia: en algunas
especies, ésta última se impronta incluso con ciertos elementos del ambiente.
A partir de la observación y el
análisis de conductas repetitivas se llega a la conclusión de que, además de la
improntación producida en la primera infancia mediante la relación primaria
madre / hijo -que se puede asimilar a la que se produce en las especies
animales- existe en el ser humano otro tipo de improntas que se producen con
posterioridad mediante las relaciones con los demás sujetos con los que el
individuo interactúa durante su vida.
Las nuevas experiencias son
determinantes para el sujeto porque se producen cuando éste aún carece de un
marco referencial con el que le resulte posible cotejar el hecho novedoso: su
resultado aportará los elementos necesarios para la resolución exitosa de
futuras situaciones análogas. La carencia de referencias previas hace que el
intento instintivo de confrontar la nueva situación con alguna otra ya conocida
resulte fallido, lo que provoca en el sujeto la elevación de su tono emocional
al quedar en evidencia el riesgo de un posible fracaso: este fenómeno es
conocido como estrés.
Una situación resulta estresante
cuando las estrategias conocidas son incapaces de resolverla. El estrés (del
inglés stress, ‘tensión’) es una
reacción fisiológica del organismo en la que entran en juego diversos
mecanismos necesarios para afrontar una situación que se percibe como
amenazante o de demanda incrementada; es la respuesta general e inespecífica a
cualquier demanda a la que el individuo sea sometido. Se considera que una
persona está en una situación estresante cuando ha de hacer frente a situaciones
que conllevan exigencias conductuales que le resulta difícil poner en práctica
o satisfacer, y esto depende tanto de las demandas del medio como de sus
propios recursos para enfrentarse a él (Lazarus y Folkman, 1984). Es una
respuesta automática del organismo a cualquier cambio ambiental mediante la que
se prepara para hacer frente a las posibles demandas que se generan como
consecuencia de una nueva situación (Labrador, 1992); por lo tanto, facilita
disponer de recursos para enfrentarse a situaciones que se suponen
excepcionales.
El estrés es producido por el
instinto del organismo que lo impulsa a protegerse de las presiones físicas,
emocionales o ante la amenaza de un peligro. En respuesta a situaciones de
emboscada el individuo se prepara para combatir o huir mediante la secreción de
adrenalina; ésta se disemina por toda la sangre y es percibida por receptores
especiales en distintos lugares del organismo que responde preparándose
adecuadamente: el corazón late más fuerte y rápido, las pequeñas arterias que
irrigan la piel y los órganos menos críticos se contraen para disminuir la
pérdida de sangre en caso de heridas y para dar prioridad al cerebro y a los
órganos más críticos para la acción, la mente aumenta el estado de alerta y los
sentidos se agudizan.
Esta elevación del tono emocional
característica del estrés es la que predispone al sujeto para la improntación
de un modelo del desarrollo del episodio novedoso, estableciendo su primacía
sobre las situaciones más o menos análogas que se produzcan en lo futuro. A
este proceso lo denominaremos introcepción y lo definiremos como el proceso
mediante el cual se configura un tipo de imprinting secundario.
El proceso de introcepción se produce
ante todo evento novedoso: la única condición necesaria es que éste se presente
en la vida del sujeto por primera vez; no se requiere necesariamente que se
trate de un episodio traumático, ya que el sujeto lo percibe como amenazante
por el solo hecho de no encontrar en el pasado una referencia que le permita
determinar con algún grado de certeza el curso de acción a seguir. La primera
relación sexual puede no ser conflictiva y en muchos casos podrá darse en forma
satisfactoria y hasta placentera; ello no impedirá que su introcepción
determine para lo futuro un alto grado de repetición que incluye las
modalidades que originariamente la han constituido. También serán introceptados
todos los episodios naturales en la vida de la persona, tengan o no mayor
trascendencia, con la única condición de que se produzcan por primera vez. A
través de la vida, la escala de valores del individuo quedará determinada por
la intensidad del estrés en el momento de la impronta que establezca la
valoración de cada cualidad de la que se trate y se afirmará en relación con la
frecuencia de las reimprontas posteriores.
Si el episodio que produce la
impronta resulta traumático por generar para el sujeto un peligro real que no
puede conjurar, su evolución psíquica puede quedar ligada a la etapa de su
desarrollo en la que el hecho se produjo: a este fenómeno Freud lo denominó
fijación. La maduración psicológica se produce mediante la improntación de
nuevos contenidos sobre la base de las improntas ya existentes; dada la
intensidad con el que el sujeto percibe el episodio traumático que la genera,
la fijación impide nuevas improntaciones relacionadas con el tema del que se
trate que le permitirían evolucionar hacia etapas posteriores de su maduración.
Salvo casos aislados, el sujeto se ve envuelto en el episodio traumático que
produce una fijación debido a la existencia de una impronta primaria que lo
impulsa a participar en el.
No está de más insistir en que el
proceso de introcepción se produce en forma inconsciente y las modalidades del
episodio en cuestión se registran exclusivamente por la vía subliminal; esta
característica es común a todos los tipos de imprinting.
Un caso especial de introcepción al
que he denominado “Síndrome de Nabokob” se produce cuando una primera
experiencia se desarrolla en forma incompleta. Vladimir Nabokov refiere en su
libro “Mira los arlequines” una experiencia temprana que se puede presumir
autobiográfica: el protagonista adolescente intenta consumar su primera
relación sexual con una preadolescente y es interrumpido antes de concluirla.
Esta experiencia dejó su huella. En su obra “El Hechicero” (considerada
precursora de “Lolita”), un protagonista ya mayor intenta mantener relaciones
sexuales con una preadolescente y su intento se ve frustrado al ser
descubierto. En “Lolita” el protagonista consuma un hecho de iguales
características y se muestra contrariado al comprobar que la niña había perdido
previamente su virginidad. Ya sea que el célebre autor haya tenido experiencias
lindantes con la pedofilia o que solo haya sublimado su tendencia mediante la
escritura, este ejemplo lleva a presumir que una primera experiencia inconclusa
puede ser repetida indefinidamente en busca de su concreción.
La efectiva resolución que se le da a
una situación se origina en una impronta primaria: el individuo elige un
determinado curso de acción con base en una estructura determinada por dicha
impronta materna anterior y la elevación
del tono emocional causada por el estrés le hace improntar (o introceptar si se trata de una primera
experiencia) los contenidos novedosos.
Cualquier suceso que genere una
respuesta emocional puede causar estrés; esto incluye tanto situaciones
positivas (el nacimiento de un hijo, la celebración del matrimonio) como
negativas (pérdida del empleo, muerte de un familiar). En general, el sujeto
encontrará una impronta primaria que se relacione en forma inmediata con una
situación dada, pero habrá casos en los que esto no resultará posible: ante el
estrés generado por el evento novedoso se producirá entonces un imprinting
secundario originario. El caso que mejor se presta para un análisis es el
denominado “Síndrome de Estocolmo”.
El 23 de agosto de 1973 dos sujetos
armados con ametralladoras entraron en un banco de Estocolmo, Suecia. Los
delincuentes fueron descubiertos por la policía y retuvieron a cuatro rehenes
-tres mujeres y un hombre- durante las 131 horas siguientes. En el transcurso
de ese tiempo de negociaciones, los rehenes se “identificaron” con sus captores
a tal punto que colaboraron con ellos protegiéndolos de las acciones
policiales. Finalmente fueron rescatados el 28 de agosto tras seis días de
retención y amenazas por parte de los secuestradores: la policía decidió actuar
gaseando los delincuentes quienes se rindieron sin que nadie resultara herido.
En sus entrevistas con la prensa fue evidente que los rehenes apoyaban a los
secuestradores y se sentían más aterrados por los policías que fueron en su
rescate que por los ladrones que les retuvieron durante casi una semana, pues
habían llegado a pensar que los secuestradores estaban en realidad
protegiéndolos de la policía. Durante todo el proceso judicial los secuestrados
se mostraron reticentes a testificar contra los que habían sido sus captores.
Después una de las mujeres mantuvo una relación con uno de los criminales y
otra creó un fondo para ayudar con los gastos de la defensa. Este hecho sirvió
para bautizar como "Síndrome de Estocolmo" a ciertas conductas
insólitas que demuestran afecto entre los captores y sus rehenes.
Otro famoso caso de síndrome de
Estocolmo se atribuyó al secuestro de Patricia Hearst, nieta del magnate
estadounidense de las comunicaciones, William Randolph Hearst. En 1974 un grupo
de rebeldes del Ejército de Liberación Simbionés secuestró a la joven de 19
años de edad, con el fin de iniciar una guerra de guerrillas contra el gobierno
de Estados Unidos y el sistema capitalista. La joven terminó enamorándose de
uno de los secuestradores y se unió al grupo de revolucionarios participando en
atracos armados. Según las informaciones de la época, esta guerrilla nacida en
California incluyó a la secuestrada en sus planes de ataque, al punto que
Patricia Hearst participó en un robo de un banco de San Francisco. En 1975,
tras un intento de robo fallido a otro banco, el FBI detuvo a Hearst y a otros
miembros de la guerrilla. La joven fue a juicio y condenada a siete años de
prisión, pero fue indultada antes de cumplir toda la condena.
Otro ejemplo que la opinión pública
mencionó como Síndrome de Estocolmo fue el secuestro de las trabajadoras
humanitarias italianas Simona Tortea y Simona Pari en 2004. Las mujeres fueron
capturadas por un grupo armado de rebeldes en Irak. Al ser liberadas,
declararon que sus captores las interrogaron por largas horas, pero las
trataron con cuidado e incluso respetaron los hábitos alimenticios vegetarianos
de una de ellas y las condiciones de salud de la otra. Las secuestradas se
identificaron con sus captores y recibieron como obsequio de despedida una caja
de dulces y un Corán comentado, y los secuestradores -según declaró Simona
Pari- les pidieron disculpas. A pesar de ciertas similitudes, de esta
descripción del episodio no parece lógico deducir que se tratara de un caso del
Síndrome de Estocolmo
Según un estudio realizado por el FBI
el Síndrome de Estocolmo no afecta a todos los rehenes o personas en
situaciones comparables: en más de 1.200 incidentes de toma de rehenes se
encontró que el 92% de los rehenes no desarrollaron el síndrome. Los
investigadores del FBI entrevistaron a asistentes de vuelo que habían sido
tomados como rehenes durante el secuestro de aviones y concluyeron que son
necesarios tres factores para que el síndrome se pueda presentar:
1- La situación de crisis debe tener una
duración de varios días.
2- Los secuestradores permanecen en
contacto con los rehenes: estos no deben ser aislados en una habitación
separada.
3- Los secuestradores deben haber mostrado cierta
bondad para con los rehenes, o al menos abstenerse de hacerles daño, pues los
rehenes maltratados por sus captores suelen sentir ira hacia ellos y por lo
general no desarrollan el síndrome: en un atraco a un banco con rehenes, tras
ser aterrorizados empleados y jefes durante horas, un francotirador de la
policía disparó e hirió al atracador. Después de que éste cayera al suelo, dos
mujeres lo levantaron y lo llevaron a la ventana para que le dispararan de nuevo.
Aunque las personas que a menudo se
sienten impotentes en otras situaciones estresantes de la vida o están
dispuestos a hacer cualquier cosa para sobrevivir parecen ser las más
susceptibles a desarrollar el síndrome de Estocolmo si son tomadas como
rehenes, los investigadores no han sido capaces de identificar todos los
factores que pueden poner a algunas personas en mayor riesgo que otras y no
están de acuerdo sobre los mecanismos específicos psicológicos implicados.
Algunos consideran el síndrome como una forma de regresión (volver a los
patrones infantiles de pensamiento o de acción), mientras que otros se explican
en términos de parálisis emocional o de identificación con el agresor.
Una posible explicación de este proceso es que, en esta situación particular
en la que el sujeto se ve obligado a establecer una relación sin la base que
proporciona una referencia inmediata a una impronta determinada, la víctima efectúa una regresión
que le permite recurrir a la estrategia utilizada en su relación primaria, la
que (como se dijo en el capítulo 4) consiste negar o no sentir la amenaza como
tal y en justificar las privaciones a las que se ve sometida como la condición
necesaria para mantener la atención de su captor, pues intuye que mientras lo
logre estará garantizada su supervivencia. El agresor por una parte la amenaza
y la priva de su libertad (prohibición), pero por otra le presta atención,
creando así la expectativa de una futura respuesta positiva a la necesidad más
primaria que es conservar la vida. Mediante la creación de un vínculo
emocional, la víctima logra al fin cooperación entre ella y su captor, la que
en última instancia se justifica porque ambos terminan compartiendo el
objetivo común de salir vivos del incidente.
Al establecer una empatía entre el
secuestrador y la víctima, el síndrome de Estocolmo resulta ser una estrategia
instintiva a menudo eficaz para la supervivencia. El estrés causado por la
situación provoca la improntación de la estrategia que ha resultado exitosa, lo
que explica que las manifestaciones iniciales de agradecimiento y aprecio se
prolonguen a lo largo del tiempo, aún cuando la persona ya se encuentra
integrada a sus rutinas habituales y ha internalizado la finalización del
cautiverio.
De lo expuesto se puede inferir la
siguiente regla: cuando el sujeto se ve expuesto a una situación por primera
vez en su vida, busca referirla en primer lugar a la estrategia particular
improntada más inmediata que ha asimilado y resulta adecuada al caso, y en
defecto de ésta recurre a las estrategias mas generales que ha improntado en su
primera infancia para obtener atención durante la relación primaria o materna.
Capítulo 14
LOS
CONFLICTOS EXTREMOS
Como ya se ha dicho, ninguna relación
relevante entre dos individuos humanos está exenta de la contradicción del
deseo; ésta se encuentra siempre presente en un mayor o menor grado
determinando los avatares de sus vidas. La psicología clásica enseña que la
estructura de la psiquis es siempre neurótica en mayor o menor grado y
distingue una situación normal de una patológica en relación a la importancia
de la afectación funcional que ésta produce en la vida del individuo. Esta delimitación
que en realidad carece de rigor científico depende de los elementos subjetivos
que hayan considerado el terapeuta y/o el paciente.
A fin de extraer alguna regla válida
que permita delimitar el ámbito de lo patológico es conveniente analizar y
estudiar los casos que con un alto grado de consenso general son considerados
como extremos. Aunque puede discutirse si la lista es completa, es posible
enumerar como tales los siguientes:
Niños
maltratados
Mujeres
maltratadas
Víctimas
de violación
Relaciones
controladoras o intimidantes
Miembros
de sectas
Adicción
a las drogas
Prisioneros
de guerra
Prisioneros
de campos de concentración
Situaciones
de secuestro criminal
El primer caso se relaciona con el
papel de los hijos en las culturas primitivas; en el derecho de la antigua Roma
podemos hallar en detalle los primeros datos ciertos sobre la situación de
éstos. Durante la primera etapa de la civilización romana el hijo fue
considerado una cosa (res), con
idéntico status que los animales y los objetos propiedad del padre: éste tenía
un derecho absoluto sobre él, pues podía tomar con respecto a su vástago
cualquier decisión que a su solo arbitrio considerara pertinente en forma
totalmente inconsulta (patria potestas),
abandonarlo (noxali cnuta mancipare)
y venderlo como esclavo o matarlo (ius
abutendi). Aunque el pater familiae
(jefe del clan primitivo) rara vez ejercía las dos últimas opciones, la
existencia de esta norma nos revela que en la etapa inicial de cada sociedad el
padre tuvo un derecho absoluto sobre sus hijos y es casi seguro que en algún
momento llegó a ejercerlo.
Tomando del naturalista inglés
Charles Darwin una hipótesis basada en la observación de los monos superiores
según la cual podría deducirse que el hombre primitivo vivió en pequeñas hordas
que estaban dominadas por el macho más fuerte, quien impedía a los demás machos
el acceso a las hembras reservándolas todas para sí mismo, Sigmund Freud creó
el mito de la horda primitiva (en alemán en el original, Brüderhorde: horda de hermanos). En el origen existía una horda en
la que un macho jefe reinaba sobre sus hijos y tenía el monopolio de las
mujeres. Los machos jóvenes se rebelaron y mataron al macho viejo. En el après-coup, los remordimientos y el
temor invistieron a este viejo jefe difunto con el nombre de padre, y
correlativamente a los jóvenes sobrevivientes con el nombre de hijos. Tras el
asesinato del padre, los hijos comieron su cuerpo en un almuerzo canibálico que
después se perpetuaría en la comida totémica en la que la víctima consumida es
un animal. Al no confirmar la antropología actual la concepción freudiana de la
horda primitiva, este mito aparece más como un concepto operatorio elaborado
por Freud que como la descripción positiva de una realidad empírica, pero
permite explicar la referencia frecuente a un ancestro común del que los
miembros del grupo serían descendientes.
Lamentablemente Freud omite la
continuación de la historia al no relatar cual de los hermanos toma el poder
que el padre deja vacante y qué roles se les asigna a los demás. En una versión
mítica ad hoc similar a la de Freud, se puede suponer que en un principio el
padre reinaba sobre sus hijos de manera omnímoda, llegando al extremo de matar
al que se resistiera a su autoridad, hasta que alguno de ellos –ya fuera
aprovechando el aumento de su propia fuerza o la decadencia física del padre a
causa de la edad- lograba asesinarlo, ocupar su lugar y gozar de las ventajas
que le concedía su status. En una etapa posterior en la que el promedio de vida
aumentó, se puede conjeturar que los sujetos, previendo la casi segura
posibilidad de una futura muerte violenta a manos de alguno de sus hijos, comenzaron
a tomar ciertas medidas. Para evitar ser víctimas del parricidio habrían
establecido una especie de pacto en el que los hijos debían esperar la muerte
del padre -respetando entretanto su autoridad- a cambio del derecho cierto a
sucederlo. Este arreglo habría resultado conveniente para todos los
interesados, pues soportando un periodo inicial de sumisión cada uno a su
debido tiempo llegaría a gozar del status máximo hasta el momento de su muerte
natural. Se produjo así la aplicación de la principal regla del superyó humano
que prescribe que resulta conveniente posponer una satisfacción inmediata a
cambio de obtener otra mayor en el futuro.
Desde las civilizaciones primitivas
hasta la actualidad se ha producido una evolución que ha llegado a establecer
un sistema racional consistente en un quid pro quo en el que los padres en la
plenitud de su vida activa invierten un esfuerzo en la crianza, manutención y
preparación de sus hijos a cambio de que éstos los mantengan en su vejez cuando
sus capacidades hayan disminuido. Aún en la actualidad en algunos pueblos los
padres que tienen más hijos pueden aspirar a disfrutar de una mayor riqueza en
tanto éstos trabajen para ellos.
Este sistema requiere de la
improntación de conductas sumisas en los sujetos con el objetivo principal de
que el citado pacto se cumpla sin conflictos. Pero además se requiere también
de otra improntación específica en el rol vital del individuo que lo habilite
para pasar a ocupar el status de padre en un momento previamente determinado;
cuando se presenten las condiciones adecuadas, el sujeto abandonará la actitud
sumisa y asumirá la autoritaria. Debe tenerse en cuenta que ambas son dos caras
de la misma moneda, pues la segunda tendrá las modalidades inversas de la
primera: ambas forman parte de un mismo guión en el que el sujeto desarrolla un
rol y después otro.
Este mecanismo explica por qué un
niño golpeado o abusado se convierte después en un padre golpeador o abusador y
por qué la hija de una madre abandónica repite en su edad adulta el mismo
proceder con respecto a sus hijos. Estos y otros casos extremos aparecen cuando
la improntación de este rol bifronte resulta parcialmente antifuncional por
exceso o por defecto.
El desempeño eficiente de los roles
de la madre y del padre requiere la obtención y la conservación de la
obediencia del hijo para proteger su supervivencia hasta que éste puede valerse
por sí mismo; para lograr este objetivo, los padres emplean recursos
improntados de sus progenitores que en general son más o menos efectivos. En
caso de desobediencia por parte del niño, deben tomar medidas que desalienten
tal conducta: éstas son denominadas sanciones.
En el mundo de lo jurídico una sanción es la privación del goce de un
bien apreciado por un individuo en respuesta a una conducta disvaliosa que éste
desarrolla, pero en el mundo de lo real en algunos casos esa respuesta no
consiste en una privación, sino en una agresión.
Entre los animales, los ataques a
miembros de la misma especie se deben a cuestiones territoriales o
reproductoras y tienen su explicación en las posibilidades de supervivencia o
en la necesidad de propagación de los genes del individuo. En general las
agresiones no llegan a causar la muerte del adversario, pues logran que éste
desista a tiempo de su actitud; por ejemplo, en una pelea entre lobos, el
derrotado se tumba mostrando su punto más sensible -la garganta- como señal de
sumisión, reconociendo de este modo el status superior del vencedor, mientras
que éste se limita a gruñir como señal de aceptación y se da por terminado el
combate.
La agresión como estrategia de
supervivencia es entonces una señal que un individuo le envía a otro de su
misma especie con el propósito de dirimir a su favor una cuestión territorial o
de status. En el ser humano esta estrategia también funciona como tal y su
misión es la misma: imponer la autoridad del progenitor sobre la descendencia a
fin de lograr que ésta preste obediencia a reglas establecidas en beneficio de
su propia supervivencia o la de su grupo.
Pero a diferencia de las especies
animales, en el individuo humano opera la falta constitutiva de la demanda. La
tarea de lograr la obediencia del otro consiste esencialmente en procurar que
éste haga algo que no quiere hacer. Dado que el progenitor actúa desde la
perspectiva de su realidad personal, es muy probable que en algún caso esté
intentando obligar al hijo a hacer algo que éste no puede hacer y no llegue a
percatarse de ello. Al no encontrar respuesta suficiente a su demanda de
obediencia, aumentará la intensidad de la sanción; si ésta consiste en una
agresión, dicho incremento llegará hasta un límite imposible de precisar, sin
que se logre alcanzar el resultado deseado. Mediante improntas secundarias esta
conducta, a pesar de ser una estrategia defectuosa, se trasmitirá a sucesivas
generaciones que la repetirán al tiempo de educar a su progenie.
En la educación de los hijos el
individuo –padre o madre- desempeña un rol, por lo que resulta necesario que el
hijo ocupe un papel complementario para que ambos sujetos puedan actuar el
guión correspondiente: en vista de lo antes expuesto, se puede concluir que la
violencia aparece cuando el sujeto complementario se niega o no puede
desempeñar el rol que se espera de él. Esta regla también es aplicable a
cualquier otro caso en el que el sujeto pretende obtener una determinada
conducta de un semejante sin lograrlo. Un ejemplo extraído de la literatura es
el diálogo de Hamlet con su madre Gertrudis: él le reprocha su conducta y le
pide que desista de la relación con su tío. Ante una respuesta negativa, el
príncipe se violenta y mata por error a Polonio, pero ni aun así no logra que
ella cambie su decisión.
Otro caso en el que una persona se
torna violenta es el de la mujer despechada: la agresión surge aquí cuando su partenaire en el guión romántico lo
abandona. No se trata de que la abandone a ella como pareja – lo que seguramente
formaría parte del guión-, sino de que abandona su papel sin que ello estuviera
previamente pautado. Lo que en el primer caso hubiera sido causa de tristeza o
desesperación, en el segundo es causa de odio y agresión generados en la mujer
por la imposibilidad de lograr que su partenaire
haga lo que ella desea –seguir adelante con la “obra”- y que él se niega a
hacer. Se ha puesto aquí como ejemplo a la mujer, pero también puede sucederle
al hombre, o inclusive puede darse en una relación que no sea necesariamente
romántica: todo abandono de un rol a mitad de un guión genera el odio y la
agresión de quien se queda sin partenaire.
.
Capítulo 15
DOMINIO E
INSATISFACCIÓN
El sentido de la vida en comunidad
–ya sea en las especies animales o en la humana- radica en los beneficios que
de ella obtienen los individuos y la especie. La organización, la división de
tareas, la protección y ayuda mutuas aumentan la eficiencia de la comunidad al
hacer posibles logros que el individuo por sí mismo no puede concretar. El
surgimiento de conflictos entre sus miembros conspira contra el logro de los
fines de la comunidad en el corto plazo, aunque sirve de base para la evolución
de la sociedad y de la especie durante el transcurso de las generaciones.
Un conflicto surge cuando aparece una
discrepancia entre lo que un individuo demanda y lo que otro responde. Teniendo
en cuenta que cada uno busca lo que necesita allí donde no lo puede encontrar,
la relación entre dos seres humanos presenta una serie continua de conflictos
que siempre giran sobre un mismo tema común: la respuesta insatisfactoria que
casi siempre reciben las demandas. La frustración que causa esta continua
insatisfacción da origen a diversas reacciones y a pesar de lo que podría suponerse,
no es el abandono la más común, sino la agresión.
Eric Berne ha elaborado un sistema
sumamente útil para estudiar la génesis de los conflictos: afirma que todos los
seres humanos manifiestan tres estados del yo, definidos como “sistemas
coherentes de pensamiento y sentimiento manifestados mediante los correspondientes
patrones de conducta” y los denomina “El Padre”, “El Niño” y “El Adulto”.
·
El Padre está constituido por todo lo que el niño ve hacer y decir a sus padres
que se graba en su inconsciente: en este estado el individuo ordena, juzga y
critica adoptando una actitud de dominio.
·
El Niño está constituido por los sentimientos originales de frustración, de
abandono o de rechazo vividos en la infancia: en este estado el individuo
reclama la satisfacción de sus deseos adoptando una actitud de sumisión o de
rebeldía.
·
El Adulto está constituido por la capacidad que el individuo adquiere de
transformar los estímulos en elementos de información para ordenarla y
archivarla basándose en la experiencia adquirida; en este estado el individuo
evalúa cada situación adoptando una actitud racional y equilibrada.
En cada uno de estos estados el
individuo emite mensajes adoptando la actitud correspondiente y el estado de
quien debe responder determinará su actitud y también el carácter de la
relación. Si los dos sujetos interactúan desde el estado de El Adulto se
entablará una relación de acuerdo o debate; si en cambio uno actúa desde el
estado de El Padre y otro desde el de El Niño se establecerá una relación de
subordinación, y así con las demás combinaciones posibles.
Para el tema a tratar a continuación
solo interesan las relaciones en las que el mensaje de uno de los individuos es
respondido desde un estado que no resulta complementario con el de quien lo
emitió; por ejemplo, si el sujeto A emite un mensaje desde el estado de El
Padre dándole una orden al sujeto B, y este responde desde el estado de El
Adulto demostrando con razones atendibles que no resulta conveniente cumplir
esa orden, el sujeto A sentirá que el sujeto B ha sido insolente. En otro
ejemplo, si el sujeto A emite un mensaje desde el estado de El Padre y el
sujeto B contesta desde el mismo estado, el primero percibirá la respuesta como
un desafío o un desprecio a su opinión.
De lo dicho se concluye que cuando el
sujeto no recibe desde la posición complementaria con la suya una respuesta a
la demanda que ha emitido, se inicia un conflicto; teniendo en cuenta que la
conducta agresiva se genera cuando se frustra la expectativa de recibir una
respuesta en particular, se puede analizar cada situación desde la perspectiva
que brinda el conocimiento del tipo de actitud que asumen víctima y victimario.
Al analizar el caso de la mujer
maltratada aparece un elemento determinante: el género de la víctima. El estado
de sumisión de la mujer reconoce un origen biológico: en las especies animales
superiores, el macho necesita dominar a la hembra para asegurar la fecundación,
pues si bien el periodo de celo y los rituales de seducción influyen en la
exitosa consumación del acto sexual, para desempeñar el rol activo que esta
actividad le exige, el macho debe poseer mayor fuerza que la hembra o
encontrarse de algún modo en ventaja sobre ella. Esta característica biológica
ha sido heredada por el hombre y justifica la mayor fuerza física que exhibe en
relación a la mujer; aunque la evolución hacia modalidades de conducta más
civilizadas haya producido una paulatina e importante disminución de la
violencia, el arquetipo de la mujer como hembra sometida al macho de la especie
subsiste hasta el presente. Si a esto le sumamos que la demanda en el ser
humano recibe casi siempre una respuesta insatisfactoria, habremos encontrado
la explicación al fenómeno de la violencia de género.
Habiendo establecido que los
conflictos se originan en una discrepancia entre lo que un individuo demanda y
lo que el otro responde, podremos inferir que no siempre la víctima del
maltrato es la mujer; pero el hecho de que la agresión física sea desde lo
arquetípico y cultural un patrimonio exclusivo del macho hace que rara vez se
encuentre un caso en la que una mujer sea la que consuma el hecho violento contra
un hombre. En cambio, es frecuente comprobar que el maltrato en el que el
agente activo es la mujer y la víctima es el hombre se produce mediante
agresiones verbales expresas o solapadas, actitudes de desprecio y otros tipos
mas refinados de abuso.
En las relaciones de pareja en las
que se produce este fenómeno se puede encontrar en cada caso particular un
patrón de conducta propio que se repite en cada episodio: el rol que desempeña
cada parte incluye los elementos que darán origen al conflicto que terminará en
forma violenta. Para el correcto análisis de este proceso, debemos tener
presente dos acepciones de la palabra “falta”:
1.-
Carencia o privación de algo.
2.-
Infracción (violación de un deber).
El futuro agresor se encuentra
inconscientemente a la expectativa esperando encontrar la falta en la víctima,
mientras conscientemente ruega que ésta no se manifieste. La víctima, por su
parte, se encuentra desde lo inconsciente presta para exhibir la falta en la
primera ocasión propicia que se presente, aunque conscientemente puede
reconocer en forma objetiva que tal acción u omisión provoca y justifica en
mayor o menor grado una reacción de disgusto de la otra parte.
En la clasificación de los estados
del yo de Berne, el agresor actúa desde el estado de El Padre y la víctima
desde el de El Hijo; se advierte una correspondencia con la situación descripta
en el capítulo 6, en la que el infante impronta como exitosa una conducta que
le ha resultado eficiente para obtener la atención del progenitor, aunque no
haya servido al propósito de satisfacer ninguna necesidad. En la relación de
autoridad–sumisión entre padre e hijo, la estrategia idónea para llamar la
atención del progenitor es la violación de alguno de los preceptos que éste
impone: es de esperar que si se obtiene el éxito buscado la maniobra se repita
una y otra vez.
La relación de pareja se diferencia
en lo formal de la relación padre–hijo en que se establece entre dos adultos
independientes, autónomos y responsables; pero estas circunstancias ideales
solo existen en la teoría, ya que la observación de la realidad demuestra que
los integrantes de la pareja asumen roles que resultan complementarios porque
la cualidad que tiene uno le falta al otro y viceversa. El reproche que surge
en consecuencia es que el otro no es [ . . . . . . . . ] (este campo se puede completar
con cualquier cualidad valorada como positiva) como sí lo es él. La falta de
esta cualidad se percibe como una violación del pacto tácito de reciprocidad
que implica el compromiso en una relación de pareja y constituye una infracción
que hará pasible de una sanción a quien la comete: en los casos en los que en
la relación de pareja predomine la polaridad dominio–sumisión, esta sanción
será reemplazada por una agresión.
Fuera del campo de la violencia
física existen situaciones en las que esta percepción del desequilibrio en el
quid pro quo origina otro tipo de sanciones y pseudo-sanciones.
La retaliación o represalia es una
maniobra intimidatoria a la que se recurre cuando, a pesar de existir una norma
implícita, no es posible imponer una sanción debido a que ésta no ha sido
establecida previamente en forma expresa para el caso en cuestión; entonces se
responde a una ”infracción”, "agresión" o "falta" con otra similar o distinta elegida
arbitrariamente a manera de "castigo" con el propósito de que ésta
última actúe en forma disuasiva ante una potencial repetición de la conducta
disvaliosa por parte del otro.
La venganza es un acto que pretende
imponer en forma extemporánea una sanción o represalia que no se justifica como
tal, pues ya no es posible modificar la conducta del otro; consiste en causar
un perjuicio a quien haya hecho algo considerado malo en concepto de
retribución del daño que él ha infringido. Su único efecto es aliviar el enfado
causado por la infracción cometida o por el daño causado por del otro; esto se
logra al generarse en la víctima la sensación de haber restituido el equilibrio
del quid pro quo en la relación.
Estos dos actos no requieren de la
existencia de algún tipo de dominación; son ejecutados tanto por la parte
fuerte como por la débil, sea ésta la mujer, el hombre, el hijo o cualquier
otro sujeto sin que su éxito o fracaso modifique su posición en la relación.
Capítulo 16
ADICCIONES
SUBJETIVAS Y OBJETIVAS
Como ya se ha establecido, la falta
en la satisfacción de la demanda tiene como efecto asegurar la continuidad de
la relación que se desarrolla dentro de un guión: en ciertos casos éste exige
una interdependencia muy intensa entre los sujetos, algunas veces hasta el
punto en que queda excluida la posibilidad de prescindir el uno del otro. La
palabra “adicto”, aunque se utiliza más con referencia a la adicción a las
drogas, tiene desde el punto de vista etimológico mayor relación con estos
casos.
El vocablo latino addictus designó en tiempos muy antiguos
a un tipo muy concreto de esclavo, que era en principio un hombre libre, pero en
algún momento había sido adjudicado y entregado a otro mediante un juicio o
acto legal. En Roma se podía llegar a la esclavitud temporal o permanente por
deudas; era legal que alguien libre pasara a ser esclavo de otro y que éste se
cobrara la deuda apropiándose del trabajo del deudor por un tiempo determinado
o para siempre. A este sujeto se lo llamaba addictus,
lo que literalmente significa "entregado a otro".
En español las principales acepciones
de la palabra “adicto” son las siguientes:
1.-
quien está absoluta y ciegamente entregado a una causa o una persona: por
ejemplo, los políticos tienen sus adictos.
2.-
quien voluntariamente es entusiasta de
algo y usuario habitual, sea una droga, el juego, Internet, determinado tipo de
música, etc.
La primera acepción hace referencia a
una relación en la que una parte entrega su voluntad en forma absoluta sin
percibir como desproporcionada la magnitud de este acto. La parte dominante
demanda obediencia y la obtiene; desde la perspectiva de la mecánica del deseo
en su acepción vulgar, el sujeto debería perder el interés en la relación al
ver satisfecha su necesidad, pero esto no sucede porque -sin percatarse- demanda una obediencia absoluta. Al demandar
algo en forma absoluta, él mismo se garantiza encontrar la falta: nunca
obtendrá una satisfacción completa porque no existe ningún ser humano capaz de
cumplir tal requerimiento en esa forma.
El individuo sumiso se garantiza con
su proceder la atención del otro y para satisfacer lo que se le demanda aumenta
cada vez más su actitud servil, pero la respuesta que recibe no se incrementa
en la misma proporción. Al sentirse cada vez más insatisfecho, repite una y
otra vez con mayor intensidad la misma estrategia sin llegar nunca a ver
realizado su propio deseo.
La imposibilidad de que la demanda de
obediencia del controlador se satisfaga en forma absoluta hace que la mayor
sumisión de la víctima aumente su apetito en vez de aplacarlo, pues lo hace
sentir cada vez más frustrado, pero más cerca de su objetivo; como los
resultados de cada nuevo intento le resultan insuficientes, en la próxima
ocasión redobla la apuesta aumentando la demanda.
Este círculo vicioso incrementa sus
efectos con el paso del tiempo, generando una dependencia que puede llegar a
extremos impredecibles. La victima en la relación con un controlador apoya y
justifica las conductas y sentimientos de éste, es incapaz de llevar a cabo
comportamientos que podrían ayudar a su liberación o desapego y llega al
extremo de desarrollar sentimientos negativos hacia familiares, amigos, o
autoridades que tratan de rescatarla o apoyarla en su liberación. El personal
policial ha reconocido desde hace tiempo este síndrome en mujeres maltratadas
que se niegan a presentar cargos, pagan las fianzas de sus maridos o novios e
incluso atacan físicamente a los agentes de policía cuando llegan para
rescatarlas de un ataque violento.
Tales actitudes -que pueden parecer
insólitas- se originan en la progresiva readaptación que requiere la realidad
personal de la víctima, condición que le permite llevar adelante un rol que se
torna más exigente a medida que transcurre el tiempo; llegado un punto, la
percepción que tendrá de la situación en la que se encuentra estará
completamente divorciada de la realidad primaria.
Algunos casos llegan demasiado lejos,
pues terminan en homicidio. El controlador llega a estar tan perturbado que
interpreta todas y cualquiera de las actitudes de la víctima como
desobediencias. Llegada esta situación sin remedio, la muerte del otro se le
aparece como la única solución efectiva: a semejanza del padre de la horda
primitiva -quien ante la imposibilidad de encarrilar a uno de sus hijos
procedía a matarlo- impone su ley, aplicando el último recurso existente, pero
al matar a su víctima confirma la imposibilidad de colmar su demanda y algunas
veces esto lo lleva al suicidio. En estos casos tan extremos, la continuidad
del vínculo servil con el maltratador funciona como una estrategia de
supervivencia temporal para la víctima: al mantener su actitud sumisa, demora
su muerte por algún tiempo.
Las relaciones adictivas resultan
sumamente perjudiciales para ambos protagonistas. La modificación de su
realidad personal los lleva a descuidar sus otros proyectos de vida, influye
negativamente sobre sus hijos y los acerca peligrosamente al campo de lo
delictual, ya sea en calidad de víctima o de victimario.
Las relaciones de control o de
sometimiento pueden darse también sobre un grupo determinado de sujetos: a los
miembros de organizaciones militares, sectas y religiones se les exige una
entrega absoluta, ciega y sin reservas; con ese propósito se los somete a un
proceso del que debe resultar la profunda transformación de su realidad
personal.
El objetivo del entrenamiento militar
es preparar al individuo para llevar a cabo dos actos extremos: privar de la
vida a un semejante y aceptar voluntariamente su propia muerte. Para ello
resulta necesario desactivar y reemplazar las improntas que promueven el
respeto a la vida ajena y la autoconservación por medio de diversas formas de
degradación. El sujeto es sometido a un código de prohibiciones innecesarias,
se le exige adhesión a exigencias arbitrarias, debe soportar sin
cuestionamientos las limitaciones a su libertad, el maltrato psicológico, los
insultos, los castigos físicos y las privaciones de todo tipo mientras se
mantiene en un continuo estado de alerta en el que debe reaccionar con rapidez
sin tener ocasión de reflexionar; el objetivo de este tratamiento es obtener
una obediencia rápida y voluntaria a las órdenes y mandos bajo cualquier
circunstancia.
En una primera etapa se logra una
obediencia refleja, que consiste en la simple ejecución de cada orden sin la
intervención de su voluntad; tal reacción presenta gran similitud con el
reflejo condicionado. Esta rutina, que conlleva prácticas que pueden ser
peligrosas y perversas por su crueldad, mantiene al sujeto en una continua
situación de estrés. En tal estado y bajo el pretexto de entrenarlo para
situaciones en las que tendrá que afrontar la violencia, se anula toda su
resistencia y mediante una constante repetición se le improntan contenidos
tendientes a hacer de la obediencia algo habitual e inconsciente y a promover
un cambio en su escala de valores. Su vida se reduce al ámbito de lo militar y
las otras dimensiones personales quedan relegadas ante el cumplimiento del
deber.
Este adoctrinamiento sienta las bases
para una posterior obediencia reflexiva: ésta supone la sumisión del propio
juicio, la que no se produce por temor al castigo, sino porque el sujeto actúa
por convencimiento y lealtad. Esta es la auténtica y deseable obediencia,
porque este individuo acepta asumiendo como decisiones propias las de quien
tiene y ejerce la autoridad; existe una total disposición a prestar obediencia
a los superiores, aun en caso de que estos se equivoquen, y se ejecutan sin
cuestionar todas las órdenes, incluso a riesgo de la propia vida.
Algunas características similares se
encuentran en los procedimientos de las sectas: una vez captado el sujeto
mediante la promesa de promover su evolución personal o espiritual, se lo
somete a tácticas generadoras de estrés durante un periodo ininterrumpido de
tiempo. Se utilizan técnicas destinadas a controlar la conducta del adepto, la
información que recibe, procesa y utiliza, las ideas que conforman sus
pensamientos cotidianos y también sus sentimientos y emociones, alejándolo para
ello de su entorno familiar, profesional y social. La necesidad de afiliación a
un grupo de referencia, el deseo de ser aceptado y la ansiedad de
reconocimiento actúan en la víctima como razones que justifican ceder a
las presiones del líder y a las del grupo aceptando los sacrificios que se le
exigen.
Los mensajes dobles u órdenes
contradictorias que recibe, la expropiación de su tiempo personal, la
programación recargada de tareas a realizar en el menor tiempo posible, los
horarios irregulares de reuniones, la interrupción de los horarios de sueño
normal y la limitación extrema del horario del descanso generan en el individuo
un altísimo nivel de estrés que es aprovechado por el líder para modificar y
reemplazar la realidad personal del sujeto sometiéndolo por medio de nuevas
improntaciones que tienen como fin logar su obediencia absoluta. Su manera de
actuar, sentir y pensar se transforma; percibe entonces la realidad primaria
distorsionada de manera acorde con los propósitos para los que se lo quiere
utilizar.
El debilitamiento de la que
anteriormente fuera su propia realidad personal produce en el adepto un
incremento de la desconfianza sobre sus propias decisiones, análisis y juicio,
estado que el líder aprovecha para someterlo a sus órdenes, las que el sujeto debe
cumplir aunque sean arbitrarias e irrazonables; ante el menor cuestionamiento
se recurre a la intimidación, que puede manifestarse en forma de amenazas
físicas, psicológicas o morales, advertencias o sugerencias de maltrato,
miradas turbias, gestos groseros, improperios o abusos verbales, acoso
emocional y chantaje. Si bien lo que se dice o se insinúa en las amenazas raras
veces se lleva a cabo en la realidad, su efecto y eficiencia deriva de la
creencia del adepto de que esos castigos se aplicarán realmente.
En general el líder busca obtener de
la secta beneficios económicos, pero en algunos casos actúa con la sola
motivación del ansia de poder y entonces no puede evitar caer en la espiral
descontrolada a la que lleva la demanda absoluta de obediencia. Dado que ésta
no es susceptible de ser colmada, en un punto solo se la puede satisfacer con
la muerte: los adeptos, impulsados por la vorágine de su propio creciente deseo
insatisfecho a la que también los lleva la imposibilidad aludida, son inducidos
a un suicidio masivo que generalmente incluye al propio líder. Se pueden
mencionar casos de este tipo ocurridos a nivel mundial: Guyana, Waco, La Orden
del Templo Solar, Heaven's Gate, etc.
En cuanto a las religiones, casi
todas exigen exclusividad de sus acólitos y una obediencia no deliberante que
consiste en cumplir la supuesta voluntad de Dios sin detenerse a analizar si es
buena o no, y en mayor o menor medida también exigen sacrificios o imponen
prohibiciones irrazonables con el propósito de modificar la realidad personal
de los creyentes en cuanto resulta necesario a sus propósitos.
Se puede denominar adicción objetiva
a la desarrollada respecto de las drogas, porque en ella no existe un sujeto
dominante de referencia: el adicto obtiene satisfacción –y posterior
insatisfacción- no ya de la conducta de otro individuo con el que desarrolla un
guión, sino de los efectos similares que produce el consumo de la droga por vía
directa en su cerebro. La adicción a las drogas comienza con el proceso químico
que se produce en el cerebro originando un efecto placentero o satisfactorio que
origina una impronta secundaria y ésta se refuerza con la repetición del acto
de consumo.
El sujeto rara vez prueba la droga
por azar o curiosidad, y cuando así sucede es poco probable que desarrolle una
adicción; en la mayoría de los casos existe –como en cualquier otro acto- una
impronta previa que motiva esta conducta. Entre los muchos ejemplos posibles se
puede enunciar el siguiente: en la relación de autoridad / sumisión entre padre
e hijo, una estrategia idónea para llamar la atención del progenitor es
exponerse a una situación de peligro y este tipo de conductas pueden repetirse
después en la práctica de deportes peligrosos o en la ejecución de conductas
autodestructivas que aparecen en general durante la adolescencia. La exposición
a una droga que tanto el sujeto como la comunidad reconoce como peligrosa le
sirve para captar la atención de sus padres o amigos, y a tal fin se la
impronta como una estrategia exitosa.
Estudiando los casos de adictos se
encuentra con mucha frecuencia que existió en la familia de origen una
tendencia a generar episodios violentos, o por lo menos de alto tono emocional.
Esto permite suponer que el sujeto busca mediante la droga la intensificación
de los efectos de algunos neurotransmisores –en especial, la dopamina y las
endorfinas- cuyo efecto ya no se da en forma natural con la misma intensidad en
su vida diaria; el acto es un intento compulsivo de repetición que busca
revivir la sensación que causaron aquellos episodios violentos o estresantes de
su infancia. En otros casos busca disminuir tales efectos que en un momento de
su vida ya se producen en forma automática sin relación directa con los
episodios que vive en la actualidad. La adicción entonces no está relacionada
con la satisfacción que produce la sustancia, sino con la repetición de los
efectos de algún acto dentro de un guión.
Aunque puede provocar cambios en su
conducta y en su personalidad, la adicción está siempre supeditada al guión
previo del adicto y surge como una de sus manifestaciones, lo que explica la
imposibilidad de diseñar una terapia capaz de controlar las anomalías que pueden
surgir en el proceso de tramitación del deseo mediante el uso de drogas
ilícitas. Si bien éstas potencian la acción de los mismos neurotransmisores que
actúan en el proceso conductual ordinario, la fase neuroquímica irregular de
éste se encuentra subordinada al proceso que la realización del rol del
individuo le atribuye en su guión vital; por tal motivo resulta imposible
impedirla produciendo un proceso inverso por medios químicos. El fracaso de los
métodos para curar las adicciones se debe a que atacan las problemáticas
generales comunes a todos los sujetos sin tener en cuenta las situaciones
individuales de cada uno de ellos en las que la adicción tuvo su origen.
Hoy en día también se consideran
adicciones la afición desmedida a la comida, al sexo, a los juegos de azar, el
hábito de derrochar dinero o de endeudarse, el de destinar más tiempo de lo
aconsejable a navegar en Internet o a trabajar en forma obsesiva, etc.; si se
analiza desde su origen el rol vital de cada individuo, se encontrará que todas
estas conductas se originan en una impronta antecedente que determina su causa,
su desarrollo, su evolución y sus modalidades.
La única razón por la cual el sujeto
abandona una relación de dependencia es la constatación de que el objeto
deseado no es real, sino fantaseado. Tal descubrimiento implica la irrupción de
la realidad primaria o real en la realidad personal y provoca el pasaje del
sufrimiento causado por la privación del objeto deseado al dolor del duelo por
su pérdida definitiva. El sufrimiento-pasión, la miseria moral del sujeto y la
posición del goce masoquista se sostienen en la ignorancia de que el objeto elegido
no existe en la esfera de lo real. El duelo que provoca el asumir esa realidad
es el precio a pagar por el éxito del tratamiento terapéutico.
Capítulo 17
RESISTENCIA Y LIBERACIÓN
La conclusión de que el ser humano
dirige su conducta tomando como base modelos improntados de sus progenitores
sin llegar a ser consciente de ello contradice en principio la posición de
quienes sostienen que nuestra especie se diferencia de los animales por poseer
una facultad de la que éstos carecen: el libre albedrío. Este concepto es
propio de la filosofía y el debate sobre su existencia ha dado lugar a
encendidas polémicas, por lo que a los efectos de este estudio resulta más
conveniente reemplazarlo por el concepto de “grado de autonomía” a fin de
obtener una mayor precisión terminológica cuando se trate de evaluar una
determinada conducta.
La psicología freudiano-lacaniana
postula que el psicoanálisis posibilita la cura de la neurosis o la tramitación
el deseo; esto implica que el individuo que se somete a este proceso logra
modificar ciertas conductas que afectan su vida e impiden su realización
personal. Este fenómeno se produce mediante el surgimiento de lo reprimido o de
la palabra plena al nivel consciente y el individuo puede entonces alcanzar una
comprensión de sus motivaciones inconscientes, lo que le confiere un mayor
nivel de autonomía con respecto a éstas. Una revisión de algunos conceptos de
la teoría psicoanalítica servirá para determinar con cierta precisión el grado
posible de autonomía en la conducta humana.
El acto fallido aparece como un intento del sujeto de desligarse de una
conducta que el sujeto se ve obligado a desarrollar por efecto de determinados contenidos
del superyo y se produce cuando la imposibilidad de rebelarse en forma
consciente contra ciertos mandatos en determinadas circunstancias da origen a
un acto no intencional. Freud sostuvo que los actos fallidos son -como los
síntomas- formaciones de compromiso entre la intención consciente del sujeto y
lo reprimido. De la lectura de la “Psicopatologia de la vida
cotidiana” se infiere que el acto llamado fallido es, en otro plano, un
acto ejecutado con éxito: el deseo inconsciente se ha realizado en una forma a
veces muy manifiesta. La hipótesis freudiana presupone necesariamente la intervención
previa de la represión. Lo que irrumpe en el acto fallido en forma de una
tendencia perturbadora que va en contra de la intención consciente del sujeto
es ni más ni menos que el retorno del deseo reprimido. El acto fallido tiene
una función defensiva en relación con ciertas representaciones que amenazan con
perturbar el equilibrio psíquico del sujeto.
En un primer análisis podría
suponerse que el acto fallido es un intento inconsciente mediante el cual el
sujeto busca despegarse de una conducta pautada en su guión vital al advertir
que la contradicción de su deseo lo privará de la satisfacción de su necesidad,
pero si la analizamos confrontándola con la mecánica del deseo, encontraremos
que tal suposición resulta errónea, pues lo que el sujeto busca conscientemente
es la satisfacción de una necesidad determinada tal como surge de su discurso
manifiesto. Si partiéramos de la suposición de que un acto fallido verbal
constituye una rebelión contra dicho discurso, llegaríamos a la conclusión de
que lo que realmente busca el sujeto es el surgimiento de la falta como tal en
tanto ésta constituye lo contrario de la satisfacción y que el acto fallido
apunta a su consolidación. Pero esta teoría –que no deja de ser elegante- no se
verifica en la realidad, ya que allí se constata que el acto fallido no apunta
producir una modificación de la conducta que pueda colmar la falta, pues no se
relaciona con ésta; lo que lo genera es justamente esa ausencia de relación con
la demanda, pues opera sobre alguna cuestión que siempre resulta ajena a la
contradicción esencial que aparece en el rol vital y que por tal motivo estorba
la ejecución de este último. El acto fallido es entonces un recurso contra una
conducta autoimpuesta que el sujeto desarrolla voluntariamente en la creencia
de que resultará eficiente para el logro de su fin sin ser consciente de que,
al no estar determinada por su rol vital, en realidad lo desvía de la actuación
que le corresponde en el guión, dando lugar a las potenciales consecuencias
negativas que se han mencionado en capítulos anteriores. En otras palabras, el
acto fallido actúa suspendiendo un mandato del superyo en beneficio del
desarrollo del rol vital que el sujeto desempeña dentro de su realidad
personal.
La conclusión es entonces que el acto
fallido no es un intento de rebelión contra la contradicción del deseo: es un
mecanismo de defensa del rol vital improntado que actúa cuando el sujeto se
introduce voluntariamente en una situación que es ajena a dicho rol, pues la
continuidad de la conducta que es atacada por el acto fallido nunca va a
arrojar los resultados previsibles desde el punto de vista de su deseo y en
función de su realidad personal. El acto fallido es una equivocación manifiesta
que señala e intenta corregir una equivocación oculta.
El síntoma es la referencia que
presenta un sujeto a un cambio que se reconoce como anómalo. Según la
psicología freudiana, el síntoma es generado a partir de la represión que surge
para defenderse de un deseo inconsciente que resultaría inaceptable para la
persona de ser ésta consciente del mismo. El deseo, en tanto inconsciente e
insatisfecho constitucionalmente, retorna entonces como formación del
inconsciente en forma de síntoma expresando el resultado incompleto de la lucha
entre dos tendencias: la que aspira a la satisfacción y la que la repele.
Se debe analizar aquí el origen de la
represión y su objeto: dado que el síntoma surge cuando el sujeto reprime algo
en forma inconsciente, se deduce que la represión como acto debe ser
considerada como una conducta que se origina en una prohibición establecida
mediante una impronta secundaria que constituye un límite que fue establecido
en la etapa primaria y que es generador de un deseo. Si dicho deseo no es
limitado por la represión surge la culpa, que se origina en la violación de la
prohibición; si la represión resulta exitosa, se evita la culpa, pero el deseo
que se frustra da origen a un síntoma cuyo propósito es lograr que la conducta
interrumpida pueda continuar su curso natural. Se verifica entonces que esta
contradicción en el rol vital que es la causa del síntoma se produce porque una
impronta primaria ha resultado deficiente, pero se ha instalado exitosamente
una impronta secundaria de prohibición o viceversa. En consecuencia, es
correcto concluir que el síntoma no está nunca relacionado con la contradicción
necesidad-falta de la demanda; si así fuera, ésta última dinamizaría el
progreso en la ejecución del rol, pero el síntoma dificulta su continuidad o
directamente la interrumpe.
La culpa es un sentimiento cuya
función es impulsar al sujeto a inhibir o rectificar una conducta violatoria de
una prohibición o mandato. El sentimiento de culpa puede aparecer en forma
previa, concomitante o posterior a la violación de la norma: cuando se
manifiesta en forma consciente actúa como promotora de un acto reparador, y en
su forma inconsciente da origen al síntoma.
Las funciones del síntoma varían
según los casos: para conocerlas se debe analizar el concepto de represión. En
el lenguaje común, reprimir significa contener o refrenar un impulso o un
sentimiento, o contener por la fuerza el avance o desarrollo de algo. La
psicología clásica define a la represión como una autoprohibición sin
desarrollar el concepto correlativo de autoimposición a pesar de las notas que
ambas tienen en común. En su aspecto positivo, las diversas autoprohibiciones y
autoimposiciones constituyen recursos que normalmente otorgan una aparente
autonomía al individuo y que en realidad dirigen su conducta, pero en algunas
ocasiones no cumplen su función; analizando la relación entre las posibles
improntas que les dan origen se puede determinar en qué casos sucede esto.
Si la impronta primaria y la secundaria
resultan concordantes las autoprohibiciones y autoimposiciones que de ellas
deriven no serán causa de conflicto. Pero si se tiene en cuenta que las
improntas primarias están referidas a las modalidades de obtención de la
atención de la madre y las secundarias delimitan el campo de acción del sujeto,
cuando alguna de las dos resulte deficiente o sea contraria a la otra, aparecerá un síntoma
cuya función será generar un acto reparador, reorientar la conducta o imponer
una auto-sanción según el caso:
Autoprohibición:
1.-
Impronta primaria deficiente / impronta secundaria normal
a) trasgresión > culpa consciente >
acto reparador
b) culpa consciente > represión >
síntoma (como obstáculo limitante cuyo fin es la reorientación hacia el deseo)
c) culpa inconsciente > represión
inconsciente > síntoma (como obstáculo limitante cuyo fin es la orientación
hacia el deseo)
d) trasgresión > culpa inconsciente >
síntoma (como sanción - autocastigo)
2.-
Impronta primaria normal / impronta secundaria deficiente:
a) culpa inconsciente > represión
inconsciente > síntoma (como obstáculo limitante cuyo fin es la orientación
hacia el deseo)
b) culpa inconsciente > trasgresión
> síntoma (como sanción - autocastigo)
Autoimposición:
1.-
impronta primaria deficiente / impronta secundaria normal:
· desviación > infracción
(desobediencia) > culpa consciente > represión inconsciente > síntoma
(como obstáculo limitante cuyo fin es la orientación hacia el deseo)
2.-
impronta primaria normal / impronta secundaria deficiente:
· desviación > infracción
(desobediencia) > culpa inconsciente > represión inconsciente >
síntoma (como obstáculo limitante cuyo fin es la orientación hacia el deseo)
Dos ejemplos que confirman este
mecanismo de funcionamiento del síntoma se pueden analizar en los supuestos
referidos en el capítulo 12. El primero es el caso en el que padre e hija
inician una relación sexual consentida pero conflictiva para la hija, quien la
mantiene en secreto, pues ha existido prohibición por parte de la madre o ésta
ha validado de algún modo la prohibición social mediante una impronta
secundaria, pero la impronta correspondiente que se debió instalar durante la
relación primaria se ha omitido o ha sido deficitaria. En el futuro se originan
somatizaciones, pues la hija, al reprimir su deseo dando por concluida la
relación incestuosa, evita el sentimiento de culpa consciente respetando la
prohibición; pero la frustración del curso natural de ese deseo origina algún
tipo de síntoma, pues la renuncia a la satisfacción de la necesidad no basta si
el deseo correspondiente persiste imposibilitando un acto reparador sincero. La
culpa permanece entonces en el inconsciente, dando origen al síntoma como
sanción o autocastigo: según Freedman y Enright (1996), las mujeres víctimas de
incesto evidencian mucho más que la población general un riesgo mayor de
problemas psicológicos, como la depresión, ansiedad, baja autoestima, ideación
suicida, sentimientos de culpa, desórdenes alimenticios, uso de drogas y
relaciones interpersonales conflictivas. La rabia y la hostilidad suelen ser
otras actitudes que se pueden observar en las victimas de incesto, pero no son
dirigidas hacia el abusador sino hacia otros sujetos con los que interactúan, y
esto daña fuertemente sus relaciones interpersonales.
El segundo es el caso en que el padre
obliga a la hija a mantener una relación sexual que ella califica como no
consentida, pero que en los hechos tolera durante un lapso más o menos prolongado
y que casi siempre concluye con la denuncia del hecho ante la madre. En este
caso se ha producido en su momento la impronta primaria, pero no ha existido
prohibición posterior por parte de la madre, o ésta no ha validado la
prohibición social con el énfasis necesario mediante la impronta secundaria. En
algún momento la culpa y la represión inconscientes llevarán a la hija a poner
fin a la relación formulando la denuncia ante su madre; esto sucederá cuando el
padre abandone el rol complementario que configura el guión que ambos
desarrollan. Tal acto, que constituye una venganza de la hija abusada contra el
padre que ha abandonado su rol el guión y también un reclamo hacia la madre por
no haber instaurado la prohibición en su debido tiempo, es un síntoma. Si a
consecuencia de dicho reclamo la madre impone una sanción al infractor, cumple
el deber de subsanar su omisión imponiendo por fin la ley y a la vez pone en
evidencia su responsabilidad en el hecho; con ello libera de culpa a la hija,
quien además queda vengada. El síntoma actúa aquí reorientando el deseo, pues
al completarse la impronta omitida la hija desplazará su objeto hacia otros
hombres; a lo sumo, dada la diferencia de edad con su primer partenaire sexual, es probable que
presente una tendencia a relacionarse con hombres mayores. Pero si la madre se niega
a aceptar la realidad descreyendo de su hija, ésta seguirá considerándose a sí
misma como trasgresora y en adelante presentará algún síntoma, pues la culpa
por no haber renunciado desde el inicio al goce incestuoso la llevará a experimentar
la necesidad de un autocastigo.
Debido a que las funciones del
síntoma se manifiestan exclusivamente como obstáculo o como autocastigo, el
dilema que esto representa aparece en principio como irresoluble porque el
sujeto sufre en ambos casos. Por otra parte, el síntoma constituye un mecanismo
de defensa del rol vital en el que se encuentra presente la formulación de la
demanda como un elemento constitutivo esencial, por lo que su desaparición no
altera ni modifica la mecánica contradictoria del deseo. La teoría
psicoanalítica sostiene que el síntoma desaparece cuando su sentido se descifra
y el paciente logra aceptar su deseo sin necesidad de reprimirlo ni de realizarlo,
pero esto no siempre sucede; la terapia psicoanalítica y algunas otras solo
funcionan cuando la palabra plena o el insight
surgidos durante su transcurso generan una impronta secundaria fuerte y
eficiente capaz de corregir el conflicto entre las dos improntas
contradictorias que originan el síntoma. Pero aún en los casos en que este
efecto terapéutico se produce, su resultado no puede calificarse a priori como positivo o negativo;
deberá realizarse en cada caso una valoración de sus implicancias en el rol
vital de cada individuo en orden a su situación particular y determinar así el
proceder que resulte más conveniente en relación con sus posibilidades de
realización personal.
De todo lo expuesto se concluye que
los mecanismos que prima facie
aparentan cumplir las funciones de resistencia contra la sujeción a la
contradicción del deseo o de liberación al lograr su resolución no tienen en
realidad tales fines. Esta apariencia se desvanece en cuanto se comprende
cabalmente la complejidad del sistema que dirige los actos que constituyen la
experiencia vital del ser humano.
Capítulo 18
LOS ROLES
ALTERNATIVOS
En sus “Tres ensayos para una teoría
sexual” Sigmund Freud define a la sublimación como un mecanismo que
produce la desviación de las fuerzas pulsionales sexuales con relación a sus
metas originales y su reorientación hacia metas nuevas y más elevadas, lo
que implica una forma de satisfacción directa que evita la represión y por ende
el retorno de lo reprimido y del síntoma. Afirma que cuando una necesidad
instintiva no es aceptada por el yo, puede ser modificada para hacerla
socialmente aceptable. Es así que en “Un recuerdo infantil de Leonardo Da
Vinci” sostiene que en la sublimación la libido escapa al destino de la
represión desde un comienzo, transformándose en apetito de saber y sumándose
como esfuerzo a la pulsión de investigar. Las pulsiones desexualizadas buscan
fines culturales que pueden ser artísticos o científicos: arte, oficio,
industria, trabajo, investigación, creación, etc. En la “Continuación de las
lecciones de introducción al psicoanálisis” (Neue Folge der Vorlesungen zur Einführung in die Psychoanalyse -
1932) escribe: «Llamamos sublimación a cierto tipo de modificación del fin y de
cambio del objeto en la cual entra en consideración nuestra valoración social».
La pulsión se sublima cuando es derivada hacia un nuevo fin no sexual y apunta
hacia objetivos socialmente valorados.
Lacan define a la sublimación como un
proceso de des-subjetivación del Otro: en el plano imaginario se produce una
inversión de las relaciones entre el yo y el otro como correlato de las
funciones de intercambio social, de bienes y/o de poder bajo una forma más o
menos acentuada según la mayor o menor perfección de tal sublimación. La
sublimación reproduce así la falta de la que procede: si ésta se interpreta
como pecado, se obtiene la religión, si lo es como la relación imposible del
hombre y la madre, el amor cortés; y por último, como pura Cosa, el
arte. El movimiento de creación sublimatorio va de lo Real a lo Simbólico,
y el objeto producido es Imaginario: no intervienen ni la represión ni el
inconsciente. La sublimación es para Lacan un trabajo de producción de
nuevos enlaces, de nuevos goces, que a través de la creación y la relación con
otros ayudan al sujeto a salir del destino de una fijación.
Si se analiza el fenómeno a la luz de
los principios establecidos hasta ahora en el presente trabajo, se concluye que
mediante la sublimación el individuo busca en el desempeño de un rol
alternativo una respuesta a la parte de su demanda que subsiste siempre
insatisfecha: la falta. Si durante el desarrollo de su rol vital el sujeto busca
la satisfacción del plus del deseo que consiste en gozar de la atención
absoluta de un otro individual más o menos específico, mediante el despliegue
de un rol alternativo busca el reconocimiento público que le aporta una
satisfacción que proviene de disfrutar de la atención de un Otro indeterminado
y general. Mediante la sublimación sólo se puede alcanzar un cierto grado de éxito
en la tramitación del deseo porque el excedente de la demanda nunca se
satisface por completo, pero se obtiene una satisfacción sustitutiva que
compensa parcialmente la insatisfacción que produce la falta originaria.
Un ejemplo muy burdo servirá para
ilustrar cómo la falta puede dar origen a un producto mediante la sublimación sin
la existencia de una relación con un otro individual. Si una persona a la que
le fue amputada una pierna no acepta esa realidad, ruega que se trate de un mal
sueño y espera que un día al despertarse sus dos piernas estén en su lugar, no
obtendrá nunca esa satisfacción; pero si asume su pérdida y logra compensarla
inventando un nuevo tipo de prótesis ortopédica, obtendrá una solución a su
necesidad y también la satisfacción de haber creado un producto útil que le
proporcionará el reconocimiento de la comunidad.
Si se acepta que la sublimación
excluye el síntoma, se deduce de ello que el rol alternativo que el individuo
desempeña tiene como origen una impronta primaria -que configura el rol
original- a la que se suma una impronta secundaria consistente que no exige que
el otro individual que juega el rol complementario dentro del guión aparezca
como el destinatario del producto de la sublimación. Así, si bien Dante
Alighieri le dedicó la Divina Comedia a Beatriz, no se limitó a entregarle a
ella un único ejemplar; la publicó para el disfrute del público, del que
esperaba un reconocimiento que en algún sentido pudiera llenar el vacío
generado por la frustración de su deseo ante indiferencia de su amada.
La sublimación aparece entonces no
solo como la reorientación de la pulsión mal encaminada, sino como una
estrategia de supervivencia establecida en beneficio de la especie; es un
mecanismo diseñado por la naturaleza para que el individuo comparta los
resultados positivos del producto sublimatorio con sus semejantes. Esta
definición la ubica como uno de los elementos dinámicos de la psiquis humana
que estructura las relaciones entre los individuos en su carácter de
integrantes de una sociedad compleja, concepción que resulta consistente con el
hecho de que la verificación de este fenómeno en la realidad revela la ausencia
de la represión y del síntoma.
La sublimación abarca un campo mucho
más amplio del que se puede suponer basándose en las definiciones de Freud y
Lacan, pues se produce cada vez que el individuo quiere obtener la satisfacción
de una necesidad más o menos compleja y no está limitada a un campo
determinado. El producto sublimatorio beneficia al individuo en dos sentidos:
cubre la necesidad específica de la que se trate y le provee de la atención que
sus semejantes le dispensan al advertir su utilidad general. La demanda queda así
satisfecha en dos aspectos concernientes al rol que el sujeto desempeña en el
acto de sublimación y esto explica que el proceso de creación o de
investigación despierte una pasión especial en quien lo realiza; la promesa de
un reconocimiento general refuerza el impulso inicial generado en la necesidad.
El éxito produce una impronta secundaria que lleva al individuo a repetir -y si
es posible ampliar- ese proceso sublimatorio en particular en aras de mantener la
atención de sus semejantes.
El funcionamiento exitoso de la
sublimación se debe a que la demanda no obtiene una respuesta unívoca. El Otro
está constituido por una pluralidad de sujetos que –aún en el caso de existir
una determinada tendencia predominante- no dan una única respuesta, a
diferencia de lo que sucede con el otro complementario en la relación
neurótica. La respuesta no unívoca implica que la demanda del sujeto solo es
satisfecha en forma parcial, manteniendo la relación satisfacción /
insatisfacción en un estado oscilante que impide la aparición del plus de la
demanda correspondiente al deseo.
Como mecanismo de la psiquis, la
sublimación también puede verse afectada por estados patológicos: ya Freud
sostenía que, en su singularidad, la mayoría de los artistas —desde Leonardo a
Dostoievsky— fueron en realidad unos pobres diablos cuyos esfuerzos a la hora
de dominar sus escisiones internas les pasaron una considerable factura en
términos de infelicidad. Es cierto que la mayoría de los grandes artistas,
tanto del pasado como del presente, han sido sujetos de vida privada torturada,
y en una amplísima mayoría han tenido que conciliar a partes iguales —a base de
fuertes escisiones yoicas— importantes tendencias perversas con su facultad
creativa; se pueden citar como ejemplos a pintores como Miguel Angel, Leonardo,
Caravaggio o Salvador Dalí; literatos como Marcel Proust, Oscar Wilde, Thomas
Mann, o Feodor Dostoievsky; poetas como Federico García Lorca; músicos como
Mahler o Tchaikovsky; bailarines como Nureyev; cineastas como Visconti o
Passolini. Pero es necesario tener en cuenta que el caso de la creación
artística posee características especiales en tanto el artista utiliza en
general sus propios conflictos originados en la contradicción de su deseo como
materia prima a efectos de que su obra resulte atractiva (como se explicó en el
capítulo 7) y el producto resulta en consecuencia auto-referencial, por lo que
no quedan excluidas aquí las patologías de base.
Para determinar cuándo y por qué se
produce la sublimación se debe determinar el tipo de impronta que la origina.
En el caso más simple, una impronta secundaria que contiene un mandato latente
emerge al llegar el momento apropiado originando una conducta referida a un
aspecto determinado de la vida del individuo y el episodio se constituye en
experiencia temprana. Si la impronta primaria y la secundaria son consistentes,
la conducta en cuestión será repetida con sus modalidades particulares durante
la vida del sujeto y quedará así delimitado el campo en el que se producirá el proceso
sublimatorio: éste es el caso de las personas que son exitosas en una actividad
determinada. Como se trata aquí de un proceso de autoimposición, tanto una
deficiencia en la impronta primaria como en la secundaria darán origen a una
desviación mediante la represión; pero -sea ésta consciente o inconsciente- el
resultado será el esperado, ya que aparecerá el síntoma como obstáculo que
tiene por fin orientar la conducta hacia el cumplimiento del mandato
correspondiente.
La relación entre sublimación y
represión ya había sido advertida por Sigmund Freud, quien sostuvo que “una
represión sobrevenida en una época temprana excluye la sublimación de la
pulsión reprimida; cancelada la represión (nach Aufhebung der Verdrängung), vuelve a quedar expedito el camino
para la sublimación”. Así pues, se puede suponer que la sublimación sería el
resultado de una “cancelación” de la represión, la cual abriría —por así decir—
una vía alternativa, un atajo que permitiría a la pulsión arribar a su meta.
Recordemos que ya en “El chiste y su relación con lo inconsciente” (1905),
Freud había apelado al mecanismo de la “cancelación” para explicar el efecto
del chiste como un levantamiento momentáneo de la represión que permite la descarga
pulsional en forma de risa; cabe preguntarse entonces si el chiste no es un
caso particular de sublimación en cuanto siempre está dirigido a otras
personas.
Además de la sublimación, la
perversión es otra vía que constituye un medio de escape de la neurosis. La
perversión en sentido propiamente dicho difiere de la perversión impropia en el
grado de consciencia del sujeto: en la segunda, éste no tiene registro de que
la conducta que desarrolla sea perversa, y por lo tanto no la califica como
tal, mientras que en la primera es consciente de su perversión,
independientemente de cómo la califique.
Aún se discute cuáles son las
conductas que pueden calificarse como actos perversos; el sadismo, el
masoquismo, el voyeurismo y el exhibicionismo son considerados como tales por
Freud y Lacan, pero también se les pueden sumar la pedofilia y otras parafilias
conocidas. En lugar de entrar en una enumeración que poco aporta al
conocimiento de los mecanismos que constituyen el acto perverso, resulta más útil
y conveniente analizar sus características; para ello resulta adecuado como
material de análisis el anteriormente citado Síndrome de Nabokob.
Como se adelantó en el capítulo 13,
una parafilia lindante con la pedofilia se encuentra como tema central en dos
de los libros de este autor (“Lolita” y “El Hechicero”) y aparece
tangencialmente en otro (“Mira los arlequines”). Ya sea que Nabokov haya
concretado o no una relación de ese tipo en la vida real, si suponemos que la
razón por la que tal tema se reitera es que el autor desarrolló un tipo
particular de perversión, su obra servirá como material de referencia.
La circunstancia relevante que nos
aporta este escritor es que se trata del relato en primera persona de una
primera experiencia sexual incompleta, por lo que ésta instala una impronta
secundaria producida por un acto transgresor que se lleva a cabo por primera
vez y al que le falta el segmento final. La incompletitud de esta primera
experiencia interrumpe el camino hacia el resultado respecto de la satisfacción
esperada –que seguramente se hubiera visto frustrada-, impidiendo así la
improntación de la misma falta como plus de esta nueva demanda en tanto el
resultado excluye tanto al éxito como al fracaso. La impronta secundaria que
instala esta primera experiencia real origina una nueva demanda cuyo objeto es
distinto del anterior, pues consiste en completar el proceso frustrado durante el
acto original. La falta incluida en la impronta original es causa de que nunca se
logre una satisfacción completa mientras la necesidad que determinó el objeto
de la primera demanda queda satisfecha durante el trámite de la segunda, porque
ésta carece de la misma falta constitutiva del deseo; tal circunstancia hace
que la satisfacción de la necesidad originaria que obtiene el sujeto en esta
ocasión sea percibida en algún sentido como absoluta. La próxima repetición
será impulsada por alguna falta subsistente en la segunda demanda y se verá
inusualmente reforzada por la perspectiva de obtener una nueva satisfacción
absoluta de la primera demanda al experimentar el goce proveniente de la falta
de la segunda. Esto justifica la tendencia recurrente que se observa en los
individuos perversos que subsiste a pesar de la prohibición interna o social y aún
en caso de haber sufrido alguna sanción penal. Se concluye que una primera
experiencia inconclusa, aunque se complete en un segundo intento, será repetida
indefinidamente, no ya en busca de la concreción que ya se ha logrado, sino en
virtud de la falta inscripta en la nueva demanda que lleva a la ejecución de un
episodio que incluye la sensación de que el goce es provocado por una
satisfacción que se percibe como absoluta.
En el caso descripto, la impronta de
prohibición aparece como dudosa, ya que a la edad del protagonista –un
adolescente- puede considerarse “lícito” tener relaciones con una
preadolescente, la que además en el relato accede de buena gana al
requerimiento sexual. En general se constata que en el perverso la impronta de
prohibición ha sido deficiente, pero existe una manifestación distinta de las
perversiones en las que esto no sucede y en la que el episodio se produce con
una intencionalidad evidente: la de los sujetos que se afilian a la práctica de
determinado tipo de actos perversos que constituyen las parafilias. En la
actualidad es frecuente que se pacte con el partenaire
sexual una sesión de “bondage”, que
–como ya se dijera- es una perversión practicada en el ámbito de los juegos
sexuales en la que las personas experimentan deseo sexual en la práctica de
atar o ser atados/as. En este caso los participantes reconocen su conducta como
perversa, pues la impronta de prohibición ha sido correctamente instalada; esto
hace que el acto –al ser premeditado y deliberado- tenga una cierta
artificialidad de la que se debe hacer abstracción durante su ejecución en aras
de obtener satisfacción sexual, y también justifica que se pacten ab initio
ciertos límites entre los participantes a fin de prevenir consecuencias
extremas. Estas prácticas participan en cierto sentido del carácter del acto
sublimatorio, pues ante la represión (autoprohibición) del acto perverso,
apuntan a la pulsión a suplirlo por una representación más o menos convincente
en el que las características individuales del partenaire no resultan importantes.
Si se analizan las historias de
quienes han desarrollado distintas perversiones (sadismo, masoquismo,
voyeurismo, exhibicionismo, etc.) es casi seguro que se encontrará como
elemento común a todas ellas un episodio que refiere una primera experiencia
sexual incompleta, o por lo menos defectuosa.
De lo hasta aquí expuesto se puede
concluir que, en una forma u otra, la sublimación es la vía más satisfactoria
para eludir la frustración provocada por la contradicción del deseo y
proporcionar un destino a la pulsión; también en muchos casos su producto tiene
un valor social, ya sea que surja como alternativa a la perversión impropia o
–como en la obra de arte- que derive de la perversión propiamente dicha de su
autor. En cambio, la perversión como escape funciona en forma parcial,
generalmente restringida al ámbito de las conductas sexuales, y solo genera el
goce a condición de ser repetida indefinidamente con una misma modalidad.
Capítulo 19
EL LÍMITE Y LAS
FORMAS DEL GOCE
El concepto de “límite” puede
definirse como el punto o la línea que señala el fin o término de una cosa no
material que no debe o no puede sobrepasarse y también como una línea real o
imaginaria que marca el fin de una superficie o cuerpo y determina su
separación de otras entidades. En el ámbito conductual, los límites naturales
son aquellos determinados por las leyes de la física, las que no pueden ser
violadas por ninguno de los seres existentes conocidos. Una conducta
determinada será posible sólo si sigue y respeta las leyes naturales: cualquier
intento en otro sentido está condenado al fracaso y sus consecuencias son casi
siempre perjudiciales para el individuo.
Al observar el mundo animal se
advierte que la conducta de sus integrantes se adapta en general a las leyes
físicas con total naturalidad; cuando así no sucede, el individuo que intenta
una acción inadecuada al medio en el que vive sufre un daño más o menos
importante, o -en el peor de los casos- perece. La principal causa de esta
adaptación al medio es la selección natural: solo sobreviven y se reproducen
los sujetos capaces de utilizar estrategias congruentes con las exigencias
determinadas por las leyes naturales. Cada especie aplica entonces una serie de
reglas que se trasmiten entre las generaciones; éstas han surgido por selección
natural a partir de la continuidad de aquellas estrategias exitosas que
permiten la supervivencia y la eliminación de otras ineficientes que la
perjudican, y su función es determinar los límites entre lo que cada individuo
debe hacer y lo que debe abstenerse aún cuando pudiera hacerlo para no sufrir
un perjuicio o perjudicar a su especie.
Se puede considerar entonces que el
individuo animal sigue determinadas reglas técnicas –algunas de origen innato y
otras improntadas- cuyo incumplimiento generalmente trae como consecuencia la
imposibilidad de lograr un determinado propósito y el consiguiente perjuicio
que esto produce. En las especies inferiores los individuos son incapaces de
tener algún tipo de conciencia de la existencia de tales reglas y desarrollan
las estrategias correctas en forma automática. A medida que se asciende en la
escala evolutiva –por ejemplo, algunas aves, mamíferos y en especial animales
domésticos- se encuentran casos en los que el sujeto, aunque no puede formular
la regla, es consciente sin embargo de que la está violando cuando se da el
caso. El ser humano, al poseer el don del habla, puede formular en forma
expresa la regla de la que se trate: cuando ésta es aceptada por su comunidad
se convierte en una norma. Si bien es cierto que la mayor parte de las
conductas del hombre se originan en improntas al igual que sucede en los demás
animales, debido a la complejidad de la actividad humana provocada por la
existencia del lenguaje hablado y la aparente dialéctica del deseo, algunas
veces no basta con la mera improntación temprana de una conducta y se requiere
además obediencia consciente a una regla expresa.
En resumen, los obstáculos que
representan las leyes naturales, las improntas primarias que instauran
prohibiciones y las normas establecidas por la sociedad que determinan las
conductas prohibidas constituyen un todo que limita la cantidad y variedad de
conductas que el sujeto puede ejecutar: cualquier iniciativa debe ceder ante la
presencia de un límite. Como se puede advertir, el sistema es más complejo que
el que rige para los animales en su estado natural, pues éstos solo se ven
sometidos a los límites determinados por estrategias innatas o adquiridas
mediante improntación.
El sujeto humano cuenta con una
ventaja evolutiva que consiste en la capacidad de posponer la satisfacción
inmediata de una necesidad actual con el objeto de satisfacer otra necesidad más
importante en el futuro. En otras
palabras, el individuo puede privarse de un placer o tolerar una situación de
dolor ante la perspectiva de experimentar un placer aún mayor o a evitar un
dolor aún más intenso en el futuro. Las ocasiones en las que utilizará esta
estrategia están determinadas a priori por improntas primarias que establecen
prohibiciones y constituyen un límite. El conjunto de normas que establecen
dicho límite forman parte del inconsciente del individuo y constituyen lo que
Freud definió como el superyó.
Esta capacidad de posponer una
satisfacción actual para obtener después otra de mayor importancia tiene por
objeto la obtención de logros que requieren conductas más complejas que las que
el resto de los animales son capaces de desarrollar y hace que la especie
humana progrese como ninguna otra en el planeta; la evolución ha provisto al
hombre de un instrumento que posibilitó el desarrollo de las habilidades
específicas que le han permitido interactuar en forma dialéctica con su medio y
con la sociedad que integra transformando a ambos. Pero tal progreso requiere
que en ciertos casos algunos límites sean modificados o superados; la rápida
evolución de la humanidad se debe a una constante modificación y un eventual
reemplazo de paradigmas, y para esto es necesario que algunas de las reglas que
los constituyen sean transgredidas. Los límites normativos impuestos mediante
las improntas primarias son constitutivos del campo del sujeto y generalmente
son casi imposibles de modificar, pero si no admitieran un cierto grado de
flexibilidad sería imposible cualquier tipo de progreso que no fuera el que se
produce en las especies animales por obra de la selección natural a través de
las generaciones. El individuo humano posee así la capacidad de evolucionar durante
el término de su propia vida.
Tanto en el individuo animal como en
el humano, cualquier acto requiere de una iniciativa que ponga en marcha su
ejecución. Para generar dicha iniciativa la naturaleza podría haber creado un
sistema en el que la simple necesidad al reflejarse en forma de carencia
impulsara al individuo a actuar para satisfacerla, pero la evolución eligió
otro camino que consiste en premiar la actividad destinada a ese efecto. En el
cerebro, la dopamina es el neurotransmisor que desempeña la función de
recompensar la iniciativa que impulsa al sujeto a buscar la satisfacción de una
necesidad al dar lugar a sentimientos de placer que lo motivan a realizar
ciertas actividades. La actividad dopamínica que se produce ante determinados
estímulos orienta y mantiene la atención del sujeto sobre el objetivo que
provoca dichos estímulos. La dopamina premia la iniciativa que lleva a buscar
una recompensa dando lugar a satisfacciones abstractas y generalmente
inconscientes que motivan al sujeto a realizar ciertas actividades; en tal
sentido, el goce es la recompensa inconsciente que proporciona la ejecución de
una conducta mediante la que no se satisface ninguna necesidad actual. Es
conveniente aclarar que en el caso del ser humano no son las cosas reales
percibidas las que provocan la reacción, sino sus representaciones.
Los mecanismos de acción de los demás
neurotransmisores son complejos y actualmente poco conocidos, pero se ha
comprobado que la dopamina parece concentrarse en áreas del cerebro contiguas a
los lugares de mayor secreción de endorfina, y que cuando la función de la
dopamina disminuye, también disminuye la función de la endorfina. Esta relación
puede justificar el hecho de que la actividad dopamínica produzca placer y
disminuya el dolor. Lo que se sabe sobre la dopamina en cuanto a su papel en la
motivación, el deseo y el placer, se obtuvo de estudios realizados en animales.
Las ratas privadas de niveles normales de dopamina no vieron disminuido el
placer de consumir del alimento, pero sí el deseo de comer. En otro estudio,
ratones con la dopamina incrementada mostraron un mayor deseo, pero un menor
gusto por recompensas agradables, lo que prueba que la dopamina señala la
anticipación de la obtención de la recompensa más que referir a la recompensa
misma. Se ha comprobado que a medida que aumenta la concentración de dopamina
en el cerebro también aumenta la capacidad mental de reconocimiento de
patrones; este proceso es generador de iniciativas en el individuo humano.
Kelly McGonigall, profesora de la
Universidad de Stanford, ha descripto con acierto los efectos de la dopamina y
su utilidad: “La oleada de dopamina te señala ese nuevo objeto de deseo como
algo vital para sobrevivir. Cuando la dopamina hace que te llame la atención,
la mente se obsesiona por conseguir o repetir cualquier cosa que la haya
activado. Es la trampa de la naturaleza para asegurarse de que no vayas a
morirte de hambre por no molestarte en coger ni una baya y de que la raza
humana no se extinga porque seducir a una posible pareja parezca darte
demasiado trabajo. A la evolución no le importa lo más mínimo nuestra
felicidad, pero usa la promesa de alcanzarla para que sigamos esforzándonos
para mantenernos vivos. La promesa de la felicidad —y no la experiencia directa
de felicidad— es la estrategia del cerebro para que sigas cazando,
recolectando, trabajando y cortejando”. Las pruebas realizadas con animales
demuestran que habitualmente un individuo con niveles normales de dopamina se
esfuerza por conseguir una recompensa más valiosa que la que ya ha conseguido,
lo que implica necesariamente que deberá incrementar su esfuerzo. Pero cuando
los niveles de dopamina son inferiores a los normales, el animal deja de
esforzarse y toma el alimento que le resulta más fácil; elige el trayecto
conocido y seguro, pues desaparece la motivación para buscar uno nuevo. En el
caso concreto de la adicción a drogas, la actividad dopamínica aumenta durante
el proceso previo de anticipación en el que el animal debe hacer algo para
obtener la dosis, pero no influye en la sensación que percibe cuando la toma.
La dopamina estimula la perseverancia, la constancia y la voluntad.
El individuo es consciente del placer
que genera la satisfacción de una necesidad, pero no del proceso que recompensa
la iniciativa, pues éste se produce a nivel inconsciente y solo puede
percibirse en algunas ocasiones a través de ciertos efectos: entusiasmo, ganas,
ansiedad, gozo, etc.
Para comprender en su totalidad la
actividad y los efectos de la dopamina en la conducta humana es necesario tener
en cuenta el mecanismo contradictorio del deseo. En el individuo animal se da
un proceso que tiende a conseguir la satisfacción de una necesidad generando
una iniciativa ante cualquier estímulo que indique que existe tal posibilidad;
en el sujeto humano dicho proceso se extiende al plus que constituye el
aparentemente contradictorio objeto del deseo.
En la mecánica del deseo, el goce busca la flexibilización del límite
impuesto por una impronta de prohibición. Tal iniciativa transgresora se
origina en otra impronta de habilitación congruente con la trama de un episodio
que integra el rol vital del individuo y en consecuencia siempre se relaciona
de algún modo con la falta. Ésta representa una necesidad insatisfecha y
también la negación de la atención reclamada al otro y es siempre congruente
con la trama de un episodio que integra el rol vital del sujeto. Slavoj Žižek,
lo expresa con las siguientes palabras: “El goce en sí, que nosotros experimentamos
como transgresión, es en su estatuto
más profundo algo impuesto, ordenado; cuando gozamos, nunca lo hacemos
espontáneamente; siempre seguimos un cierto mandato. El nombre psicoanalítico
de ese mandato obsceno, de este llamado obsceno: - ¡goza! - es superyó.” (Žižek,
1998: 22). Como ya se explicó, al dirigir el sujeto su reclamo a un otro que no
la va a satisfacer, la demanda se mantiene vigente en forma indefinida.
En consecuencia, la posibilidad de
transgresión de un límite determinado por una impronta está determinada por
otra impronta de sentido contrario. La iniciativa se dispara ante la debilidad
de un límite cuando existen improntas contradictorias sobre un mismo tema: una
de prohibición y otra de habilitación. Esta última, al actualizarse disparando
la iniciativa y produciendo un goce, prevalece al final sobre la primera; durante
el proceso la actividad dopamínica compite con la norepinefrínica hasta superarla
y así impulsar al sujeto a concretar la transgresión. En consecuencia, durante
ese lapso el goce, el estrés, el miedo y la culpa pueden coexistir.
Mientras la perspectiva de la
imposibilidad de conseguir el objeto induce al llanto o un acto del partenaire es causa de aflicción, el
efecto dopamínico persiste, pues es generado por la pulsión excedente en tanto
se produce el fenómeno paradojal de la contradicción del deseo que mantiene
vigente la demanda. Cuando la situación que genera una consecuencia negativa
forma parte de un episodio relacionado en forma directa con el plus del deseo,
la pulsión persiste y el goce continúa a pesar del sufrimiento: es el fenómeno
que se conoce como goce masoquista, en el que el sujeto sufre y goza a la vez.
Freud, en “Más allá del principio de placer”, al abordar el masoquismo en el
marco de la repetición, ya había notado que paradójicamente “el displacer (Unlust) para un sistema trae
satisfacción (Befriedigung) a otro”.
Para que este goce masoquista subsista en una relación intersubjetiva es
necesario que la recompensa inconsciente producida por la actividad dopamínica
supere al disgusto consciente que la situación le genera al sujeto pasivo.
El recurso que consiste en posponer
la satisfacción actual para aumentar la posterior mediatizando la consecución
de un objeto habitualmente conduce a resultados satisfactorios cuando se siguen
improntas no contradictorias; pero en los casos en los que interviene la
contradicción del deseo y hace imposible la consecución de su objeto, la
reiteración de tales episodios puede hacer que la mediatización en sí misma
termine siendo causa del goce. Éste es la recompensa inconsciente que
proporciona la ejecución de una conducta mientras no se satisface ninguna
necesidad; el hecho de no obtener el objeto del deseo después de varios
intentos hace que el sujeto sustituya el placer que debería causar la
satisfacción por la recompensa que provoca el goce. De esto se puede deducir
que cuando la dopamina gratifica una posibilidad, estamos ante un goce normal;
cuando gratifica una imposibilidad, el goce es patológico.
La principal estrategia que garantiza
la continuidad del guión vital consiste en mantener el deseo insatisfecho. Para
esto existen distintos modos, y algunos de ellos son de naturaleza neurótica.
En la histeria se mantiene al objeto alejado, el neurótico obsesivo sitúa a su
deseo como imposible o lo somete a condiciones que lo tornan así, el fóbico lo
conserva a salvo con técnicas evitativas, etc. En tal caso, la diferencia entre
deseos prohibidos y deseos permitidos -o incluso ordenados- es secundaria: el
goce surge de emitir una demanda en el vacío –generalmente en forma independiente
de la respuesta del otro- a fin desarrollar el rol que impone el guión vital.
La suspensión de la incredulidad es condición necesaria e indispensable para
conseguir el goce en el esquema contradictorio de la falta y del deseo: a tal
efecto, la dopamina sobreestimula los circuitos de recompensa a la vez que
disminuye la función de análisis crítico que se ejecuta en el lóbulo
prefrontal: esto impide el registro consciente del proceso que acontece en la
realidad primaria, y en casos extremos lleva al sujeto a “perder la cabeza” y
actuar en contra de sus propios intereses. El goce persiste mientras el sujeto
inmerso en su realidad secundaria imagina que puede obtener una satisfacción
que no se dará en la realidad primaria. El exceso de actividad dopamínica puede
intensificar nuestros deseos al punto de tornarlos obsesivos provocando un
empecinamiento inútil en casos en los que el objeto reclamado nunca será
obtenido.
La falta de actividad dopamínica
inhibe la iniciativa y su exceso disminuye la función de la corteza prefrontal:
una homeostásis eficiente consistirá en una razonable oscilación periódica
entre ambos estados. Teniendo en cuenta que la imposibilidad de obtener un
objeto obliga al sujeto a tomar otro camino (en esto consiste el progreso),
cuando se trata del objeto del deseo la única vía exitosa es la sublimación.
Capítulo 20
LA
CONTINUIDAD
En el ser humano algunas funciones mantienen
una actividad continua desde el nacimiento hasta la muerte. Su regulación
depende principalmente del sistema endocrino en el cuerpo y de los
neurotransmisores en el cerebro, pero se desconoce cuál es el mecanismo que las
impulsa a mantenerse en funcionamiento si es que éste existe.
La psicología freudiana atribuyó a la
pulsión ese efecto más o menos continuo que consiste en promover determinadas
conductas, pero no logró determinar su origen ni la definió con exactitud.
Freud utilizó la palabra trieb como
un concepto básico convencional y lo llenó de contenido, pero al intentar
desarrollarlo generó múltiples inconsistencias al utilizar términos
provenientes de la física (energía, fuerza, impulso, tensión) que al ser
aplicados a la actividad psíquica se confunden o se contradicen. Se puede
conjeturar que en realidad el maestro vienés estableció la pulsión como
una hipótesis ad hoc por resultar útil a los fines de dar coherencia a su
teoría sin entrar a analizar las posibles anomalías que este concepto
presentaba en sí. Si se acepta que una teoría capaz de explicar el
funcionamiento de la psiquis requiere de la hipótesis de la pulsión como
postulado necesario, la definición de ésta debe derivar de conceptos pertenecientes
a las ciencias de la etología y de la psicología.
Como ya se explicó, en los seres
vivos el elemento dinamizador de sus procesos vitales es la homeostasis,
definida como la tendencia general de todo organismo a buscar el
restablecimiento del equilibrio interno que se efectúa mediante un proceso de
feed back o realimentación negativa cada vez que se produce una alteración. Se
puede definir la realimentación o feed-back
como el proceso en virtud el cual, al realizarse una acción, se realimenta a la
vez la acción sucesiva. Existen dos tipos de realimentación:
· la positiva, que amplifica la acción
que le da origen.
· la negativa, que al reducir la
variación en cuanto a una norma preestablecida ayuda a mantener la
estabilidad en un sistema a pesar de los cambios externos.
Esta
última es la que mantiene la homeostasis, lo que se puede ilustrar con un
ejemplo: cuando en un organismo animal disminuyen las reservas de energía, la
variación respecto al nivel ideal de ésas provoca la necesidad de alimentarse
para devolverlas a su punto óptimo y la satisfacción detiene el proceso de
alimentación. En este esquema, la acción y su posterior interrupción se
originan en las sensaciones de necesidad y de satisfacción respectivamente, las
que actúan como señales que inician y detienen la acción del animal en cada
caso. Estas conductas básicas no deben considerarse como instintivas, ya que
son comunes a todo organismo viviente; el instinto determina las modalidades a
las que recurre -o no- el animal para obtener satisfacción, pero la necesidad
tiene un origen orgánico.
En el individuo humano el proceso que
determina su conducta no es tan simple, pues a la dupla necesidad /
satisfacción se le suma la mecánica del deseo. La realimentación en este caso
funciona en dos sentidos: en cuanto a la satisfacción de su necesidad, el
proceso es idéntico al que rige la homeostasis en los animales, pero cuando se
trata de la satisfacción del deseo el proceso es más complejo, pues la demanda
incluye un plus que consiste en una necesidad que no se puede satisfacer. Esto
hace que la señal que debería detener la conducta que el individuo ejecuta se
emita incompleta y deje subsistente la búsqueda de la satisfacción del plus en
el que el deseo excede a la necesidad. En este caso la realimentación pasa a
ser positiva; este mecanismo hace que la variación produzca el efecto de
reforzarse a sí misma. Se genera así un estímulo constante que por lo
general impide que el sistema llegue a un punto de equilibrio y lo lleva
más bien a uno de saturación.
Si bien este proceso prima facie aparenta ser perjudicial
para cualquier organismo, hay que analizar su función como estrategia de
supervivencia en el ser humano: al provocar la pérdida de estabilidad
conduce al cambio y amplifica así las posibilidades creativas, resultando por
ello la condición necesaria para incrementar la evolución en tanto sea capaz de
crear nuevos puntos de equilibrio. Algunas veces resulta conveniente que ante
determinados cambios externos un sistema modifique en cierto grado su
estructura básica; este proceso de desviación-ampliación permite la adaptación,
el crecimiento y el cambio, aunque también puede causar daños al sistema si va
más allá del punto óptimo. La realimentación negativa activa los mecanismos de
defensa de la estabilidad de la estructura, mientras la positiva produce lo
contrario, a veces hasta el punto de que su acción repetida puede hacer
colapsar el sistema; en tal caso, éste se verá obligado a reorganizarse de
acuerdo a un nuevo paradigma que permita integrar y volver a ordenar los
elementos introducidos como consecuencia de los cambios a los que la estructura
ha sido sometida, en un proceso asimilable al insight.
Resultando entonces que la
homeostasis es un principio rector de la conducta viviente por el que todos los
organismos se esfuerzan para mantener y restablecer estados constantes
esenciales, y aceptando la afirmación de Lacan de que toda pulsión es originada
a partir de una falta, se puede reformular el concepto del siguiente modo: la
pulsión en el individuo humano es una señal que se origina en una demanda y
subsiste activa en la porción en la que ésta última no resulta satisfactible.
Esta relación de la falta originaria con la dinámica de la pulsión explica la
tendencia al predominio del rol originario y su permanencia a través de la vida
del individuo. En consecuencia, la función de la pulsión es impulsar al sujeto
a introducirse en la próxima situación que debe suceder a la actual a fin de
dar continuidad a su rol vital y el destino de toda pulsión es determinado por
la realidad personal, pues depende de la naturaleza de las exigencias de dicho
rol en cada momento de su ejecución.
Como ya se ha visto en el capítulo
18, la perversión impropia, la perversión propiamente dicha y la sublimación
son las vías por las que se descarga el impulso pulsional; todas ellas tienen
origen inmediato o mediato en improntas primarias que establecen las
modalidades que revestirá el mecanismo del deseo en cada individuo. El acto
fallido y el síntoma cumplen la función de preservar el destino de la pulsión
al reorientar la conducta en función del rol a desarrollar.
La pulsión, al desplazarse y actuar,
cumple la tarea de dinamizar el rol vital del individuo al impulsarlo de un
episodio a otro; dado que la conclusión de dicho rol vital se produce con la
muerte, es necesario precisar la relación de ésta con la pulsión o con la falta
de ella.
Capítulo 21
SALUD, ENFERMEDAD Y
SUPERVIVENCIA
En su definición más simple según el
modelo médico tradicional, salud es la existencia de una serie de condiciones
físicas propias en que se encuentra un ser vivo que le permiten ejercer con
normalidad todas sus funciones. La enfermedad -entendida como ausencia de
salud- es entonces la falta de una o varias de dichas condiciones físicas y sus
efectos se manifiestan en la disminución o cese del ejercicio de una o más
funciones en un momento determinado de la vida del sujeto.
Según el grado en que afecta el
normal funcionamiento del individuo, la enfermedad puede producir una simple
molestia, una incapacidad más o menos importante, o –en los casos más graves-
la muerte. Las posibilidades de evolución de la enfermedad que se presentan
son: la remisión, la cura, la cronicidad y la muerte.
Es necesario analizar ahora la
función que cumple la enfermedad en la vida de los animales desde un punto de
vista exclusivamente evolutivo. La evolución de una especie mediante la
selección natural solo puede ocurrir si hay una renovación de las generaciones.
Mediante la reproducción pueden aparecer variaciones causadas por el
entrecruzamiento de genes: éstas proporcionan nuevas características a un
individuo que puede así adaptarse mejor a su medio ambiente en perpetuo cambio.
La muerte permite precisamente esta renovación de las generaciones porque los
individuos más viejos mueren para dejar lugar a los más jóvenes. Con tal
objeto, la existencia de todos los seres vivos sigue la secuencia nacimiento
> reproducción> muerte.
Como ya se expresó en el capítulo 2,
la selección natural favorece las mutaciones genéticas que aumentan las
probabilidades de supervivencia de una especie. Una nueva característica que
aparezca en un individuo se repetirá en la próxima generación si resulta
exitosa porque el animal sobrevive y se reproduce; si la modificación falla
como estrategia de supervivencia, esta característica desaparecerá con la
muerte del sujeto. Su eliminación previa a la etapa reproductiva tiene como
objeto y consecuencia evitar la proliferación de individuos ineptos que
consumirían una parte de los recursos naturales destinados a la subsistencia de
la especie. La muerte de los individuos que se produce después del periodo
reproductivo tiene el mismo efecto, ya sea que se deba a un accidente, a la
acción de un depredador, a una enfermedad o al envejecimiento.
Todo individuo vivo está condenado a
extinguirse por un deterioro progresivo de la casi totalidad de las funciones
del organismo por el transcurso del tiempo; este proceso, denominado senectud o
envejecimiento, es una secuencia estocástica o programada de daños que hacen
que el organismo desempeñe sus funciones vitales con menos eficacia y pierda en
forma paulatina su capacidad de homeostasis; la probabilidad de que el
organismo deje de vivir aumenta a medida que trascurre el tiempo.
Pero si aceptamos la hipótesis de que
la función de la enfermedad es causar directamente la muerte del individuo o
exponerlo en un mayor grado a las contingencias del medio ambiente para inducir
en forma indirecta el mismo resultado, dejamos sin explicación el fenómeno de
la cura. Las enfermedades que sufre el ser humano se pueden clasificar a grosso
modo según su origen en tres tipos:
·
Genéticas:
El
individuo presenta una condición patológica causada por una alteración del
genoma, es decir, por una mutación que conspira contra su supervivencia.
·
Endógenas:
Son
las atribuibles a una alteración del metabolismo del individuo, e incluyen las
siguientes:
Metabólicas
Degenerativas
Autoinmunes
Inflamatorias
Endocrinas
Mentales
·
Exógenas
Son
las atribuibles al efecto de la acción directa del agente sobre el individuo, e
incluyen las siguientes:
Infecciosas
Parasitarias
Venéreas
Tóxicas
Traumáticas
Alérgicas
Iatrógenas
Ambientales
Profesionales
Mecanoposturales
Esta somera clasificación es –como
todas- convencional, pues algunas enfermedades (v. g. neoplásicas, idiopáticas,
psicosomáticas, alérgicas, mecanoposturales, etc.) exhiben una etiología
multifactorial, pero conviene adoptarla pues resulta útil para explicar el
fenómeno de la cura desde el punto de vista evolutivo.
Si se plantea la hipótesis de que la
aparición de nuevas características a través del paso de las generaciones en
algunos individuos tiene por fin la adaptación de la especie a las modificaciones
del medio ambiente, se debe tener en cuenta que éstas pueden ser de distinta
magnitud, intensidad o duración. Hecha esta distinción, se advierte que no todo
cambio amerita la extinción de determinados individuos a favor de la
supervivencia de la especie: cuando la situación adversa no reviste mayor
importancia o es de corta duración y resulta poco probable que se repita, no se
justifica la desaparición de individuos que en general resultarían aptos en las
restantes condiciones medioambientales. En consecuencia, los individuos
víctimas de una enfermedad exógena que potencialmente podría llevarlos a la
muerte tienen la oportunidad de superarla exitosamente si las condiciones
vuelven a un estado de relativa normalidad en un lapso prudencial. Basándose en
el análisis precedente se puede intentar conjeturar la función evolutiva que
tienen las enfermedades endógenas.
En algunas especies animales se
observan casos en los que la muerte de los individuos se produce inmediatamente
después de la etapa reproductiva. El salmón del pacífico (Oncorhynchus nerka) tiene una longevidad de aproximadamente cuatro
años; momentos después de haber procedido a su reproducción inicia un proceso
de envejecimiento acelerado y muere a los pocos días. Este proceso post
reproductivo se caracteriza por una elevación de los niveles de hormonas
esteroideas (cortisol) que inducen la rápida degeneración de diversas glándulas
y órganos (v. gr. tiroides, hipófisis, riñones, estómago, etc.), lo que
ocasiona la muerte del pez por fallo multiorgánico.
En el caso de los antequinos o
ratones marsupiales dentones (antechinus),
los machos de la especie mueren después de la época de celo debido al estrés
ocasionado por la competición y las agresiones entre ellos por conseguir
aparearse y la hiperactividad a que están sometidos durante la época de cría.
El estrés excesivo parece anular la capacidad inmunitaria del antequino
predisponiéndolo a procesos parasitarios hemáticos e intestinales, así como a
infecciones recurrentes que acaban con la vida del animal. Se ha comprobado que
los machos de antechinus swainsonii cuando
son capturados después de la época de celo, mueren a la vez que los machos de
su población que quedan en libertad; pero cuando la captura tiene lugar en una
etapa anterior, pueden vivir más de dos años y medio en cautividad. En esta
especie, además del estrés provocado por las relaciones con sus congéneres de
ambos sexos, se ha comprobado que el macho no se alimenta durante la época de
apareamiento, lo que colabora a la debilitación del sistema inmunitario.
En ambos casos, los individuos ya han
cumplido su cometido al reproducirse: si continuaran viviendo consumirían una
parte de los recursos naturales limitados destinados a la subsistencia de la
especie. La función de estas afecciones que ya vienen previstas en la
programación genética -y la de otras enfermedades endógenas que se presentan en
una etapa posterior a la reproductiva- consiste en reducir la especie al número
de individuos óptimo para asegurar su continuidad.
De lo expresado se puede concluir que
la enfermedad es parte de un sistema de regulación muy amplio que está al
servicio de la evolución de las especies.
Capítulo
22
LA ENFERMEDAD COMO
SÍNTOMA
En el capítulo 17 se ha definido el
síntoma y se ha establecido su relación con la autoprohibición, la autoimposición,
la culpa, el autocastigo y la orientación de la pulsión. Partiendo de la
hipótesis allí expuesta, es posible analizar las funciones de la enfermedad en
el ser humano y concluir que, aún cuando coinciden en términos generales con
las funciones evolutivas descriptas en el capítulo anterior, en ciertos casos
las exceden a causa de la particular constitución de la psiquis humana.
Los principios generales allí citados
son aplicables a las especies animales más primitivas sin excepción alguna,
pero con la aparición de las aves sobre el planeta surge una importante modificación
orgánica: comienza a desarrollarse el mesoencéfalo. Esta mejora evolutiva
encuentra su razón de ser en que estas nuevas especies comienzan a ocuparse de
la cría de sus vástagos y tal tarea requiere modificaciones que se relacionan
con la interacción con sus congéneres con los que deben vincularse en formas
más complejas; a las simples relaciones esporádicas que tenían por único fin el
acto reproductivo se suman nuevas conductas que constituyen un rudimentario
orden social.
Tanto si se considera que el cerebro
evolucionó según las exigencias que le impuso el medio como si se sostiene que
la evolución del cerebro dio origen a estrategias novedosas que permitieron a las nuevas especies una mayor
adaptación ambiental, es innegable que la incorporación del campo de lo
afectivo proporcionó una estructura más compleja que hizo posible a los
integrantes de las nuevas especies actuar en conjunto en una forma diferente a
la que hasta ese momento lo habían hecho los insectos sociales. Mientras que en las
sociedades formadas por éstos últimos las conductas están determinadas en forma íntegra por estrategias basadas en
estructuras innatas que se mantienen inmutables a través de las generaciones
sin que ningún individuo pueda modificarlas per
se, en las especies en las que las relaciones entre los individuos son
determinadas por un componente afectivo –por más rudimentario que éste sea-
aparecen nuevas opciones que pueden incluir algunas variaciones en función de
las distintas circunstancias ambientales. La ventaja evolutiva que esta novedad
proporciona consiste en que no se producirá en forma necesaria la desaparición
de una especie o un grupo, sino que -en ciertas circunstancias y a los fines
adaptativos- bastará la extinción de los individuos que presenten en su
conducta variantes desfavorables y la supervivencia de los que desarrollen
estrategias adecuadas a las nuevas circunstancias ambientales.
En el caso de las enfermedades, el
sistema expuesto en el capítulo anterior –que fundamenta su función evolutiva-
se conserva y además se amplía a causa de los nuevos elementos que se
introducen con la inclusión del campo de lo afectivo. Para no abundar en
ejemplos, basta mencionar los casos de las aves que no pueden vivir en
cautiverio o las que mueren de tristeza al perder a su pareja. Por más que esto
pueda resultar conmovedor, la realidad es que la muerte se debe a que estos
individuos ya no son capaces de continuar cumpliendo su cometido como miembros
de su especie y por ello la naturaleza los considera prescindibles; desde un
punto de vista meramente biológico, en su deceso siempre se reconoce como causa
inmediata alguna enfermedad.
Mientras que en las aves resulta en
general poco frecuente encontrar este tipo de episodios, en los mamíferos
aumentan las probabilidades de hallarlos. El desarrollo en éstos del neocortex,
que es el área del cerebro que controla las emociones y las capacidades
cognitivas -memorización, concentración, autorreflexión, resolución de
problemas, habilidad de escoger el comportamiento adecuado-, ha jugado un papel
importante en la evolución incrementando funciones como la percepción
sensorial, la generación de órdenes motrices, el razonamiento espacial, el
pensamiento consciente y -en los humanos- el lenguaje. Esto se debe al aumento
de la capacidad para generar, modificar y regular el amplio número de
conexiones interneuronales y conformar así una estructura dinámica funcional
capaz de regular y dirigir el flujo de información establecido entre los
distintos circuitos neuronales existentes. El neocortex está más desarrollado
en los primates en general; los investigadores Aiello y Dunbar afirman la existencia
de una relación directa entre su tamaño y la cantidad de miembros que forman
los grupos sociales, pues mientras más grandes son los grupos sociales, mayor
es el neocórtex. Esto da un indicio de que el desarrollo y evolución del
neocórtex (y de la inteligencia) fue impulsado principalmente por la necesidad
de mantener relaciones sociales complejas (como la cooperación, la competencia,
la alianza, el engaño, etc.).
El ser humano -por ser la máxima
expresión del desarrollo de los primates- presenta el sistema de determinación
y elección de conductas más complejo que se conoce. Su base biológica está
constituida por tres secciones del cerebro. El llamado cerebro reptil
-integrado por el tronco del encéfalo y el cerebelo- controla las funciones
autonómicas (respiración, latido del corazón, sueño, etc.) los músculos, el
equilibrio y los comportamientos instintivos necesarios para sobrevivir. El
sistema límbico está integrado por seis estructuras: el tálamo (placer-dolor),
la amígdala (nutrición, oralidad, protección, hostilidad), el hipotálamo
(cuidado de las crías, característica sobresaliente en los mamíferos), los
bulbos olfatorios, la región septal (sexualidad) y el hipocampo (memoria de
largo plazo); allí se dan los procesos emocionales y los estados del ánimo
(calidez, amor, gozo, depresión, odio, etc.). El neocortex (corteza cerebral)
cumple la función de regular parcialmente la actividad de las dos secciones
antedichas que controlan la reflexión y razonamiento consciente). Si bien es
cierto que actualmente se considera a cada una de estas secciones como
responsable de determinadas funciones de la vida física y psíquica del ser
humano, la realidad es que todas ellas trabajan en permanente interacción y los
resultados de esta labor de conjunto son los que determinan los avatares de la
vida: las relaciones intersubjetivas, las emociones, los sentimientos, las
decisiones, los éxitos, los fracasos, las enfermedades y la muerte.
Al describir en el capítulo 17 la naturaleza
y función del síntoma utilizamos esta palabra dándole el significado y el
sentido en el que la psicología clásica la aplica, es decir, la definimos como una
formación transaccional o de compromiso del inconsciente entre fuerzas opuestas
en conflicto que generalmente origina un acto nocivo o inútil que el sujeto
realiza contra su voluntad y cuya ejecución le causa sufrimiento; pero en el
ámbito de la medicina se define al síntoma como el fenómeno que revela una
enfermedad física. Esta diversidad de conceptos obliga a determinar la relación
en la que se hallan el síntoma y la enfermedad para la psicología etológica:
dentro del género “síntoma”, la enfermedad física es una especie, salvo en
aquellos casos en los que se origina en forma directa e inmediata en un cambio
drástico e insalvable del medio ambiente. El concepto de síntoma incluirá así,
además de las referidas enfermedades físicas, las afecciones psicológicas o
psiquiátricas que no tengan origen congénito, los actos fallidos y los
accidentes que se producen a causa de éstos.
Lo anteriormente expuesto lleva a la
conclusión de que la mayoría de las enfermedades físicas son síntomas de origen
psíquico que se manifiestan como somatizaciones, definidas éstas como
“cualquier afección corporal que surge o se incrementa en respuesta a factores
psicológicos o situacionales” de acuerdo a la medicina tradicional. Esta
afirmación puede ser ilustrada con varios ejemplos. Una respuesta emocional
puede ser perjudicial a largo plazo constituyéndose en un factor que, en
convivencia con otros más específicos, desencadenará enfermedades. En este
sentido, son altamente significativos los trabajos que prueban la relación
entre las emociones y las disfunciones inmunológicas, la aparición de cáncer o
la enfermedad coronaria. Un ejemplo es la miocardiopatía de takotsubo, conocida
como disfunción apical transitoria, discinesia apical transitoria,
miocardiopatía inducida por estrés o simplemente miocardiopatía por estrés, que
es un tipo de miocardiopatía no isquémica en la que se produce un repentino
debilitamiento temporal del miocardio. Debido a este debilitamiento -que puede
ser desencadenado por estrés emocional como en el caso de la muerte de un ser
querido- la enfermedad es conocida también como síndrome del corazón roto. En
estos casos, el paciente usualmente presenta una historia con reciente estrés
físico o emocional severo. Las enfermedades transmitidas por contagio también
se encuentran relacionadas con el estado emocional: para que se produzca la
enfermedad infecciosa no basta con la invasión del organismo por parte del
agente invasor; las defensas deben ser incapaces de mantener dicho agente
inactivo o eliminarlo, y está comprobado que un estado emocional negativo
produce en forma casi inmediata una disminución de las defensas del organismo
al alterar el funcionamiento del sistema inmunológico.
Teniendo en cuenta lo expresado, la
enfermedad aparece como el producto de la psiquis que tiene como fin reorientar
al sujeto hacia el cumplimiento de su rol vital y eliminarlo en caso de no lo
logre; en su calidad de síntoma es una señal inapreciable a los efectos de
detectar los problemas que afectan la psiquis del individuo, tal como lo
ejemplifica el siguiente fragmento de la obra denominada “La enfermedad como
camino” de Thorwald Dethlefsen y Rüdiger Dahlke:
“Un
automóvil lleva varios indicadores luminosos que sólo se encienden cuando
existe una grave anomalía en el funcionamiento del vehículo. Si durante un
viaje se enciende uno de los indicadores, esto nos contraría. Nos sentimos
obligados por la señal a interrumpir el viaje. Por más que nos moleste parar,
comprendemos que sería una estupidez enfadarse con la lucecita; al fin y al
cabo, nos está avisando de una perturbación que nosotros no podríamos descubrir
con tanta rapidez, ya que se encuentra en una zona que nos es «inaccesible».
Por lo tanto, nosotros interpretamos el aviso de la lucecita como recomendación
de que llamemos a un mecánico que arregle lo que haya que arreglar para que la
lucecita se apague y nosotros podamos seguir viaje. Pero nos indignaríamos, y
con razón, si, para conseguir este objetivo, el mecánico se limitara a quitar
la lámpara. Desde luego, el indicador ya no estaría encendido y eso es lo que
nosotros queríamos, pero el procedimiento utilizado para conseguirlo sería muy
simplista. Lo procedente es eliminar la causa de que se encienda la señal, no
quitar la bombilla. Pero para ello habrá que apartar la mirada de la señal y
dirigirla a zonas más profundas a fin de averiguar qué es lo que no funciona.
La señal sólo quería avisarnos y hacer que nos preguntáramos qué ocurría. Lo
que en el ejemplo era el indicador luminoso, en nuestro tema es el síntoma.
Aquello que en nuestro cuerpo se manifiesta como síntoma es la expresión
visible de un proceso invisible y con su señal pretende interrumpir nuestro
proceder habitual, avisarnos de una anomalía y obligarnos a hacer una
indagación.”
.
Capítulo 23
LA MECÁNICA DE
THANATOS
Como se dijo en el capítulo 2, en la
especie humana el fracaso de una estrategia ineficiente no produce la muerte
del individuo en forma inmediata tal como ocurre en las especies animales: los
variados y complejos sistemas que constituyen la sociedad civilizada disminuyen
en una altísima proporción las probabilidades de que sus integrantes sucumban
ante los riesgos que amenazarían su existencia si vivieran en estado de
naturaleza. A cambio de esta ventaja comparativa la vida en estado civilizado crea
otro tipo de riesgos que derivan de las mismas características propias del ser
humano que lo distinguen como integrante de una sociedad cuya estructura está
basada en esa especial constitución de su psiquis que lo diferencia de los
demás animales.
En su última teoría, Freud describe
un tipo de pulsiones que se contraponen a la pulsión de vida y que balancean la
tendencia de los organismos a hacer únicamente lo que les resultaba placentero.
Éstas tienden a la reducción completa de las tensiones, es decir, a devolver al
ser vivo al estado inorgánico. Se dirigen primeramente hacia el interior y
tienden a la autodestrucción, y en forma secundaria apuntan también hacia el
exterior, manifestándose entonces en forma de pulsión agresiva o destructiva.
Esta teorización de Freud genera muchas dudas: por ejemplo, desde el punto de
vista de la biología, es erróneo sostener que el concepto de “pulsión de
muerte” pueda aplicarse de manera indistinta tanto a la propia muerte como a la
agresión al otro, pues mientras en el primer caso conspiraría contra la
supervivencia del individuo, en el segundo operaría a favor de ésta. Por otra
parte, si -como se vio en el capítulo 19- la pulsión al desplazarse y actuar
cumple la tarea de dinamizar el rol vital del individuo al impulsarlo de un
episodio a otro del guión en el que consiste su vida, la existencia de una “pulsión
de muerte” no tiene sentido, ya que ésta se produciría debido a la ausencia de
toda pulsión.
Si se acepta que la función de la
pulsión consiste en dinamizar el rol de individuo para posibilitar el
desarrollo completo de su guión vital, entonces se llega a la conclusión de que
la muerte se produce cuando la pulsión ya no tiene razón de ser, y esto se da
en dos casos:
1-
La satisfacción absoluta de una necesidad esencial implicaría el fin de la díada
“necesidad – satisfacción”; por lo tanto, se produciría el final del proceso
vital.
2-
La insatisfacción absoluta y definitiva de una necesidad esencial implicaría lo
mismo.
Estos son los dos extremos en los que
la pulsión produciría la muerte. Por lo tanto, desde la perspectiva de la
mecánica del deseo, la pulsión actúa a favor de la continuidad vital con mayor
intensidad en la franja intermedia en la que el sujeto persigue el objeto de su
deseo percibiéndolo como posible sin haberlo alcanzado aún. La extinción del
deseo al conseguir su objeto traería como consecuencia la extinción de la
pulsión en tanto ésta se genera en el plus de la demanda.
En este punto conviene abordar el
tema del objeto del deseo. Lacan sostiene que tal objeto no existe, pues el
deseo es una demanda pura de amor dirigida al otro. Si se acepta que esta
demanda nunca va a ser satisfecha, su conclusión es correcta; pero si se
examina la cuestión teniendo en cuenta la realidad personal del individuo
-quien cree de buena fe que su demanda tiene un objeto posible- se debe
analizar qué posición puede tomar éste al respecto. El sujeto supone o espera
que lo que demanda le será otorgado más tarde o más temprano; cuando no resulta
satisfecho lo atribuye a que lo que ha obtenido hasta el momento no es
suficiente -o no es precisamente lo que demanda- sin ser consciente de que lo
que está demandando es un absoluto. No debemos olvidar que esto sucede sólo en
el campo del deseo, es decir, cuando una demanda efectuada en el transcurso de
su relación primaria ha fallado en la obtención del bien necesario para la
satisfacción de una necesidad pero ha sido exitosa en obtener la atención del
otro; en la mayor parte de los casos, ambas necesidades del sujeto han sido
satisfechas sin que se haya generado ningún plus que pueda generar un deseo.
Al desarrollar el tema de la
sublimación se determinó que, si la impronta primaria y la secundaria que
generan el acto sublimatorio resultan consistentes, la conducta en cuestión
será desarrollada con sus modalidades particulares, y si el producto de la
sublimación –cuya oferta es equivalente a una demanda- es aceptado por la
comunidad, el individuo alcanzará el éxito y se sentirá realizado. Si éste
resulta completo y no existe otra demanda que permanezca insatisfecha, no habrá
un plus que genere una pulsión y es de esperar que la vida del individuo
concluya allí.
Esta afirmación puede parecer poco verosímil porque entra en aparente contradicción con algunos principios del sentido común: a fin de ilustrarla con un ejemplo práctico, servirá el relato de la siguiente anécdota que relató un jurista italiano del siglo XX. Un distinguido abogado, ya muy mayor, llevaba un caso que le interesaba por sobre todos los demás y dedicaba a éste especial atención y esfuerzo. El trámite del juicio se alargaba por ser la cuestión sometida a litigio de difícil resolución, pero el abogado no cedía en sus esfuerzos; por el contrario, fue dejando otros casos en manos de sus colegas para poder dedicarle más tiempo a aquel que lo desvelaba. El juicio pasó a una instancia superior, y el viejo abogado veía mermar sus fuerzas a causa de la edad, pero no se permitió disminuir sus esfuerzos. Cayó enfermo, pero no dejó de seguir las vicisitudes del proceso e interrogaba con frecuencia a sus colegas sobre su destino. El juicio llegó por fin al Tribunal Supremo, y se esperaba su resolución definitiva. El abogado ya no podía levantarse de la cama y había perdido sus fuerzas, pero aún así continuaba obsesionado con el proceso. Sus colegas decidieron entonces decirle una mentira piadosa: le anunciaron que el caso había tenido una sentencia favorable y el anciano abogado murió en paz casi de inmediato. También ilustra esta tesis la referencia al abatimiento de Alejandro Magno, de quien se decía que lloró después de haber conquistado el mundo conocido porque entonces ya no se le ocurría qué hacer con su vida; es de hacer notar que el gran conquistador murió apenas cumplidos los treinta y tres años.
Al contrario, si el individuo asume
que no logrará obtener lo que demanda, se dejará morir o se suicidará en los
casos más extremos. En el capítulo 16 se
describió el caso del individuo controlador que al matar a su víctima confirma
la imposibilidad de colmar su demanda y frecuentemente esto lo lleva al
suicidio, y el del líder de una secta que actúa con la sola motivación del
ansia de poder que al no lograr colmar su necesidad absoluta de obediencia
induce a sus acólitos a un suicidio masivo del cual él también participa. Sin
llegar a casos tan extremos, no es infrecuente observar que, cuando muere uno
de los integrantes de una pareja de ancianos que han pasado la mayor parte de
su vida juntos, el sobreviviente muere también al poco tiempo o se suicida. Los
casos de animales que se dejan morir en la tumba de su dueño confirman que los
procesos psicológicos descriptos en la presente obra no son exclusivos de la
especie humana.
La muerte que sobreviene a causa de
una enfermedad también se relaciona en la mayoría de los casos con el rol del
sujeto y su relación con el deseo. Como se afirmó en el capítulo 21, la
enfermedad en tanto síntoma aparece como un producto de la psiquis que tiene
como fin reorientar al sujeto hacia el cumplimiento de su rol vital y eliminarlo
en caso de que no lo logre; por lo tanto, cuando el síntoma que se manifiesta
en forma de enfermedad fracasa en su función de reorientación o de
auto-castigo, tarde o temprano termina causando la muerte del individuo.
El suicidio se diferencia de los
procesos anteriores en que el sujeto decide morir en forma consciente. Este
acto no reconoce un origen común que pueda atribuirse a todos los casos: en
contra de lo que sostiene la psicología clásica, no siempre el acto constituye
un mensaje dirigido a otro (por ejemplo, los suicidios del viudo o viuda al
quedarse sin su compañero o el del enfermo terminal que teme más al sufrimiento
que a la muerte no buscan tal fin), y tiene como único objeto concluir una
existencia que carece de una razón de ser ante la imposibilidad de obtener el
objeto de su demanda. Sin embargo, no se puede negar que muchas
veces el suicidio se lleva a cabo al efecto de producir en otro un efecto
posterior que el sujeto no cree que se pueda lograr por otra vía.
Un ejemplo es el suicidio por amor:
el sujeto espera que el dolor que su muerte le cause a su amada hará que ella
descubra que también lo amaba a él. El otro es el del mártir, quien se expone a
la muerte –en una actitud que casi equivale a un suicidio- en la firme creencia
de que ésta hará que su objetivo sea alcanzado en una etapa posterior; este
sujeto obtiene de tal modo una satisfacción anticipada de su deseo.
El suicidio pasivo se da cuando el
individuo incurre en un “descuido” que lo conduce a un desenlace fatal
desencadenado por un estado interno negativo que facilita este acontecimiento.
El caso de un paracaidista que pliega mal su paracaídas, el militar que al
limpiar su arma no toma las precauciones reglamentarias, el ciudadano que cruza
la calle olvidando mirar el tránsito, quien toma un medicamento y se confunde
de empaque, etc., son todos casos catalogados como accidentes cuando en
realidad son formas de suicidio pasivo. Esta conducta puede clasificarse como
un acto fallido: en este caso, la supervivencia es la conducta autoimpuesta que
evita la muerte del individuo mediante la ejecución consciente del suicidio
cuando en su inconsciente ya están dados los elementos para que éste se
produzca. En otras palabras, ningún acto que el sujeto pueda ejecutar va a
arrojar los resultados anhelados desde el punto de vista de su deseo y en
función de su realidad personal, pero alguna impronta secundaria ha generado un
mandato del superyo que actúa en beneficio de su supervivencia y lo impulsa a
seguir adelante a pesar de todo; entonces aparece el acto fallido que reorienta
la conducta del individuo hacia su destino final provocando su muerte.
Por el contrario, los mártires -el
arzobispo Oscar Romero, el sacerdote Carlos Mugica y el revolucionario Ernesto
“Che” Guevara son claros ejemplos- buscan la muerte con el propósito de
conseguir post mortem el objetivo
determinado por su realidad personal. Regis Debray, en un reportaje publicado
en el “Corriere della Sera”, declaró:
"el Che Guevara no fue a Bolivia para vencer, sino para perder. Así lo
exigía su batalla espiritual contra el mundo y contra sí mismo. Cierto, no se
mató, pero se dejó morir. Tenía esa vocación”. Esto confirma que, además de
concordar su conducta con el propósito determinado en el guión vital del Che,
también existió una impronta que determinó el modo en que debía acabar su vida.
La expedición del Granma presentaba muy pocas posibilidades de éxito en el
momento en el que el Che decidió participar; una decisión tan temeraria también
puede ser un indicio de su búsqueda inconsciente de una muerte que se concretó
más tarde en Bolivia en una situación similar. La conducta del mártir es altruista, pues se
asemeja a la de un padre que pone en peligro su vida desviando la atención de
los depredadores y se sacrifica para favorecer la supervivencia de sus
descendientes; ellos heredarán sus genes, por lo que el comportamiento
altruista se mantendrá en la siguiente generación como estrategia de
supervivencia de la especie. Un padre egoísta, en cambio, ante el menor peligro
abandonaría a sus crías para salvar su vida; sin duda llegaría a viejo, pero
difícilmente sobrevivirían sus descendientes, de modo que sus genes no pasarían
a la siguiente generación y el comportamiento egoísta desaparecería.
El homicidio -con excepción de los
actos en los que el victimario no busca la muerte de una persona determinada,
como los atentados, las acciones bélicas, etc.- requiere para su concreción un
grado de participación menor o mayor de la víctima, la que se produce en forma
generalmente involuntaria. Como se sostuvo en el capítulo 13, la elección de la
víctima está determinada –como toda relación entre dos sujetos- por las
especiales características de los roles improntados por ella y por su victimario,
los que necesariamente deben complementarse para desarrollar el guión
correspondiente que desencadena el episodio que concluirá en un homicidio.
Según Elías Neuman, habría que recordar aquello que no sin cierta ironía
expresaba Thomas de Quincey en “El asesinato considerado como una de las bellas
artes”: Muchas veces la víctima desea ser
asesinada. Una idea similar -aunque enunciada con mayor sutileza- puede
hallarse en la obra del poeta libanés Khalil Gibran: El asesinado no es irresponsable de su propio asesinato. García
Márquez en “Crónica de una muerte anunciada” enfrenta varias veces a su
personaje Santiago Narval con su propia muerte y muestra una buena cantidad de
circunstantes y mirones que contribuyen con su indescifrable silencio al crimen
que ni siquiera los victimarios comprenden ni desean que ocurra. La actitud
victimal es lo contrario de la actitud criminal, y casi siempre ambas suelen
complementarse.
La víctima provocadora es aquella que
por su conducta incita al autor a cometer una ilicitud penal. Este tipo de
víctima desarrolla un rol notable en la criminodinamia desde la génesis
delictual, ya que tal incitación crea y favorece la explosión previa a la
descarga que significa el crimen. El caso más común se da en los homicidios
pasionales y sobre todo en las celopatías: es el de la mujer que, sabiendo que
el marido es extremadamente celoso, lo provoca, lo azuza inconscientemente con
su conducta hasta el punto en el que provoca una descarga que culmina en su
muerte. En el caso de la mujer maltratada, un mandato negativo generado por una
impronta secundaria le impide a la víctima escapar. Tal mandato resulta
innecesario cuando este tipo de vínculo se ha establecido en la infancia
mediante una impronta primaria, ya que cualquier intento de escapar es
percibido como generador de un peligro vital. Además, en algunos casos este
mandato suele justificarse mediante un “envoltorio” formal positivo, como
promesas de amor del victimario que atan a la víctima.
Sin llegar a casos tan extremos,
muchos sujetos impulsados por las exigencias de su rol vital se exponen sin
saberlo a ser víctimas de homicidio: como se expresó en el capítulo 15, cuando
el sujeto no recibe una respuesta a la demanda que ha emitido desde una
posición complementaria de la suya, se inicia un conflicto. Teniendo en cuenta
que la conducta agresiva se genera cuando se produce la frustración de la
expectativa de una respuesta en particular se puede analizar cada situación
desde la perspectiva que brinda el conocimiento de la actitud que asumen
víctima y victimario. Los desafíos, las pugnas y los desacuerdos son el origen
de buena parte de los episodios que terminan en homicidio.
La víctima por imprudencia –que es la
que se expone contra toda lógica a una situación que no forma parte de su rol
vital y la pone en peligro de morir a manos de otro- incurre en un descuido o
imprudencia que lo conduce a un desenlace fatal: se trata de un caso de
suicidio pasivo. En otros casos el mártir, impulsado por sus motivaciones
personales, incurre en una temeridad que muchas veces desemboca en su muerte.
Teniendo en cuenta lo anteriormente
expuesto resulta posible abordar la cuestión de la existencia o no de una
“pulsión de muerte” desde una nueva perspectiva. Se discute si Freud hizo una
distinción entre pulsión e instinto; dejando de lado las distintas
interpretaciones basadas en las traducciones de su obra, J. Laplanche es quien
ha llegado a formular una distinción bastante precisa al sostener que la
diferencia entre instinto y pulsión no pasa entre lo somático y lo psíquico,
sino entre lo innato, atávico y endógeno -asimilable al ello- por un lado, y
por otro lo adquirido que forma parte en la constitución del superyo.
Como se describió en el capítulo 20,
algunos animales se dejan morir cuando ya han cumplido su cometido al
reproducirse, pues si continuaran viviendo consumirían una parte de los
recursos naturales limitados destinados a la subsistencia del grupo; tal
estrategia tiene por fin reducir la especie al número de individuos óptimo para
asegurar su continuidad. Es indiscutible que este comportamiento tiene un
origen instintivo, y en consecuencia se podría formular ad hoc la siguiente hipótesis: existe un “instinto de vida” que impulsa
al individuo a llevar adelante su ciclo vital, y un “instinto de muerte” que lo
impulsa a buscar la muerte cuando el objetivo de su ciclo vital se hace
imposible o cuando ya se ha cumplido.
Se puede concluir entonces que en el
ser humano la relación entre instinto y pulsión es la siguiente: la pulsión es
aquello que subsiste del instinto después de ser mediatizado por la mecánica
del deseo. De lo ya visto surgiría que la pulsión de vida sería tal cuando
lleva a una próxima etapa del rol vital y la pulsión de muerte lo sería cuando
no lleva a ningún destino. Si se acepta que la pulsión es una señal que se
origina en una demanda y subsiste activa en la porción en la que ésta última no
resulta satisfactible, se puede deducir que cuando una demanda esencial para la
continuidad del rol vital queda completamente satisfecha -o totalmente
insatisfecha- la señal que constituye la pulsión subsiste activa en su
totalidad, pero sin un destino, pues no ya existe el plus constitutivo del
deseo. Se interrumpe entonces la continuidad demanda > pulsión > nueva demanda que impulsaba al individuo
a través de la continuidad de su rol vital, y éste finaliza cuando el sujeto
concluye en forma consciente o inconsciente que esta demanda esencial está
destinada a quedar absolutamente insatisfecha o ya ha sido completamente
satisfecha. Este último proceso comparte varias características del insight.
De lo expresado se deduce que hacer
una distinción entre “pulsión de vida” y “pulsión de muerte” carece de sentido.
Sea que el individuo ha llegado a un punto en el que ha logrado su objetivo o
que se vea en la imposibilidad absoluta de lograrlo, la pulsión es la misma en
los dos casos y en ambos carece de destino; surge entonces en su reemplazo el
“instinto de muerte” que es común a todos los animales como estrategia de
supervivencia de la especie y orienta a la pulsión hacia la autoeliminación.
CONCLUSIONES
En el presente trabajo han quedado
expuestos los principios generales que constituyen la Psicología Etológica: es
pertinente ahora analizar las posibilidades y consecuencias de la aplicación de
este nuevo paradigma a los diversos aspectos de la Psicología y a otras
ciencias relacionadas.
Uno de los principales objetivos de
este libro es promover la integración de las distintas corrientes con mayor
vigencia dentro de la Psicología en un solo paradigma unificador que consagre
definitivamente su calidad de ciencia. En el aspecto teórico, cada una de las
principales corrientes aporta conceptos fundamentales, los que al ser analizados
desde esta nueva perspectiva ya no aparecen como antagónicos sino como
complementarios, permitiendo superar muchas contradicciones que –como se puede
advertir ahora- sólo son tales en apariencia.
Una consecuencia positiva que tiene
la aplicación de este paradigma es que, por estar basado en la etología,
permite confrontar y verificar conceptos fundamentales de diversas corrientes
psicológicas a través de su reinterpretación desde un punto de vista evolutivo
y biologicista. Asumir que el hombre pertenece al reino animal permite
prescindir de preconceptos y prejuicios que derivan de la visión
antropocéntrica y que han influido en el desarrollo de la Psicología,
desvirtuando ciertos aspectos de la brillante obra de importantes autores. Por
citar un ejemplo, Freud y Lacan han sido criticados por su posición machista en
algunos temas, y algo de cierto hay. El complejo de Edipo describe la situación
del varón sin mayores dificultades, pero al aplicarse a la mujer la misma
teoría, ésta aparece forzada y resulta poco satisfactoria. Del mismo modo, en
el mito de la horda primitiva no se alude en ningún momento al papel de las
mujeres. Se puede suponer que si estos dos autores hubieran dedicado un tiempo
al estudio de la Etología no habrían demostrado semejantes preferencias hacia
un género de una misma especie.
Con respecto a la práctica de las
diferentes terapias que cada corriente propone, la simple experiencia demuestra
que ninguna funciona en todos los casos que se presentan. La psicoterapia
obtiene algunos resultados exitosos mientras en otros casos solo se obtienen
mejoras parciales y en su mayor parte los resultados son insatisfactorios y en
ocasiones enormes fracasos. Lo mismo se puede decir del Análisis Transaccional,
de la Terapia Cognitiva, de las terapias conductistas, etc. Esto se debe a que
cada una de ellas parte de un paradigma teórico que resulta parcial, por lo que
la práctica que de éste se deriva queda limitada a causa de esa misma
parcialidad. Al unificar la Psicología bajo la perspectiva de la Etología, las
diversas corrientes aparecen como especialidades dentro de una ciencia total.
La unificación permite que, dado un caso particular, un psicólogo clínico
determine cuáles son las técnicas que conviene aplicar a fin de obtener los
mejores resultados y organice así la intervención de los diversos especialistas
a los que derivará al paciente o consultante.
El status del sujeto cuya vida se ve
afectada por actitudes o episodios que difieren notoriamente de las conductas
que razonablemente lo pueden llevar a la consecución de sus objetivos o a la
satisfacción de sus necesidades conscientes y manifiestas -y que sufre por esto
una aflicción- debe ser revisado. Por ejemplo, no todos los sujetos reúnen en
cierto momento de su vida las condiciones necesarias para iniciar una terapia
psicoanalítica, pero no se los puede satisfacer respondiéndoles en la primera
consulta que deben volver cuando estén listos para ello. Los representantes de
alguna corriente han llegado a sostener que a partir de una determinada edad
(35 años) toda intervención del psicólogo resulta infructuosa; en otras
palabras, consideran que ocuparse de esos sujetos no vale la pena. Para quienes
se encuentran en esta desventajosa situación debe habilitarse la posibilidad de
la simple consulta: el profesional que intervenga (Consultor) tendrá la tarea
de señalar al consultante diversos aspectos de su problemática que él es
incapaz de advertir por sí mismo. En esta tarea el profesional deberá poner
especial cuidado en orientar al consultante sin exceder sus posibilidades de
asimilación de la realidad primaria en la que éste está inmerso o generar
resistencias que le puedan resultar perjudiciales. Deberá también hacer
abstracción de su propia subjetividad para evitar forzar una interpretación que
confirme sus propias teorías. Al final de la intervención, el consultante
deberá encontrarse en tales condiciones que le permitan –dentro de lo posible-
aliviar su aflicción y mejorar su situación.
Dado que la estructura neurótica
resulta ser el elemento constitucional esencial de la psiquis humana, queda
prácticamente descartada la posibilidad de la cura en el sentido que propone la
psicología clásica. La tramitación del deseo a la que alude Lacan, a poco que
se la analice termina resultando casi un equivalente de la sublimación. Al desarrollar
el tema en esta obra se ha sostenido que el proceso sublimatorio bien
encaminado resulta ser el más efectivo de los recursos disponibles para mejorar
la vida del sujeto dentro de las posibilidades que su estructura psíquica
presenta, limitadas por el rol determinado por su realidad secundaria del que
debe valerse. La intervención del profesional que adopte la Psicología Etológica
como paradigma estará encaminada entonces en primer lugar a lograr el
conocimiento y la eficiente administración de estos recursos a fin de lograr la
consecución de sus objetivos y la satisfacción de sus necesidades. Esta tarea
de evaluación, que realizará el profesional mediante el estudio del rol vital
del consultante o del paciente a través de la especificación y del análisis del
sistema de improntas que lo determinan, concluirá con un informe o dictamen
fundado sobre el que se pueda planificar un tratamiento; a tal fin se deberá
constituir una especialidad que podría denominarse Psiconomía, porque así como
la Economía ha sido definida como la ciencia que estudia la administración de
recursos limitados, la Psiconomía deberá ocuparse del estudio y administración
de los recursos psíquicos con los que cuenta el paciente en la forma que
resulte más eficiente para dar solución
a sus problemas. El objetivo –al igual que en la teoría analítica- debe ser
lograr que el sujeto adquiera otra relación con su propio discurso que
determina su realidad personal modificándolo sin eliminarlo, pues ello podría
socavar su propia base de apoyo y sus identificaciones originarias.
Realizada esta tarea previa, se
deberán determinar cuáles de las terapias existentes pueden resultar más
eficientes a fin de lograr los objetivos buscados. El peor enemigo del análisis
es la generalización: se deben evaluar las circunstancias de cada individuo en
particular y después decidir el destino a seguir, que debe derivar hacia
aquello que aparezca como lo más conveniente en cada caso concreto, pues
mientras que un paciente en crisis reaccionará mejor a una terapia conductista,
otro aparecerá como buen candidato para una terapia transaccional y un tercero
tendrá más posibilidades de progreso mediante la psicoterapia. En algunos casos
se requerirá la intervención de varios especialistas, lo que puede tornar muy
oneroso el tratamiento; ésta es una dificultad a resolver.
En el diseño de cualquier intervención terapéutica
debe respetarse la estructura básica que da origen a los distintos episodios
neuróticos y se la debe asociar a la actividad sublimatoria más adecuada en
cada caso, de manera que la demanda -que siempre queda insatisfecha cuando se
la dirige al otro individual- tenga un destino mas exitoso al apuntar a sujetos
indeterminados. La propia constatación de este cambio debe influir
positivamente en el sujeto al permitirle experimentar una vida normal y corriente
en la que en algunas ocasiones se logra obtener la satisfacción de las
necesidades y en otras no.
Un requisito imprescindible para la
correcta práctica de la Psicología Etológica es la capacidad del profesional
para prescindir por completo de consideraciones ajenas a esta ciencia a la hora
de emitir un dictamen o decidir una terapia. Aun hoy a muchos psicoanalistas
parece sucederles algo similar a lo que le ocurrió a Sigmund Freud hace casi un
siglo: no quieren aceptar la verdad de lo que escuchan. Es éste un defecto
altamente perjudicial para la ciencia, para la investigación y para los pacientes,
pues cuando el analista se deja influir por el sistema de valores que propone
la sociedad a la que pertenece, esa actitud actúa en detrimento de la
objetividad y conspira contra el abordaje correcto de ciertos temas desde una
perspectiva estrictamente científica.
Un párrafo aparte merece la relación
entre la psicología y la psiquiatría. Está comprobado que la medicación
correcta contribuye a que el paciente soporte los síntomas, pero pocas veces
sirve como una solución definitiva a los trastornos psíquicos. Esta tesis se
confirma –por ejemplo- en los casos de trastorno bipolar, en los cuales la
medicación suprime o disminuye los estados alterados del paciente, pero no
modifica en nada su patología psicológica. En la psicosis esquizofrénica
ciertas substancias alivian las crisis del paciente, pero no solucionan nunca
el problema de base; suspendida la medicación, la enfermedad resurge más temprano
que tarde. Debido a esto, se deduce que, aunque el psicólogo no esté autorizado
a prescribir una medicación, el psiquiatra debe consultarlo previamente a fin
de contar con su aprobación para establecer un determinado tratamiento. Se debe
evitar en lo posible la supresión total de un síntoma, pues no es aconsejable
obstaculizar la función de reorientar que éste desempeña con respecto al rol
vital del sujeto.
De lo expuesto en esta obra también
se concluye que la relación de la Psicología con la Medicina es esencial, pues
la última no debe prescindir de la primera. La comprensión total de una
determinada enfermedad es imposible sin la adecuada referencia a su función
como síntoma en cada caso, y su correcto pronóstico requiere de los datos que
aporta el conocimiento del rol vital del individuo. Todo médico, además de
tener adecuadas nociones de Psicología, debería desarrollar su labor con la
intervención y colaboración de un psicólogo clínico.
El Derecho, en su carácter de ciencia
que estudia la regulación de la conducta de los individuos en interferencia
intersubjetiva, se relaciona muy estrechamente con la Psicología. El Derecho
Penal en especial se ve obligado a recurrir a ésta cuando se trata de
determinar la responsabilidad de los sujetos por actos considerados ilícitos
por la sociedad y lograr su rehabilitación. El escaso grado de éxito obtenido
en esta última tarea está relacionado con el desconocimiento de los
legisladores acerca del complejo sistema de la psiquis humana que determina las
acciones de los ciudadanos como sujetos individuales. Tampoco ayuda la
insistencia en la errónea idea de que es posible establecer normas generales capaces
de abarcar y ser aplicadas a todos los casos que se presenten. La conducta de
cada sujeto depende –según se demostró en la presente obra- de una combinación
de múltiples factores que no son susceptibles de ser generalizados y aplicados
a todos los demás individuos de una comunidad, por lo que la rehabilitación no
se puede lograr a menos que se trabaje con cada sujeto en forma individual; esa
tarea pertenece al campo de la Psicología.
La rehabilitación de los delincuentes
y adictos a las drogas es abordada actualmente desde una perspectiva
interdisciplinaria. La experiencia ha demostrado la total ineficacia del
castigo y la represión utilizados en el pasado, y se ha dado paso a nuevas
tendencias que en su mayoría atribuyen el origen de la delincuencia y a
drogadicción a falencias de la sociedad. Esta perspectiva puede ser acertada,
pero no contribuye a hallar la solución de los problemas actuales e inmediatos
que ambas conductas generan a los sujetos activos y también a los pasivos, pues
-aunque en distintas formas- la vida de ambos se ve afectada. Por otra parte,
ninguno de los abordajes intentados ha dado demasiados resultados; la
Psicología fracasó en estos casos en la misma medida que en otros por los
motivos que ya se han expresado, y el abordaje multidisciplinario no ha resultado
exitoso porque no existe una coordinación central eficiente entre los diversos
profesionales que llevan a cabo las distintas intervenciones.
Una observación imparcial y
desprejuiciada de lo que sucede en la realidad indica que los mayores
porcentajes de rehabilitación logrados en las prisiones corresponden a la
intervención de ciertas iglesias evangelistas que por sus características se
pueden asimilar a las sectas; la mayor parte de los internos que se afilian a
estas instituciones desarrollando un grado importante de pertenencia durante un
tiempo prolongado egresan rehabilitados de las instituciones carcelarias. Ante
estos alentadores resultados, parece razonable estudiar las técnicas que
aplican los ministros y pastores a sus fieles para reproducirlas y aplicarlas
al resto de los internos.
A poco que se analiza el tema, se
advierte que el mecanismo que garantiza la rehabilitación en un grado tan
apreciable es el mismo que utilizan las sectas. Un tratamiento de esta
naturaleza que se aplicara a la rehabilitación de delincuentes y drogadictos
generaría reparos morales. ”La naranja mecánica” de Anthony Burgess ilustra la
resistencia que deberá afrontar quien se proponga realizar cualquier tipo de
intervención que pudiera parecerse a un “lavado de cerebro”. Antes de intentar
la aplicación de un recurso de tal naturaleza deberán vencerse objeciones que
en su mayoría son muy atendibles.
En teoría, el procedimiento de
rehabilitación basado en dichas técnicas consistiría en primer lugar en alejar
al sujeto de su entorno familiar y social porque la familia o el grupo instalan
mecanismos de resistencia para que el sujeto no revierta sus tendencias,
ya que ello obligaría al cambio de los paradigmas y habituaciones que rigen las
relaciones entre los miembros del grupo. Se debería someter al sujeto a
tácticas generadoras de estrés, mensajes dobles u órdenes contradictorias
e irrazonables que deberá cumplir, expropiación de su tiempo personal,
programación recargada de tareas a realizar en el menor tiempo posible,
horarios irregulares de reuniones, limitación de los horarios de descanso,
interrupción de los horarios de sueño normal durante periodos frecuentes, etc.,
de modo que se pueda controlar en todo momento su conducta mediante la
información que recibe, procesa y utiliza en cuanto determina las ideas que
conforman su realidad cotidiana. Esta técnica tiene por objeto lograr el
debilitamiento de su propia realidad personal y producir un incremento de la
desconfianza sobre sus propias decisiones, análisis y juicio; tal efecto deberá
aprovecharse para modificar y reemplazar en forma parcial su realidad personal
por medio de nuevas improntaciones. Éstas deben estar orientadas a lograr que
perciba la realidad primaria distorsionada de tal manera que resulte acorde con
las creencias y principios que requiere el desarrollo de un comportamiento
aceptable -o al menos tolerable- en su relación con terceros. El modelo según
el cual se efectuará esta intervención deberá diseñarse y configurarse teniendo
en cuenta los recursos psíquicos con los que cuenta el paciente, que consisten
en las estrategias que ha improntado; los distintos tratamientos deberán
adecuarse a la estructura básica que guía el desarrollo de su guión.
Este proceso deberá prolongarse hasta
que el individuo sea capaz de orientar sus intereses hacia una conducta que posibilite
la sublimación de su deseo en tal forma que logre promover su evolución
personal, social y espiritual hasta un punto en que se lo pueda considerar
rehabilitado. Desde el punto de vista legal, teniendo en cuenta la profunda
intromisión en la vida y la libertad de pensamiento del sujeto que este proceso
implica, deberá requerirse en todos los casos un consentimiento ampliamente
informado que no deje lugar a dudas sobre la voluntad del aceptante de
someterse al citado tratamiento; quienes lo lleven adelante deberán ser
estrictamente supervisados a fin de evitar que su intervención produzca efectos
nocivos.
A modo de conclusión general, se
puede decir que el paradigma etologista, además de proporcionar la base para la
unificación de distintas corrientes doctrinarias de la Psicología, invita a una
revisión de los enfoques de todas las ciencias que estudian la conducta humana
desde diferentes ángulos a la luz de una perspectiva que fusiona las visiones
biologicistas con las sociologistas.
